La mentira que cambió mi vida Capítulo 10
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Capítulo 10

Once meses después…

Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá y cerré los ojos.

El silencio de la casa volvía a aplastarme un día más, como lo había estado haciendo todos y cada uno de ellos el último mes. Era un silencio horrible.

Pesado. Vacío. De esos que parecían quitarte hasta el aire.

Un mes. Ya había pasado un mes desde que mi padre murió y todavía había momentos en los que esperaba escucharle toser en el piso de arriba mientras estaba amasando con un ojo y un oído en el obrador y los otros en él.

Un mes desde que me quedé sola. Un mes desde que mi corazón y mi alma se habían quedado vacíos. Un mes desde que la casa y la pastelería se habían quedado mudas. Y dolía. Cada día dolía más.

Tragué saliva mientras las imágenes de los últimos once meses empezaban a desfilar por mi cabeza una detrás de otra, como si se tratara de una película.

Una película muy cruel. Una de esas de bajo presupuesto. Una que nadie querría vivir. Y que, por desgracia, a mí me había tocado vivirla y no solo eso, sino que me había tocado ser una de las protagonistas.

Recordé el día que salimos de la consulta.

El miedo. El llanto. La sensación de que el mundo se nos había caído encima. La noche que pasé en vela llorando, pensando y maldiciendo. Y que cuando salí de mi habitación horas después, lo hice siendo un alma distinta. Una que no pensaba rendirse y que no dejaría a su padre solo en ningún momento.

Una que tomó decisiones ese día. Decisiones con las que él no estuvo de acuerdo, pero que, por mucho que dijo, no desistí de ellas ni cambié de opinión.

Lo primero fue comunicar por correo que no empezaría el curso siguiente en Lyon para estudiar lo que tantas ganas tenía. Ganas que se fueron de mi cabeza de un plumazo desde que el médico pronunció esas tres letras malditas, ELA.

Perdí la oportunidad de cumplir mi sueño estudiando lo que quería y, por consiguiente, la beca que me habían concedido, una que ya nunca más recuperaría, pero no me arrepentía de mi decisión ni siquiera un poquito.

Hice lo que tenía que hacer. Estar con y para mi padre. Como él había hecho conmigo toda su vida. Y no lo hice por agradecimiento o porque me sintiera obligada a hacerlo.

Lo hice porque quise, lo hice porque él para mí era lo más importante de mi vida.

Con esa decisión tomada, la siguiente fue que él trabajara lo menos posible en la pastelería, aunque eso fue un poco más difícil de conseguir, ya que decía que no había mejor sitio para pasar sus últimos meses de vida que allí, entre dulces y conmigo.

Las primeras semanas después de que el médico nos diera esa sentencia fueron más o menos iguales a las que habían sido las anteriores.

Pero eso cambió pronto. El deterioro se impuso sin pedir permiso, cada día un poco más. La enfermedad avanzó mucho más rápido de lo que yo esperaba, ni tampoco él esperaba que fuera así, tan rápido y cruel.

Dos meses después del diagnóstico, mi padre ya no podía prácticamente trabajar en la pastelería. Las manos le fallaban continuamente y las piernas apenas le sostenían.

Aun así, seguía bajando conmigo todas las mañanas. No falló ninguna hasta que su cuerpo se lo permitió.

Se sentaba en una silla junto al obrador o detrás del mostrador y me hacía compañía. Hablábamos muchísimo. Más de lo que lo habíamos hecho en toda nuestra vida juntos.

Me contaba historias de mi madre, de cómo le gustaban tanto las galletas de canela, que cuando las hacían tenía que acabar escondiéndolas de su vista porque, si no, la bandeja se vaciaba antes de llegar a la vitrina para venderlas.

De cómo se conocieron, en un bar una noche en la que los dos habían salido con los compañeros de clase a tomar algo, y cómo desde ese día ya no pudieron separarse.

Me contaba la ilusión con que vivieron el embarazo y cómo no dudaron al elegir mi nombre. En cómo había vivido la pérdida de mi madre y lo asustado que estaba al quedarse él solo con todo.

Nos reíamos muchísimo cuando me contaba historias de cuando era pequeña, enredada en el saco de harina y cómo acababa blanca de pies a cabeza, o cómo cuando deshacía chocolate acababa manchada hasta las pestañas.

Aunque también hablábamos del miedo. Porque, aunque intentaba esconderlo lo más posible, igual que hacía yo, los dos estábamos igual de asustados, sabiendo que cada día que pasaba el final estaba cada vez más cerca.

Los meses siguieron pasando. Y la enfermedad se lo fue comiendo poco a poco. Hasta dejarlo reducido a una cama, de la que ya no pudo levantarse nunca más.

Yo me encargaba de todo, sin quejarme, sin flaquear y siempre con una sonrisa en la cara para él, aunque cuando salía de su campo de visión se me borrara del rostro con rapidez.

Me encargaba de levantarlo. De darle de comer. De asearle. De cambiarle de postura cada poco tiempo para que los dolores no fueran tan insoportables.

Dormía apenas unas horas y siempre mantenía un ojo abierto porque temía que me necesitara para algo y no escucharlo.

Y mientras hacía todo eso, intentaba también mantener la pastelería abierta. Pero era imposible.

Había días que cerraba antes o abría más tarde, u otros incluso que no podía abrir en todo el día.

Las consecuencias de eso fueron que las ventas empezaran a caer, que los clientes se fueran a buscar otro sitio que tuviera un horario fijo que no dependiera de cómo mi padre estuviera ese día o del tiempo que hubiera tenido para hacer según qué dulces.

Ya que los que eran de mucha elaboración fueron los primeros que desaparecieron del mostrador.

Como así lo hicieron los encargos, esos dejé de cogerlos porque nunca podía estar segura de si podría cumplir con ellos.

Eso trajo que las ventas empezaran a caer y que los ahorros que teníamos, que no eran muchos, lo hicieran a la misma velocidad. Pero eso a mi padre no se lo dije jamás.

No quería que se marchara preocupado por mí y por la situación en la que me iba a quedar. No quería añadirle más dolor; bastante dolor tenía en el cuerpo como para añadirle más en el alma.

La respiración se me quebró un poco y los ojos se me llenaron de lágrimas en el momento en que por mi mente pasó el último recuerdo que tenía de él.

No había querido ingresar en el hospital; desde el principio tuvo claro que quería morir en casa, rodeado de ese olor a dulce que era su favorito y conmigo a su lado. Y así fue.

Un mes atrás, cuando entré a asearle por la mañana, negó con la cabeza e hizo el amago con la mano para pedirme que me tumbara a su lado, y lo hice.

Acercó su cabeza a la mía y, con la dificultad que tenía desde hacía días, me susurró que había llegado el momento y que lo escuchara antes de partir.

Ni siquiera pude contestarle. Solo lo abracé y aguanté las lágrimas como pude.

—Prométeme algo, Alma… Cuando yo ya no esté, no dejes de vivir por quedarte mirando atrás. El dolor pesa, sí, pero tú naciste para seguir adelante, naciste para endulzar vidas, no para detenerte por mí.

—Papá…

—Prométemelo.

—Te prometo que endulzaré vidas.

No dijo más, solo me acarició la cara, sonrió, una sonrisa de despedida, y cerró los ojos por última vez.

Y desde entonces esa última conversación que tuvimos me pesaba como una losa, porque no estaba cumpliendo mi promesa, ni siquiera lo intentaba. Porque sabía muy bien que esa petición de que endulzara la vida a la gente no se refería solo a que hiciera dulces; era otra cosa.

Era que me relacionara con gente y les hiciera la vida un poco mejor con mi presencia, como tantas veces me había repetido que había hecho con la suya.

Abrí los ojos y miré al techo intentando contener las lágrimas. No lo conseguí. Porque le echaba tanto de menos que sentía dolor físico y no solo en el alma; ese ya era totalmente insoportable.

Tenía un vacío constante dentro del pecho. Ese vacío que solo se llenaba un poquito cuando pensaba en Camille. Ella había sido mi salvavidas todos esos meses; ni un solo día había fallado.

Si no era una llamada, era un mensaje, pero siempre pendiente, siempre cogiéndome la mano en la distancia para que no cayera.

A veces hablábamos cinco minutos, otras hasta dos horas. Incluso había venido a casa desde Lyon tres veces durante esos meses para quedarse conmigo unos días y ayudarme con mi padre cuando todo empezó a empeorar tanto que se me hacía imposible seguir yo sola.

No tendría vida para agradecérselo. Se había portado como una verdadera amiga. De esas que llegan a tu vida por casualidad y sin aviso, pero que se quedan para siempre.

Me pasé la mano por la cara y me limpié las lágrimas que me habían caído por las mejillas. Suspiré.

Eran las diez de la noche y ese día no me había movido del sofá nada más que para ir al baño un par de veces y para coger una botella de agua de la cocina.

Era lunes. Era el día de descanso de la pastelería y no había abierto. Sin embargo, no habría habido mucha diferencia en las ventas si lo hubiera hecho, ya que apenas sacaba para pagar los ingredientes.

Y mucho menos para pagar el alquiler o todo lo demás.