Capítulo 9
Con todo hecho en la pastelería y colocado en el mostrador para que cuando volviéramos del médico no tuviera que entretenerme en hacerlo, subí a casa para prepararme y despertar a mi padre.
Me di una ducha tan rápida que ni tiempo dio a que se calentara el agua. Me vestí también deprisa con lo primero que pillé en el armario; había mirado el reloj ya tres veces y ya íbamos pillados de tiempo.
Con el corazón latiéndome a toda velocidad, por los nervios, el estrés y lo rápido que había hecho todo, fui a buscar a mi padre. Cuando abrí la puerta de su habitación, vi que ya estaba despierto.
Estaba sentado al borde de la cama a medio vestir, intentando abotonarse la camisa sin conseguirlo. Sus dedos parecían no querer colaborar.
Aparté la mirada y negué con la cabeza. Porque eso no era la primera vez que le pasaba.
Había empezado tiempo atrás a fallar en cosas más grandes, menos complicadas, pero en cosas. Como resbalones con las bandejas o la manga pastelera, pero en los últimos días, el simple gesto de poner un botón o atarse las deportivas se le hacía una misión imposible.
Era horrible. Era horroroso ver su cara de cansancio. O ver cómo suspiraba cada vez que algo no salía como tenía que hacerlo. Y, aun así, nunca perdía los nervios.
Me acerqué a él con decisión.
—Déjame a mí —le pedí intentando sonreír.
—Alma…
—No digas nada, ¿vale? Ahora vamos a ir al médico y estoy segura de que te podrán ayudar si ya saben lo que te pasa.
Me retiró la mirada. Y eso no me gustó nada, porque antes de hacerlo pude ver en sus ojos muchas cosas.
Miedo. Aceptación. Rendición. Esa era la peor, porque era como si él supiera algo que yo no.
—Esto ya está —dije cuando le puse el último botón.
Asintió agradecido.
Le ayudé a ponerse la chaqueta, a levantarse y, apoyándose en mí, salimos de la habitación y de la casa hasta la calle.
Antes de ir a buscarle, había pedido un taxi para que nos llevara al hospital y, efectivamente, cuando salimos, allí estaba ya esperándonos.
Ninguno de los dos dijo nada en todo el trayecto. Fue silencioso. Un silencio de esos que te vuelven más loca que si estuvieran en una habitación muy pequeña en la que te pones alarmas o ruidos a muchos decibelios.
Un silencio que me iba asfixiando por dentro a cada metro que el taxi recorría.
Yo iba con las manos en el regazo, retorciéndomelas sin parar y mordiéndome el labio más que nunca. Mi padre iba con la cabeza apoyada en la ventanilla, mirando el paisaje o fingiendo que lo hacía, para no dejarme ver que estaba igual o más aterrado que yo.
Cuando el taxista paró en la puerta del hospital y nos dijo con voz amable que ya habíamos llegado, quise salir corriendo. Quise coger a mi padre y desaparecer. Como si haciendo eso toda la mierda que estaba a punto de caernos encima pudiéramos evitarla.
Pero eso sería en un mundo de fantasía; por desgracia, estábamos en uno donde al parecer unos viven toda su vida sin recibir palos y otros nos llevamos los nuestros y los de ellos.
No esperamos ni cinco minutos en la sala de espera. Una enfermera con cara seria vino a buscarnos.
Intenté tragar saliva, sin conseguirlo, cuando entramos en la consulta.
Olía a café y a desinfectante, pero a mí me pareció que ese olor no era precisamente el acertado, porque a lo que realmente olía allí dentro era a sentencia.
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El médico nos hizo sentar frente a él y, durante unos segundos, solo escuché el sonido de las hojas del informe al moverlo entre sus dedos, dando vueltas a las páginas mientras repasaba con la mirada algunas líneas que tenía marcadas con fluorescente amarillo.
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Después de esos segundos que se me hicieron eternos, por fin levantó la cabeza y nos miró muy serio.
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Y al verlo así, supe en ese instante que nuestra vida acababa de romperse y que no nos iba a decir nada bueno, sino todo lo contrario.
—Henry —empezó a decir con voz suave—, ya tenemos todos los resultados de las pruebas.
Noté la mano de mi padre buscar la mía. Se la agarré con fuerza.
—Lo que muestran las pruebas es que padeces esclerosis lateral amiotrófica.
A mí me sonaron esas palabras como si me hubiera hablado en chino.
—¿Eso es? —me atreví a preguntar con la voz temblorosa.
El médico cerró los ojos un segundo, lo suficiente para saber que su explicación menos técnica sí que nos iba a dar un fuerte golpe.
—ELA.
Esas tres letras me cayeron como si se me hubiera derrumbado encima un rascacielos. Esas letras sí las entendí. Esas letras eran horribles.
No es que fuera una experta en esa enfermedad, ni en ninguna en realidad, pero sabía, no con todos sus datos, que era una enfermedad mala, muy mala.
El médico siguió hablando mientras yo intentaba respirar.
—Es una enfermedad neurodegenerativa irreversible del sistema nervioso que afecta a las neuronas motoras. Eso significa que poco a poco los músculos dejan de responder.
Miré a mi padre. Él permanecía en silencio. Muy quieto. Pero su mirada de desolación lo decía todo.
—La enfermedad irá avanzando. Primero notarás cada vez más debilidad en brazos y piernas. Después llegará la dificultad para caminar, para sostener objetos y, con el tiempo, afectará al habla y a la respiración.
¿Qué cojones decía ese hombre?Sí, todo eso ya había llegado; hacía tiempo que eso ya había empezado a pasar y cada día era más evidente.
Sentí la garganta seca y cómo el mundo empezaba a girar demasiado rápido a mi alrededor.
Hice varias respiraciones profundas para evitar desmayarme.
—No… por favor, no… —Susurré sin darme cuenta.
El médico me miró con tristeza.
—Ojalá pudiera daros mejores noticias, lo siento.
Mi padre apretó un poco más fuerte mi mano.
—¿Tiene tratamiento?
El hombre asintió despacio.
—Hay tratamientos que pueden ralentizar el avance y ayudar con los síntomas. También terapias respiratorias y fisioterapia. Hoy por hoy no existe cura, pero en tu caso…
El médico dejó la frase sin terminar y eso me asustó muchísimo más de lo que ya estaba.
—En mi caso, ¿qué?
Mi padre preguntó, pero vi en sus ojos que ya sabía la respuesta que le iba a dar. Vi cómo ya había aceptado lo inevitable; no es que se hubiera rendido, no, es que estaba ya seguro de lo que iba a pasar.
—Siento decir esto, de verdad que sí, pero en tu caso el tratamiento apenas funcionará; las pruebas son claras, tu ELA está muy avanzada.
¡No, no, no! ¡No, por favor!
Quise gritar, patalear, dar golpes a lo que fuera, pero no hice nada de eso; simplemente me quedé paralizada procesando lo que el médico acababa de decir.
Nada, no se podía hacer nada. Eso era lo que había dicho.
Mi padre carraspeó e hizo la pregunta que yo ni me atrevía a pensar.
—¿Cuánto?
El médico bajó la mirada y soltó el aire despacio antes de soltar la sentencia definitiva.
—Es difícil saberlo con exactitud. Cada paciente avanza de manera distinta. Pero teniendo en cuenta el estado avanzado en el que se encuentra la tuya.
Noté cómo el aire desaparecía de la habitación.
—No más de un año.
No escuché más.
¿Un año? ¿Un jodido año? ¿Trescientos sesenta y cinco días? ¿Había dicho un año? No, no podía ser cierto.
¿Cómo íbamos a tener tan poco tiempo? ¿Cómo podía ser la vida tan cruel con nosotros?
Mi padre se iba a ir y yo iba a quedarme sola. Sola.
Sola, sin él, sin sus sonrisas, sin sus consejos, sin sus besos, sin sus abrazos y sin compartir esos momentos que para nosotros eran únicos entre aromas de dulces.
Esas y muchas preguntas más, aparte de maldiciones, se me pasaron por la cabeza en décimas de segundo.
Las lágrimas empezaron a caerme antes incluso de darme cuenta, como si fueran por libre, y a la vez negaba con la cabeza una y otra vez, murmurando lo mismo.
—No, no, no… no puede ser.
Mi padre me abrazó inmediatamente, fuerte, como si quisiera sostenerme él a mí, cuando era a él al que habría que sostenerle.
Nada más notar su contacto, no pude soportarlo más y me derrumbé.
Lloré allí mismo, en aquella consulta fría y silenciosa, agarrada con los dedos a su camisa, apretando con todas mis fuerzas, como si así pudiera impedir que se marchara.
—No quiero perderte… —Sollocé—. Papá, no quiero quedarme sola… por favor… quédate conmigo.
Me abrazó más fuerte pese a que ya apenas tenía fuerza.
Noté la humedad de sus lágrimas en mi sien, y eso sí que me acabó de destrozar, porque mi padre nunca lloraba, jamás. Al menos nunca en público, nunca delante de mí.
—Eh… mírame, pequeña.
Me separó lo justo para secarme las lágrimas con manos temblorosas.
—Tienes que ser fuerte —me pidió.
Negué rápidamente.
—No puedo…
—Sí puedes.
Su voz se quebró un poco.
—Porque eres la persona más valiente que he conocido jamás. Y la más fuerte también, mucho más que yo.
Volví a abrazarme a él mientras sentía cómo el mundo entero se rompía bajo mis pies.
La vuelta a casa fue incluso más silenciosa que la ida al hospital. Porque cuando habíamos ido, al menos teníamos dentro la esperanza de que lo que pasaba no fuera tan malo.
Pero a la vuelta, cualquier rastro de esperanza se había desvanecido como si fuera un hilo de humo que se lleva un fuerte viento.
Esa noche no pegué ojo. Pensé, lloré, maldije a todo lo que se me ocurrió, incluso golpeé la almohada de mi cama sin descanso.
Pero cuando me levanté a la mañana siguiente, el alma que había sido hasta ese momento había desaparecido.
Esa que bajó a la pastelería a las cinco de la mañana con los ojos rojos de llorar era otra Alma totalmente diferente.
Un alma fuerte, un alma valiente, una que llegó al obrador con muchas decisiones tomadas.
Pero la más importante de todas era que estaría con mi padre hasta el final, haría lo que hiciera falta para que lo que le quedaba estuviera de la mejor manera posible y yo dejaría mi vida y todo de lado para conseguirlo.