La mentira que cambió mi vida Capítulo 8
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Capítulo 8

El móvil vibró menos de un minuto después.

Travis: Creo que acabo de enamorarme un poco de tu voz, macaron.

Abrí mucho los ojos y, sin pestañear siquiera, releí el mensaje tres veces para cerciorarme de que era verdad lo que habían visto mis ojos.

Pues sí, sí que había puesto eso. El estómago me dio un vuelco tan fuerte que tuve que apoyar la cabeza contra la pared.

Travis: La próxima vez no quiero un audio.

Travis: Quiero una llamada.

Me mordí el labio intentando contener una sonrisa tonta.

Alma: Eso da más miedo.

Travis: ¿Yo te doy miedo?

¡Sí!Quise gritarle; bueno, en realidad él no me daba miedo, era la situación más bien.

Porque no hacía ni dos meses que nos conocíamos y esta relación, si es que lo era, de amistad o de lo que fuera, iba demasiado deprisa.

O eso pensaba yo. Pero claro, ¿quién era yo para juzgar una cosa así? Sí, aparte de con Camille, no me había relacionado con nadie de verdad que no fuera mi padre.

Así que no tenía ni la más remota idea de cómo debían ir las cosas con un chico.

Que sí, que lo mismo me estaba yo montando una película en la cabeza que ni para un Óscar, pero, coño, es que me decía cada cosa y me tiraba cada indirecta que me dejaba con las patas colgando.

Además, que yo podía estar pez en el terreno de los chicos, pero Camille no lo estaba.

No es que fuera una fresca ni mucho menos, pero ella, que tenía los mismos años que yo, bueno, ella ya había cumplido los dieciocho; a mí me quedaba un mes escaso. Ya había estado con varios chicos y se había acostado con al menos tres diferentes.

Y ella, que estaba más espabilada en ese terreno que yo, cuando le había comentado alguna de las cosas que me decía Travis, siempre me decía lo mismo.

Que más o menos venía siendo que ese vaquero me estaba metiendo fichas porque quería meterse entre mis bragas.

Sé que mi amiga no era delicada al decir las cosas. Las soltaba tal cual las pensaba, pero eso no significaba que tuviera menos razón. Con cada día que pasaba y más cosas me decía Travis, yo misma empezaba a pensar como ella.

Pues crudo lo va a tener, le solía decir yo. Pero ella me contestaba que lo mismo un día me sorprendía y, al salir a atender a un cliente, me llevaba la sorpresa de mi vida y era él el que estaba allí.

Y no para comprar dulces, sino para secuestrarme y llevarme a su rancho, para hacer vaqueritos.

Mucho nos reíamos cuando a Camille se le ocurrían esas locas ideas.

También solía burlarse de mí, pero con cariño. Me decía que el vaquero se llevaría una sorpresa cuando me cogiera para empotrarme contra la pared y se diera cuenta en el primer empujón de que era inmaculada.

Sacudí la cabeza y dejé de pensar en Camille y volví a prestar atención al teléfono para contestar a Travis. Pero no me dio tiempo.

En ese momento me entró un mensaje suyo que me dejó con la boca abierta.

Era un audio otra vez. Y esa vez su tono de voz había cambiado radicalmente.

Era como si estuviera muy enfadado o molesto o una mezcla de las dos cosas, pero al hablarme a mí había intentado disimularlo.

— Alma, lo siento, hoy no puedo seguir hablando. Mi hermano acaba de llegar al rancho y se avecina tormenta. En cuanto pueda, seguimos. Un beso, macaron.

Muerta. Sí, muerta me quedé al oírle. Porque en todo el tiempo que llevábamos hablando no me había dicho nunca que tenía un hermano. Y al parecer el motivo era que no debían llevarse muy bien.

Eso lo deduje, por lo de la tormenta que había dicho y por la manera un poco despectiva en que había dicho la palabra hermano.

Oí toser a mi padre con fuerza en el piso de arriba, y todo lo demás, Travis incluido, pasó a un segundo plano.

Subí corriendo a ver qué le pasaba y me asusté al verlo tan pálido, todavía tumbado en el sofá. Me tumbé a su lado y le abracé.

—¿Papá?

—Estoy bien… —dijo intentando incorporarse.

Pero no estaba bien y los dos lo sabíamos. Los dos sabíamos que algo malo se avecinaba, algo que ya no podíamos obviar, algo que nos iba a cambiar la vida.

—Venga, voy a traerte algo de cena y luego te acuestas.

Me miró intentando sonreír. Y digo intentando, porque no lo consiguió; solo fue una mueca, y eso me asustó más que nada, porque mi padre siempre sonreía, siempre. Pasase lo que pasase, siempre lo hacía, pero es que se le veía que ni fuerzas para ello tenía.

—No tengo hambre.

Y ahí estaba la respuesta de los últimos días.

Cada vez que le decía de comer o cenar, siempre me decía que no tenía hambre, pero es que se estaba quedando delgadísimo. Así que yo hacía oídos sordos y le medio obligaba a que comiera algo, aunque fuera poco.

—Un caldo al menos, por favor.

Vio el ruego en mi voz y la desesperación en mis ojos y, finalmente, después de pensárselo, asintió.

Una hora después y ya con mi padre cenado y acostado en la cama, me desplomé en la mía. Ni la ropa tan siquiera me quité, solo quería dormir y que cuando me despertara todo lo que estaba pasando fuera un mal sueño.

Con mil pensamientos en la cabeza que me volvían loca de preocupación, acabé quedándome dormida por agotamiento mental.

Abrí los ojos cuando todavía era de noche; sin mirar, alargué la mano y apagué la alarma del móvil.

Durante unos segundos me quedé inmóvil, mirando el techo de mi habitación, intentando recordar qué era esa sensación horrible que me aplastaba el pecho.

Un momento después lo recordé.

El hospital. Las pruebas. Los resultados. Y el miedo volvió a caer sobre mí como una losa.

Ese día, era el día. El día en el que, para bien o para mal, sabríamos por fin qué era exactamente lo que le pasaba a mi padre. Teníamos por la mañana consulta con el médico que le estaba llevando y el que nos había llamado la tarde anterior citándonos a esa hora para hablar con nosotros.

Cerré los ojos con fuerza y respiré hondo antes de levantarme de la cama. No podía permitirme derrumbarme. No todavía.

Me recogí el pelo en un moño rápido y bajé como si fuera un zombi por las escaleras hasta la pastelería.

El obrador olía a mantequilla, harina y chocolate. Siempre había sido mi lugar favorito del mundo. El sitio donde me sentía segura.

Pero esa mañana ni siquiera eso conseguía calmarme, porque estaba allí sola, y eso pocas veces había pasado. Siempre estaba allí mi padre conmigo y, al no estar, era como si me faltara algo, como si me faltara el aire.

Encendí las luces y empecé a trabajar mecánicamente. Preparé masas, coloqué los cruasanes en las bandejas y decoré algunas tartas que habían quedado pendientes del día anterior.

Intentaba mantener las manos ocupadas para no pensar. Porque en cuanto dejaba de moverme, el pánico volvía.

Afuera empezó a amanecer lentamente. Los primeros tonos anaranjados tiñeron las calles de Annecy mientras la ciudad despertaba poco a poco.

Suspiré. Hasta el pueblo se veía distinto.

Era como si el miedo por mi padre que tenía dentro me hubiera hecho ser otra chica distinta, una en la que todo lo que la hacía sonreír, por pequeño que fuera, como un amanecer, quedara en segundo plano.

Negué con la cabeza.

— Venga, Alma, termina todo esto, no puedes entretenerte pensando.

Y eso hice: dejar la mente en blanco y seguir.