La mentira que cambió mi vida Capítulo 7
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Capítulo 7

Las dos semanas siguientes pasaron envueltas en hospitales, salas de espera y un miedo constante que me tenía de los puñeteros nervios.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Pruebas. Análisis. Consultas. Médicos hablando entre ellos con una jerga que yo apenas entendía. Y mi padre.

Mi padre intentando quitarle hierro al asunto para no preocuparme, mientras que cada día que pasaba, o cada hora, no lo tenía claro; se le veía más y más cansado.

La pastelería seguía abriendo, porque necesitábamos el dinero, era nuestro modo de vida y nuestro sustento y también porque mi padre se negaba a dejar de trabajar.

Pero ya no era igual. Nada era igual.

El olor del obrador era distinto. Cuando siempre había olido a casa, a hogar y a felicidad, ahora olía a miedo, a incertidumbre por querer saber de una vez qué era lo que le pasaba y a desesperación por verle cada vez peor.

Hasta hacer las masas y batir la crema o la nata era distinto. Todo lo que antes me encantaba se me hacía cada vez más cuesta arriba.

No porque me hubiera dejado de gustar hacer dulces, eso nunca pasaría, sino porque la persona con la que disfrutaba haciéndoles desde que no levantaba ni un palmo del suelo no estaba bien.

Y eso me estaba matando por dentro cada día un poco más.

Había mañanas en las que le costaba hasta coger la manga pastelera y, para disimular y no hacerme sufrir más, me decía: "Toma, hazlo tú, que hace mucho que el aprendiz ha superado al maestro".

Yo solo sonreía. Una sonrisa que no llegaba a mis ojos, pero que me forzaba a poner por él, por no hacerle sentir peor de lo que sabía que ya se sentía.

Otras veces tenía que apoyarse en la encimera del obrador porque las piernas le fallaban durante unos segundos.

Y aun así sonreía. Siempre sonreía.

—No me mires así, Alma —me decía—, que todavía no estoy para que me entierren.

Yo intentaba devolverle la sonrisa. Pero después, cuando subíamos a casa al acabar de trabajar, bien en la ducha o en la soledad de mi habitación cuando sabía que se había quedado dormido, me derrumbaba.

Lloraba hasta que no me quedaban fuerzas o hasta que el sueño me vencía.

Los únicos momentos en los que conseguía desconectar un poco eran cuando hablaba con Camille.

Le había contado días atrás lo que pasaba con mi padre; no quería aburrirla con mis problemas y cuando así se lo hice saber, poco más y me deja sorda.

Bueno, eso era una manera de hablar porque en el chat sería ciega, con sus letras en mayúscula, esas que tenía mucha costumbre de poner para enfatizar sus frases.

Después de tanto tiempo hablando por el chat, un día al hablar, después de estar dos días sin entrar.

Porque había estado de trabajo hasta arriba en la pastelería, cuando me conecté y le dije que no podría hacerlo tan a menudo como antes, me respondió que era una pena, pero ahí le propuse darnos nuestros números como había hecho con Travis, cosa que no le había contado, a lo que ella dijo un rotundo sí, y que antes tendríamos que haberlo hecho.

Desde ese día ella me escribía a cualquier hora o me hacía una llamada perdida para que se la devolviera cuando pudiera.

No había día que no me preguntara cómo iban las pruebas de mi padre, o cómo estaba yo. Y aunque a veces no sabía qué contestar, agradecía sus preguntas porque eso quería decir que le importaba y que me quería como la buena amiga que era.

Me quería, como yo a ella. Porque con ella y solo con oír su voz o leer sus letras me sentía menos sola.

Con Travis las conversaciones también continuaron, aunque diferentes.

Bueno, diferentes tampoco era la palabra adecuada para describirla; menos constantes, sí, eso sí se aproximaba más a la realidad.

Él estaba hasta arriba de trabajo en el rancho y yo apenas tenía tiempo libre entre la pastelería, la casa y las visitas al hospital. Pero aun así encontrábamos momentos para mandarnos algunos mensajes cortos o alguna foto de dulces o de algo del rancho.

Travis había empezado sin querer. Sin pedir permiso. Y sin pretenderlo, se convirtió peligrosamente en una rutina para mí, en una constante en mi vida.

Aquella tarde estaba sentada en el suelo del obrador mientras esperaba a que se enfriaran unos bizcochos, que teníamos encargados para el día siguiente, cuando me sonó el móvil.

El sonido retumbó en las paredes del obrador, ya que estaba allí sola y en silencio, pensando en todo y en nada, y en mi padre, sobre todo en mi padre.

O más bien en su estado, que era cada vez peor. Dando pasos de gigante hacia peor, así estaba su estado.

Le había convencido esa tarde por primera vez en días para que no bajara por la tarde al obrador, diciéndole que yo me encargaba de todo.

¿Y cómo se vería que solo me dio las gracias y se quedó en casa tumbado en el sofá viendo la tele, o fingiendo que la veía sin protestar?

Desbloqueé el móvil y sonreí. Poco, pero lo hice, al ver que era un mensaje de Travis. Pero cuando entré en el chat, me quedé congelada al ver que no era un mensaje de texto, sino de voz.

Me quedé mirando el mensaje unos segundos mientras apretaba el móvil con la mano con más fuerza de la que en verdad pretendía. Nunca había escuchado su voz.

Me puse nerviosa al pensar en ello. Al pensar que solo con un clic de mi dedo la oirían por primera vez.

— Vamos, Alma, dale ya, si lo estás deseando —me dije.

No dudé más, y di a reproducir.

— Hola, macaron .

Dios… Tuve que darle a parar antes de seguir oyéndole porque, virgencita de mi vida, qué voz más bonita tenía.

Me la había imaginado cientos de veces, pero no había acertado ni lo más mínimo.

Yo había pensado, ni idea de por qué, que su voz sería grave, ronca, profunda y de esas que parece que hablan a cámara lenta.

Pero no. Era una voz fresca, alegre, un poco grave, pero lo normal en un hombre, pero sobre todo era una voz que enganchaba. Que te hacía no querer dejar de escucharla. Adictiva. De esas voces que parecían querer atraparte.

Di a reproducir de nuevo para seguir escuchando.

— Solo quería comprobar si seguías viva. Llevas varios días en los que apenas me contestas ni me escribes tú, y empiezo a preocuparme.

Tenía razón en lo que me había dicho. En los últimos días apenas habíamos cruzado cuatro mensajes; siempre era yo la que con alguna excusa le decía: "Lo vi tarde, no oí el móvil o he estado hasta arriba de trabajo".

Eso último era verdad, pero es que él no sabía el motivo de mi carga de trabajo. No le había contado nada de lo de mi padre, ni siquiera se lo había insinuado.

Habíamos hablado mucho, sí, y teníamos confianza, pero no me parecía que fuera tanta como con Camille, por ejemplo, para contarle mis problemas.

Lo mismo él no quería hablar de cosas tan tristes, o de mis problemas, o yo qué sabía ya, porque tenía la cabeza tan ida que ni pensar con claridad podía.

Suspiré y seguí escuchando el mensaje hasta el final.

— Además, estoy cansado de imaginarme cómo suena tu voz francesa.

Hizo una pausa porque se oyó un ladrido a su lado.

Supuse que sería o Castán o Corso, que estaban con él; sí, seguro que eran uno de los dos, porque, por lo que me había dicho, esos perros no se separaban de él.

— Así que te toca, déjame oír tu voz, macaron.

Noté cómo el calor se me subía por el cuello hasta la cara y no, no era por el que desprendía el horno, ya que llevaba un rato apagado. Era por la manera pícara en la que me había pedido que quería oír mi voz.

Me quedé inmóvil unos segundos intentando calmarme. No lo conseguí.

Mi corazón iba demasiado rápido por algo tan absurdo como un mensaje de voz.

Pero es que, puff… qué voz tenía el vaquero.

Volví a escuchar el mensaje entero. Dos veces. Tres. Y cada vez que lo escuchaba, más me gustaba su voz y más me atraía.

Me quedé mirando el botón del micrófono como si fuera una bomba.

— Venga ya, Alma… —Murmuré para mí misma.

Tardé casi diez minutos en atreverme. Diez minutos en grabar un audio decente. Diez minutos en borrar audios porque me parecía que sonaba ridícula.

Hasta que finalmente respiré hondo y grabé uno corto.

—Hola, vaquero…

Solo decir aquello ya me dio vergüenza.

—Sigo viva. Estoy en la pastelería ayudando a mi padre.

Miré el móvil dudando.

—Y no tengo voz francesa, tengo una normal, creo.

Solté una risa nerviosa antes de cortar el audio y mandarlo rápidamente antes de arrepentirme.

En cuanto lo envié, escondí la cara entre las manos.

— Dios mío…

Dejé el móvil a mi lado en el suelo y apoyé la cabeza en la pared con los ojos cerrados, esperando su respuesta.

Porque si de algo estaba segura, es que una respuesta llegaría, en modo de audio o escrito; eso no lo sabía, pero lo averiguaría pronto.