Capítulo 6
Me quedé mirando la pantalla del portátil a ver si escribía algo más, pero no fue así. No llegó nada más.
Lo que sí que hizo unos segundos después de mandar su último mensaje de los emojis fue desconectarse.
Fruncí el ceño pensando que no entendía nada. ¿Así iba a dejar las cosas? ¿Por qué no me decía nada?
Pero antes de hacerme la tercera pregunta que me rondaba la cabeza, me contestó, pero de otra manera.
Mi móvil vibró alertándome de un nuevo mensaje. Estaba encima de una pequeña mesa camilla en una esquina de mi habitación, donde me sentaba a estudiar cuando no lo hacía en el obrador, en la cama o en el sofá.
Volví a apartar el portátil de mis piernas para dejarlo otra vez en el mismo sitio donde lo había dejado la vez anterior cuando me levanté y, con nerviosismo, gateé por la cama y alargué la mano para coger el móvil.
Miré la pantalla y vi que era un número desconocido el que me había mandado el mensaje.
El número era desconocido porque no lo tenía grabado, pero la persona que lo mandaba no lo era.
Travis. Lo reconocí enseguida por la foto de perfil.
Antes de leer su mensaje, guardé su número. Después de hacerlo, entonces ya sí, abrí el mensaje, su primer mensaje por ahí, y sonreí.
Travis: Ahora sí.
Travis: Mucho mejor.
Aquella simple tontería consiguió hacerme feliz y dejar por un momento, aunque solo fuera uno, la preocupación que sentía por mi padre fuera de mi mente. Me hizo feliz, demasiado feliz.
Y eso era precisamente lo que empezaba a asustarme de verdad, porque ya no era solo que Travis me gustara, que lo hacía, sino que estaba empezando a sentir algo por él.
Cerré la aplicación del ordenador y lo apagué. Lo dejé a mi lado en la cama y agarré el móvil con las dos manos.
Volví a leer sus mensajes, pero en lo que también me fijé fue en que la foto de perfil que tenía puesta era distinta a la que tenía en el chat de amistad.
En esta del móvil tenía puesta una en la que salía sentado en lo que parecía, no, no lo parecía, lo era, una mecedora en el porche de una casa y estaba mucho más enfocado porque se le veía mucho mejor la cara.
Era guapo.
No, guapo no, era guapísimo.
En la foto también salían a su lado dos perros grandes, uno a cada lado de su cuerpo; se les veía muy tranquilos, aunque claro, eso lo mismo es porque era su dueño, o eso supuse, a saber cómo eran con los extraños.
Alma: La verdad es que sí, de esta manera es más cómodo hablar.
Travis: Sí, eso mismo. Además, por aquí podemos mandar fotos, audios y hablar por llamada o videollamada cuando queramos.
La Virgen, pensé. Que este hombre se estaba acelerando como una moto.
En un par de minutos habíamos pasado de chatear solo viéndonos la misma foto de perfil desde que nos conocimos un mes atrás, a proponer todas esas cosas que nos dejarían tan expuestos del todo al otro.
La idea me tentó; era una chorrada negarlo. Aunque también me dio un pelín de miedo y respeto.
Travis: Alma.
Alma: Dime.
Travis: Eres realmente preciosa. En la otra foto del chat estás guapa así de lejos, pero en la del móvil, que se te ve más de cerca, estás espectacular.
— La madre que me parió —murmuré.
Miré la foto que tenía puesta.
Era una foto de un par de meses antes que mi padre me había hecho un lunes, que era el día que cerraba la pastelería por descanso, y salimos a dar una vuelta por la tarde por el pueblo.
Él me pidió el móvil cuando nos paramos a las orillas del lago y se empeñó en hacerme una foto en la que salía el lago de fondo con el atardecer.
En ella salía sonriendo porque mi padre me pilló justo en ese momento mientras me reía de una bobada que había dicho.
La verdad era que no salía mal en la foto. Pero no la había puesto en el perfil del WhatsApp por eso; la puse porque me la había hecho mi padre ese día y, al verla, me hacía recordar la tarde tan bonita que pasamos.
Alma: No es para tanto, solo es una foto más.
Travis: No es una foto más, es la foto.
Carraspeé y tragué saliva. No sabía qué decirle; se estaba poniendo un poco intensa la situación, así que tiré por lo fácil.
Alma: Tu foto está muy bien también. ¿Esos perros son tuyos?
Travis: Ja, ja, ja. Estos perros no son de nadie, van por libre, porque no me hacen ni puñetero caso.
Su respuesta me hizo reír, al dar a entender que eran de esos perros que se creían más humanos que perros y allá donde estaban imponían su presencia.
Alma: Se les ve muy tranquilos.
Travis: Lo son, a ratos.
Travis: El de la derecha, el negro, es Corso. Y el que tiene el pelo de tres colores es Castan.
Alma: Son preciosos.
Travis: ¿Solo te has fijado en los perros en la foto, de mí no dices nada?
Cerré los ojos y negué con la cabeza. Vaya con el vaquero; al parecer, quería tirarme de la lengua y que le regalara los oídos. Pues lo haría, pero solo un poco para que no se le subiera a la cabeza.
Tecleé y borré tres veces el mensaje; no quería mentir, pero tampoco ser demasiado obvia.
Alma: Vaquero, no creo que te haga falta que te piropee; te miras en el espejo todos los días.
Travis: Ja, ja, ja. Vaya, ¿eso qué significa, que te gusta lo que ves o que no?
Puse los ojos en blanco. Leñe con el vaquero: no se rendía y quería que se lo dijera claramente.
Pues se iba a enterar. ¿Quería saber qué me parecía? Pues, para él iba a tener.
Alma: Me gusta mucho lo que veo, sí, eres guapísimo, pero eso tú ya lo sabes.
Travis: Te ha costado decirlo, ¿eh?
— Capullo —murmuré antes de echarme a reír.
Alma: No creía que fuera necesario decir algo que es tan obvio; estarás harto de que todas las mujeres te lo digan.
Travis: Sí, mi madre me lo dice mucho.
Una respuesta muy diplomática, sí.
Que era joven, pero no era tonta, que él tenía veinticinco años y llevaba una vida de adulto mucho más avanzada que la mía y seguramente estaba hasta aburrido de estar con chicas.
Con lo guapo que era y la labia que tenía, que sí, escribiendo era de esas personas que te enganchan y te llevan a su terreno, pero para bien, pues en persona tenía que ser de esos que arrasan.
Alma: Pues ahí lo tienes, tu madre tiene razón.
Travis: Mierda, me llaman para otro parto complicado, no puedo seguir hablando, pero en cuanto pueda te escribo.
Alma: Espero que todo vaya bien en el parto; yo me bajo también al obrador. Hablamos, vaquero.
Travis: Hablamos, preciosa.
Dos segundos después se desconectó.
Volví a pinchar en la foto de su perfil y la amplié para verla mejor.
Era guapísimo; como ya he dicho, su sonrisa era de esas de pillo o canalla que tanto atraían.
Y sus ojos tenían un brillo impresionante, pero también, al fijarme bien en ellos, había algo, como si detrás de ese brillo hubiera una oscuridad oculta.
Lo mismo el día que se hizo la foto sonrió a la cámara, pero por dentro estaba teniendo un mal momento, pensé.
La gente, bueno, y yo misma también lo hacía, algunas veces sonreímos por inercia, aunque por dentro llevamos algún pesar.
Miré por última vez la foto y sonreí.
— Venga, Alma, que tienes trabajo, no puedes pasarte la tarde aquí mirando al vaquero embobada.
Después de regañarme a mí misma, dejé el móvil cargando y bajé al obrador a ayudar a mi padre, que ya le había oído bajar un rato antes.
La tarde pasó como otra cualquiera. O eso parecía.
Porque no dejé de observar a mi padre de reojo y noté que no estaba bien; por mucho que él dijera que era cansancio, no lo era. Algo dentro de mí me lo gritaba a voces.
Esa noche encontré a mi padre sentado en el sofá cuando fui desde mi habitación a la cocina a por agua.
Me sorprendió verle allí, porque pensé que hacía rato que se había ido a la cama cuando nos despedimos un rato antes y le dije que yo me iba a mi cama a leer un rato antes de dormir.
Tenía las manos apoyadas sobre las piernas y respiraba con un poco de dificultad, como si le costara que el aire le llegara bien adentro de los pulmones. Fruncí el ceño al acercarme.
—Papá, ¿qué haces aquí?
—No tenía sueño.
Volví a fruncir el ceño porque su respuesta fue rápida y clara, pero no levantó la cabeza para contestarme.
¿La razón? Para que no viera en sus ojos que me estaba mintiendo.
—¿Estás bien?
—Sí… solo estoy cansado.
Y una mierda, joder, otra vez esa excusa del cansancio, una que ya no me valía; además, su respuesta no sonó muy convincente esa vez. Ni un poco convincente. Más bien, nada.
Me agaché frente a él y le agarré las manos.
Noté cómo tenía los dedos rígidos y fríos, y eso no era normal. Mi padre siempre tenía mucha calidez en las manos. Era de esas personas que en invierno, cuando tienes la cara helada, te ponen las manos en las mejillas y te devuelven la vida.
—Papá…
—Alma…
Ese Alma me llegó justamente a ese sitio, al alma, porque lo dijo en voz baja y como con miedo.
Y mi padre nunca tenía miedo, nunca flaqueaba, nunca dudaba ni se hundía con nada. Esa manera de decir mi nombre fue un golpe bien fuerte a mi pecho, porque eso me indicó que por fin él mismo ya se había dado cuenta de que algo no iba bien.
—Hasta aquí hemos llegado —dije con rotundidad.
Por fin levantó la cabeza y me miró a los ojos. Y ahí sí que ya se me encogió el corazón del todo, porque si su voz reflejaba miedo, sus ojos reflejaban puro terror.
Sentí cómo me comenzaban a picar los ojos, cómo se empezaban a formar las lágrimas en ellos.
Parpadeé una vez, dos, tres, lo más rápido que pude para contenerlas; no quería que mi padre me viera llorar, no quería que se preocupara por mí, y sabía que lo haría si me veía en ese estado.
—Vamos a ir al médico —dije con voz temblorosa—. Mañana mismo —añadí de una manera un poco más firme.
—La pastelería…
—La pastelería puede estar cerrada un rato, o como si tiene que estar cerrada todo el día, no podemos seguir fingiendo que no pasa nada.
No me contestó, solo asintió.
—Ahora ve a la cama, por favor, y mañana no te quiero ver en el obrador antes del alba.
—Pero… —Empezó a protestar, pero no le dejé seguir.
—De pero, nada; mañana te quedas más rato en la cama; de lo de primera hora me encargo yo.
Lo dije de tal manera que sonó como una orden y no fue capaz de contradecirme.
Fui a la cocina y le preparé una infusión relajante y ya de paso me hice una para mí también.
Después de tomárnoslas en silencio y al verle que le costaba levantarse del sofá y que caminaba arrastrando el pie más que nunca, le acompañé a la cama.
Se metió en la cama y nos dimos las buenas noches con un abrazo y un beso. Cerré la puerta y con pasos pesados me fui a mi habitación.
Nada más cerrar la puerta, me llevé las manos a la cara y, sin poder aguantar más, exploté. Dejé salir en modo de lágrimas silenciosas todos mis miedos y toda la frustración que tenía.
Porque, como le había dicho, ya no podíamos seguir fingiendo, ya no podíamos mirar hacia otro lado; era hora de saber de una vez qué estaba pasando. Porque algo estaba pasando.
Algo que no quería decirlo en voz alta, pero que dentro de mí sabía que era algo malo.
Rezando para que ojalá no fuera cierto y llorando hasta el agotamiento, me quedé dormida.