La mentira que cambió mi vida Capítulo 5
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Capítulo 5

Abrí los ojos esa mañana y me quedé unos segundos mirando la pared que tenía enfrente mientras escuchaba el silencio de la casa.

Un silencio extraño y pesado.

Últimamente me despertaba así casi todos los días. Con un nudo en el pecho.

Suspiré y me levanté despacio. El suelo de baldosas estaba frío bajo mis pies cuando crucé el pasillo para ir al baño.

Di el agua de la ducha para que se fuera templando mientras con desgana me quitaba el pijama corto que tenía puesto. Necesitaba una ducha con urgencia para intentar espabilarme y destensar todos los músculos del cuerpo.

Cuando el agua empezó a caerme por la cabeza, bajando poco a poco por mi cuerpo, suspiré.

Veinte minutos después me fui en albornoz de vuelta a la habitación y saqué del armario ropa cómoda. Un pantalón azul largo, ancho y fino fue la elección para la parte de abajo y una camiseta en color blanco básica para la de la parte de arriba.

Me puse unas deportivas y, medio arrastrando los pies, bajé las escaleras hasta el obrador.

En cuanto entré, el olor a mantequilla, vainilla y azúcar volvió a envolverme como siempre lo hacía. Era el olor de mi vida. El olor de mi hogar. Pero esa mañana ni siquiera eso consiguió tranquilizarme del todo.

Encontré a mi padre sentado detrás del mostrador de la tienda con una libreta entre las manos. Tenía las gafas algo caídas sobre el puente de la nariz y una expresión cansada que ya era rutina en él.

—Buenos días —murmuré acercándome.

Le di un beso en la parte de atrás de la cabeza y él sonrió ligeramente.

—Buenos días, pequeña pastelera.

Sonreí un poco al oírle llamarme así.

—¿Llevas mucho despierto?

—Desde las cinco.

—Papá —dije riñéndole.

—Ya sabes cómo soy.

Sí, lo sabía.

Desde que había empezado el verano tres semanas atrás, apenas descansaba. Y aunque intentaba aparentar normalidad para no preocuparme, cada vez le costaba más esconder que algo no iba bien.

Me acerqué a la cafetera mientras él intentaba levantarse de la silla. El movimiento fue torpe, tanto que tuvo que apoyarse en el mostrador para no perder el equilibrio.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Ves? —solté, girándome hacia él—. Otra vez igual.

Resopló negando con la cabeza.

—Solo me he levantado demasiado rápido.

—No, papá, no es solo eso y lo sabes.

Últimamente se le caían las cosas de las manos cada dos por tres. Arrastraba un poco el pie izquierdo cuando caminaba. A veces le temblaban los dedos al sujetar la manga pastelera. Y otros simplemente parecían agotados, aunque acabaran de levantarse de la cama.

Demasiado agotado y eso me tenía aterrada.

Puse un café para cada uno y me senté frente a él.

—Tienes que ir al médico.

—Alma…

—No, no me cambies de tema otra vez.

Él bajó la mirada a la taza.

—Estoy cansado, nada más.

—Llevas mucho tiempo así, y no es normal.

—Porque trabajo demasiado.

Negué con la cabeza.

—No es normal —repetí.

El silencio se hizo entre los dos. Uno incómodo. Uno que me hizo sentir miedo. Mucho miedo.

Mi padre terminó levantándose despacio y fue hacia el obrador.

—Voy a preparar unas tartaletas antes de abrir.

Lo observé caminar. Ahí estaba otra vez el leve arrastre de pie. La rigidez de los hombros. La forma en que parecía esforzarse en cada movimiento.

Sentí un escalofrío, no por frío, sino por miedo o terror. Porque por primera vez empecé a pensar que quizá aquello era mucho más grave de lo que él quería admitir.

Después de comer subí a mi habitación con el portátil bajo el brazo. Aquella era prácticamente la única parte del día en la que conseguía desconectar un poco.

Hacía tres semanas que habían acabado las clases y desde entonces apenas salía de casa y de la pastelería. Únicamente para hacer la compra en el supermercado y poco más.

Veía a mi padre cada vez más agotado y estaba haciendo todo lo posible por aligerarle la carga de trabajo.

Me senté en la cama, o más bien me dejé hacer y coloqué el portátil sobre mis piernas. Nada más abrir la pantalla, vi varios mensajes de Camille y sonreí.

Camille: ¿Sigues viva o te ha secuestrado el vaquero sexy?

Solté una pequeña risa mientras me dejaba caer sobre la cama.

Alma: Muy graciosa.

Camille: Eso significa que sí te ha secuestrado.

Alma: Ojalá.

Camille: ALMA MOREAU QUIERE SER VAQUERA.

Alma: Cállate.

Camille: Eso jamás explotaría.

Negué con la cabeza sonriendo mientras seguimos hablando unos minutos. Camille era la única persona con la que sentía que podía ser yo misma. Aunque nunca nos habíamos visto en persona, se había convertido en mi mejor amiga. A la que le contaba todo.

Al principio solo hablábamos de recetas y un poco de nuestros padres.

Ella de su madre, ya que no tenía padre. El muy desgraciado se había largado años atrás con una clienta del restaurante y las había abandonado a ella y a su madre sin mirar atrás y sin decir siquiera adiós. Y desde entonces no habían tenido noticias de él.

Que no querían tampoco.

Y yo le hablaba de mi padre. Le había dicho ya muchos días atrás que estaba preocupada porque no le veía bien, y Camille no dejaba de decirme que siguiera insistiendo para que fuera al médico.

En ello estaba, pero mi padre era un cabezota y más burro que un arado, aunque había tomado la firme decisión de que sería pesada hasta el aburrimiento hasta que le hiciera entrar en razón.

Pero, como decía, las conversaciones entre Camille y yo se habían ido haciendo más extensas y habíamos profundizado más en otras cosas. Y gran parte de la culpa la tenía él. Travis.

Porque desde aquella primera conversación no habíamos dejado de hablar. Cada día. A todas horas. Cuando podíamos. A veces solo unos minutos. Otras durante horas enteras. Y sin darme cuenta se había convertido en una parte importante de mis días y de mi vida.

Tan importante que lo primero que hice al despedirme de Camille fue abrir nuestra conversación.

Desde el primer día que hablé con Travis, lo habíamos hecho en inglés, que fue el idioma en el que él me había escrito. Menos mal que yo me defendía perfectamente en ese idioma.

En el instituto lo estudiábamos, pero no era por eso por lo que yo tenía buen nivel en ese idioma, sino porque siempre me había llamado la atención aprenderlo, y no solo ese, sino otros también. Y a lo largo de los años había hecho varios cursos online.

En las primeras conversaciones le pregunté a Travis si él sabía francés y cuando me dijo riéndose que ni una sola palabra, le dije que no había problema, que seguiríamos con el inglés. Él se defendía así mejor y a mí me venía bien para practicar.

Allí ya tenía un mensaje esperándome de tan solo unos minutos antes. Él ya sabía que solía hablar con mi amiga sobre esas horas y, al saber que estaba conectada, si podía y su trabajo se lo permitía, solía escribirme.

Como acababa de hacer.

Travis: Buenas tardes, macaron.

Mi corazón dio un pequeño vuelco.

Macaron . Todavía no entendía cómo había conseguido que algo tan simple me hiciera sonreír como una idiota.

Alma: Hola, vaquero.

Travis: Pensaba que hoy no aparecerías.

Miré el reloj y vi que sí, que era más tarde que otros días de la hora en la que solía conectarme. Pero es que ese día teníamos varios encargos de tartas y habíamos subido más tarde a comer.

De ahí el retraso.

Alma: He estado muy liada en la pastelería.

Travis: Entonces el pueblo entero debe oler a azúcar ahora mismo.

Alma: Más o menos.

Travis: Me gusta imaginarte allí.

Me mordí el labio.

A veces decía cosas así. Pequeñas frases aparentemente inocentes que conseguían ponerme nerviosa.

Preferí hacer como que no había dicho algo que me había alterado un poquito y cambié de tercio.

Alma: ¿Y tú qué haces?

Travis: Acabo de terminar con unos partos.

Fruncí el ceño.

Alma: Eso suena a que ha sido un día duro.

Travis: Bienvenida a Montana, macaron.

Sonreí sola.

Seguimos hablando un buen rato. Me contó cosas del rancho, de los caballos, del horrible calor que estaban teniendo al empezar el verano. Yo le hablé de la pastelería, de Annecy, de los turistas que llenaban las calles.

Y entre todos esos mensajes apareció uno que hizo que el corazón me diera un vuelco.

Travis: Alma, quiero pedirte algo.

Mis latidos empezaron a acelerarse. Y hasta los dedos me temblaron al escribir.

Alma: ¿El qué?

Travis: Creo que deberíamos darnos nuestros números.

Me quedé paralizada mirando la pantalla.

Travis: Me gustaría poder hablar contigo sin depender del portátil.

Travis: Y también quiero escucharte.

Travis : Estoy seguro de que tienes una voz preciosa.

Noté cómo el calor se me subía a las mejillas y, sin verme, supe que estaba más roja que un tomate.

Alma: No sé…

Mentiría si dijera que yo no lo había pensado. Porque sí lo había hecho. Había pensado muchas veces en cómo sería su voz. Si sería de esas dulces o de esas roncas y profundas. Y sí había soñado con escucharla.

Travis: Vamos, macaron.

Travis: No voy a comerte.

Eso hizo que soltara una pequeña risa.

Travis: Aunque quizá el que debería preocuparme sería yo.

Fruncí el ceño. ¿Qué querría decir con eso?

Ni tiempo me dio a pensarlo; el siguiente mensaje entró dos segundos después, sacándome de dudas.

Travis: Las chicas francesas sois peligrosas.

Negué con la cabeza mientras sonreía como una tonta. No era la primera vez que me decía eso.

Según su teoría, las chicas francesas teníamos un carácter fuerte y éramos duras por naturaleza, aunque también éramos dulces y cariñosas. No tenía ni idea de dónde había sacado él una cosa así, pero, como he dicho, lo decía a menudo.

Aparté el portátil de mis piernas y lo dejé encima de la cama.

Me levanté de la cama y di dos paseos por la habitación pensándomelo. Solo fueron un par de minutos.

Evalué rápidamente los pros y los contras. Y ganaron los pros por goleada.

Volví a sentarme en la cama, cogí el portátil de nuevo y con dedos temblorosos volví al chat. Cerré los ojos un segundo y cogí aire.

— Hazlo, Alma —me ordené a mí misma.

Y lo hice; rápidamente y sin dudar más, tecleé mi número de teléfono; su respuesta fue un emoji sonriendo y otro guiñándome un ojo.