La mentira que cambió mi vida Capítulo 4
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Capítulo 4

Mi padre terminó de batir las claras que estaba montando en silencio, dándome un poco de tiempo antes de volver a la carga. Porque iba a volver; de eso estaba tan segura como de que amanecía todas las mañanas.

Pasaron exactamente cinco minutos. Cinco, antes de que volviera a hablar.

—¿Entonces? —insistió.

Me rendí. Qué remedio me quedaba.

Lo conocía tan bien como él a mí y sabía que no dejaría de insistir; sin agobiar, eso sí, pero lo haría de forma sutil hasta que yo se lo contara, pues el señor Henry no era nada cabezota.

—Se llama Travis —susurré.

—¿Travis? Ese nombre no es muy francés.

Puse los ojos en blanco porque ya sabía de sobra lo que venía a continuación, un interrogatorio que ni el de un policía.

—Porque no lo es.

—Ah… ¿Y dónde lo has conocido? ¿En el instituto?

Me mordí el labio por lo nerviosa que me estaba poniendo y mi padre se dio cuenta enseguida de mi estado.

Dejó la manga pastelera que tenía en la mano apoyada encima de un bol y se giró completamente para prestarme toda su atención.

—Alma, ¿qué pasa? ¿Qué es lo que no te atreves a contarme? ¿Qué pasa con ese chico?

Mierda…

—No pasa nada, es que…

—Venga, hija, sea lo que sea, dilo sin miedo, no puede ser tan malo.

Suspiré una vez más. Y mientras lo hacía, a mi padre le dio tiempo a preguntar otra cosa que me dejó a cuadros.

—No será un hombre mayor que está casado, ¿no?

—¡¿Qué dices?! Por supuesto que no.

O eso esperaba, porque con veinticinco años que tenía Travis podía estar perfectamente casado, pero no me dio la sensación de ser esa clase de hombre que engaña a su esposa con gente por la red.

Aunque vete tú a saber, porque era verdad que había mucho pirado suelto.

Pero no. Eso no podía ser. No, me repetí a mí misma. Travis no era así.

—Hija, es que tardas tanto en arrancar que ya se me está pasando de todo por la cabeza.

—Es que tiene veinticinco años, papá.

—Anda, coño, ¿y tanto lío por eso?

Ahí sí que ya me quedé helada.

—¿No te parece mayor?

—¿Para ti?

—Hombre, no va a ser para la vecina.

—Pues no, la verdad, yo le sacaba a tu madre seis años. El amor no tiene edad, Alma.

—Pero ¿quién ha hablado de amor? No corras tanto, anda, que solo he hablado con él una vez.

—¿Pero te gusta?

—No le conozco como para que me guste.

—Alma —dijo conteniendo la risa—, no cuela.

—Vale, me ha llamado la atención. ¿Contento?

—Yo estoy contento si tú lo estás.

Asentí emocionada. Joder, pues no me ponía yo tierna cuando me decía cosas como esa ni nada.

—Papá… —Dije, aguantándome las lágrimas.

Vale, que sí que era una llorona sentimental que me emocionaba hasta con los anuncios, pero jolín, no lo podía evitar.

—Venga, Alma, deja las lágrimas de momento fuera de esto y cuéntame algo de Travis, hija, que me tienes en vilo.

—Eres como una vieja cotilla —dije señalándole con el dedo.

—Culpable de todos los cargos, pero habla ya, por Dios.

Solté una carcajada. Esperé un segundo, dos… cinco, y cuando estaba a punto de morderse las uñas, por fin lo solté todo de carrerilla y sin respirar.

—Es de Montana, tiene un rancho; lo he conocido en el mismo chat que a Camille y hemos hablado una hora para conocernos un poco.

Ale, pues ya estaba dicho.

Mi padre me miró alucinado, con los ojos abiertos como platos. Estaba segura de que de todas las cosas que se había imaginado de Travis, ninguna se acercaba a la verdad ni de lejos.

—¿Montana has dicho?

—Sí, concretamente en el pueblo de Bozeman.

—¿Eso está a…?

—Ocho mil kilómetros de aquí —contesté sin dejarlo terminar.

Mi padre volvió a abrir los ojos otra vez sorprendido.

—¿Lo has mirado?

Me encogí de hombros.

—Tenía curiosidad.

Asintió, pero vi que se quedaba con las ganas de decir algo más.

—¿Es un vaquero?

—Sí, de esos con sombrero —dije riéndome.

—Te gusta.

No fue una pregunta, sino que lo afirmó.

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

—De verdad que no sé si me gusta en el plan que tú dices, solo sé que me ha gustado hablar con él. Y sería una tonta si no reconociera que es guapo, porque lo es.

—Te gusta —insistió.

—Quizá un poco, vale. Pero eso da igual porque, me guste o no, no pasará de una amistad si es que llegamos a tenerla.

—No digas nunca de esta agua no beberé, porque si está en tu destino, ya puedes luchar lo que quieras contra él, que te dará lo mismo; él siempre gana, él manda.

—Papá, es mayor que yo, él tiene ya una vida hecha, seguro que tiene muchas mujeres en su pueblo que se lo rifan, eso sin contar que vive a tomar vientos de aquí.

—Bueno, esas cosas son secundarias.

—¿Cómo van a ser secundarias?

—Lo son, créeme.

—No me vayas a salir otra vez con eso del diablo, que es más viejo y sabe más.

Mi padre se echó a reír con ganas.

—Es, sabe más el diablo por viejo que por diablo. Hija, los refranes no son lo tuyo, te los cargas todos.

Sonreí porque tenía razón; no se me quedaba ni uno y, cuando quería decir uno, lo destrozaba de tal manera que ni se entendía lo que quería decir.

—Bueno, dejemos todas esas cosas de momento aparte. Ahora cuéntame cómo y qué hace el vaquero para haber despertado tanto tu interés.

Miré el reloj antes de empezar a hablar. Quedaban diez minutos para las cinco, que era la hora en la que abríamos otra vez la pastelería hasta las siete; me daría tiempo de sobra para hacerle en esos diez minutos un resumen breve.

Mientras empecé a hablar, comencé al mismo tiempo a colocar los dulces que ya estaban listos para sacarlos a la tienda en sus bandejas correspondientes.

Como ya le había dicho la edad y el nombre de Travis, seguí contándole lo demás que me había contado de su hogar y de su trabajo en su rancho. También le dije lo que yo le había contado de vuelta.

Que le había hablado de él, de la pastelería, de los dulces, de mi sueño y de Annecy.

—Y eso es todo. Ya no hemos hablado de nada más.

Mi padre me miró levantando una ceja.

—¿Y te parece poco?

—¿Cómo poco?

—Alma, sabéis el uno del otro más en una hora hablando de lo que saben otras personas que se conocen desde hace años.

Bueno, yo no diría tanto, o quizá sí. Porque sabía más de él en el rato que habíamos hablado que de cualquiera de mis compañeros de instituto. Como siempre, mi padre volvía a tener razón.

—¿Vais a hablar otro día? ¿En qué habéis quedado?

Se echó a reír al verme ponerme roja otra vez.

—Me ha dicho que le gustaría que nos conociéramos más, que le ha gustado mucho hablar conmigo.

—Vaya, vaya, con el vaquero. Se ha quedado deslumbrado con mi niña.

—Papá, no digas bobadas.

Se encogió de hombros mientras volvía a reír.

—¿Por qué van a ser bobadas? Eres preciosa y una buena chica; cualquier hombre se quedaría deslumbrado contigo.

—Aleee… ¿Cómo se te va, eh, papá? Eso es amor de padre y lo demás, tonterías.

—Quizá, pero no por eso tengo menos razón.

Resoplé.

—Venga, vamos a abrir, anda, que como sigas así, el próximo día que hable con él, si es que hablo, me preguntarás cuándo va a pedir mi mano en matrimonio.

Mi padre estalló en carcajadas y yo con él. Me encantaban esos ratitos con él. Esos ratitos de charla en los que los dos estábamos relajados entre masas, olores y bandejas, totalmente en nuestro elemento, vaya.

Las dos horas que tuvimos abierta la tienda no es que fuera un no parar, pero sí un goteo constante de gente que entró a por todo tipo de dulces o a hacer encargos para los días siguientes.

Mientras mi padre atendía, yo seguía en el obrador; eso algunas veces. En otra cambiamos de sitio y lo hacíamos al revés. Así fue como se nos pasó el tiempo volando.

Media hora después de cerrar y dejar todo preparado para el día siguiente, los dos nos subimos para casa.

Mientras mi padre se duchaba el primero, yo puse una olla con agua a calentar. Esa noche habíamos decidido cenar pasta.

La cena solíamos hacerla entre los dos. Estaba claro que lo nuestro era la repostería, pero en el resto de las cosas en la cocina tampoco nos quedábamos atrás; todo nos quedaba buenísimo o así nos lo parecía a nosotros.

Esa noche, cuando me metí en la cama, pensé en Travis Hunter. Fue inevitable no hacerlo.

Pensé en su sonrisa, esa que se podía apreciar en la foto de perfil que tenía puesta. En su forma de escribir. En lo mucho que me había gustado hablar con él, por lo amigable y respetuoso que había sido.

Y aunque intenté convencerme de que aquello solo podía convertirse en una amistad, una vocecita dentro de mi cabeza susurró algo distinto. Algo peligroso.

Porque había sentido cosas demasiado rápido, cosas que eran nuevas para mí. Pero cosas que sabía lo que eran perfectamente, ya que llevaba años oyendo a mi padre hablar de ellas.

Demasiadas preguntas pasaron por mi cabeza. Todas ellas acompañadas todo el tiempo por la imagen de Travis en la mente, sin que saliera en ningún momento.

Le había dicho a mi padre que era guapo. Pero decir eso era quedarse corta. Era impresionante.

Era rubio. Muy rubio, mucho más que yo, ya que mi pelo tiraba más a dorado y el suyo era más como un rubio platino, pero no de esos feos que se echan para teñirse el pelo. No, era un rubio claro precioso.

Y sus ojos… Madre de mi vida, qué ojos más bonitos. De un azul claro que le hacía parecer un ángel. Sí, como un querubín, esa sería una buena descripción de cómo era.

Con la imagen de sus ojos en la mente me quedé dormida sonriendo.