La mentira que cambió mi vida Capítulo 3
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Capítulo 3

Volví al salón con la botella de agua en la mano y volví a sentarme en el sofá después de ponerla cerca encima de la mesa para tenerla al alcance.

Cogí el portátil, volví a ponérmelo en las piernas y volví a quedarme unos segundos más mirando la burbuja del mensaje.

— Venga, Alma, que solo es preguntar si se ha equivocado. Lo mismo el chico está esperando que le conteste la persona a la que de verdad ha querido escribir y le estás fastidiando —dije en voz alta dándome ánimos.

Lo pensé. Un segundo más, dos.

— Vamos allá y que sea lo que Dios quiera.

Respiré hondo y pinché en la burbuja del mensaje para abrir la conversación.

Alma: Perdona, pero creo que te has equivocado de persona y este mensaje no era para mí.

Tragué saliva al ver cómo en la pantalla salían los puntos suspensivos que indicaban que estaba escribiendo.

Vaquero: No me he equivocado, era para ti.

Cogí corriendo la botella de agua y di un trago largo; joder, había intentado volver a tragar saliva y no pude.

Alma: Ah, ¿sí?

Vaquero: Sí, he visto tu foto y me has llamado mucho la atención. Me gustaría mucho conocerte.

Noté el calor subir por mis mejillas.

¿Conocerme a mí? ¿Un hombre como él? ¿Por qué?

Esas y unas cuantas preguntas más se me pasaron por la cabeza en décimas de segundo.

Dudé. Dudé durante un par de minutos, pero después me dije: "¿Y por qué no?". Si no me gusta por dónde van las cosas, con bloquearle es suficiente.

Le devolví un mensaje de vuelta diciéndole que vale.

La siguiente hora hablamos de cosas muy simples. Cosas de las que suelen hablar dos personas que se conocen por primera vez.

Lo primero fue presentarnos. Travis Hunter. Hasta el nombre lo tenía de vaquero total; me encantó.

Después de nuestras edades. Él se sorprendió un poco cuando le dije que me quedaba un mes para cumplir los dieciocho. Pero más me sorprendí yo cuando él me dijo que tenía veinticinco.

Siete años de diferencia. Y aun así no le importó esa diferencia de edad, de siete años, porque quiso seguir hablando conmigo.

Lo siguiente fue hablar de dónde éramos. Yo le hablé de Annecy y de lo bonita que era; le dije que para mí era el mejor lugar del mundo.

Ahí discrepó riéndose porque dijo que el mejor lugar era sin duda su rancho. Rancho que estaba en Bozeman, en el estado de Montana.

Mientras me hablaba de cómo era el rancho, que según me dijo era uno de los más grandes de la zona y más productivo, teniendo a muchísimos trabajadores a su cargo desde que él se hizo cargo al morir su padre, miré a cuánta distancia estábamos.

Nos separaban más de ocho mil kilómetros. Casi nada para que un día pudiéramos conocernos.

Bueno, eso fue un pensamiento fugaz que se me pasó por la cabeza, porque era totalmente imposible que eso pasase.

Incluso mientras hablábamos, pensé que Travis ese día estaba aburrido o no tenía trabajo y, al entrar en el chat, me eligió el azar para charlar un rato y que ahí se quedaría la cosa.

Seguimos hablando y él me contó lo que hacía en el rancho.

Era un rancho de ganado, donde, según me dijo, tenían miles de reses y él, montado a caballo, iba con el resto de los trabajadores, no siempre, claro, a controlar y arrear a todos los animales.

También tenía otras tareas, ya que, como era el jefe, se encargaba de controlar todo para que las cosas funcionaran a la perfección.

Yo le hablé de la pastelería, de mi padre, de mi sueño y de mis planes de estudiar repostería el curso siguiente.

A cada minuto que pasaba, más a gusto me encontraba hablando con él. Tenía esa sensación rara que te pasa con algunas personas que acabas de conocer y parece que hace años que las conoces por lo a gusto que te sientes y lo fácil que resulta la conversación.

Y es que fue una conversación natural, fácil y muy entretenida.

En ningún momento ninguno nos quedamos sin saber qué decir y eso me gustó y me asustó al mismo tiempo.

Porque esa conexión no se suele encontrar con todo el mundo, o al menos a mí no me pasaba.

Aparte de con Camille y mi padre, Travis era la única persona con la que me había sentido a gusto hablando, pero de verdad.

Travis: Me reclaman; en los campos, hay algún problema con una de las reses.

Alma: Pues ve, espero que no sea nada y todo se quede en un susto.

Travis: Eso espero yo también, pero aquí estoy con tantos animales; suele ser rutina.

Alma: Yo me voy al obrador a ayudar a mi padre.

Travis: Alma.

Alma: ¿Sí?

Travis: Que me ha encantado hablar contigo.

Alma: A mí también.

Travis: ¿Te gustaría que siguiéramos conociéndonos?

La leche, pues, no había sido solo un rato que estaba aburrido; de verdad parecía que quería seguir conociéndome y repetir el rato de charla.

Ni siquiera me lo pensé, porque de verdad me había sentido muy a gusto hablando con él.

Alma: Claro, a mí también me gustaría hablar otro día contigo.

Travis: Pues cuando pueda, me paso otro rato por aquí y hablamos.

Alma: Bien, por aquí nos vemos.

Travis: Un beso, macaron, y que lo pases bien haciendo dulces.

Cuando leí cómo me había llamado, la sonrisa me salió sola; que se refiriera a mí así me tocó algo por dentro, porque eso significaba que había estado pendiente de toda la conversación.

Y que se había dado cuenta, aunque lo dije muy de pasada, de que era mi dulce favorito.

Alma: Un beso vaquero, que el problema se solucione pronto.

Así nos despedimos. Cerré el portátil y suspiré.

— Travis…

Pronunciar su nombre en alto hizo que algo desconocido para mí me recorriera el cuerpo por dentro.

Podría ser la novedad, la atracción que había sentido por un hombre tan guapo, porque guapo era un rato; eso no lo podía negar nadie que lo viera. O también podía ser que, por primera vez, alguien del sexo opuesto que no fuera mi padre había mostrado un poco de interés en mí.

— Ya veremos cómo van las cosas; lo mismo ni vuelve a hablarte Alma, así que no te hagas ilusiones —me dije a mí misma.

Decidí dejar de pensar en Travis o al menos lo intenté y me bajé al obrador a preparar cosas con mi padre, que se había levantado justo cuando llevaba el portátil a mi habitación.

Entre masa y masa y entre azúcar, harina, canela y chocolate, Travis no dejaba de colarse en mis pensamientos.

—Niña, ¿qué te pasa? Estás muy pensativa.

No pude evitarlo y ante la pregunta de mi padre me ruboricé.

—Bueno, bueno, bueno, ese color rojo de tus mofletes no es por el calor del horno; ese color tiene nombre de chico.

Mierda…

Que mi padre me conociera tan bien y que supiera todas mis reacciones no me ayudó nada en ese momento, porque no tenía pensado contarle nada de momento.

No sabía cómo podría reaccionar con lo protector que era conmigo si sabía que había estado chateando con un chico tan mayor, con un hombre al lado mío.

Que sí, que la diferencia de edad tampoco era tanta, solo siete años, no treinta, pero, aun así, no quería que mi padre se enfadara.

—Papá… —dije en voz baja.

—Ni papá ni nada, venga, empieza a largar, que hoy estoy en plan cotilla y quiero saber quién es el culpable de que mi hija haya suspirado tres veces en media hora mientras rellenaba las milhojas.

—No he suspirado tres veces —me quejé.

—No, tienes razón, han sido cuatro.

Nos miramos y nos echamos a reír.

—Bueno, que lo mismo me estoy equivocando y es una chica por la que suspiras. ¿Es Camille?

¿Pero qué decía este hombre? ¿De dónde narices se sacaba él que a mí me gustaban las mujeres?

Que oye, no era nada malo y totalmente respetable; a cada uno puede gustarle lo que quiera. Pero desde luego no era mi caso.

Además, que si hubiera sido así y me hubiera sentido atraída por las chicas, tenía la suficiente confianza para contárselo.

Giré la cabeza para que me viera bien la cara de: “Pero qué dices, hombre de Dios”, y él se echó a reír nada más que pilló la indirecta.

—Vale, vale, no es Camille —dijo levantando las manos.

—Ni Camille ni ninguna chica, papá, que no me atraen las mujeres.

—Vale, me ha quedado claro.

—Bien.

—Pero con tu respuesta de "no es Camille ni ninguna chica", me has dicho que es un chico por el que estás así.

La leche, solo me había dicho lo de Camille para que acabara confesando que en verdad había un chico y yo había caído con una pardilla.

—Eres…

—Tu padre, y más viejo.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Todo.

—¿Cómo que todo?

—Pues que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Resoplé y mi padre se echó a reír.