Capítulo 2
Salí de la pastelería hacia las calles de Annecy envuelta en el frío de la mañana; a esas horas siempre refrescaba.
Me encantaba nuestro pueblo. Era nuestro pequeño rincón del mundo digno de una foto para una postal. Las calles empedradas siempre olían a pan recién hecho, a las flores de los jardines y al agua dulce del lago que descansaba tranquilo en medio del pueblo.
Las fachadas eran de colores, los balcones siempre estaban llenos de flores y los canales que atravesaban el casco antiguo hacían que todo tuviera un aire mágico, incluso en los días que llovía o el cielo estaba muy gris.
En invierno, las montañas nevadas rodeaban el pueblo como si nos aislaran del resto del mundo, como si fueran un muro de contención.
La gente sonreía y se saludaba al cruzarse por la calle; los que teníamos negocios nos conocíamos casi todos por nuestros nombres, al igual que los vecinos que vivían cerca.
Yo había nacido allí, había crecido allí y durante mucho tiempo pensé que jamás existiría otro lugar capaz de hacerme sentir en casa, que no podría haber otro sitio que fuera mi lugar; qué equivocada estaba.
Levanté la cabeza mientras recorría el mismo camino de todos los días para ir a clase.
El instituto estaba apenas a diez minutos de mi casa y aun así en ese corto camino me daba tiempo a ver muchas cosas.
A la gente que caminaba deprisa. Unos iban a sus trabajos, otros a llevar a sus hijos al colegio y otros simplemente caminaban así por rutina o por placer.
Las bicicletas pasaban a mi lado, esquivándome o yo a ellas; nunca lo había tenido claro.
En esos momentos, el ruido de la mañana, de la gente, de los coches y de los niños que reían de camino al cole era lo que más se escuchaba; ese ruido era el de la vida.
Dejé de mirar a la gente y centré la mirada al frente. Ya había llegado.
Había llegado al lugar en el que era invisible, o al menos así me sentía yo, o me hacían sentir los demás, porque me consideraban la rara.
Nunca fui como las demás chicas; ellas solo hablaban de fiestas, de chicos, de viajes y de qué trapo nuevo querían comprarse. Yo hablaba de recetas, de mezclas nuevas y de cómo montar las claras sin que se bajaran a los tres segundos. Ese era mi lenguaje.
Mientras ellas salían los viernes por la noche, yo ayudaba a mi padre en la pastelería hasta la hora de cerrar y después seguíamos para quedar preparadas masas que debían fermentar unas cuantas horas.
No las culpaba por apartarme un poco, ni por mirarme o decirme que era rara. Porque no lo era, solo era… distinta y eso no era malo. Por eso no les hacía caso y yo siempre iba a lo mío.
Apreté la mochila contra mi hombro mientras cruzaba la puerta del instituto; nada más entrar, allí estaba lo mismo de siempre.
Risas escandalosas. Empujones de los chicos entre ellos, como si fueran gallos de pelea. Algún beso furtivo, otros no tanto. Chicos y chicas cargados de libros, que algunos ni siquiera habían abierto en todo el curso.
La mañana se pasó como otra más de tantas.
Tomando apuntes, escuchando comentarios y preguntas absurdas que algunos hacían simplemente para hacerse los graciosos.
Y miradas de reojo acompañadas de algún que otro comentario malicioso, con los que pretendían que saltara, me alterara o reaccionara para tener un entretenimiento extra.
¿Lo conseguían? Ni de coña. Yo pasaba de todo eso.
Yo iba allí, hacía lo que tenía que hacer, no me metía con nadie, apenas hablaba con nadie y cuando llegaba la hora me marchaba a casa.
A casa. A mi sitio seguro, con mi padre, sus recetas y el olor a dulce que era para mí como el aire para el resto de las personas, necesario.
Llegué a casa y, nada más entrar, el olor a chocolate fundido me golpeó en la cara, haciéndome salivar. De todos los sabores del mundo, ese era mi favorito.
Saludé a mi padre con la mano y él me devolvió el saludo con un asentimiento de cabeza y una sonrisa mientras envolvía una de las tartas de cumpleaños que tenía encargadas para ese día.
Dejé la mochila encima de la cama en mi habitación y me fui directamente a la cocina a calentar la comida para que, cuando mi padre subiera en unos minutos, pudiéramos sentarnos a comer.
Cuando por fin se sentó frente a mí en la mesa, suspiró cansado.
—¿Qué tal el instituto?
Me encogí de hombros.
—Como siempre.
Él me observó unos segundos antes de señalarme con el tenedor.
—Tienes que hacer algo más aparte de estar aquí conmigo en la pastelería.
—Papá… —Me quejé.
—Lo digo en serio, Alma, necesitas amigas, salir y vivir un poco.
Bajé la vista al plato.
—No he encontrado a nadie con quien encajar.
—¿Y esa chica con la que hablas?
Automáticamente sonreí. Y él también lo hizo al darse cuenta.
—Camille.
—Esa misma.
—Hablaré con ella luego.
—Pues dale saludos de mi parte.
—Lo haré.
La comida continuó mientras hablábamos de recetas, nuestro tema favorito, de Camille y de nuestros planes para el curso siguiente.
Había conocido a Camille a través de un chat de amistad en el que me metí un domingo lluvioso porque estaba aburrida; por hacer algo diferente, me dije.
Pues en ese gesto espontáneo por mi parte, encontré por primera vez en mi vida a la que ya consideraba una amiga.
Camille sí encajaba conmigo. Y yo con ella. Nos entendíamos. Y muy bien, por cierto, y la razón era porque a ella le gustaba tanto cocinar como a mí hornear.
Lo suyo eran los platos principales y lo mío los postres y los dulces, por eso hacíamos el equipo perfecto.
Camille era de Lyon, donde yo iría a estudiar el próximo curso y por fin nos conoceríamos en persona después de tantos meses hablando. Ella estudiaría cocina y yo repostería en el mismo sitio, así que pasaríamos mucho tiempo juntas.
Cuando terminamos de comer, prácticamente obligué a mi padre a tumbarse en la cama para que descansara un poco antes de que llegara la hora en la que volvería a abrir un par de horas la pastelería por la tarde.
Recogí la mesa, fregué todo lo que habíamos utilizado comiendo y me senté en el sofá con el portátil sobre las piernas.
Abrí el chat y la sonrisa me salió sola. Camille estaba conectada.
Seguramente esperándome, ya que era la hora en la que solíamos hablar casi todos los días un ratito. Hasta que ella tuviera que irse a ayudar a su madre en el restaurante familiar que tenían, para preparar cosas que tenían que estar hechas o reposando para el servicio de cenas.
Camille: Hola, dulcecito, pensé que hoy te habías fugado con un pastelero sexy.
Alma: Hola, cabra loca. Mi vida no es tan interesante.
Sonreí.
Alma: ¿Qué tal tu madre?
Se lo preguntaba porque su madre había estado bastante acatarrada y gruñona porque en dos días no había podido ir al restaurante. Según Camille, para ella eso era como si el apocalipsis las amenazara con llegar. Ya que, si su madre no estaba, nadie daba pie con bola allí.
Mentira. Porque, por lo que me había dicho Camille, la gente que trabajaba en el restaurante bajo las órdenes de su madre era de lo más profesional.
Pero su madre también era una profesional. Pero del drama.
Camille: Está bien ya, y menos mal, porque estaba a punto de pedir la emancipación.
La carcajada me salió sola, porque no la estaba viendo, pero me la podía imaginar poniendo los ojos en blanco.
Alma: Está claro que el dramatismo también se hereda.
Camille: Te juro que no es dramatismo, son planes de supervivencia. Nos ha vuelto locos a todos los dos días que no ha ido al restaurante.
Alma: ¿Entonces hoy ha vuelto?
Camille: Sí, y menos mal que por la mañana no he estado allí; ahora, cuando vaya, ya estará más relajada. Habrá sido como si entrara un huracán por la puerta.
Alma: Exagerada.
Camille: Alma, que me ha escrito una de las camareras y me ha dicho si podía acercarme a llevarle un Valium o una caja.
Otra carcajada.
Su madre era intensa, eso lo sabía, pero Camille era exagerada y dramática hasta el infinito.
Alma: Vale, retiro lo dicho.
Seguimos hablando un rato hasta que una notificación privada apareció en la esquina de la pantalla. Fruncí el ceño.
Alma: Espera un segundo.
Camille: ¿Qué pasa?
Alma: Acaba de escribirme un chico que no conozco de nada.
Camille: ¿UN CHICO?
Alma: No grites.
Camille: Mira la foto y enséñamela ahora mismo.
Abrí el perfil y poco más, y se me cae el portátil de las piernas.
El hombre, porque era un hombre, no un chico, era impresionante.
Llevaba sombrero vaquero, una camisa remangada y estaba apoyado en una valla blanca con los brazos cruzados. Detrás de él se veía un paisaje enorme y montañoso. Parecía sacado de una película del oeste.
Capturé la foto y se la mandé a Camille. Tardó exactamente dos segundos en contestarme.
Camille: MADRE DE DIOS.
Esa expresión se quedaba corta, os lo aseguro, porque era para sacar un abanico y darse aire mientras lo mirabas para no morir por un golpe de calor.
Alma: Seguro que se ha confundido. ¿A qué tono va a escribirme a mí un hombre así?
Camille: Ese hombre no parece de los que se confunden.
Alma: Camille, venga ya.
Camille: Pregúntale si se ha equivocado.
Me mordisqueé el labio inferior. Era una manía que tenía; siempre hacía eso cuando estaba nerviosa o preocupada.
Camille: Vamos, hazlo.
Alma: Me da muchísima vergüenza.
Camille: Qué vergüenza, ni vergüenza, Alma, que solo es preguntar si se ha equivocado, no si quiere casarse contigo, joder.
Alma: Odio que tengas razón.
Camille: Lo sé, soy la reina de la razón; en un 99.99% siempre la tengo.
No pude evitar echarme a reír. Mi amiga era única, tenía cada cosa que era para morirse con ella.
Antes de que pudiera contestarle nada, volvió a escribirme.
Camille: Alma, tengo que irme ya, si no la reina del drama es capaz de desheredarme si no llego a tiempo para cortar pimientos.
Alma: Mucha suerte.
Camille: Y tú, mucha suerte con tu vaquero. Mañana quiero un informe completo de lo que habléis.
Alma: No es mi vaquero.
Camille: Todavía.
La pantalla se quedó vacía cuando se desconectó y yo me quedé mirando la burbuja del mensaje privado del vaquero durante casi un minuto entero.
Dejé el portátil sobre la mesa y me levanté a por una botella de agua; en lo que iba y venía, pensaría en si le escribía o no.