La mentira que cambió mi vida
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Capítulo 1
El aroma a mantequilla, vainilla y pan recién horneado fue lo primero que me llegó aquella mañana al abrir los ojos. Sonreí incluso antes de desperezarme.
Había personas que se despertaban con alarmas estridentes o maldiciendo porque no les gustaba madrugar. Yo llevaba toda la vida despertando con el olor de la pastelería de mi padre subiendo hasta mi habitación, colándose por debajo de la puerta como si fuera un abrazo.
Y no sabía entonces cuánto iba a echar de menos algo tan simple.
Me incorporé lentamente y miré el reloj de la mesilla. Mierda, llegaba tarde. Otra vez.
— Joder… —murmuré, apartándome el pelo de la cara con las dos manos mientras salía de la cama a toda prisa.
A la carrera, entré en el baño, me lavé la cara y las manos a toda prisa. Me cepillé el pelo con energía y con una goma me hice una coleta alta. Me gustaba más llevar una trenza, pero con las prisas que iba, ese día con la coleta iba más que apañada.
Me puse unos vaqueros, una sudadera gruesa y unas zapatillas de deporte rosas antes de bajar las escaleras casi corriendo.
La casa en la que vivíamos estaba encima de la pastelería que llevaba mi padre.
Bueno, no era una casa propiamente dicha, sino más bien un apartamento bastante pequeño, pero para dos personas más que suficiente.
Tenía dos habitaciones, un baño y una cocina abierta al salón. Todo pequeño. Pero eso sí, limpio, recogido y decorado con un estilo único que nosotros nos habíamos encargado de hacer; nada combinaba, pero todo lo hacía al mismo tiempo.
No era nuestra en propiedad, era de alquiler, pero con los años que llevábamos allí viviendo, la sentíamos nuestra igual.
En cuanto llegué abajo, el calor del obrador me envolvió por completo.
La pastelería Moreau, nombre que llevaba por el apellido de mi padre y el mío también, claro, aún estaba cerrada al público, pero el obrador ya llevaba horas en funcionamiento. Como siempre.
Mi padre estaba de espaldas a mí, colocando éclairs de chocolate en una bandeja metálica mientras tarareaba una canción antigua francesa que llevaba escuchándole cantar desde que era una niña.
Sonreí. Porque esa escena que tenía delante no era rutina, era algo mejor. Era hogar.
Siempre que mi padre estaba cerca o pensaba en él, la sonrisa me salía sola. Era el mejor padre y mejor persona que cualquiera pudiera conocer, y no, no era amor de hija, era la pura verdad.
—Buenos días, chef.
Le saludé de esa manera, con las mismas palabras que le decía, creo que desde que empecé a hablar.
Mi padre, Henry, giró la cabeza y me dedicó una sonrisa cansada, pero para mí la más bonita del mundo.
—Buenos días, dulcecito.
Me acerqué a darle un beso en la mejilla y él aprovechó para llenarme la nariz de harina con los dedos.
—¡Papá!
Se echó a reír.
—Así estás más guapa.
—Entonces a ti deberíamos meterte en el saco directamente.
Mentira y bien gorda.
Mi padre, a sus cuarenta y cinco años, estaba de muy buen ver y, al menos para mí, era el hombre más guapo del mundo.
Y no era la única que lo pensaba, porque algunas clientas le echaban unas miraditas que podían subir la temperatura de la pastelería más de lo que lo hacía el horno cuando estaba a toda mecha horneando alguna delicia.
Mi padre tenía el pelo castaño claro y unos ojos grises que llamaban la atención, y las largas horas que pasaba amansando hacían parte de su trabajo en su cuerpo, ya que no le sobraba ni una gota de grasa.
Nos parecíamos físicamente, o eso decía la gente. Con la diferencia de que yo tenía el pelo rubio con reflejos dorados, igual que lo tenía mi madre.
Pero en lo demás era igual que él: mismos ojos grandes y grises con largas pestañas, mismos rasgos y misma sonrisa.
Y en el físico yo lo trabajaba tanto como él, pero la genética por parte de mi madre había sido generosa conmigo y había heredado sus curvas. Todas donde debían estar y un pecho generoso, sin ser exagerado.
Así que estaba contenta con lo que me había tocado.
—Oye, un respeto a tu anciano padre.
Puse los ojos en blanco mientras cogía uno de los profiteroles recién hechos de la bandeja.
—¿Qué delicias has preparado hoy?
—Tarta de limón, milhojas, croissants, macarons y los bollos de canela que tanto le gustan a la señora Bernard.
Señaló otra bandeja.
—Y aún me quedan esas dos tartas de cumpleaños por decorar.
—Has dormido cuatro horas, ¿verdad?
—Cinco, creo.
Negué con la cabeza.
Era una bobada discutir con él, porque por más que le dijera que tenía que descansar, que tenía que dormir más, que tenía que vivir un poco más, nunca me hacía caso.
—Algún día te vas a caer dormido encima de una masa y te quedarás pegado a la mesa.
—Moriría feliz.
Le sonreí mientras daba un mordisco al profiterol y, de repente y sin que lo viéramos venir, ocurrió el desastre.
Al ir a coger la manga pastelera, esta se le resbaló de las manos y cayó al suelo. Los dos a la vez miramos la que se había liado con la crema pastelera, que estaba toda extendida por los azulejos.
Mi padre suspiró.
—Hoy me he levantado más torpe de lo normal.
Se agachó para recogerla, pero fui más rápida.
—Déjalo, ya lo limpio yo.
—No hace falta.
—Sí hace falta; además, llego tarde igualmente.
Soltó una pequeña risa mientras negaba con la cabeza.
—No cambiarás nunca, siempre vas con prisas.
Le observé un segundo mientras limpiaba el suelo y me quedé pensativa y preocupada al mismo tiempo.
Parecía cansado, mucho, pero mi padre siempre estaba cansado; el ritmo de una pastelería y los madrugones que se pegaba eran para estarlo.
Llevaba trabajando en nuestra pastelería desde antes de que yo naciera. Fue el sueño que tuvieron él y mi madre. Después de casarse, se arriesgaron y alquilaron el apartamento con el local abajo e invirtieron todos sus ahorros en material, decoración e ingredientes de todas las clases.
Les fue muy bien los tres años antes de que yo naciera.
Pero cuando yo nací, ese mismo día mi madre murió dándome a luz, y todo el peso de la pastelería recayó sobre él, además de tener que cuidarme a mí, sin ayuda de nadie más, ya que ninguno de los dos tenía ya familia viva.
Nunca rehízo su vida. Nunca había llevado a una mujer a casa. Nunca dejó de querer a mi madre. Y, aun así, con todo el peso de llevar la pastelería solo y cuidarme, recayó sobre sus hombros.
Nunca permitió que me faltara amor o atención; siempre estaba para mí. Como tampoco me faltaron dulces. Ni abrazos. Ni tampoco momentos juntos como los domingos viendo películas antiguas mientras decorábamos galletas, por ejemplo.
Nada, nunca permitió que me faltara de nada.
Yo había crecido entre sacos de harina, bandejas calientes, aromas deliciosos y nata montada.
Mi infancia olía a azúcar glas, a canela y a dulce, siempre a dulce.
—¿En qué piensas?
Parpadeé.
—En nada.
Mentira. Pensaba en lo mucho que quería tener esa misma vida, la misma que él tenía, agotadora, sí, pero feliz. Aunque a veces me sintiera un poco atrapada en ella.
Cogí mi mochila y me acerqué a la cafetera.
—¿Quieres café?
—Ya voy por el tercero.
—Eso explica muchas cosas. Como que al moverte parece que hay dos padres.
Preparé dos tazas de todas formas y los dos nos apoyamos unos minutos en la encimera del obrador a beberlo.
Eran momentos normales, momentos sencillos, pero eran nuestros. Los mejores momentos, sin duda.
Momentos que en aquel entonces no sabía lo mucho que los echaría de menos y que acabarían convirtiéndose solo en recuerdos.
—¿Has pensado ya qué vas a hacer el año que viene? El curso está a punto de terminar.
Le miré por encima de la taza.
—¿Por qué preguntas lo que ya sabes?
—Porque me gusta escucharlo.
Sonreí.
—Quiero estudiar repostería en Lyon.
Sus ojos brillaron con orgullo y con cariño también. Los míos lo hicieron un poquito menos.
Era mi sueño y lo que quería hacer. Pero tenía dentro ese come come por tener que irme a dos horas de distancia de casa. Que podía ir y volver todos los días, eso estaba claro, pero sería un palizón.
Por suerte, ya me habían comunicado en el instituto que, por mis excelentes notas, al año siguiente tendría una beca completa para estudiar donde quisiera.
Así que los planes eran irme a Lyon de lunes a viernes, a una residencia de estudiantes, y volver a casa los viernes por la tarde hasta el domingo a última hora, cuando regresaría allí para comenzar otra semana.
Eran tres años de formación y de sacrificios, pero estaba segura de que valdría la pena.
—Vas a ser mejor pastelera que yo.
—Eso es imposible.
—No lo es, tú tienes más talento.
—Y tú, más paciencia.
—Eso se practica respirando y contando hasta diez.
Negué con la cabeza riéndome.
—Eres mi padre; con respecto a mí, no eres objetivo.
—Bobadas, no hace falta ser objetivo, solo hace falta verte.
Mi corazón se calentó, porque nadie me miraba como él lo hacía. Como si yo pudiera conseguir cualquier cosa en el mundo, como si no pudiera fallar en nada. Pero yo eso no terminaba de creérmelo.
Levanté la mirada y miré el reloj que tenía más de mil años, que colgaba torcido en la pared del fondo, pero que, oye, funcionaba a las mil maravillas, y pegué un pequeño salto.
—¡Papá!
—¿Qué?
—Voy tardísimo.
—Eso te pasa por estar aquí de palique con tu viejo padre —dijo riéndose.
Cogí la mochila, de un solo movimiento me la colgué a la espalda y salí disparada hacia la puerta.
—¡Nos vemos luego!
—¡Alma!
Giré la cabeza por encima del hombro y vi que mi padre seguía apoyado en la encimera con la taza en la mano, mirándome con cariño y sonriéndome.
—Te quiero, pequeña mía.
Y aunque me diera vergüenza admitirlo y mucho menos decirlo en voz alta, esas palabras seguían haciéndome sentir segura, sin importar el tiempo que pasara o lo mayor que me hiciera.
Era como si al lado de mi padre nada pudiera pasarme, como si todos los males del mundo quedaran en un segundo plano, como si, porque él estuviera ahí, ya no pudiera rozarme ni el aire.
—Yo también te quiero, papá.