Capítulo 33 La Misericordia del Diablo #3
La vi de pie junto a la barandilla, con una copa de vino en la mano, mirando el mar. Se había quitado los zapatos de tacón y los tenía abandonados en la hierba. Por primera vez en todos los años que la conocía, parecía relajada. Parecía... libre.
—¿Qué miras? —le pregunté, acercándome.
—El mar —respondió ella, sin girarse—. Nunca había tenido tiempo de mirarlo. Siempre había algo que hacer. Siempre había alguien a quien vigilar. Siempre había un puto problema que resolver.
—Ahora tienes tiempo.
—Ahora tengo todo el tiempo del mundo —dijo, girándose hacia mí con una sonrisa—. Y un imperio que dirigir. No está mal para una rubia de Vigo que empezó como secretaria del Viejo.
—No eras secretaria. Eras su consejera.
—Era su perra. Y lo sabes. Pero eso se acabó. Ahora soy La Rubia. Y La Rubia no le ladra a nadie.
Le tendí la mano. Ella la miró, dudó un segundo, y luego la estrechó con fuerza.
—Bienvenida a casa, Mariena —le dije.
—Gracias, Diego —respondió ella, con los ojos brillando—. Pero la próxima vez que me llaméis «La Rubia» en una reunión oficial, os mando a mis abogados.
Y nos reímos. Porque, después de todo, hasta La Rubia tenía sentido del humor.
Yo me acerqué a la terraza de la villa, rodeé la cintura de Nerea con mis brazos y nos quedamos allí en silencio, mirando las luces que parpadeaban sobre el mar oscuro.
Mario salió al porche, pero no venía solo. Lucía caminaba a su lado. El colombiano le pasó un brazo por los hombros con una naturalidad que nunca le habíamos visto con ninguna otra mujer. Eran, de manera oficial, una pareja hecha a medida: dos depredadores compartiendo el mismo territorio.
Me giré hacia la guerrillera y alcé mi copa.
—Si no hubieras trepado a aquella puta ceiba a oscuras, Lucía... hoy no estaríamos bebiendo este champán —le dije, mirándola a los ojos con pura gratitud.
Lucía aceptó el brindis con una media sonrisa, pero antes de que pudiera decir nada, Nerea se separó de mí, dio un paso hacia ella y la envolvió en un abrazo sincero, profundo. Un abrazo de los que te integran en la manada para siempre.
—Nos has devuelto la vida. Esta es tu familia ahora —le susurró mi mujer.
Lucía, acostumbrada a la dureza del barro y la guerra, pareció ablandarse por un segundo y le devolvió el abrazo con fuerza, apoyando la barbilla en el hombro de Nerea. Ya era una más de las nuestras.
—Alguien tiene que asegurarse de que a los estirados de La Organización no les falte el suministro desde Colombia —intervino Mario, dándole una calada a su cigarro y apoyándose en la barandilla—.
Lucía y yo nos encargaremos de la línea de origen.
Cerraremos los tratos con los laboratorios para ellos y abasteceremos el producto de La Corona.
—¿Os volvéis a la selva? —pregunté.
—Iré y vendré, Diego. Ya me conoces —sonrió Mario, con ese espíritu libre e indomable brillando en sus pupilas oscuras—. Un pie en el barro y otro en el asfalto. Pero las rutas de origen estarán aseguradas. Nadie moverá un solo gramo en el sur sin que nosotros lo digamos.
Asentí. Mario se situó a mi derecha, silencioso como una sombra, vigilando un imperio que ya nadie nos podría arrebatar.
Lucía se acercó a él y le pasó una mano por la cintura.
Mario la miró, y por primera vez en todos los años que llevábamos juntos, le vi sonreír de verdad.
No era la sonrisa fría del francotirador.
Era la sonrisa de un hombre que, después de tanto buscar, había encontrado su lugar en el mundo.
—Cuida de él, Lucía —le dije, en voz baja—. Es un puto loco, pero es mi hermano.
—No te preocupes, gallego —respondió ella, con esa sonrisa feroz—. Si se porta mal, le meto una bala en el pie.
Mario soltó una carcajada, la primera que le oía en mucho tiempo, y todos le seguimos. Cuando se despidieron y volvieron al interior de la casa para unirse a la fiesta, el silencio regresó a la terraza, solo roto por el rumor de las olas y las risas lejanas de nuestros hijos jugando en el jardín.
Nerea apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿En qué piensas? —me preguntó.
—En Miguel —respondí, sin apartar la vista del horizonte—. En cómo empezó todo. En aquel muelle. En aquella noche. En todo lo que hemos tenido que hacer para llegar hasta aquí.
—Él estaría orgulloso de ti —dijo Nerea, apretándome la mano—. De todos vosotros.
—Eso espero —murmuré—. Porque todo lo que hemos hecho, lo hemos hecho por él. Para que su muerte no fuera en vano.
Nerea no dijo nada más. No hacía falta. Nos quedamos allí, abrazados, mientras el sol terminaba de ocultarse bajo el Pacífico.
Habíamos empezado siendo cinco chavales asustados en las calles. Ahora éramos una familia. Una familia de reyes. Una familia de criminales.
El rey de Galicia había muerto, pero de sus cenizas no había surgido un heredero dócil.
Habíamos cimentado un imperio levantado sobre sangre, astucia y lealtad inquebrantable.
En el mundo oscuro y clandestino que movía los hilos del planeta, «La Corona de Cinco Puntas» acababa de legalizarse.
Ya no éramos unos narcos huidos. Ya no éramos unos perros de presa a sueldo.
Nos habíamos convertido, por derecho de conquista, en una de las Cuatro Familias de La Organización. Y nosotros, por fin, éramos dueños de nuestro destino.