EPÍLOGO
El Precio de la Paz
El sol de media tarde doraba la arena blanca de nuestra playa privada. La brisa del Pacífico era cálida, cargada de ese olor a sal y libertad que llevaba veinticinco años buscando.
Sentado bajo la sombra de una palmera, tecleaba perezosamente en mi portátil.
A mi lado, recostada en una tumbona con unas gafas de sol y un libro en las manos, Nerea respiraba con una calma profunda y acompasada.
A unos veinte metros de nosotros, en la orilla, nuestros hijos jugaban construyendo un castillo de arena, riendo a carcajadas cada vez que una ola amenazaba con derribar los muros.
Dos guerrilleros con uniformes caqui y fusiles de asalto colgados a la espalda pasaron caminando por la línea de flotación.
Al verme, se detuvieron un segundo, levantaron la mano en un saludo solemne y continuaron su ronda.
A lo lejos, el motor rugiente de una lancha negra cortó la monotonía de las olas.
Era una de las patrulleras rápidas de la gente de Tolo, asegurando el perímetro marítimo.
Apenas le presté atención. Ya ni siquiera me molestaba el ruido.
Dejé de teclear y cerré el portátil a medias.
Miré a mi mujer, a mis hijos, y luego al horizonte.
Había conseguido exactamente lo que anhelaba, la seguridad absoluta, la paz para mi familia.
Pero mientras escuchaba las risas de los críos mezclarse con el eco lejano de la lancha artillada, la gran paradoja me golpeó con la fuerza de un mazo.
Para protegerlos de los monstruos, para conseguir esta preciosa y codiciada paz, había tenido que convertirme en el mismísimo diablo.
El teléfono móvil vibró sobre la mesa de mimbre, sacándome de mis pensamientos. Miré la pantalla. Era Marga, mi editora y agente literaria desde España. Descolgué.
—Dime, Marga.
—¡Diego! —casi gritó al otro lado de la línea, eufórica—. ¡Dime que estás sentado, por favor!
—Estoy en una hamaca, Marga. ¿Qué ocurre?
—¡Los contratos internacionales acaban de firmarse! —anunció. Casi podía verla saltando en su despacho de Madrid—. La serie es un puto fenómeno global, Diego. Han comprado los derechos del formato en cuatro países más. Quieren franquiciar tu historia.
—¿Franquiciar? —Fruncí el ceño.
—Sí. Quieren hacer adaptaciones locales manteniendo el espíritu de tu obra.
Van a rodar Hermanos: Favelas en Brasil, Hermanos: Cosa Nostra en Italia y ya hay contactos para hacer una versión con los cárteles de Sinaloa.
Diego, los adelantos son estratosféricos.
Oficialmente, con lo que vas a ingresar este trimestre, eres asquerosamente millonario.
Sonreí con cinismo. Era jodidamente irónico. Habíamos levantado un imperio manchado de sangre y cocaína, habíamos sobrevivido a masacres y traiciones, y al final, la mayor fortuna legal de mi vida me la estaba dando el haber contado nuestra propia miseria en televisión.
—Me alegro, Marga. Asegúrate de que Be revise bien los contratos y los porcentajes antes de firmar nada.
—Tu hija ya los tiene. Es un tiburón, Diego, me da más miedo ella que los abogados de la productora —bromeó Marga, riendo, aunque de pronto su tono cambió. Se volvió más pausado, más analítico—. Oye, Diego... hay una cosa que los productores me han preguntado y yo no he sabido qué contestarles.
—Dispara.
—Cuando empezamos a trabajar juntos, siempre me dijiste que la historia era una pentalogía.
Cinco partes. Me entregaste las tres primeras, que son los tres libros publicados.
Pero nunca escribiste los dos últimos. Los de la productora quieren saber si vas a escribirlos para tener material para más temporadas.
Me quedé en silencio, mirando la pantalla negra de mi portátil.
Los dos últimos libros. Los años que faltaban.
Marga no lo sabía, nadie lo sabía, pero esos libros abarcarían los cinco años más oscuros de nuestra existencia.
Los cinco años que siguieron a la muerte de Miguel y nuestra sangrienta venganza.
Los cinco años en los que nos convertimos en los ejecutores del Viejo, eliminando a sus enemigos y cimentando su trono para que aquel inexistente «clan» triunfara gracias a nosotros.
Eran los años en los que nos manchamos las manos de verdad.
Y, sobre todo, eran los años que explicaban por qué el Viejo nos había exiliado y separado.
No nos separó por darnos una vida mejor.
Nos separó por puro terror. Porque José María, con esa mente retorcida y brillante, vio mucho antes que nosotros lo que estábamos formando.
Vio que la lealtad entre mis hermanos y yo era indestructible.
Vio que La Corona de Cinco Puntas podría haberse alzado y haberle cortado la cabeza muchos años antes de que nos diéramos cuenta de nuestro propio poder.
Por eso nos separó. Por eso nos dio casas, empresas y territorios. Para que tuviéramos algo que perder. Para que nunca volviéramos a ser cuatro chavales en un muelle, dispuestos a comernos el mundo.
—¿Diego? ¿Estás ahí? —insistió Marga.
El viento del Pacífico me alborotó el pelo. Nerea se bajó las gafas de sol por la nariz y me miró con una ceja levantada, como preguntándome quién era. Le sonreí, le guiñé un ojo y volví a ponerme el teléfono en la oreja.
—Puede ser, Marga —respondí, con la voz tranquila, acariciando la tapa del portátil—. Puede ser...
Colgué el teléfono y lo dejé sobre la mesa. Me quedé un segundo mirando la pantalla negra del portátil. Los dos últimos libros. Los años que faltaban. Los años que nunca me había atrevido a escribir.
Nerea me miró desde su tumbona.
—¿Todo bien?
—Sí —respondí, sonriendo—. Todo bien.
Me levanté y caminé hacia la orilla, donde mis hijos me recibieron con gritos de alegría.
Me tiré al agua con ellos, dejándome empapar por las olas, riendo como un crío.
Y por primera vez en veinticinco años, no pensé en el pasado.
No pensé en Miguel. No pensé en el Viejo.
Solo pensé en el presente. Solo pensé en mi familia.