Capítulo 33 La Misericordia del Diablo #2
El Nene se quedó sin habla. Parpadeó un par de veces, mirando de Tolo a mí como si fuera una broma.
—Te lo has ganado a pulso en el fango, chaval —sentenció Tolo—. A partir de hoy, eres el rey del Estrecho. Haz que estemos orgullosos.
El andaluz tragó saliva, infló el pecho y asintió con una lentitud solemne.
—No os voy a fallar, Mateo. Nadie va a mover un puto fardo en Andalucía sin que nosotros pillemos cacho.
El Nene se fue caminando con una sonrisa de oreja a oreja, y por un momento, vi en sus ojos el mismo brillo que Tolo tenía veinticinco años atrás. El ciclo continuaba. La nueva generación tomaba el relevo. Y nosotros, por fin, podíamos descansar.
Richi también había tomado sus propias decisiones. La herida le dolía como un demonio, pero su cabeza estaba más clara que nunca. Mientras cenábamos, agarró su teléfono y llamó a Mili, la mujer que había sido su sombra, su mánager de las chicas y su apoyo incondicional.
—Escúchame bien, fiera —le dijo Richi por teléfono, con esa media sonrisa chulesca que había recuperado—. Haz las maletas. Te vas de Panamá.
—¿Qué? ¡Richi, cabrón, no me jodas! —se escuchó gritar a Mili desde el auricular.
—Cállate y escucha. Vas a Dénia. Nuestro chiringuito en Valencia, los clubes, el puerto... es tuyo. Vas a ser mis ojos y mi voz en la península. Si alguien tose allí, me llamas. Si alguien quiere mover un kilo, te paga a ti. Los Petrovic serán tu sombra.
Al otro lado de la línea hubo un silencio. Luego, un grito ensordecedor que nos hizo reír a todos.
—¡Joder que sí! ¡España de verdad! ¡Se van a cagar estos valencianos, Richi! —gritaba Mili, extasiada.
Richi colgó, miró su vaso de whisky y sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, no era una sonrisa de chulo. Era una sonrisa de hombre que ha encontrado su lugar en el mundo. Ya no necesitaba ser el rey de la noche. Ahora era el dueño del negocio. Y eso, para Richi, era mucho mejor.
Faltaba la pieza clave de nuestra maquinaria. Me aparté de la fiesta y caminé hacia los jardines traseros, donde AK y Diana estaban sentados en el capó de uno de los blindados, compartiendo un cigarrillo en silencio. Eran dos sombras letales, leales hasta la médula.
—AK, Diana —los llamé. Los dos se pusieron en pie de un salto, cuadrándose casi por instinto.
—Jefe —dijo AK.
Me apoyé en el coche junto a ellos.
—Conservas Cantábrico. El puerto de entrada más grande y seguro de todo el norte de España —les expliqué—. Es vuestro ahora. Y os necesito allí para gestionarlo. Es vuestro. Os doy la conservera. Todo el operativo logístico.
AK y Diana se miraron. No había alegría en sus ojos, sino una mezcla de sorpresa y preocupación.
—Jefe... con todos los respetos —empezó Diana, apagando el cigarro con la bota—. Nosotros somos... somos vuestra guardia pretoriana. No sabemos llevar un puto traje ni sentarnos en una junta. Nosotros queremos quedarnos aquí. Con usted.
AK asintió enérgicamente.
—Nuestra lealtad está donde esté usted, Diego. No queremos irnos a casa.
Los miré y sentí un orgullo inmenso. Eran de otra pasta.
—Sé que no queréis los trajes. Sé que os aburriréis en los despachos —les dije, poniéndole una mano en el hombro a cada uno—.
Pero es precisamente por vuestra lealtad por lo que os necesito allí.
Conservas Cantábrico es nuestra arteria principal.
Si se la doy a un oficinista, nos la robarán en seis meses.
Os necesito allí, controlando el hierro y la mercancía.
No lo veáis como un exilio, joder. Volvéis a casa. Iremos a visitaros.
AK frunció los labios, aún dudoso.
—Jefe...
—Es una orden, soldado —corté, esbozando una sonrisa abierta.
AK suspiró, pero una sonrisa se filtró por fin. Miró a Diana, que soltó una carcajada ronca, y ambos terminaron asintiendo.
—A sus órdenes, jefe. Al menos nos quitaremos esta puta humedad de encima —bromeó AK.
Diana se acercó y me dio un abrazo rápido, brusco, de esos que no esperas de una mujer que te ha salvado la vida más veces que tu propia sombra.
—Cuídate, jefe —me susurró al oído—. Y si algún día necesitas que volvamos... ya sabes dónde estamos.
Los vi alejarse hacia la villa, discutiendo ya sobre el color de las paredes de su nueva oficina en Vizcaya. Y sonreí. La familia seguía creciendo. La familia seguía unida.
Todo encajaba. Todo estaba en su sitio.
Nerea, Eva, Catalina y Be habían transformado su tapadera legal en un imperio.
Nerea reinaba en el sector inmobiliario panameño, intocable y respetada.
Be, una contable brillante y silenciosa, se había convertido en una auténtica magnate internacional del lavado de dinero, moviendo millones de dólares a través de un laberinto de empresas fantasma imposibles de rastrear.
Y gracias a sus amigas, totalmente integradas en el sistema de lavado de dinero, las clínicas ya habían abierto cinco locales nuevos.
Busqué a mi hija entre la multitud. Estaba sentada en un rincón del porche, con una copa de champán en la mano, hablando en voz baja con Darío. El chico panameño le había pasado un brazo por los hombros y Be se reía, una risa limpia y sincera que hacía mucho tiempo que no le oía.
Me acerqué a ellos.
—¿Interrumpo? —pregunté.
—No, aita. Estábamos hablando de negocios —respondió Be, con una sonrisa—. Darío quiere abrir una sucursal de las clínicas en Ciudad de Panamá. Dice que hay mercado.
—Hay mercado para todo si sabes dónde buscar —añadió Darío, con su habitual desparpajo—. Y yo sé dónde buscar, patrón.
Lo miré. El chico había crecido. Ya no era el pandillero que secuestramos en El Chorrillo. Era un hombre. Un socio. Un miembro de la familia.
—Me alegro de que estés con ella, Darío —le dije, tendiéndole la mano—. Cuídala. Es lo único que te pido.
—Pierda cuidado, patrón —respondió él, estrechándome la mano con firmeza—. Antes tendrán que pasar por encima de mi cadáver.
Be puso los ojos en blanco, pero no pudo ocultar la sonrisa. Mi hija. Mi heredera. La que había matado a un hombre para proteger a su familia. La que había construido un imperio con números y facturas. La que, algún día, tomaría el relevo.
Me alejé, dejándolos solos. Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo por el futuro. Be estaba lista. La familia estaba en buenas manos.
La maquinaria tecnológica del imperio también había echado raíces definitivas en Panamá.
Tecla, que se paseaba por el jardín con una lata de bebida energética en la mano, había sido categórico esa misma mañana: no pensaba volver a Europa.
Sus servidores, sus granjas de encriptación y todo el entramado digital de La Corona operaban a la perfección desde el búnker de las Queen Mary, lejos de la jurisdicción de la Europol.
Y Silvia, fiel a su hermano menor y convertida ya en una analista de datos indispensable para nuestros movimientos, había decidido quedarse con él.
—Alguien tiene que vigilar que este friki no se olvide de comer mientras domina el mundo —me había dicho Silvia, guiñándome un ojo. Se quedaban con nosotros.
Y Mariena... La Rubia había encontrado por fin su verdadero trono. A partir de esa noche, Mariena no sería solo nuestra arquitecta financiera. Sería nuestro rostro. La cara visible y oficial en cada reunión, en cada cumbre, ante los ojos del consejo de La Organización.