Capítulo 33 La Misericordia del Diablo
Llegamos a las villas Queen Mary cuando el sol empezaba a despuntar sobre el Pacífico, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo.
Los todoterrenos entraron en el complejo en silencio, arrastrando el cansancio y el olor metálico de la sangre.
Las puertas se abrieron y el equipo médico que habíamos dejado de guardia se abalanzó sobre nosotros.
A Richi se lo llevaron en camilla directamente a la clínica improvisada para sacarle la bala y coserle el costado. A Tolo le vendaron el desgarro del hombro en el propio porche, mientras el gigante se bebía una botella de whisky de un trago, impasible.
Yo dejé que un médico me limpiara los cortes superficiales de la cara y subí las escaleras hacia mi habitación.
Los músculos me temblaban por la caída de la adrenalina.
Al abrir la puerta, Nerea estaba de pie junto a la ventana.
Llevaba toda la noche sin dormir. Al verme entrar, cubierto de polvo de mármol, pólvora y sangre seca, se le quebró la respiración.
No hubo palabras. Nerea cruzó la habitación y se abalanzó sobre mí.
Me agarró por el cuello, enterrando el rostro en mi pecho, llorando en silencio mientras me palpaba la espalda y los brazos para asegurarse de que estaba entero, de que era real.
Le devolví el abrazo con la poca fuerza que me quedaba, aspirando el olor limpio de su pelo.
—¿Diego? —susurró contra mi cuello, con la voz temblando por la angustia contenida—. ¿Qué ha pasado allí? ¿Están todos bien? Dime que...
—Se ha acabado —la corté, agarrándole la cara entre mis manos sucias, incapaz de articular una sola palabra sobre el horror del patio—. El Viejo está muerto.
Ella se quedó mirándome un segundo. Leyó la carnicería en mis pupilas, entendió que estaba al límite de quebrar, y asintió en silencio.
Me quitó la camisa rota y manchada a tirones.
Sus manos descendieron por mi pecho, desesperadas.
Aquello no fue un acto de amor romántico; fue una necesidad primitiva, animal.
Fue la confirmación visceral de que habíamos burlado a la muerte una vez más.
Caímos sobre las sábanas blancas, manchándolas de sudor y suciedad, aferrándonos el uno al otro.
Nerea me arañó la espalda y yo me hundí en ella con una intensidad salvaje, ahogando los recuerdos de la masacre del patio de Buenaventura en su piel, hasta que el agotamiento absoluto nos arrastró a un sueño negro y profundo.
A la mañana siguiente, el ambiente en el salón de la villa principal era el de un cuartel general tras una victoria pírrica. Olía a café negro, tabaco rubio y desinfectante.
Richi estaba recostado en el sofá, pálido como el papel pero estabilizado y con un gotero de suero en el brazo. Tolo ocupaba un sillón entero, con el brazo en cabestrillo. Mario fumaba junto a la ventana, observando el perímetro, mientras Mariena, Nerea y Be ocupaban la inmensa mesa de cristal.
—El Viejo está muerto, pero La Organización no tardará en notar que su mayor proveedor europeo ha dejado de respirar —dijo Mario, exhalando el humo despacio—. Van a pedir cabezas.
Mariena apagó su cigarrillo en el cenicero de plata y se cruzó de brazos.
—No si les damos una historia que puedan tragarse, y sobre todo, si les damos un negocio que no puedan rechazar. Tengo que volar a Madrid hoy mismo.
Todos la miramos.
—¿Tú sola? —pregunté.
—Iré en calidad de diplomática, no de pistolera —aclaró La Rubia, ajustándose las gafas de diseño—.
Pero no voy a ir descalza. Quiero que Diana venga conmigo como mi sombra.
Y necesito a Silvia; la chica tiene el mapa de la red financiera del Viejo en su cabeza.
Seremos tres mujeres entrando en la cueva de los lobos.
Les daremos menos miedo que si os presentáis vosotros cuatro con olor a pólvora.
—¿Y qué les vas a contar? —preguntó Tolo, frunciendo el ceño—. Matar a un miembro de La Organización no se arregla con una disculpa, Mariena.
—Les diré la puta verdad... a medias. —Mariena sonrió, fría y calculadora—.
Les diré que José María enloqueció. Que la edad y la codicia le reventaron la cabeza.
Les explicaré que vino a Panamá a intentar robarnos nuestros negocios locales, nuestra red de clínicas y puertos que nada tienen que ver con La Organización. Y que tuvimos que defendernos.
—No se lo van a tragar —interrumpió Mario, sacudiendo la cabeza—. Es nuestra palabra contra la de su mejor general. Nos exigirán pruebas de que él atacó primero y sin permiso del consejo.
Sonreí, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Las tenemos —dije—. Veintidós pruebas exactas, hermano.
Mario me miró de reojo.
—¿De qué hablas, Diego?
—Hablo de los veintidós mecánicos, estibadores y transportistas que dejamos ir anoche.
Hombres que el Viejo sacó de España a la fuerza para formar un ejército privado sin el consentimiento de La Organización.
Si el consejo manda a alguien a husmear, esos trabajadores hablarán.
Dirán que José María los extorsionó y que nosotros, en lugar de matarlos, les perdonamos la vida y los mandamos a casa.
Esa es nuestra prueba de que el Viejo era un perro rabioso que actuaba por su cuenta y riesgo.
El silencio cayó sobre el salón. Mario asintió despacio, comprendiendo por fin la magnitud táctica de mi misericordia de la noche anterior. No solo habíamos salvado nuestras almas; nos habíamos fabricado la coartada perfecta.
—Además —añadió Mariena, poniéndose en pie—, el sistema del hombre muerto está desactivado. No hay libro. No hay confesión. Solo hay un trono vacío. Y yo voy a ofrecérselo en bandeja de plata. Asumiremos las rutas del Viejo. Todas y cada una de ellas.
Las siguientes dos semanas fueron una agonía estática.
Mientras nosotros curábamos nuestras heridas bajo el sol panameño, Mariena, Diana y Silvia se adentraron en el corazón oscuro de Madrid. Nos comunicábamos mediante teléfonos encriptados de usar y tirar.
El Tratado Global fue brutal pero eficiente. Mariena hizo valer sus antiguos contactos financieros, se sentó a la mesa con el consejo de La Organización y desplegó las cartas.
Mariena entró en la sala del consejo con la espalda recta y la barbilla alta.
Diana y Silvia iban un paso por detrás, con los trajes oscuros y las miradas letales.
Los cinco miembros del consejo la esperaban sentados en una mesa de roble.
No había sonrisas. No había cortesías. Solo silencio y miradas que pesaban como el plomo.
—José María atacó primero —dijo Mariena, sin esperar a que le dieran la palabra—.
Extorsionó a veintidós trabajadores españoles, los sacó de sus casas y los obligó a formar un ejército privado.
Tenemos testigos. Tenemos pruebas. Y tenemos las rutas del Viejo, que ahora os ofrecemos en bandeja de plata.
El presidente del consejo, un hombre mayor de pelo blanco y manos manchadas de nicotina, la miró con frialdad.
—¿Y si no nos interesa vuestra oferta, Mariena?
—Entonces tendréis que explicarle a vuestros socios por qué habéis perdido el control del Atlántico —respondió ella, sin parpadear.
Les vendió la narrativa de la locura del Viejo, apoyada por la existencia confirmada de los hombres de vuelta en España, y les ofreció la paz.
—Quieren sangre, Diego —me dijo Mariena en la última llamada, con voz tensa pero segura—. Pero aman el dinero mucho más que a José María. Hemos acordado un pacto. Pagaremos una «cuota de independencia». Un impuesto directo al consejo por habernos librado del Viejo y quedarnos con sus rutas.
—¿Cuánto? —pregunté.
—El treinta por ciento de todos los beneficios europeos durante los próximos cinco años. A cambio, nos reconocen. Oficialmente.
Cuando Mariena aterrizó de vuelta en Panamá, la recibimos como a una jefa de estado.
Organizamos una cena en los jardines de las Queen Mary.
Se abrieron botellas de champán francés que costaban más que el salario anual de un cirujano.
La tensión de veinticinco años huyendo, escondiéndonos y peleando por las sobras se había disipado.
Éramos dueños de todo.
Esa misma noche, los cimientos del imperio se redistribuyeron.
Tolo estaba apoyado en la barandilla del porche, mirando hacia el mar, cuando me acerqué con dos cervezas heladas. Le tendí una.
—El camino está despejado, Mateo —le dije—. Las rutas de Cádiz vuelven a ser nuestras. Puedes volver a casa mañana mismo si quieres.
El gigante le dio un trago a la cerveza y negó con la cabeza, esbozando una sonrisa mansa.
—No vuelvo, Diego.
Lo miré, sorprendido.
—¿Por qué?
—He hablado con Eva esta tarde. Nerea y ella están levantando medio puto país con esa empresa inmobiliaria que han montado.
Mis hijos van a un colegio de élite y salen a jugar a una puta playa privada.
Eva me ha mirado a los ojos y me ha dicho que si la meto otra vez en La Línea de la Concepción con el miedo en el cuerpo, me corta los cojones mientras duermo.
Y créeme, lo hará. —Tolo se rio, una risa grave que le sacudió el pecho—.
Mi casa está aquí ahora. Vosotros sois mi familia. De aquí no me mueve ni Dios.
Le puse una mano en el hombro. El gigante me miró, y por un segundo, vi en sus ojos todo lo que habíamos pasado juntos. Los siete años de cárcel. Las noches en vela. Las muertes. Las huidas. Y también las risas. Las borracheras. Los abrazos.
—Gracias, Mateo —le dije, con la voz ronca—. Por todo.
—No me des las gracias, hermano —respondió él, dándome un golpe en el hombro que casi me tira al suelo—. Tú habrías hecho lo mismo por mí.
Y era verdad. Lo habría hecho. Sin dudarlo.
Unos minutos después, Tolo mandó llamar a El Nene. El joven andaluz subió los escalones del porche, arrogante, con la camisa abierta y su inconfundible cadena de oro brillando en el pecho.
—¿Qué pasa, jefes? —saludó El Nene, frotándose las manos—. ¿Hay que reventar a alguien más?
—A nadie, chaval —dijo Tolo, apoyando su enorme mano en el hombro de El Nene, casi aplastándolo—. Vuelves a España mañana por la mañana.
El Nene frunció el ceño, a la defensiva.
—¿Me estáis echando? Yo no he hecho nada, coño, ¡fui el primero en entrar por la playa!
—No te estamos echando, imbécil —le corté, sonriendo—. Te estamos coronando. Vas a bajar a Cádiz. Toda la red de lanchas, las planeadoras y la logística del sur pasa a ser tuya. Vas a rendirnos cuentas exclusivamente a nosotros, pero allí abajo mandarás tú.