La mentira del paraíso Capítulo 32 Jaque al Rey (Parte 2) #2
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Capítulo 32 Jaque al Rey (Parte 2) #2

—Voy a subir a ese árbol —ordenó Lucía, colgándose el pesado rifle a la espalda y desenfundando un cuchillo de supervivencia—. Cubridme.

Sin esperar respuesta, la guerrillera se lanzó a correr a través de la selva espesa, esquivando lianas y raíces en la más absoluta oscuridad, hasta llegar a la base de la ceiba.

Clavó el cuchillo en la corteza y empezó a trepar como un felino, arañando la madera, subiendo rama por rama hasta alcanzar la copa, posicionando el cañón entre las hojas y buscando la cabeza del Viejo a través de la mira infrarroja.

Abajo, en el patio, el fuego cesó de golpe.

No fue un alto el fuego gradual; fue un silencio repentino, espeso y antinatural, mil veces más aterrador que el sonido de las ráfagas.

Solo se escuchaba el gorgoteo del agua derramándose de la tubería rota de la fuente y los latidos desbocados de mi propio corazón.

Sabía perfectamente lo que significaba aquel silencio paralizante. Nos tenían a tiro limpio.

La figura impecable de José María, salpicada con la sangre de sus hijos muertos, emergió de detrás del pilar. Caminó despacio hacia nosotros, apoyándose en el bastón, con un revólver en la otra mano. Tenía el rostro desencajado por la furia. Ya no había cálculos. Ya no había chantajes.

Sus hombres nos rodearon, apuntándonos con manos temblorosas.

El Viejo se paró a dos metros de mí y amartilló el revólver, apuntándome directamente entre los ojos.

—Siempre fuiste demasiado orgulloso, Diego —dijo el Viejo, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados de locura—.

Todo este imperio, toda esta guerra... solo porque os creíais reyes cuando solo erais basura.

Has matado a mis hijos. Y ahora os voy a mandar al infierno a todos, y después a vuestras zorras.

Yo lo miré, arrodillado en el suelo de piedra empapado de agua y sangre, y no bajé la mirada.

—No vas a mandar a nadie a ningún sitio, José María.

El Viejo sonrió, enseñando los dientes.

—Adiós, Diego.

Un silbido cruzó el aire húmedo.

No hubo sonido de disparo inmediato. Solo un impacto sordo, húmedo y brutal.

La cabeza del Viejo estalló como una sandía madura lanzada contra el asfalto. El disparo perfecto. A más de cuatrocientos metros de distancia, a través del viento cruzado del mar, la comandante Lucía había encontrado un hueco minúsculo entre los cuerpos y había hecho su magia.

El cuerpo descabezado del rey de Galicia permaneció de pie un segundo antinatural, como si no entendiera que estaba muerto, antes de desplomarse hacia atrás, soltando el revólver y el bastón.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo el gorgoteo del agua de la fuente perforada y la respiración pesada de mis hermanos.

Lentamente, me puse en pie.

Me encontré rodeado por veinte cañones. Los veinte hombres españoles y búlgaros que el Viejo había extorsionado me estaban apuntando. Tenían los ojos abiertos de par en par, manchados con la sangre del monstruo que los había arrastrado hasta allí.

Si alguien apretaba un gatillo por puro pánico, la carnicería sería total.

Alcé las manos, despacio.

—Se acabó —dije, con voz grave, resonando en el patio empedrado—. El Viejo está muerto.

Antes de que nadie pudiera procesar mis palabras, un estruendo ensordecedor hizo temblar el suelo.

Los pesados portones de la mansión volaron en pedazos cuando una caravana de todoterrenos 4x4 irrumpió derrapando salvajemente en el patio central.

Eran AK y su equipo. Los vehículos frenaron en seco, bloqueando todas las salidas en un círculo perfecto.

Las puertas se abrieron de golpe y dos docenas de mercenarios de la selva apuntaron sus fusiles de asalto directamente hacia los hombres del Viejo.

Casi en el mismo instante, por los ventanales destrozados que daban a la parte trasera de la mansión, irrumpieron El Nene y los andaluces.

Venían cubiertos de sudor, pólvora y sangre, pisando los cristales rotos tras haber despachado sin piedad a los rusos que corrieron a defender la playa.

El Nene se limpió la frente con el dorso de la mano, levantó su metralleta humeante y esbozó una sonrisa salvaje.

—¡Ya estamos aquí, joder! —gritó el joven sicario, paseando la mirada por la carnicería del patio—. ¿Nos hemos perdido lo mejor de la puta fiesta?

Al verse rodeados por los todoterrenos de AK en el frente y acorralados por los hombres del Nene por la espalda, el poco valor que les quedaba a los trabajadores extorsionados se esfumó en un segundo.

Paco «el Chatarrero» bajó el fusil, temblando de pies a cabeza. Las lágrimas le surcaban el rostro cubierto de pólvora. Tiró el arma al suelo con un ruido metálico y cayó de rodillas.

—¡Joder, Vasco, somos nosotros! —sollozó el mecánico andaluz—. ¡Nos obligó, tío, te juro por Dios que nos obligó! ¡Dijo que sabía a qué colegios iban nuestros hijos!

El búlgaro calvo tiró su subfusil, levantando las manos. Uno a uno, el resto de los trabajadores soltaron sus armas con un sonido metálico y derrotado que inundó el patio.

Los miré. Vi a hombres sudorosos, aterrorizados, destrozados por el miedo y por un mundo oscuro que los había devorado vivos.

Mario cogió un fusil del suelo y amartilló el arma, apuntando a Paco.

—No dejemos testigos, Diego —siseó.

—¡Baja el arma, Mario! —grité, poniéndome entre el cañón de mi hermano y los trabajadores.

—¡Son enemigos, joder!

—¡Son desgraciados que pasaban por aquí! —le rugí, empujándole el cañón hacia el suelo—. ¡Míralos bien! ¡Son lo que éramos nosotros! ¡El Viejo los usó como nos usó a nosotros para limpiar su mierda!

Mario me sostuvo la mirada. El dedo se le quedó rígido sobre el gatillo del fusil, temblando por la pura tensión.

Durante veinticinco años, Mario había abrazado la violencia con devoción religiosa porque era la única manera que conocía de protegernos.

Dejar vivos a quienes habían venido a matarnos iba contra su propia naturaleza, contra el monstruo en el que se había convertido para que nosotros pudiéramos ser reyes.

—Si los dejamos ir, pueden abrir la boca, Diego —masculló Mario, con la mandíbula apretada y los ojos oscuros inyectados en adrenalina—. Así no es como se sobrevive en este mundo. Tú lo sabes. El ciclo no se rompe con piedad.

—Hoy sí —le respondí, manteniendo mis manos sobre el cañón de su arma, sin retroceder un milímetro, mirándole directamente a esa parte de su alma que aún no estaba podrida—. Hoy se acaba, Mario. Ya no somos eso.

Mario miró por encima de mi hombro hacia los trabajadores aterrorizados, a Paco llorando de rodillas, y luego volvió a mirarme a mí.

Vi cómo luchaba consigo mismo. El choque entre su instinto y mi decisión fue casi físico, como si dos trenes colisionaran dentro de su cabeza.

El dedo le temblaba sobre el gatillo. Los nudillos se le pusieron blancos de apretar la culata.

Durante un segundo, pensé que iba a dispararme a mí.

Durante otro, pensé que iba a vaciar el cargador sobre los trabajadores.

Miró a Paco. El mecánico andaluz seguía de rodillas, sollozando, con las manos levantadas.

Tenía los ojos rojos, la cara manchada de pólvora y lágrimas.

Y en su expresión no había maldad. Solo terror.

El terror de un hombre que había sido arrancado de su vida, de su taller, de su familia, y arrastrado a una guerra que no era la suya.

Mario lo miró. Y algo se rompió dentro de él.

Quizá recordó que él también había sido como Paco. Que él también había sido un chaval de barrio, un superviviente, antes de convertirse en el hombre frío y letal que era ahora. Quizá recordó que él también había tenido miedo, que él también había sido una víctima antes de ser verdugo.

El silencio se hizo pesado, asfixiante.

Finalmente, Mario cerró los ojos un segundo, soltó un suspiro áspero que pareció rasparle la garganta y, derrotado por su propia lealtad hacia mí, escupió al suelo y bajó el fusil.

—Hoy sí —repitió, con un hilo de voz—. Hoy se acaba.

Me giré hacia los trabajadores.

—Levantaos —les ordené.

Paco se puso en pie a duras penas.

—¿No... no nos vais a matar, Vasco?

Negué con la cabeza, sintiendo que el peso de veinticinco años de rencor se evaporaba con el cadáver del Viejo.

—No somos como él. Coged vuestras cosas y marchaos. Volved con vuestras familias. Y no miréis atrás.

El mecánico se acercó a mí, sollozando, y me agarró la mano. Yo se la apreté. Luego, uno tras otro, como espectros huyendo del infierno, los trabajadores recogieron a sus heridos y desaparecieron en la oscuridad de la carretera panameña.

Me giré hacia la fuente. Richi estaba apoyado contra la piedra, pálido, presionándose la herida del costado mientras Tolo le vendaba improvisadamente con su propia camisa.

Mario se acercó a mí y me puso una mano ensangrentada en el hombro. Miramos juntos el cadáver decapitado de José María, el lobo que nos había aterrorizado toda nuestra vida, ahora reducido a un pedazo de carne inerte sobre los adoquines.

El rey había caído.

Y nosotros, por fin, éramos libres.