La mentira del paraíso Capítulo 32 Jaque al Rey (Parte 2)
92%

Capítulo 32 Jaque al Rey (Parte 2)

La noche cayó sobre la costa de Buenaventura pesada y húmeda. Llegamos al complejo «Brisas del Pacífico» en un coche negro, solos. Tolo, Richi, Mario y yo. Bajamos del vehículo en la explanada de gravilla que separaba el muro exterior de la mansión principal.

Levanté las manos. Los guardias rusos de la entrada, armados con Kalashnikovs, nos cachearon brutalmente, asegurándose de que no llevábamos armas de fuego ni cuchillos, y nos empujaron hacia el patio central.

El lugar estaba blindado. Había focos iluminando cada esquina y hombres apostados en los tejados de las mansiones colindantes.

En el centro del patio empedrado, junto a una inmensa fuente circular que no escupía agua, estaba el Viejo. Iba vestido con un traje de lino claro, apoyado en su bastón. A su lado, su hijo Dimitriv, un mastodonte rubio con cara de psicópata, y Yuri, su otro hijo, igual de repulsivo.

Detrás de ellos, la corte del rey. Veinte sicarios rusos de la peor calaña, exmilitares, fríos, disciplinados, con los dedos acariciando los gatillos.

Y flanqueando a los rusos... más hombres. Españoles y búlgaros.

Mientras nos acercábamos, caminando con los hombros caídos y la mirada gacha, fijé la vista en el anillo exterior de los hombres del Viejo.

Algo no cuadraba. Fruncí el ceño.

Ese tipo alto de la derecha que temblaba al sostener el subfusil...

era Paco «el Chatarrero», el mecánico que nos arreglaba las lanchas en Cádiz.

El búlgaro calvo que sudaba a mares a su lado era Iván, el camionero que nos bajaba la mercancía desde Rotterdam.

Y el chaval moreno del fondo... era el sobrino de un estibador de Algeciras.

Paramos a tres metros de él.

Hicimos nuestro papel. Tolo bajó la inmensa cabeza. Richi miraba al suelo. Mario apretaba los labios, fingiendo humillación. Yo lo miré con los ojos de un hombre derrotado.

—Habéis sido sensatos. Bienvenidos a vuestra nueva realidad —dijo el Viejo, sonriendo, abriendo los brazos como un falso mesías. De pronto, su sonrisa se torció levemente al repasar nuestras caras—. Veo que falta alguien. ¿Dónde está Mariena? Te dije claramente que la quería aquí.

Tragué saliva, obligándome a mantener la máscara de sumisión.

—Mariena puede hacer las firmas de los traspasos desde su despacho. No era necesario que viniera.

El Viejo soltó un chasquido con la lengua, mirándome con superioridad.

—¿Ah, se esconde? —preguntó con desdén, restándole importancia con un gesto de la mano—. Bueno, da igual. Dile de mi parte que la veré. Tenlo por seguro.

Fue entonces cuando Dimitriv, el ruso, dio un paso al frente y soltó una carcajada burlona.

—Mirad a los reyes españoles —se mofó Dimitriv—. Vienen a arrastrarse. Pensabais que erais unos capos, pero solo sois unos putos cerdos que vuelven al establo a comer mierda.

Los veinte rusos estallaron en risas metálicas, burlonas.

Pero yo miré a los españoles y a los búlgaros. Estaban serios. Pálidos.

Miré a Mario. Mario me devolvió la mirada. Sus ojos eran dos pozos de alquitrán. Un leve asentimiento. Apenas un milímetro.

Mario no llevaba armas en el cuerpo. Los rusos lo habían comprobado. Lo que los rusos no sabían es que Mario jamás necesitaba un arma propia si su enemigo estaba lo suficientemente cerca.

En un movimiento rápido, Mario se dejó caer de rodillas frente a Dimitriv como si fuera a suplicar.

Dimitriv sonrió, pero esa sonrisa se congeló cuando Mario le agarró el cañón de la pistola que el ruso llevaba enfundada en el muslo, se la arrancó de la cartuchera, apuntó hacia arriba y apretó el gatillo.

El estallido destrozó la noche.

La bala le entró a Dimitriv por debajo de la mandíbula y le reventó la parte superior del cráneo, rociando al Viejo y a su otro hijo con una lluvia tibia de sangre y materia gris.

Dimitriv se desplomó como un saco de escombros.

El caos absoluto se desató en una fracción de segundo.

Antes de que los rusos pudieran reaccionar al asesinato de su jefe, la oscuridad de la selva bramó.

¡Boom! ¡Boom! ¡Boom!

Tres estampidos ensordecedores y lejanos.

Los rifles Barret calibre 50 de Lucía y sus hombres.

Tres rusos de la guardia de la azotea saltaron por los aires, literalmente partidos por la mitad.

La onda expansiva de las balas reventó una tubería, que empezó a escupir agua a presión en todas direcciones, empapando el empedrado y convirtiendo el patio en un charco resbaladizo.

—¡Cubríos! —grité.

Nos lanzamos detrás de los pesados muros de piedra de la fuente circular. El patio se convirtió en una batidora de balas, gritos y sangre.

Mario, desde el suelo, disparó el arma robada a Dimitriv, abatiendo a Yuri con tres tiros en el pecho antes de que el ruso pudiera levantar su fusil. El cuerpo del hijo menor del Viejo cayó hacia atrás, con los ojos abiertos de par en par, sin entender que su imperio acababa de desmoronarse.

Los rusos, veteranos de mil guerras, reaccionaron con una disciplina aterradora.

No entraron en pánico. Se dividieron en dos grupos: uno de ellos empezó a disparar ráfagas hacia la selva, intentando cegar a los francotiradores con fuego de supresión, mientras el otro grupo avanzaba hacia nosotros, pegado a los muros, buscando flanquearnos.

Los rusos disparaban ciegamente hacia la selva, mientras Lucía y sus hombres los iban cazando uno a uno con una precisión quirúrgica.

Richi, que se había asomado para coger el arma de un ruso muerto, soltó un grito sordo y cayó rodando sobre el empedrado.

—¡Me han dado! ¡Me han dado, joder! —chilló Richi, agarrándose el costado derecho, de donde brotaba un manantial de sangre oscura.

Tolo salió de la cobertura a cuerpo descubierto.

Una bala le rozó el hombro, arrancándole un trozo de carne de la manga de la camisa.

El gigante ni se inmutó. Rugió como un oso herido, agarró a su hermano por el cuello de la camisa y lo arrastró detrás de la fuente bajo una lluvia de balas que picaban la piedra a milímetros de sus cabezas.

Yo me deslicé por el empedrado resbaladizo, buscando un arma. Mis dedos rozaron una Glock. La agarré, comprobé que tenía balas, y me asomé por encima de la fuente.

Un ruso me apuntaba desde el flanco derecho. Disparé primero. El hombre cayó de espaldas, con un agujero en el pecho.

Pero no éramos suficientes. Éramos cuatro hombres desarmados contra una docena de exmilitares. Los francotiradores de Lucía seguían eliminando rusos, uno tras otro, con una precisión quirúrgica, pero cada vez que caía uno, otro ocupaba su lugar.

En ese momento, una serie de detonaciones ensordecedoras sacudieron los cimientos de la mansión.

¡Boom! ¡Boom! ¡Boom!

No eran disparos de francotirador. Eran explosiones densas, brutales, provenientes de la parte trasera del complejo.

El Nene y los andaluces habían reventado el muelle privado.

Los rusos dejaron de dispararnos por un instante, confundidos.

El Viejo, que se había refugiado detrás de un pilar, asomó la cabeza con los ojos desorbitados.

—¡A la playa! ¡Están entrando por la playa! —gritó, señalando hacia los ventanales destrozados.

Media docena de sicarios abandonaron sus posiciones en el patio y echaron a correr hacia el interior de la casa para defender el frente marítimo.

Aprovechando la confusión, Mario se asomó por encima de la fuente, abatió a uno que intentaba flanquearnos por la izquierda y soltó una maldición.

—¡Me quedo seco! —gritó, tirando la pistola vacía al suelo.

Los francotiradores de Lucía habían eliminado a bastantes, pero la pesadilla no había terminado.

Los españoles y búlgaros que el Viejo usaba de parapeto nos estaban flanqueando por la derecha. Estaban disparando a bulto, cegados por el terror, empujados por un Viejo que había logrado cubrirse detrás de los pilares de la entrada.

Me pegué a la piedra fría. Un pitido agudo y constante se instaló en mis tímpanos, amortiguando el infierno de fuera.

Escupí una mezcla de saliva espesa, polvo de mármol y sangre.

Durante un segundo que pareció durar una hora, vi la escena a cámara lenta: los casquillos dorados rebotando en los adoquines, el humo de la pólvora reptando como una serpiente y las chispas saltando cada vez que una bala mordía la fuente.

Estábamos en el centro exacto del huracán.

Me vi acorralado.

Una ráfaga destrozó el borde de la fuente, obligándome a pegarme al suelo.

Estábamos desarmados, Richi se desangraba y los francotiradores no tenían ángulo para disparar a los que nos rodeaban por el flanco.

Me arrastré hasta Richi. Mi hermano pequeño estaba blanco como la cera, temblando.

Me miró, y por primera vez en su vida de chulo de barrio, vi un terror crudo e infantil en sus ojos.

El pánico absoluto de un hombre que sabe que se va a desangrar en un puto patio de piedra a miles de kilómetros de su casa.

—Diego... —jadeó Richi, con la voz rota, apenas audible sobre el estruendo de los fusiles—. Diego, no... no quiero morir aquí, tío. No quiero morir en este puto país.

Le apreté la mano, manchándome los dedos con su sangre.

—No te vas a morir, Richi. Aguanta.

—Tato... —susurró, usando el apodo que solo usaba cuando estaba jodido de verdad—. Si salimos de esta... te juro que dejo la coca. Te lo juro por mi madre.

—Cállate y aprieta, Richi —le ordené gritando sobre el ruido, poniéndole las manos sobre la herida y presionando con fuerza—. Vas a salir de esta. Y vamos a cenar en tu puto club. Y te vas a tomar la botella de whisky más cara que tengas.

Richi soltó una risa débil, teñida de sangre.

—Eso... eso suena bien, tato.

A seiscientos metros de allí, en la loma envuelta en la oscuridad, Lucía apartó el ojo de la mira telescópica de su rifle Barret.

—¿Veis objetivos? —preguntó por el comunicador a sus cuatro tiradores, que estaban tumbados entre la maleza.

—Negativo, comandante. El muro nos bloquea el flanco derecho —respondió uno de los hombres.

Lucía apretó los dientes, maldiciendo en voz baja. Miró a su alrededor y sus ojos se clavaron en la silueta de una inmensa ceiba que se alzaba a unos doscientos metros más adelante, al borde mismo de la loma. Si lograba subir lo suficiente, tendría ángulo.