Capítulo 31 Jaque al Rey (Parte 1) #3
Uno en Suiza, otro en Luxemburgo y otro en Andorra.
Se pasan un correo encriptado de uno a otro cada veinticuatro horas.
Si el Viejo no llama al primer notario con una contraseña verbal, el correo sigue su curso hasta el tercero, que es quien tiene la orden de mandarlo al consejo de La Organización.
No tenéis que hackear una máquina, Tecla.
Tenéis que interceptar la ruta del correo entre los notarios y darle el cambiazo al archivo en pleno vuelo.
A Tecla se le iluminaron los ojos.
—Joder... es una carrera de relevos digital. Si corto la cadena en Luxemburgo...
—Puedes meter un PDF con el menú de un restaurante chino y eso será lo que reciba La Organización —remató Mariena, con una sonrisa fría.
Se pasaron la mañana entera tecleando a un ritmo frenético.
Fue una agonía. Hasta que, pasadas las dos de la tarde, Tecla dio un grito de triunfo, levantando los puños al aire.
Habían encontrado el archivo oculto en la red, lo habían interceptado y lo habían sustituido por un documento con cientos de páginas de contabilidad falsa e inútil.
Si el Viejo moría, su mayor amenaza se convertiría en humo.
Afuera, en los jardines, el aire olía a gasolina y aceite de armas.
El plan estaba trazado, pero tenía fisuras letales por todas partes. Todo dependía de una sincronización suicida.
Junto a los vehículos de asalto, AK y Diana, con los chalecos de kevlar ya puestos y los fusiles colgados al hombro, lideraban la reunión con los mercenarios que irían en los 4x4.
—En cuanto suene el primer tiro de los francotiradores de Lucía, tenemos exactamente cinco minutos para recorrer los diez kilómetros de asfalto, reventar el portón y entrar a saco —explicaba AK, marcando la ruta en un mapa sobre el capó de un coche—. Un segundo de retraso y matarán a los jefes.
Al otro lado del patio, Tolo hablaba en voz baja pero dura con El Nene y los andaluces, que estaban preparando bolsas estancas con munición para las planeadoras.
—Vosotros entráis por mar —le recordaba Tolo, agarrando a El Nene por las solapas de la chaqueta para que lo mirara a los ojos—.
Llegamos en silencio al muelle privado de las mansiones.
No se dispara hasta que la caballería de AK reviente la puerta principal.
Como te adelantes por tus ansias y nos detecten antes de tiempo, nos fusilan a los cuatro allí dentro. ¿Entendido?
—Entendido, Mateo. Sangre fría —masculló El Nene, acariciando la culata de su metralleta.
Estábamos listos. Teníamos a los tiradores, a los hombres de asalto y el flanco del mar cubierto.
Pero por mucha táctica que Mario hubiera desplegado sobre los mapas, la realidad era que nosotros cuatro íbamos a entrar allí desarmados.
Si Lucía fallaba el primer tiro, o si el Viejo decidía volarnos la cabeza antes de tiempo, todo aquel ejército no serviría para nada.
La tarde antes de partir, la pasamos en el salón principal de la villa.
El ambiente allí era denso, asfixiante. Las mujeres lo sabían.
Sabían que íbamos a meternos en la boca del lobo a pecho descubierto, sin armas y entregándonos al hombre que quería matarnos.
El miedo se palpaba en el aire, frío y cortante.
Catalina estaba abrazada al cuello de Richi, llorando en silencio. Mi hermano le acarició la espalda, esbozando esa media sonrisa chulesca que siempre usaba como escudo cuando el mundo se caía a pedazos.
—Eh, fiera, no me llores —le susurró Richi, dándole un beso en la mejilla—. Que solo vamos a jubilar a un viejo gruñón. Mañana te llevo a cenar a la ciudad, te lo juro por mi vida.
A unos pasos, Eva tenía las manos apretadas contra el pecho de Tolo. Temblaba de pies a cabeza. El gigante la envolvió con sus brazos inmensos, escondiéndola contra él, y le dio un beso largo en la frente.
—Tranquila, mi vida. Ningún ruso de mierda me va a quitar de tu lado —le prometió Tolo, con su voz ronca vibrando de ternura—. Nadie nos va a separar.
Yo busqué a Nerea. Estaba de pie junto a la ventana, abrazada a sí misma, con los ojos vidriosos pero la barbilla muy alta, aguantando el tipo como la reina que era. Me acerqué, le cogí la cara entre las manos y apoyé mi frente contra la suya. Su respiración estaba agitada.
—Es el final, Nerea —le susurré, mirándola a los ojos—. Se acaba hoy. Por nosotros. Por Be y los críos. No voy a dejar que ese cabrón nos quite nuestra vida.
Ella asintió despacio, cerrando los ojos, y me apretó las manos con una fuerza desesperada.
Mario observaba la escena desde el umbral de la puerta. Él no tenía a una mujer llorando por él en aquel salón, pero nosotros éramos su sangre. Se ajustó el cuello de la camisa de lino, dio un paso al frente y clavó sus ojos oscuros, implacables, en las mujeres.
—Escuchadme bien —dijo Mario, con una voz tan firme y serena que cortó el miedo de la habitación como un cuchillo de carnicero—. Yo los obligué a convertirse en reyes para hacerlos intocables. Y os juro por mi vida que no voy a dejar que les pase nada a mis hermanos. Volveremos los cuatro.
Salimos de la villa en absoluto silencio, dejando atrás el calor de nuestras familias, y subimos a los coches.