Capítulo 31 Jaque al Rey (Parte 1) #2
Pero yo no sentía miedo. Sentía otra cosa. Sentía que el ciclo tenía que cerrarse. Me acerqué a la mesa, apoyé las dos manos sobre la madera y los miré uno a uno. A mi mujer, a mis hermanos, a la gente por la que había sacrificado mi alma.
—Tenemos otra opción —dije, con una voz tan dura que apenas reconocí como mía.
Tolo levantó la vista, sorprendido.
—¿Qué opción, Diego?
—Nos cargamos a este viejo hijoputa. Mañana por la noche. En su propio terreno.
Mariena frunció el ceño.
—Diego, si lo matamos, el sobre con las pruebas vuela a La Organización. No es un farol. El Viejo tiene un mecanismo del hombre muerto con sus abogados.
—Lo sé —la corté—. Pero Tecla rastreará los servidores de sus abogados en Europa. Silvia interceptará las comunicaciones. Y mientras tanto, nosotros vamos a cortarle la cabeza a la serpiente en Panamá.
Mario y yo nos miramos. En los ojos de mi hermano vi que el viejo estratega había vuelto. Se acercó a la mesa, agarró un plano topográfico del complejo de Buenaventura que Nerea había conseguido y lo extendió sobre la madera, colocando las fotos de Lucía encima.
Mario esbozó una media sonrisa, fría y exenta de cualquier rastro de miedo.
—Llevo días dándole vueltas a esto. Desde que Lucía trajo las primeras fotos de reconocimiento, no he parado de buscar la puta manera de joder a este cabrón en su propio terreno.
Ya sabéis cómo soy... siempre me gusta ir un paso por delante —dijo Mario—.
Y por fin he encontrado su punto ciego. Fijaos aquí.
Hay un pequeño alto de selva, una loma escarpada a unos seiscientos metros exactos del muro oeste.
Tolo se inclinó sobre la mesa, frunciendo el ceño.
—¿Y qué hacemos en una loma a seiscientos metros, Diego? ¿Señales de humo?
—Tirarles plomo del pesado, Mateo —le corrigió Mario, deslizando el dedo desde la loma hasta los tejados de la mansión—. Desde esa elevación, tenemos línea de visión directa para eliminar a los escoltas de la azotea y barrer a cualquiera que esté en ese ángulo del patio.
Mario apoyó ambas manos en la mesa y nos miró uno a uno.
—Si vamos, tenemos que hacerlo de tal forma que se sienta el puto amo del mundo —dijo Mario, clavando el dedo en el centro del patio de las mansiones—. Iremos desarmados. Con la cabeza gacha. Le venderemos que nos ha derrotado, que vamos a suplicar.
—Y cuando baje la guardia... —murmuró Richi, empezando a entender la jugada, con una sonrisa salvaje aflorando en sus labios.
Me giré hacia la comandante Lucía, que estaba apoyada en el marco de la puerta escuchando en silencio.
—¿Podrás colocar a cinco hombres allí arriba en la oscuridad sin que los guardias os vean? —le pregunté.
Lucía apagó su cigarrillo en un cenicero cercano y se acercó a la mesa.
—Sí. Y yo misma iré en persona con los tiradores.
—Lucía, necesito que tú y cuatro de tus mejores francos estéis apostados en esa loma, con los Barret del calibre cincuenta —ordené, cuadrando el plan en mi cabeza—. Nada de asaltos frontales al principio. Cobertura de precisión.
La guerrillera sonrió, sacando un cigarrillo nuevo.
—Me encanta cómo piensas, gallego. Pero hay que ser realistas —advirtió, señalando el plano con una uña pintada de negro—.
Desde esa loma, mis francotiradores solo podrán disparar a los vigías de las azoteas y a los que estén en el lado oeste de la puerta.
El resto del patio es un punto ciego para nosotros.
—Es suficiente —intervino Mario, con la voz fría como el hielo—. Tú matas a los de las azoteas. Ese será el detonante. En ese mismo segundo, nosotros atacamos al Viejo, y tus francotiradores intentan acabar con todos los posibles en ese ángulo oeste.
—¿Y los otros que queden en el patio? —preguntó Richi, tragando saliva.
—Ahí es cuando llega la caballería —dijo Mario—. Organizaremos al resto de los guerrilleros.
—Exacto —asintió Lucía—. Los hombres estarán esperando en los 4x4 a diez kilómetros por la carretera. Como los vigías de la azotea estarán muertos por mis disparos, no verán venir a los coches en la oscuridad. Entrarán reventando el portón y los cogeremos en un fuego cruzado.
Lucía se cruzó de brazos y clavó una mirada muy seria en Mario y en mí.
—Pero escuchadme bien. Desde que suene mi primer disparo y limpiemos la azotea, hasta que las camionetas lleguen, tumben la puerta y os cubran...
van a pasar cinco minutos. Eso os da cinco minutos allí solos.
Desarmados, rodeados de exmilitares y sin más refuerzos que lo que nosotros podamos abatir desde lejos.
El silencio cayó sobre el despacho. Cinco minutos en un tiroteo era una eternidad. Era tiempo más que suficiente para morir diez veces.
Mario sonrió, una sonrisa torcida y letal.
—Nos bastan tres.
Nadie dijo nada. El reloj de pared marcaba las dos de la madrugada. En veinticuatro horas, o estaríamos muertos, o seríamos libres.
La mañana siguiente amaneció cubierta de nubes grises y bajas, como si el propio cielo de Panamá supiera que la sangre iba a correr a raudales.
Las villas se habían convertido en un auténtico campamento militar. Lo primero que hicimos con las primeras luces del alba fue evacuar a los críos. Subimos a Raúl, Aitor, Hugo, Rachel, Lidia y la pequeña María en dos todoterrenos blindados junto a las niñeras y ocho de nuestros mejores escoltas.
Su destino eran los áticos de seguridad en el centro de la ciudad.
Los niños no entendían nada. Aitor preguntó por qué tenían que irse y Lidia se agarró a la pierna de Nerea, negándose a soltarla.
Be tuvo que convencerla con una sonrisa.
«Es solo un viaje corto, enana. Volvemos mañana».
Y los vimos desaparecer por la carretera mientras el portón de las villas se cerraba tras ellos.
Intentamos que las mujeres fueran con ellos, pero se negaron en rotundo. Nerea se cruzó de brazos en el porche, con una determinación de acero, flanqueada por Eva, Catalina y Be.
—De aquí no nos mueve nadie, Diego —sentenció mi mujer—. Si no volvéis esta noche, quiero enterarme aquí y ahora, no encerrada en un ático a cincuenta kilómetros. Nos quedamos.
Mientras el convoy de los críos desaparecía por la carretera, el verdadero problema estaba en el centro de mando que habíamos montado en el sótano.
Tecla llevaba toda la noche sin dormir, con los ojos inyectados en sangre, rodeado de latas de bebida energética.
A su lado, Silvia observaba las pantallas con los brazos cruzados, mascando chicle con nerviosismo.
—Es imposible, jefe —me soltó Tecla cuando entré, frotándose la cara con desesperación—.
El sistema de sus abogados en Europa es un muro de hormigón.
No es un programa automático. No encuentro el puto servidor del hombre muerto.
Si matáis al Viejo esta noche, no puedo garantizar que el archivo con vuestra confesión no llegue a La Organización.
La puerta del sótano se abrió a mis espaldas y entró Mariena. Llevaba su habitual elegancia intacta, un café en una mano y un cigarrillo en la otra.
—Aparta, niño, que te ahogas en un vaso de agua —dijo La Rubia, acercándose a los monitores y apartando a Tecla con un golpe de cadera.
Le dio una calada al cigarro y me miró—.
El Viejo es un dinosaurio, Vasco. No confía su mayor seguro de vida a un servidor automático que se puede desenchufar. Confía en el miedo humano.
—¿De qué hablas, Mariena? —preguntó Silvia, frunciendo el ceño.
—Hablo de que yo me encargaba de la ingeniería financiera de ese malnacido en España y sé cómo funcionan sus abogados —explicó ella, señalando la pantalla y luego mirando al joven hacker—.
No es que seas incompetente, Tecla, es que estabas buscando la pieza equivocada.
El sistema está diseñado precisamente para no depender de un único servidor que alguien como tú pueda tirar abajo.
No hay un ordenador central. Son tres notarios físicos.