Capítulo 31 Jaque al Rey (Parte 1)
El dolor no me despertó de golpe. Fue filtrándose despacio, como agua sucia por una grieta, hasta que el pitido agudo de mis oídos se convirtió en el zumbido del aire acondicionado.
Tenía la boca seca, pastosa, con un intenso sabor a sangre y a hierro. Intenté mover las manos, esperando encontrar el tacto del plástico de las bridas, pero estaban libres. Estaba hundido en un enorme sofá de cuero blanco.
Parpadeé, luchando contra la luz cegadora de una lámpara de diseño.
Cuando por fin logré enfocar la vista, vi que estaba en el inmenso salón de una mansión despampanante.
Suelos de mármol pulido, ventanales que daban a un muelle privado envuelto en la noche panameña y, frente a mí, sentado en un sillón individual, la figura de mi peor pesadilla.
El Viejo se estaba sirviendo un dedo de coñac en una copa de cristal tallado. No llevaba chaqueta. Su camisa blanca estaba inmaculada.
A sus espaldas, dos moles rusas con fusiles de asalto colgando del pecho me miraban con la expresión de quien contempla a un animal disecado.
—Bebe un poco de agua, Diego —dijo el Viejo, con esa voz suave, monótona y paternal—. Tienes mal aspecto.
Me toqué la nuca. Tenía el pelo apelmazado por la sangre reseca del golpe. Me incorporé despacio, sintiendo que el mundo daba vueltas, y lo miré con un odio tan puro que casi me quemó las pupilas.
—¿Dónde están mis chicos? —grazné.
—Tus escoltas colombianos están vivos. Atrapados en su coche, pero vivos.
Mis hombres solo te querían a ti. —El Viejo dio un sorbo al coñac y miró un reloj de oro de bolsillo—.
Y tenemos poco tiempo antes de que tus amigos se pongan nerviosos por tu ausencia y hagan una tontería.
Como venir a rescatarte armando una guerra.
Una guerra que nadie quiere, ¿verdad, Dieguito?
Me quedé en silencio, midiendo la distancia hasta su garganta. Si saltaba, los rusos me partirían por la mitad con una ráfaga antes de que mis manos rozaran su cuello.
—He visto el primer capítulo —soltó de repente, sin cambiar el tono.
Sus ojos se clavaron en los míos, fríos como témpanos—.
Una excelente producción, debo decir. Muy bien dirigida.
Pero, como soy un hombre de costumbres clásicas, no me quedé en la pantalla.
Me he tomado la molestia de leerme la trilogía entera, Diego.
Los tres libros. Página por página. Tienes talento para la ficción, te lo reconozco, aunque la trama...
la trama tiene un exceso de imaginación, ¿no crees?
Apreté los puños sobre mis rodillas. La rabia sepultó al miedo.
—Yo solo he escrito la puta verdad —le escupí, con la voz rota—. Cada palabra. Cada maldito detalle. Escribí lo que pasó en aquel muelle.
El Viejo no parpadeó, pero vi cómo un músculo de su mandíbula se tensaba bajo la piel arrugada.
—Te acogí como a un hijo. Te di de comer, te di un imperio... y me apuñalas por la espalda publicando nuestras miserias al mundo —dijo el Viejo, con un reproche cínico—. Eres un desagradecido.
Solté una risa ronca que me arañó la garganta y escupí un coágulo de sangre sobre su inmaculado suelo de mármol.
—Eres un puto miserable —le solté, inclinándome hacia delante—.
Si la serie te duele, es porque expone lo que de verdad eres.
Eres un cobarde de mierda. Dejaste que tus sobrinos mataran a tu propio hijo y ni siquiera tuviste los huevos de vengarlo tú mismo.
Tuvimos que mancharnos las manos nosotros.
Te regalamos un trono manchado con la sangre de Miguel, ¡y ahora vienes aquí a darme lecciones de lealtad! ¡Que te jodan!
Uno de los rusos dio un paso al frente y amartilló el fusil, pero el Viejo levantó una mano, deteniéndolo.
Se hizo un silencio espeso. El Viejo me miró con desprecio, pero no había rastro del terror histérico que Nerea había visto en sus ojos años atrás. Estaba calculando.
—¿Qué sabe La Organización? —le pregunté, lanzando mi última carta.
El Viejo sonrió. Una sonrisa lúgubre, carente de cualquier atisbo de humanidad.
—La Organización no sabe nada, Diego. Y es imposible que aten los cabos. Has cambiado los nombres, los rostros, incluso los lugares. Esa historia... solo podemos reconocerla los que estuvimos allí. Y tú lo sabes tan bien como yo.
Me quedé paralizado.
—Entonces... ¿para qué has venido? —le pregunté—. ¿A matarnos tú mismo?
El Viejo dejó la copa de coñac en la mesa de cristal. Se inclinó hacia mí, entrelazando sus dedos nudosos.
—He venido a cobrar mi parte, Dieguito. He visto lo que habéis montado aquí. Las clínicas, los tratos con los cárteles, los contactos. Un verdadero narcoestado en miniatura. Y he tomado una decisión.
El Viejo se puso en pie, apoyándose en su bastón.
—O me dais la mitad del negocio. La mitad de cada dólar, de cada kilo y de cada propiedad... o todos os vais a la mierda.
Fruncí el ceño.
—¿Y si te digo que no?
—Si me dices que no, pienso haceros la vida imposible —respondió, con absoluta naturalidad—.
Boicotearé vuestras lanchas, reventaré vuestros locales y masacraré a vuestros socios hasta que supliquéis.
Y si por un casual lográis sobrepasarme, si se os ocurre la idea de intentar matarme...
un sobre sellado llegará directamente a la mesa del consejo de La Organización, explicándoles paso a paso cómo murieron realmente mis hermanos, mis sobrinos y toda mi maldita familia, cómo metisteis dos cadáveres en aquella casa y cómo violamos su sagrada ley.
Os cazarán por todo el globo. Hasta vuestros nietos pagarán el precio.
El oxígeno pareció desaparecer del salón.
—Así que ahí lo tienes, Diego. Tienes dos opciones —sentenció el Viejo, tirándome unas llaves de un coche al regazo—. O trabajáis para mí como perros, que es lo que siempre habéis hecho y para lo que nacisteis... o morís.
Cogí las llaves del coche, apretándolas hasta que los bordes metálicos se me clavaron en la carne.
—Vete a casa, Diego —me despidió, dándome la espalda para mirar por el ventanal hacia el mar oscuro—.
Y calma a tus perros antes de que empiecen a ladrar demasiado alto.
Mañana por la noche vendréis todos aquí y firmaremos los traspasos.
Y asegúrate de traer a Mariena. Necesito a La Rubia para agilizar el papeleo bancario.
Se quedó callado un segundo, y aunque no pude verle la cara, el asco repentino con el que pronunció el apodo de Mariena me revolvió las tripas. No la quería allí para firmar papeles. La quería allí para cobrarse su traición en sangre.
—Buenas noches —zanjó, sin girarse.
En la carretera oscura, el ambiente olía a caucho quemado y a radiador reventado.
AK frenó el todoterreno en seco. Detrás de él, aparcó otra camioneta de la que saltaron cuatro guerrilleros armados hasta los dientes. Diana fue la primera en tirarse al asfalto, empuñando su linterna y barriendo el terreno.
El Land Cruiser estaba empotrado contra el árbol, destrozado.
—¡Lo sabía! —bramó AK, golpeando la puerta del coche con el puño cerrado—. ¡Por eso quería ir con él, joder! ¡Sabía que a ese cabrón le iba a pasar algo!
—¡Tranquilo, AK! —le ordenó Diana, alumbrando el interior del coche—. El jefe es duro. Ayúdame con las puertas.
Entre los dos y un guerrillero forzaron las chapas retorcidas.
Sacaron a los dos escoltas colombianos. Uno estaba con el brazo partido y el otro tenía una contusión severa, pero estaban vivos.
La parte trasera del coche, sin embargo, estaba vacía.
Solo quedaba un reguero de sangre en la tapicería y el hueco de la puerta blindada arrancada de cuajo.
AK, con las manos temblando de adrenalina y pánico, sacó el teléfono y marcó el número de las villas.
—Mario... —dijo en cuanto descolgaron, con la voz ronca—. Tenemos el coche. Nos lo han reventado con pinchos. Diego no está. Se lo han llevado.
En las villas Queen Mary, el pánico se había transformado en una furia apocalíptica.
El patio principal parecía una zona de guerra en Oriente Medio. Diez vehículos blindados, con los motores encendidos y las luces apagadas, formaban una caravana letal. Cuarenta guerrilleros de la comandante Lucía cargaban cajas de munición en los maleteros.
Richi, con un subfusil cruzado al pecho, daba órdenes a gritos. Tolo, con la mirada inyectada en sangre, estaba montando una ametralladora ligera en la caja de una pick-up.
Y en el centro de todo, Mario y Lucía supervisaban el despliegue.
Mario parecía el diablo encarnado; su frialdad habitual había sido sustituida por la sed de sangre de sus peores días en los cárteles de Medellín.
Iban a ir a Buenaventura. Iban a quemar el complejo del Viejo hasta los cimientos y a matar a todo lo que respirara para sacarme de allí.
De pronto, las luces de un sedán iluminaron la explanada.
Los cuarenta fusiles apuntaron al vehículo de inmediato.
El coche frenó. La puerta del conductor se abrió y bajé yo.
Un silencio atónito recorrió el patio.
Tolo soltó la ametralladora, saltó de la furgoneta y corrió hacia mí, seguido de Richi y Mario. Nerea salió corriendo del porche y se abalanzó sobre mi cuello, llorando de pura tensión acumulada.
—¡Diego! —gritó Tolo, agarrándome por los hombros y mirándome de arriba abajo—. ¿Estás bien? ¿Qué coño te ha pasado? ¿Te han soltado?
—Estoy bien —dije, apartándome de mi mujer con suavidad, frotándome la nuca ensangrentada—. Apagad los motores. Parad este despliegue. Tenemos que hablar.
Cinco minutos después, el núcleo duro estábamos en el despacho. Les conté cada palabra, cada gesto y cada amenaza del Viejo. Les expliqué que La Organización estaba ciega y el chantaje, la extorsión por la serie y el ultimátum recaían exclusivamente sobre la codicia de aquel hombre.
—Nos quiere como perros. Quiere la mitad de todo. Y si le tocamos un pelo, manda las pruebas a España y La Organización nos borra del mapa —resumió Mario, apoyando los codos en la mesa, con la mandíbula tensa.
Richi se dejó caer en el sofá, derrotado.
—Es el puto fin. Nos tiene atrapados por los huevos. Si peleamos morimos, y si cedemos somos sus esclavos.
La habitación se sumió en un silencio fúnebre. El peso de la huida acababa de desplomarse sobre nuestros hombros.