Capítulo 30 Olla a Presión #2
El Viejo enarcó las cejas por encima de las gafas de sol, fingiendo sorpresa.
—Oh... ¿sí lo sabes? Ilumíname. ¿Qué voy a hacer aquí?
—Quieres —Nerea miró de reojo a los clientes de la sala de espera, bajando la voz hasta convertirla en un susurro afilado—, quieres acabar con nosotros.
El Viejo soltó una risita seca, negando con la cabeza.
—No, por favor. ¿Esa idea tienes de mí después de tanto tiempo?
—¿Cómo me has encontrado? —exigió saber Nerea, tensando la mandíbula.
—Fácil, chiquilla. Has estado moviendo Roma con Santiago buscándome por las agencias offshore de la ciudad. Pensaste que estabas siendo sigilosa, pero cuando juegas, dejas rastro. Eres buena, Nerea, pero te falta mundo.
Nerea apretó los puños. Si daba una orden, los guerrilleros de la puerta le vaciarían los cargadores en el pecho allí mismo, en mitad de la calle. El Viejo lo sabía, y aun así, estaba allí, completamente vulnerable.
—¿Y a qué has venido aquí? —preguntó ella.
—Quiero hablar con Diego. Solo eso.
—¿Por qué no has ido a hablar con él directamente? —Nerea frunció el ceño, intentando leer la jugada—. Si sabes dónde estoy yo, también sabrás dónde está él. Conoces las villas.
El Viejo asintió, apoyando ambas manos en el pomo del bastón.
—Por supuesto que lo sé. Pero tu marido, que siempre ha sido muy peliculero, está atrincherado y armado hasta los dientes. Se cree que como ha escrito esos libritos en la televisión, yo voy a ir a matarlo a balazos.
Nerea se quedó sin aire.
—Espera... —susurró, con los ojos muy abiertos—. Entonces... ¿lo sabes?
—Pues claro que lo sé, Nerea —sonrió el Viejo, con una frialdad espeluznante.
—¿Y La Organización lo sabe?
El Viejo dio un paso hacia ella, borrando la sonrisa de su cara. Su rostro se volvió una máscara de piedra.
—Si lo supieran, chiquilla, yo no estaría aquí. Y, posiblemente, vosotros tampoco.
Esa frase lo cambió todo. La Organización no había visto la serie. El Viejo estaba jugando su propia partida.
—Dile a tu marido que venga a verme —ordenó el Viejo, recuperando el tono amable—. Dile que tenemos asuntos urgentes de los que hablar.
Antes de irse, el Viejo se giró hacia el despacho acristalado donde estaba Eva, paralizada de terror. Le hizo un gesto educado con la cabeza.
—Eres la mujer de Mateo, ¿verdad? Cuánto tiempo. Eres guapísima.
Se dio la vuelta, se puso el sombrero y salió de la inmobiliaria, montando en el coche negro que desapareció en el tráfico de la ciudad.
Cuando el coche del Viejo desapareció en el tráfico, Nerea se dejó caer en una silla. Le temblaban las manos. Eva se acercó y le puso una mano en el hombro.
—¿Nerea? ¿Estás bien?
—No. Pero tenemos que ir a las villas. Ahora mismo.
Una hora después, Nerea y Eva habían llegado escoltadas por una caravana de 4x4 y nos lo estaban contando todo en el salón.
—¡Es una puta trampa! —estalló Mario, paseándose de un lado a otro—. No me creo que el Viejo esté calmado. Este cabrón trama algo grande.
Richi, que no paraba de morderse las uñas, me miró asustado.
—Diego, ¿vamos a ir a esa reunión?
—¡Ni en broma! —rugió Tolo, levantándose del sofá—. ¡Si vamos a verle, somos comida para peces! Lo que quiere es sacarnos de la madriguera para que nos cacen de uno en uno.
Me crucé de brazos, procesando la información de Nerea. El hecho de que La Organización no supiera nada era un salvavidas inesperado, pero la presencia del Viejo en solitario era tóxica.
—No vamos a ir —dictaminé, tajante—. No vamos a jugar a su juego. Si quiere hablar, que venga a nuestras puertas. Tenemos que estar en alerta máxima. El Viejo hará de las suyas, y cuando vea que no vamos, lanzará a sus perros. Quiero a todo el mundo en alerta.
Pero los días siguieron pasando. Tres días completos de silencio absoluto. Ni un ataque. Ni un sabotaje. Nada.
La presión era insoportable. Y, poco a poco, bajamos la guardia. Solo un poco.
Era jueves, casi de noche.
El aire de la costa era cálido y pegajoso. En la playa, Mario y Lucía caminaban juntos, discutiendo sobre logística mientras los mercenarios patrullaban el perímetro con las armas cruzadas al pecho.
En el jardín de la villa principal, el ambiente era casi hogareño.
Eva, Nerea y Catalina estaban tomando una copa de vino en el cenador de madera iluminado con velas.
En el césped, los niños habían sacado un proyector y estaban viendo Parque Jurásico sobre una sábana blanca tendida entre dos palmeras.
—¡Raúl, no seas agonías y pásame las palomitas! —se quejaba Lidia, tirándole un cojín.
—Aitor, dile a tu hermana que me deje en paz o la tiro a la piscina —amenazaba Raúl.
—Si la tocas, te reviento —intervino Aitor, sacando pecho, buscando impresionar a Rachel, que se reía de ellos.
A unos metros de distancia, AK y Diana vigilaban la escena, apoyados contra una columna. Parecía una noche normal. Una mentira perfecta.
Salí de la villa y caminé hacia el cenador. Me acerqué a Nerea, le aparté el pelo y le di un beso suave en el cuello. Ella sonrió, tocándome la mano.
—Me voy un rato a El Cielo —le dije, bajando la voz—. Mateo me ha llamado. Dice que hay un descuadre con el inventario del puerto y quiero revisarlo con él. No vendré tarde.
Nerea asintió, aunque la preocupación asomó a sus ojos.
—Lleva cuidado, por favor.
AK, que me había escuchado, dio un paso al frente y se ajustó la funda de la pistola.
—Jefe, vamos contigo. Saco la camioneta.
Negué con la cabeza, levantando una mano.
—No, AK. Quedaos aquí con las chicas y con los críos. Diana aún no está al cien por cien.
Le hice un gesto con la mano a dos guerrilleros de Lucía que hacían guardia en el porche.
—Vosotros dos, venid conmigo.
Los colombianos asintieron y subieron al Toyota Land Cruiser blindado. Uno se puso al volante y el otro de copiloto. Yo me subí en la parte trasera.
Salimos de las villas.
La carretera de la costa que conectaba Veracruz con el club estaba sumida en una oscuridad casi absoluta.
No había farolas, solo la espesura de la selva a un lado y el vacío de los acantilados al otro.
El 4x4 devoraba el asfalto a noventa kilómetros por hora.
Yo iba mirando el móvil, repasando mentalmente los números del puerto.
De pronto, un estruendo brutal nos reventó los tímpanos.
¡Bam! ¡Bam!
Las dos ruedas delanteras explotaron al unísono al pasar por encima de una cadena de pinchos militares cruzada en el asfalto.
El Land Cruiser dio un bandazo violento, perdiendo el control al instante. El guerrillero al volante giró el volante con desesperación, pero a esa velocidad y sin neumáticos, la física era implacable.
El vehículo de tres toneladas se salió de la carretera, patinó sobre la hierba mojada y se empotró de frente contra un árbol centenario con un crujido espeluznante.
El impacto me lanzó contra el asiento delantero. El mundo giró, envuelto en el sonido de cristales estallando, acero retorciéndose y el silbido sordo de los airbags saltando.
Me quedé tirado en la parte de atrás, aturdido, con un sabor metálico en la boca y la cabeza dándome vueltas. Oía un pitido agudo en los oídos. Parpadeé, intentando enfocar la vista en la penumbra.
El guerrillero del asiento del conductor estaba inconsciente, sangrando profusamente por la nariz, desplomado sobre el volante. El copiloto gemía, moviendo un brazo, pero el salpicadero se había hundido, atrapándole las piernas en un amasijo de hierros.
Intenté moverme. Sentía que me faltaba el aire. Mi pistola se había deslizado bajo el asiento.
De repente, escuché pasos sobre la gravilla. Pasos rápidos.
Un fuerte golpe sacudió la puerta de mi lado. Alguien metió una palanca táctica en el marco de la ventanilla rota. Con un crujido salvaje de metal desgarrado, la puerta blindada fue arrancada de cuajo.
Unas manos frías, enguantadas, me agarraron por las solapas de la chaqueta y me arrastraron fuera del coche como si yo fuera un muñeco de trapo. Intenté resistirme, intenté lanzar un puñetazo, pero no tenía fuerzas.
Eran tres hombres. Llevaban pasamontañas negros y chalecos tácticos oscuros. No dijeron ni una puta palabra.
Uno de ellos me forzó los brazos a la espalda y me ató las muñecas con bridas de plástico industriales. Otro me pateó los tobillos y me ató los pies.
Y entonces, todo se volvió negro.
Me bajaron una gruesa capucha de tela oscura por la cabeza, cegándome por completo. Me levantaron en vilo entre dos y me tiraron sin miramientos al interior del maletero de otro vehículo, que apestaba a humedad y a goma quemada. Me revolví en la oscuridad, gritando, intentando patear la chapa.
El sonido del portón del maletero bajando fue lo último que escuché con claridad.
Entonces, un golpe seco en la nuca. Un dolor blanco, cegador. Y después, el silencio.