La mentira del paraíso Capítulo 30 Olla a Presión
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Capítulo 30 Olla a Presión

Había pasado exactamente un día desde que descubrimos la cantidad de billetes fletados a Panamá. Veinticuatro horas en las que el aire de las villas se había vuelto tan denso que costaba respirar.

Estábamos en el despacho, inclinados sobre la mesa de caoba. Lucía acababa de tirar media docena de fotografías impresas en alta resolución sobre la madera. Sus mercenarios habían estado haciendo trabajo de reconocimiento nocturno.

Las imágenes mostraban el complejo «Brisas del Pacífico». Muros altos, cámaras en cada esquina y sombras de hombres fuertemente armados patrullando el perímetro interior.

—Pilas, parceros —dijo Lucía, apoyando las manos en la mesa, con esa jerga colombiana que se le acentuaba cuando hablaba de guerra—.

Mis muchachos se arrastraron por el manglar hasta ponerse a cien metros del muro.

Esos manes que trajo el Viejo son paramilitares.

Se mueven en binomios, tienen disciplina y han montado vigilancia desde la azotea. Es un puto búnker.

Tolo cogió una de las fotos, entrecerrando los ojos, y soltó un bufido.

—Es imposible llegar a esa casa sin ser detectados. Si nos acercamos por asfalto nos ven y nos fríen. Si vamos por mar, tienen el muelle iluminado con focos halógenos.

—Pues no vamos a escondidas, Mateo —replicó Lucía, encendiéndose un cigarrillo con rabia—. Armamos a los míos, montamos en las camionetas y entramos con todo. A plomo limpio. Volamos el portón con C-4 y les reventamos el chuzo antes de que se acomoden. Una guerra relámpago, hijueputas.

—Eso es una puta locura, Lucía —la corté de inmediato, alzando la voz—.

Buenaventura no es Veracruz. Aquí en nuestra costa, la policía local come de nuestra mano, pero allí hay políticos, hay élite pura, hay embajadores pasando el fin de semana.

Si metemos un asalto paramilitar con explosivos, nos cae encima el ejército panameño, la DEA y todo el puto Estado.

—Diego tiene razón —apoyó Richi, paseándose por el despacho, visiblemente nervioso—. No podemos ir a lo loco. Quiero que dupliquemos la seguridad en El Cielo. Meted más hombres en los accesos. Si el Viejo va a golpear, buscará donde más nos duela, y el club es nuestro escaparate.

—Quiero doble seguridad para todos. Nadie sale sin escolta pesada. Nadie hace rutinas —ordené, mirando a mis hermanos.

Mario, que estaba apoyado en el marco de la ventana fumando en silencio, miraba las fotos con el ceño fruncido. Suspiró, dejando escapar el humo lentamente.

—Esto es un puto ajedrez... y el Viejo nos ha cedido el turno para ver cómo nos movemos —murmuró—. Algo se me tiene que ocurrir. Este cabrón no da puntada sin hilo.

Cuando la reunión terminó y los demás salieron del despacho para organizar las guardias, Nerea se quedó a solas conmigo.

Cerró la puerta en silencio. Caminó hacia mí, rodeó la mesa y me puso una mano en el pecho. Sentí el calor de su palma a través de la camisa. Me miró a los ojos, y en los suyos vi el peso de todos los años que llevábamos con esta vida.

—Diego... esto no es como las otras veces —susurró Nerea, con una lucidez aplastante—. El Viejo no viene a negociar. Y no se va a conformar con asustarnos.

Le aparté un mechón de pelo de la cara, sintiendo un nudo en la garganta.

—Lo sé.

—¿Y qué vamos a hacer?

La miré. Pensé en el imperio que habíamos levantado. En las clínicas, en el club, en el puerto, en Be, en los niños, en la guerrilla que patrullaba nuestro jardín.

—Lo que siempre hemos hecho, Nerea —le respondí, con una calma que me sorprendió hasta a mí—. Sobrevivir.

Nerea asintió despacio. No dijo nada más. Se apoyó en mi pecho y la abracé con fuerza, sabiendo que la tormenta ya estaba sobre nosotros.

A la misma hora, en el distrito financiero de la capital, Be estaba encerrada en su despacho del Imperio de la Belleza.

Alguien llamó a la puerta. Eran Blanca y Marta. Las dos amigas entraron despacio, cerrando tras de sí. Sus rostros eran un poema de confusión, miedo y ojeras mal disimuladas.

Be suspiró, cerrando el portátil.

—Ya sé lo que me vais a decir —se adelantó, cruzando las manos sobre la mesa—. Os marcháis, ¿no? Tenéis los billetes listos.

Blanca miró a Marta, y luego clavó sus ojos en Be.

—Al principio, yo sí quería irme —admitió Blanca, con la voz temblorosa pero firme.

Entonces Marta dio un paso al frente.

—No queremos irnos, Be. Hemos cruzado el mundo por ti. Pero tampoco queremos que nos trates de idiotas. Sabemos que pasa algo gravísimo.

—No os trato de idiotas, chicas —replicó Be, suavizando el tono, sintiendo el peso de la culpa—. Solo quiero que no estéis en peligro. Si no sabéis nada, sois inocentes.

—Be, ¿lo hemos estado alguna vez? —preguntó Blanca, acercándose al escritorio—. ¿Hemos estado en peligro alguna vez desde que pisamos Panamá? Dinos la puta verdad.

—Nunca. Os lo juro.

Marta apoyó las manos en el respaldo de una silla.

—Pero, Be... ¿qué es lo que estamos haciendo realmente? Yo reviso la contabilidad de las clínicas todas las semanas y está todo en regla. Los ingresos encajan, los tratamientos se cobran, los impuestos se pagan. Es dinero limpio.

Be se lo pensó. Dudó durante unos segundos agónicos. Si cruzaba esa línea, convertía a sus amigas de la universidad en cómplices de un cártel internacional. Pero miró sus caras, miró la lealtad incondicional que le estaban demostrando, y decidió sincerarse.

—Chicas... las clínicas, la inmobiliaria de mi madre, el club de playa de Richi... todo es una fachada. Lo usamos para blanquear dinero.

Blanca frunció el ceño, confundida.

—¿Dinero de qué, Be? ¿De comisiones ilegales? ¿De políticos?

Be negó con la cabeza, despacio.

—¿Queréis saberlo? —les preguntó, mirándolas con una intensidad gélida—. ¿De verdad queréis saberlo? No hay vuelta atrás después de esto.

—Sí, Be. Si vamos a quedarnos aquí contigo, queremos saberlo todo.

Be tomó aire.

—Cocaína, Marta. Cocaína es lo que limpiamos.

La palabra cayó en el despacho como un bloque de plomo.

Marta abrió la boca, pero no le salió ningún sonido. Blanca dio un paso atrás, llevándose una mano al pecho, procesando que la élite con la que se codeaban, las botellas de champán de dos mil dólares y los escoltas de traje oscuro estaban financiados por el narcotráfico más puro y duro de América.

Se miraron entre sí. El silencio se alargó durante un minuto eterno, solo roto por el zumbido del aire acondicionado. Finalmente, Blanca miró a Be. La sorpresa inicial fue dejando paso a una extraña e inquietante fascinación.

—Ahora, Belinda, que ya sabemos de qué va esto de verdad... nos quedamos —sentenció Blanca, con un brillo nuevo en los ojos.

—¿Corremos peligro? —saltó Marta, asustada.

Be negó con la cabeza, levantándose de la silla ejecutiva.

—De momento no sois un objetivo, chicas. Pero sí, estamos en medio de una crisis muy grave. —Be señaló con la cabeza hacia el pasillo, donde los cuatro escoltas paramilitares montaban guardia—. Y esos hombres están ahí para asegurarse de que nadie nos toque un pelo.

Marta soltó una carcajada nerviosa, histérica, y se frotó la cara con las manos.

—Jo, tía, Be... esto parece una puta serie de televisión.

Blanca soltó una risita, contagiada por el absurdo de la situación. Be las miró, sintiendo que un peso enorme se le quitaba de los hombros. Se acercó a ellas, saltándose las distancias, y las envolvió en un abrazo apretado.

—Es un alivio que lo sepáis —les confesó Be al oído, emocionada—. Odiaba mentiros todos los días. Perdonadme por hablaros como os hablé el otro día.

Aquella escena de amigas reconciliadas fue el último destello de luz antes de que las tinieblas cayeran sobre todos nosotros.

Pasaron los días.

Fueron días de una calma tensa y venenosa. La olla a presión estaba al fuego y la válvula pitaba, pero no explotaba.

Teníamos alerta máxima en El Cielo. Los porteros revisaban los bajos de cada coche y los francotiradores vigilaban la bahía desde la azotea del club VIP.

Tolo y los andaluces pasaban las noches en alta mar, con los subfusiles amartillados, esperando que las lanchas del viejo o de los mexicanos surgieran de la niebla para abordarlos.

Pero no pasaba nada. El mar estaba vacío.

El Viejo no movía ficha. Nos estaba desgastando psicológicamente, obligándonos a quemar dinero y energía persiguiendo fantasmas.

Hasta que una mañana soleada, en el centro de la capital, el fantasma se hizo de carne y hueso.

Nerea y Eva estaban en la oficina de Horizonte Properties. Había tres clientes en los despachos acristalados y un par más en la sala de espera, hojeando catálogos de mansiones.

De pronto, un coche de lujo negro, largo y con los cristales tintados, frenó suavemente en la puerta de la inmobiliaria.

Nerea, que estaba sirviendo un café, vio a través de la cristalera cómo los dos guerrilleros de Lucía que hacían de puerta se tensaban, llevando las manos al interior de sus chaquetas.

El chófer del coche salió, dio la vuelta y abrió la puerta trasera.

No bajó ningún comando. No salieron hombres armados con fusiles.

Los guardias de Lucía se relajaron un poco.

Del coche bajó un solo hombre. Llevaba un traje negro impecable, gafas de sol y un sombrero de ala corta. Se apoyó ligeramente en un bastón de madera noble. Caminó hacia la puerta de cristal, sin prisa. Se quitó el sombrero antes de entrar, dejando ver el pelo canoso y perfectamente peinado.

El Viejo.

Entró en la inmobiliaria. Paseó la mirada por la lujosa recepción, ignorando a los clientes, hasta que sus ojos se clavaron en Nerea.

Ella se quedó de piedra. El corazón le dio un vuelco, pero su instinto de supervivencia tomó el control.

Dejó la taza de café con pulso firme. Se disculpó con el matrimonio panameño que estaba atendiendo, le hizo un gesto imperceptible a Eva para que no interviniera, y caminó hacia el centro de la sala.

El Viejo esbozó una sonrisa cortés, casi cariñosa.

—Hola, Nerea, preciosa —saludó el gallego, con esa voz suave que no había cambiado en veinticinco años—. ¿Te acuerdas de mí?

Nerea se plantó frente a él. No retrocedió ni un milímetro.

—Sí, don José María. Sé perfectamente quién es usted y qué ha venido a hacer aquí.