Capítulo 29 Cuarenta y ocho Billetes a Panamá
La peor parte de una guerra no son los disparos. Es el silencio que los precede.
Tras la llamada del Viejo, el instinto primario de cualquier hombre habría sido coger a su familia, meterla en el búnker más profundo que encontrara y rezar para que pasara el huracán.
Pero ya habíamos probado esa medicina en los áticos de la ciudad, y casi nos cuesta la vida de Mariena, Silvia y Diana.
Esta vez, las reglas habían cambiado. No nos íbamos a esconder como ratones.
Éramos La Corona. Teníamos a la policía comprada, a la guerrilla colombiana acampada en nuestro jardín y un volumen de capital que asustaría a un ministro.
Si el Viejo quería venir a nuestra casa, nos iba a encontrar sentados en el puto trono.
En la capital, el despliegue de seguridad fue brutal, pero silencioso.
Nerea y Eva se negaron en rotundo a paralizar las operaciones de Horizonte Properties.
Abrieron las puertas de la inmobiliaria en el distrito financiero con la misma elegancia de siempre, pero con una pequeña diferencia: el edificio estaba tomado.
Había cuatro guerrilleros de Lucía vestidos de traje en el vestíbulo, dos francotiradores rusos de Richi en la azotea del edificio de enfrente.
Nerea no había ido a la oficina a vender áticos. Había ido a cazar.
A través de sus ordenadores y sus contactos en el mundo del alto standing inmobiliario, mi mujer peinaba la ciudad.
Yo se lo había advertido la noche anterior: «El Viejo no va a llegar pegando tiros en el aeropuerto. Él no es así. Es un zorro. Primero querrá instalarse, montar su centro de mando y asfixiarnos desde la sombra».
Nerea sabía que yo tenía razón.
Mientras revisaba las bases de datos de alquileres opacos y contratos de confidencialidad extrema, sé que sentía una mezcla de asco y rabia.
Nerea solo había conocido al Viejo en persona una vez.
Fue en la finca de Galicia, en la cena de Nochebuena del año en que nos casamos.
El Viejo la había tratado con una cortesía exquisita, casi paternal.
Pero Nerea me confesó que vio algo en sus ojos que nunca olvidaría: miedo.
Miedo a que alguien le quitara el poder. Miedo a que alguien descubriera que él no era el hombre fuerte que aparentaba. Miedo a que le traicionaran.
El Viejo era un cobarde. Siempre lo había sido. Había crecido a la sombra de sus hermanos mayores, había heredado el trono gracias a la sangre que mis hermanos y yo derramamos por él.
Nosotros le habíamos entregado una de las cuatro sillas de La Organización. Y ahora, ese malnacido desagradecido cruzaba el charco para arrebatarnos lo que habíamos construido por nuestra cuenta.
—Nadie alquila un castillo sin dejar huella en la tarjeta de crédito —murmuraba Nerea frente a la pantalla, cruzando datos de sociedades pantalla europeas con registros de propiedades blindadas en la costa pacífica.
—Nerea, tengo algo —dijo Eva, entrando en el despacho con una tablet en la mano—. El agente inmobiliario de Costa del Este me acaba de llamar. Dice que un cliente europeo ha alquilado un complejo entero en Buenaventura. Al contado, sin preguntas.
Nerea dejó el café y se giró hacia ella.
—¿Un complejo entero? ¿Cuántas casas?
—Cuatro. Con muelle privado y muro perimetral. Han pagado un millón por adelantado.
Nerea frunció el ceño. Un millón por adelantado, en efectivo, sin preguntas. No era un turista. Era alguien que quería desaparecer del mapa sin dejar rastro.
—¿Sabes quién es el cliente?
—No. Todo va a través de una offshore en Liechtenstein. Pero el agente me ha dicho que el contrato exige que se despida a todo el personal local. Ni jardineros, ni limpiadoras, ni cocineros.
Nerea se quedó helada. Ese detalle lo decía todo. El Viejo no quería testigos. No quería que nadie panameño pudiera ver lo que pasaba dentro de esas cuatro paredes.
—Es él —susurró Nerea, sintiendo que la sangre se le helaba—. Ha venido a instalarse.
A unas manzanas de allí, en el elitista barrio de Obarrio, el Imperio de la Belleza funcionaba a pleno rendimiento.
Las clínicas de estética estaban llenas de esposas de diplomáticos y empresarias, ajenas a que el dinero que pagaban por sus tratamientos de bótox se mezclaba con los millones de la cocaína.
Be gestionaba la clínica principal desde su despacho acristalado. Pero la burbuja de algodón en la que había mantenido a sus amigas de Vizcaya estaba a punto de reventar.
Blanca y Marta ya habían empezado a atar cabos. Habían notado el cambio.
Esa mañana, cuando llegaron a trabajar, se encontraron con que Dilan ya no estaba solo. Había tres hombres más con él en la puerta trasera de la clínica. Tipos con el pelo rapado al cero, cicatrices en los brazos, miradas vacías y bultos más que evidentes bajo las chaquetas oscuras.
A media mañana, las dos amigas entraron en el despacho de Be y cerraron la puerta con pestillo. Blanca tenía los brazos cruzados y Marta estaba visiblemente nerviosa.
—Be, tenemos que hablar —dijo Blanca, sin rodeos.
Mi hija levantó la vista del portátil, manteniendo una máscara de calma absoluta.
—Claro, chicas. Decidme. ¿Faltan suministros?
—Déjate de suministros, Be —la cortó Marta, acercándose al escritorio—. ¿Qué coño está pasando?
—No sé a qué te refieres.
—Nos referimos a los tres paramilitares que hay aparcados en la puerta de la sala de descanso —atacó Blanca, alzando un poco la voz—.
Dilan es un cielo, pero esos tíos dan auténtico pánico.
La semana pasada tuvimos un «incidente» y tú desapareciste varios días.
De repente, todo está lleno de seguridad privada, tu familia va por ahí en coches blindados.
Nos dijisteis que esto era un fondo de inversión, pero todo es muy... oscuro.
Be se reclinó en su sillón de piel. Sabía que este momento llegaría. Las chicas estaban intuyendo que el mundo de cuento de hadas panameño era en realidad un lodazal de sangre y dinero sucio.
—Tenemos clientes muy poderosos —intentó justificarse Be, usando el tono corporativo que tan bien se le daba—. Panamá es un país seguro, pero cuando manejas millones en efectivo para las clínicas y el sector inmobiliario, atraes miradas. Es solo seguridad privada contra robos. Un protocolo estándar.
—Eso es mentira, Be —replicó Blanca, mirándola a los ojos con una decepción evidente—. Hemos visto a esos hombres. Llevan armas. Nadie necesita mercenarios armados hasta los dientes para proteger unas putas jeringuillas de ácido hialurónico. ¿En qué nos has metido, Belinda?
Be las miró. Podía haber seguido mintiendo, podía haber intentado tranquilizarlas con abrazos y promesas. Pero mi hija ya no era la universitaria inocente que había salido de Vizcaya. Ahora era la princesa de La Corona. Había matado a un hombre en un pasillo para proteger a su familia.
Be se levantó despacio, apoyó ambas manos sobre la mesa y las miró con una frialdad que heló la sangre de sus dos amigas.
—Escuchadme bien las dos —dijo Be, con un tono tan cortante que parecía hielo triturado—.
Os pago diez mil euros al mes. Vivís en apartamentos de lujo, bebéis champán gratis y os codeáis con la alta sociedad.
Yo os traje aquí y yo os protejo. Pero si hacéis preguntas que no debéis hacer, dejaréis de estar seguras.
Marta retrocedió un paso, intimidada por la oscuridad en los ojos de su amiga.
—Be... nos estás asustando.
—No os asusto, os protejo —sentenció Be—.
Si no os gusta este mundo, si la presión es demasiada, tenéis los billetes de avión pagados para volver a España esta misma noche.
La puerta está abierta. Pero si decidís quedaros, bajáis la cabeza, hacéis vuestro trabajo y no volvéis a cuestionar a mi personal de seguridad. ¿Ha quedado claro?
Blanca y Marta se quedaron mudas. La chica a la que conocían había desaparecido, devorada por el imperio criminal de su padre. Tras unos segundos de silencio tenso, Blanca asintió lentamente, tragándose el miedo.
Ese día, la inocencia del Imperio de la Belleza murió para siempre.
Cuando Blanca y Marta salieron del despacho, Be se quedó sola. Cerró los ojos, apoyó la frente en las manos y respiró hondo. Había perdido a sus amigas. Las había asustado. Las había amenazado. Pero las había protegido. Y eso era lo único que importaba.
Cayó la tarde sobre las villas de Veracruz.
Estábamos reunidos en el despacho de madera de caoba. El aire estaba viciado por el humo de los puros y la tensión era tan densa que casi se podía masticar.
Tolo revisaba unas cartas náuticas sobre la mesa; Richi estaba sentado en el borde del sofá, moviendo la pierna sin parar; y Mario miraba por la ventana hacia la playa, donde los guerrilleros de Lucía hacían la ronda de relevo.
La puerta del despacho se abrió de golpe. Nerea entró con un maletín bajo el brazo, seguida de cerca por Tecla, que traía su inseparable portátil pegado al pecho.
Nerea no dijo «hola». Tiró una carpeta azul sobre el centro de la mesa.
—Lo tengo —anunció mi mujer, con los ojos brillando de pura adrenalina—. El Viejo no se ha alojado en un hotel. Ha utilizado una offshore con sede en Liechtenstein, gestionada por sus abogados, para alquilar un complejo entero en la costa de Buenaventura.
Mario levantó la vista de las cartas, interesado.
—¿Buenaventura? Eso está a una hora y media en coche hacia el oeste.
—Es el complejo «Brisas del Pacífico» —continuó Nerea, abriendo la carpeta y desplegando unos planos arquitectónicos sobre la mesa—.
Cuatro mansiones conectadas por jardines, muro perimetral de tres metros con electrificación, cámaras infrarrojas y un muelle privado con salida a mar abierto.
Ha pagado un millón de dólares por adelantado para quedarse con el complejo entero durante tres meses. Ha montado su propia puta fortaleza.
Tolo soltó un gruñido, frotándose la barba.
—¿Pero este cabrón a qué viene, a instalarse o qué? —preguntó el gigante, sin entender la jugada—. Si viene a matarnos, viene, dispara y se larga. ¿Para qué quiere cuatro mansiones?
Richi se giró con el puro entre los dedos.
—Igual él también quiere esconderse, Mateo —teorizó Richi, encogiéndose de hombros—. Pensadlo bien. Si La Organización descubre lo de la serie, el Viejo también está jodido por habernos encubierto en su día. Igual viene buscando refugio.
Di un golpe seco en la mesa con los nudillos, cortando su teoría de raíz.
—No, Richi. Eso seguro que no —sentencié, mirándole a los ojos—. Conozco al Viejo. Si quisiera esconderse, se metería en un agujero en Rusia o en los Alpes. No se pondría en nuestras putas puertas a alquilar mansiones millonarias. Viene a por nosotros.
Mario, que no había dejado de fumar, soltó una larga nube de humo gris hacia el techo y asintió, dándome la razón.
—Diego tiene razón —dijo Mario, con voz rasposa—. Este cabrón quiere llevarnos por delante, jodernos los negocios o robarnos los contactos. O todo a la vez. Necesitamos ojos ahí dentro. ¿Podemos infiltrar a alguien?
Miré a Nerea y a Tecla.
—Si tienen empresas de limpieza local, o catering panameño... podemos meter a un par de chicos —sugerí, buscando fisuras en el muro del enemigo.
Nerea negó con la cabeza, esbozando una sonrisa amarga.
—Imposible, Diego. He leído el contrato de arrendamiento.
Hay una cláusula específica, que exige privacidad absoluta.
El Viejo ha ordenado que se despida temporalmente a todo el personal local.
Ni jardineros, ni limpiadoras, ni mantenimiento, ni cocineros.
Cero panameños. Ha exigido que las mansiones se entreguen completamente vacías.
Mario frunció el ceño.
—¿Vacías? ¿Y quién coño le va a hacer la comida o a limpiar la piscina a su excelencia?
Fue entonces cuando Tecla, que llevaba dos minutos tecleando febrilmente en su ordenador en la esquina del despacho, levantó la vista. Estaba más pálido de lo normal. El reflejo de la pantalla iluminaba el terror en sus ojos jóvenes.
—Nadie de Panamá le va a hacer la comida, Mario... porque trae su propio servicio —Tecla tragó saliva con la voz temblorosa—. Y no creo que sepan cocinar.
Nos giramos hacia él.
—Habla claro, chaval —le ordenó Tolo.
Tecla giró el portátil y lo puso en el centro de la mesa, apartando los planos de Nerea. En la pantalla había una tabla de datos de navegación aérea internacional.
—Cuando Nerea me dio el nombre de la empresa pantalla de Liechtenstein que alquiló las mansiones, me metí en los registros de la Autoridad Aeronáutica Civil de Panamá —explicó Tecla, tragando saliva—.
Busqué vuelos chárter y privados procedentes de Europa, pagados por esa misma sociedad o sus filiales, con fecha de llegada para esta misma semana.
—¿Y qué has encontrado? —apremié, sintiendo que el corazón me iba a estallar.
Tecla señaló una línea resaltada en rojo en la pantalla.
—El Viejo no viaja en vuelo comercial, jefe. Ha fletado un Airbus A319 privado. Aterriza mañana a las tres de la madrugada en una pista secundaria del aeropuerto de Tocumen. Y no viene solo.
El chico levantó la vista hacia mí.
—Hay cuarenta y ocho billetes de avión emitidos a nombre de una empresa fantasma chipriota vinculada a La Organización.
El silencio que siguió a sus palabras cayó sobre el despacho como una losa de plomo.
El número flotó en el aire del despacho como una sentencia de muerte matemática. Cuarenta y ocho.
Tolo se dejó caer pesadamente contra el respaldo del sofá, pasándose una mano por la cara.
—Me cago en mis putos muertos... —susurró el gigante.
Richi tiró el puro al suelo de pura rabia.
—Nos van a joder. Es un puto ejército.
—Cuarenta y ocho —repitió Tolo, con la voz ronca—. Nos van a caer por todos lados.
Mario se inclinó sobre la mesa, mirando la pantalla del portátil. La frialdad le regresó de golpe, anestesiando el miedo. Empezó a calcular mentalmente.
—No necesariamente —dijo Mario, sin perder la calma—.
Cuarenta y ocho hombres son muchos, sí. Pero están en un país extranjero, sin conocer el terreno, sin aliados locales.
Nosotros tenemos a Lucía, tenemos las calles, tenemos a la policía comprada.
Si vienen a por nosotros, les vamos a hacer pagar cada metro de terreno.
—¿Y si no vienen a por nosotros? —preguntó Richi—. ¿Y si vienen a por el negocio? ¿Y si empiezan a mover ficha en la sombra?
—Entonces les cortamos la cabeza —dije, con la voz dura—. Si el Viejo quiere guerra, la va a tener.
Me acerqué al ventanal del despacho y miré hacia el mar, donde la noche ya había devorado el horizonte. Pensé en Be. Pensé en Nerea, localizando el búnker de nuestro enemigo. Pensé en los millones que nos costaba mantener nuestra falsa paz.
El Viejo venía a por nosotros, y traía consigo el infierno.
Me giré hacia mis hermanos y hacia mi mujer. Ya no había rastro de pánico en mis ojos, solo la fría y oscura certeza de que uno de los dos bandos iba a quedar sepultado en este paraíso tropical.
—Avisad a Lucía. Repartid las armas —ordené, con la voz dura como el acero—. La guerra que llevábamos meses evitando acaba de empezar.