Capítulo 28 La Llamada #2
Y en ese beso, Mario entendió que Lucía no se iba por sus frentes abiertos. Se iba porque tenía miedo de quedarse.
Y así pasaba el tiempo.
La vida en Panamá se había convertido en un paraíso amurallado.
Los críos estaban encantados en su colegio internacional de élite, moviéndose con chóferes privados y guardaespaldas invisibles.
Nerea rebosaba felicidad con el volumen de ventas de la inmobiliaria.
Los días transcurrían bajo un sol perpetuo, entre copas de vino caro y noches en el beach club.
No había noticias de España. Ni un rumor, ni un eco, ni una amenaza.
A medida que pasaban las semanas tras el estreno de la serie, yo mismo empecé a creer que la locura de mi hermano Mario era la estrategia más brillante que habíamos ejecutado en nuestras vidas.
Las palabras que soltó en la sala de cine resonaban en mi cabeza: «Teníamos que ser tan jodidamente grandes, Diego, que el Viejo se cagara en los pantalones solo de pensar en venir a vengarse».
Parecía que Mario tenía razón. El Viejo nos había dejado en paz.
Éramos un cártel intocable, un socio comercial de Los Zetas, financiadores de la guerrilla y blanqueadores de élite. El lobo de España había mirado al otro lado del Atlántico, había visto al leviatán en el que nos habíamos convertido, y había decidido agachar las orejas.
O eso quería creer yo.
Era martes por la tarde. Estaba en la terraza de mi villa, leyendo unos informes financieros que Be me había dejado impresos. El mar estaba en calma.
Entonces, sonó mi teléfono móvil personal.
No el encriptado. No el móvil de usar y tirar que usábamos para hablar con Darío o con la policía comprada. Sonó el teléfono personal, aquel cuyo número solo conocían mi mujer, mis hijos y mis hermanos.
Miré la pantalla. Era un número desconocido.
El estómago se me encogió de golpe. Un sudor frío y repentino me empapó la nuca. Descolgué, llevándome el aparato a la oreja.
—¿Sí?
El silencio al otro lado de la línea duró apenas dos segundos. Dos segundos que se me hicieron eternos. Luego, la voz.
—Diego. Hijo mío.
La voz del Viejo.
Ronca, pausada, arrastrando las erres con ese acento que evocaba los inviernos de mi juventud. No había furia en su tono. No había gritos. Era la voz de un patriarca comprensivo. Y eso era infinitamente más aterrador.
Me quedé paralizado. La garganta se me cerró.
—Me han contado que el clima en Centroamérica es maravilloso en esta época del año —continuó el Viejo, con una parsimonia letal—. Así que he tomado una decisión. Voy para Panamá a visitaros. Tengo muchas ganas de veros a todos. A ver qué tal van esas vacaciones de retiro.
No me dio tiempo a responder. La línea se cortó con un clic seco.
El teléfono resbaló de mi mano, cayendo sobre la mesa de cristal. El terror absoluto, crudo y primitivo, me golpeó el pecho como un mazo de demolición. Mis pulmones se quedaron sin aire.
El Viejo no venía a charlar. No venía a pedir explicaciones por la serie ni por el negocio.
Venía a matarnos a todos.
Treinta minutos después, reuní al núcleo duro en el bar del embarcadero privado de las villas.
El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo sangre que me revolvía el estómago. Nerea, Eva, Catalina, Tolo, Richi, Mario y Lucía estaban esparcidos por los sofás de exterior. Fumaban, bebían mojitos y reían por alguna broma que Richi acababa de hacer. Era la imagen viva del éxito.
Llegué caminando a paso lento. Tenía que parecer un muerto en vida, porque en cuanto me paré frente a la mesa baja, las risas se apagaron de golpe.
Nerea se incorporó, dejando su copa.
—Diego... ¿qué pasa? Estás blanco.
Los miré a todos. A Tolo, que dejó de sonreír; a Richi, que frunció el ceño; a Mario, que se tensó de inmediato.
—Me ha llamado el Viejo —solté.
El nombre cayó sobre la mesa como una granada sin anilla.
Nadie respiró.
Tolo se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Cómo que te ha llamado? ¿Te ha llamado él... en persona? —preguntó el gigante, con la voz ronca.
—Es imposible —Richi negó con la cabeza con una risa nerviosa—. El Viejo no toca un teléfono personalmente desde hace veinte años. Siempre usa a sus perros.
Sentí la garganta seca como papel de lija. Tragué saliva antes de responder.
—Sí, Richi. Ha llamado él personalmente a mi móvil. Me ha dicho que viene a Panamá a visitarnos. Para ver qué tal nos va el puto retiro.
Eva se llevó una mano a la boca, ahogando un gemido de pánico. Catalina se agarró al brazo de Richi.
—Si ha llamado él personalmente... —dije, mirando fijamente a Mario— es que ya sabe lo de la serie. Y le importa una mierda que sepamos que viene.
El peso de la realidad los aplastó contra los sofás. Toda nuestra soberbia, nuestros millones, nuestras alianzas con los Zetas y nuestro ejército privado perdieron su valor en un segundo. El Viejo no se había asustado. Nos había dejado engordar como a cerdos antes de la matanza.
El silencio se prolongó, espeso, cargado de un miedo visceral, hasta que la comandante Lucía rompió la tensión.
La guerrillera, que estaba apoyada contra la barra de madera apurando un vaso de ron, soltó una pequeña risa áspera. Miró a Mario de reojo y encendió un cigarrillo.
—Pues te digo una cosa, gallego —comentó Lucía, expulsando el humo hacia el techo de paja del bar—. Pensaba volverme a la selva mañana mismo... pero el nivel de problemas que atraéis vosotros, los españoles, me divierte demasiado como para perdérmelo. Creo que me quedo un rato más.
Nadie se rio de la broma de la guerrillera.
Mario y yo nos cruzamos una mirada de pánico absoluto. Ambos sabíamos la terrible verdad que se escondía detrás de aquella llamada.
Si el Viejo, un hombre obsesionado con la seguridad que jamás hablaba por teléfono, había utilizado un móvil ordinario para anunciar su llegada, solo significaba una cosa.
Significaba que ya no le importaba que la policía, la Interpol o la DEA lo escucharan. Porque para cuando alguien pudiera escuchar aquella llamada, de nosotros no iban a quedar ni las cenizas.