Capítulo 28 La Llamada
Dos meses.
Sesenta días exactos desde que la verdad estalló en la sala de cine de las villas. En el mundo criminal, dos meses de paz son el equivalente a una década en la vida de un hombre normal.
La maquinaria de La Corona funcionaba como un reloj suizo recién engrasado. Y el epicentro de nuestra nueva fachada de respetabilidad tenía paredes de cristal, vistas al océano y oficinas de diseño en el corazón financiero de Ciudad de Panamá.
Nerea y Eva habían abierto «Horizonte Properties», una inmobiliaria de ultra lujo que servía como la lavadora perfecta para los millones que generábamos.
Ya no eran las mujeres que llegaron huyendo de España.
Caminaban por la oficina con trajes de chaqueta de firmas italianas, pisando fuerte sobre el mármol, cerrando acuerdos millonarios con la élite centroamericana.
—El ático de Costa del Este está cerrado —anunció Nerea, entrando al despacho principal y dejando una carpeta de cuero sobre la mesa de Eva—. Dos millones y medio. El cliente es un empresario ruso que no hace preguntas.
Eva sonrió, tecleando en su ordenador de última generación.
—Perfecto. Le paso los datos a Mariena.
El ecosistema era infalible, y funcionaba en tiempo real. En el ático de seguridad, Mariena sostenía el teléfono pegado a la oreja mientras sus dedos volaban sobre el teclado de su portátil, rodeada de pantallas con gráficas financieras.
—Dime, Nerea, cielo —ronroneó La Rubia con su habitual tono sofisticado—. ¿Qué tal la visita con nuestro amigo ruso?
—Fascinado con las vistas —respondió Nerea a través del auricular, desde su impecable despacho en la ciudad—. Quiere las llaves del ático de Costa del Este para mañana mismo. Dos millones y medio de razones para darle prioridad al papeleo.
—Me parece perfecto. Ve preparándole la cesta de bienvenida —Mariena esbozó una sonrisa fría—. Voy a encargarme de importar esos bombones suizos que tanto nos gustan.
—Te espero, Rubia. Un beso.
Mariena colgó el teléfono y giró su silla de diseño hacia Tecla, que trabajaba sin descanso en su estación de monitores al otro lado de la sala.
—Tecla, querido, ya has oído el pedido —le indicó ella, dándole un sorbo a su café—. Encripta la ruta de mis bombones. Que parezca que esos dos millones y medio nacieron ayer por la mañana en Panamá debajo de una palmera.
—Ruta fantasma activada, Mariena. Ni los federales podrían rastrear la IP de esas transferencias —confirmó el chico, tecleando a la velocidad de la luz.
Satisfecha, Mariena cerró una pesada carpeta de cuero y se la tendió a Silvia, que esperaba de pie junto a la puerta.
La escolta agarró los documentos, ajustándose la chaqueta sobre la camisa que ocultaba la gruesa cicatriz de los disparos en su pecho.
Ella se encargaría del traslado físico de los contratos y el efectivo legalizado sin que nadie se atreviera a hacerle una sola pregunta.
Ya no éramos un grupo de fugitivos. Éramos una corporación.
A unos kilómetros de allí, cuando caía el sol, El Cielo se convertía en el feudo indiscutible de la familia.
Richi, Catalina y los hermanos Petrovic se habían adaptado tan bien al trópico que la gente hacía cola, literalmente, para trabajar bajo su paraguas.
Richi paseaba por las zonas VIP del beach club repartiendo sonrisas y puros, mientras Catalina y Mili controlaban a las azafatas y las cajas registradoras.
En el reservado más exclusivo del club, aislado por cortinas de lino y custodiado por un par de gorilas, Be brindaba con champán francés. A su lado estaban Blanca y Marta, sus amigas de la universidad, bronceadas, felices e ignorantes de todo.
—¡Por el mejor fondo de inversión de Europa y por nuestra jefa! —gritó Blanca, levantando su copa y riendo a carcajadas.
—¡Por nosotras! —secundó Marta.
Be chocó su copa con las de ellas, esbozando una sonrisa impecable. Dilan, vestido con su inmaculado traje oscuro, permanecía de pie en la entrada del reservado, mimetizado con las sombras, vigilando cada ángulo.
Mili se acercó a la mesa con una bandeja de fresas y una nueva botella.
Llevaba un vestido ajustado y caminaba con esa chulería de barrio que la hacía única.
Be la miró y su sonrisa se volvió real. Apreciaba a Mili.
La panameña no vivía en la burbuja de algodón de las chicas de Vizcaya; Mili sabía a qué olía la pólvora y lo que costaba ganarse el respeto en aquel mundo de lobos.
—Todo en orden por aquí, ¿patroncita? —preguntó Mili, guiñándole un ojo a Be.
—Todo perfecto, Mili.
En ese momento, la cortina del reservado se apartó con suavidad.
Las sonrisas de Blanca y Marta se congelaron por un segundo al ver entrar a Darío. Llevaba una camisa de seda negra abierta hasta el pecho, una cadena de oro grueso y el aura inconfundible de alguien que manda en las calles. Dilan le hizo un leve gesto con la cabeza, dejándolo pasar.
Darío ignoró a las amigas de España. Sus ojos oscuros se clavaron directamente en Be. Caminó hacia ella, se inclinó sobre el sofá de cuero blanco y, sin importarle quién estuviera mirando, le agarró la nuca con suavidad y le plantó un beso largo, profundo y posesivo.
Be le devolvió el beso, agarrándolo por las solapas de la camisa.
—Buenas noches, fantasma —susurró Be, rozando sus labios.
—Buenas noches, mami. Venía a ver si me tenías olvidadito —respondió Darío con una sonrisa chulesca, sentándose a su lado y pasando un brazo por encima de sus hombros.
Blanca y Marta se miraron por el rabillo del ojo, alucinando.
No tenían ni la más remota idea de que aquel chico atractivo y peligroso era el lugarteniente de La Corona, el hombre que movía toneladas de cocaína por los barrios bajos de Panamá.
Para ellas, solo era el nuevo y exótico capricho de su jefa.
Be y su grupo eran una piña. El blanqueo de guante blanco jamás había tenido una fachada tan deslumbrante.
Pero donde hay luz, siempre hay sombras. Y la sombra de La Corona apestaba a salitre, a gasolina y a sangre seca.
En el almacén del puerto comercial, Tolo daba una calada profunda a su cigarrillo, escuchando el sonido de las olas rompiendo contra los pilares de hormigón.
A su alrededor, el núcleo duro de los andaluces preparaba el equipo.
El Nene, tres hombres curtidos y dos mujeres de Cádiz que se habían sumado a la logística de alta mar, revisaban los motores fueraborda de las planeadoras.
El ambiente era tenso. Los guerrilleros de Lucía vigilaban las entradas con fusiles de asalto, garantizando la seguridad, pero eso no apagaba la rabia que ardía en el pecho de El Nene.
El andaluz soltó una llave inglesa sobre la cubierta de fibra de vidrio con un ruido seco y se encaró con Tolo.
—Mateo, te lo digo en serio, me estoy volviendo loco —gruñó El Nene, con las venas del cuello marcadas—. Tenemos que armar otra lancha. Déjame coger a un par de colombianos de estos y vamos a buscar a los mexicanos.
Tolo lo miró con pesadez, expulsando el humo por la nariz.
—Nene, ya hemos hablado de esto. El trato está cerrado.
—¡Me cago en los putos tratos! —estalló El Nene, señalando el mar negro—.
¡Tengo que llevarles coca a esos cabrones todos los putos meses!
¡Tengo que cargarles los fardos y mirarles las putas caras de prepotentes, sabiendo que fueron ellos los que rajaron a mis hermanos en alta mar!
¡Piden sangre, Mateo! ¡Los muertos piden sangre!
Tolo dio un paso al frente. Su tamaño y su presencia llenaron el espacio, obligando a El Nene a tragar saliva.
—Escúchame bien, hermano —dijo Tolo, con una voz profunda que no admitía réplica—. Aquí no se mueve un dedo sin que yo lo ordene. El trato nos mantiene vivos y nos hace de oro. No quiero tonterías. Te prohíbo que hagas las descargas de los Zetas a partir de hoy.
—Mateo...
—¡He dicho que te lo prohíbo! —rugió el gigante—. Las entregas a los mexicanos las harán los hombres de Lucía con un par de los nuestros de apoyo. Tú te quedas en la base coordinando la ruta. ¿Entendido?
El Nene apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas. Miró a los otros gaditanos, que asentían lentamente dándole la razón a Tolo.
—Entendido, Mateo —masculló El Nene, apartando la mirada con amargura. Aceptaba la orden, pero la sed de venganza seguía intacta en sus ojos.
Lejos del puerto, en la playa privada de las villas Queen Mary, la brisa nocturna mecía las palmeras.
Mario caminaba descalzo por la arena húmeda.
A su lado, la comandante Lucía llevaba los pantalones tácticos remangados por debajo de la rodilla y el fusil cruzado a la espalda, dejando que las olas le bañaran los pies.
El contraste entre la selva y el lujo centroamericano parecía estar pasándole factura.
Lucía se detuvo, pateando la espuma del mar.
—Me vuelvo a la selva, Mario —soltó la guerrillera, sin anestesia.
Mario se frenó en seco. Se giró hacia ella, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones de lino.
—¿Cómo que te vuelves? El trato con tus jefes fue por los hombres y por su líder. Y su líder eres tú.
Lucía soltó una carcajada áspera, sacando un cigarrillo de su chaleco y encendiéndolo.
—No seas malo, Mario. Sabes perfectamente que hago falta allá.
Tengo frentes abiertos en el Chocó, paramilitares tocando los cojones en la frontera...
Acá no hago nada. Me aburro. Mis hombres se quedarán para proteger a tu familia, la tarifa se mantiene igual, pero yo no soy un perro guardián de chalet de ricos.
Mario se acercó a ella, despacio. La miró a los ojos, que brillaban a la luz de la luna, enmarcando esa cicatriz que le daba un aire tan peligroso como magnético.
La actitud calculadora y frívola de Mario desapareció por un instante. Se puso serio, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se rozaron.
—Dímelo mirándome a la cara, Lucía —le susurró Mario, con la voz grave—. ¿De verdad quieres irte?
Lucía aguantó la mirada. Dio una última calada al cigarrillo, lo tiró a la arena y lo apagó con el talón.
No dijo una palabra. Le agarró la nuca con fuerza, tiró de él hacia abajo y lo besó.
Fue un beso feroz, con sabor a tabaco y a pólvora, uniendo sus mundos opuestos en la oscuridad de la playa.