Capítulo 27 La Noche del Estreno #3
—Por eso hemos montado esta fortaleza, Mariena. Aunque mi hermano Diego nunca quiso verlo.
Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de rabia en el estómago.
—¿De qué cojones estás hablando, Mario?
Mario dio dos pasos hacia mí, sosteniéndome la mirada sin pestañear.
—Vasco... desde el primer momento supe que teníamos que hacernos fuertes en Panamá.
No podíamos quedarnos esperando al Viejo como unos ratones asustados metidos en una madriguera dorada.
¿De verdad pensabas que con cuatro lanchas y un club de playa ibas a frenar a La Organización cuando la serie saliera a la luz?
¡Iban a venir a aplastarnos como a cucarachas!
Mario abrió los brazos, abarcando la casa, el complejo y las armas invisibles que nos rodeaban.
—Esto que hemos montado... esto es lo que realmente asustará a ese viejo hijoputa.
Hacernos ver. Manejar la coca al por mayor.
Controlar las rutas marítimas. Tener a la policía en el bolsillo.
Tener a la guerrilla colombiana comiendo de nuestra mano y a los Zetas comprándonos la mercancía.
Teníamos que ser tan jodidamente grandes, Diego, tan peligrosos y tan brutales que el Viejo se cagara en los pantalones solo de pensar en venir a vengarse.
El silencio en la sala de cine fue sobrecogedor. Nadie respiraba. Nadie se movía. Las palabras de Mario flotaban en el aire, pesadas como el plomo.
Me quedé mirándolo, procesando sus palabras.
Mario lo había visto antes que nosotros.
Había entendido que cada golpe, cada ataque y cada problema que nos estaba cayendo encima no podían hacernos retroceder; tenían que obligarnos a crecer.
Mientras nosotros intentábamos apagar los incendios, él había estado pensando en cómo convertir aquel caos en una fortaleza.
Nos había empujado una y otra vez a responder con más fuerza, a conseguir más hombres, más dinero, más contactos y más poder, hasta convertir aquella huida desesperada en algo que se parecía peligrosamente a un imperio.
Negué con la cabeza despacio, soltando una risa amarga.
—Eso no va a pasar, Mario —le dije, mirándole a los ojos—. El Viejo no se asusta con nada. Si piensas que unos guerrilleros y un cártel inventado van a frenar a La Organización cuando descubran lo de Miguel... es que ese clima de Colombia te ha jodido el cerebro, hermano.
Mario sonrió. Una sonrisa ladeada, serena, inquebrantable.
—El clima no, hermano. La experiencia.
Me quedé mirándole un segundo más. El corazón me latía con fuerza, pero la locura de su lógica era tan aplastante que resultaba imposible discutirla. Estiró la mano hacia la mesa baja, agarró la botella de whisky escocés y se sirvió otro trago.
Yo me acerqué, le quité el vaso de la mano y me bebí el licor de un solo trago, sintiendo el ardor rasgarme el pecho.
Solté una carcajada corta, ronca, sacudiendo la cabeza.
—Siempre fuiste un puto loco, Mario.
Richi se acercó a nosotros con las manos en los bolsillos, esbozando una media sonrisa cínica mientras miraba a Mario con una mezcla de respeto y desconcierto.
—Sí, tienes razón, Diego... siempre fue un puto loco de mierda —concedió Richi, encogiéndose de hombros—.
Pero tendrás que reconocer que, con ese ejército patrullando la playa y los mexicanos comprándonos la mercancía, ahora da menos...
cosa que se entere el Viejo. Y si me apuras, todas esas putas familias de La Organización juntas.
Tolo, que había permanecido sentado en silencio con los brazos cruzados como una mole de piedra, levantó la cabeza y habló con esa voz profunda que retumbaba en las paredes.
—Calma, Ricardo —dijo el gigante, cortando el optimismo de raíz—.
Eso son palabras mayores. El Viejo es un mierdas, un traidor y un cobarde.
Pero La Organización es otra cosa. Esa gente tiene contactos en ministerios, tienen a los políticos, tienen a los rusos y tienen dinero para comprar a media Europa.
Como muevan ficha, esto no va a ser un tiroteo de película.
Me giré y los miré a los tres.
A Mario, el cerebro despiadado que nos había llevado a la cima del fango para salvarnos. A Richi, el superviviente nato que bailaba sobre el alambre. Y a Tolo, el gigante leal que se había comido la cárcel por todos nosotros.
Éramos los mismos críos que habían huido de un muelle ensangrentado hacía veinticinco años. El destino nos había perseguido a través del océano y nos había alcanzado en una pantalla de cine. Ya no había vuelta atrás. No había más huidas posibles.
—Hecho está —sentencié, clavando la mirada en mis hermanos y luego en las mujeres—. La serie está en el aire. El secreto ha muerto. Ahora nos toca prepararnos para lo que venga.
Tolo se levantó despacio, haciendo crujir los nudillos de sus manos enormes.
—No lo dudes, hermano.
Richi se ajustó la camisa de lino, sonriendo con esa chulería salvaje que nunca lo abandonaba.
—Que venga quien quiera. A ver si tienen cojones a pisar nuestra playa.
Mario soltó una carcajada limpia, dio un paso al frente y nos pasó sus brazos por los hombros a los tres, apretándonos contra su pecho en un abrazo de hierro que casi nos dejó sin respiración.
—Estos son mis putos chicos —susurró con orgullo feroz—. Que vengan. Aquí los esperamos.