La mentira del paraíso Capítulo 27 La Noche del Estreno #2
75%

Capítulo 27 La Noche del Estreno #2

—P... parad eso... —balbuceó, con un hilo de voz que apenas se escuchaba por encima de la música dramática de los altavoces—. ¡Parad esa puta mierda ahora mismo!

Tecla pausó la imagen desde la cabina de control. El fotograma congelado mostraba a los cuatro actores ficticios jurando lealtad sobre un charco de sangre.

Mariena se giró lentamente hacia nosotros. La luz residual de la pantalla le iluminaba un rostro descompuesto por el espanto más absoluto.

No dijo nada.

Seguía mirando la pantalla como si esperara que alguien le confirmara que aquello era una maldita coincidencia. Sus ojos recorrieron el rostro del actor que interpretaba a Miguel, luego el muelle, después a los cuatro personajes que acababan de jurar venganza sobre la sangre.

Volvió a mirar el cadáver de la pantalla.

Miguel.

La lluvia sobre el muelle.

La encerrona de sus primos.

Cuatro amigos jurando sangre.

Los nombres cambiados, pero las almas intactas.

Respiró hondo, una, dos veces, como si el oxígeno se negara a entrarle en el cuerpo.

De pronto, levantó la mirada hacia nosotros.

—Vasco... —susurró.

No era una pregunta todavía. Era la voz de alguien que acababa de reconocer algo que llevaba años enterrado.

Su mirada fue pasando de uno a otro. Tolo. Richi. Mario. Yo.

Volvió a mirar la pantalla.

Y entonces lo entendió.

—¿Qué coño es esto? —preguntó, esta vez con la voz mucho más firme—. ¿Quién ha filmado esto? ¿De dónde han sacado esos cabrones esta historia? ¡Nadie sabía lo que pasó en ese muelle salvo nosotros y el Viejo! ¿Quién ha hablado? ¿Quién ha contado esto?

Nadie contestó. Tolo bajó la cabeza, frotándose las manos enormes. Richi miraba fijamente al suelo.

Tomé aire. Sentí que el pecho me ardía. Me levanté de la butaca, mirándola de frente, asumiendo por fin la verdad que llevaba meses arrastrando como una losa.

—Fui yo, Mariena.

La Rubia parpadeó. Una, dos veces. La frase parecía no encontrar sitio en su cabeza.

—¿Tú? ¿Tú qué?

—Yo escribí la historia —confesé, con la voz áspera—. Hace años. Cuando el Viejo nos separó y me mandó al norte. Estaba solo, encerrado en esa fábrica de pescado, hundiéndome en la mierda. Necesitaba vaciarlo todo o me volvía loco. Escribí nuestra historia bajo un seudónimo.

—¡La serie está bien disimulada, Rubia! —saltó Richi desde la primera fila, intentando romper la tensión con su habitual falta de tacto—.

A ver, han cambiado los nombres, han puesto a unos tíos más guapos que nosotros y han metido un par de tiroteos que no pasaron.

Si tú lo has reconocido es porque estabas allí, porque sabes cómo murió Miguel.

¡Cualquiera de fuera se cree que es pura ficción americana!

—¡Y la adaptación es buenísima, no me jodas! —apuntó Tolo, levantando la vista—. A mí el actor que hace de mí me parece un puto fiera. Tiene planta de tío duro.

Eva le soltó un codazo en las costillas a su marido que le cortó el rollo al instante.

—Cállate la boca, Mateo —le siseó Eva.

Nerea se levantó y se colocó a mi lado, mirando a Mariena con serenidad.

—Es la verdad, Mariena. No vinimos a Panamá a montar un cártel para expandirnos.

Vinimos huyendo. Una plataforma de streaming compró los derechos mundiales de los libros de Diego.

Sabíamos que, en cuanto la serie viera la luz, el Viejo ataría cabos, descubriría la serie y nos mandaría matar a todos. Por eso nos trajimos a las familias.

Mario, que seguía sentado con las piernas cruzadas en su butaca, dio un sorbo largo a su vaso de whisky y chasqueó la lengua con una sonrisa divertida.

—Pues a mí me parece que la serie es bastante mejor que el libro, qué quieres que te diga, Diego. Tiene más ritmo.

Mariena se quedó petrificada. Giró la cabeza hacia Mario como si acabara de ver a un alienígena.

—¿El... el libro? —preguntó La Rubia, con la voz al borde del colapso histérico.

Mario alzó su copa hacia ella, imperturbable.

—Tres libros, para ser exactos, preciosa. Una trilogía superventas.

Mariena no gritó. Se quedó en silencio durante tres segundos eternos. Caminó hacia la mesa baja, agarró la botella de whisky de Mario y se sirvió un vaso entero, sin hielo. Se lo bebió de un trago descomunal, cerrando los ojos mientras el alcohol le quemaba la garganta.

Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

Y entonces, la furia estalló.

—¡Sois imbéciles! —chilló Mariena, dando un manotazo al aire, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Sois los tíos más rematadamente imbéciles, subnormales y descerebrados que ha parido este puto planeta!

Se paseaba por la sala de cine como un animal enjaulado, tirándose de su melena rubia.

—¡¿Un libro?! ¡¿Habéis huido al otro lado del océano por culpa de una puta novela?! ¡¿Y por qué cojones no me lo dijisteis en España, pedazo de bastardos?!

Nos quedamos mirándola, desconcertados por su reacción.

—Mariena... eras la consejera del Viejo —intenté justificarme—. Pensamos que si te enterabas, se lo dirías y...

—¡¿Qué se lo iba a decir, pedazo de gilipollas?

! —bramó ella, encarándose conmigo, escupiéndome las palabras a la cara—.

¡Yo estaba hasta los putos ovarios del Viejo!

¡Estaba harta de aguantar a sus niñatos de mierda, harta de vivir con el miedo en el cuerpo y deseando largarme de allí con una mano delante y otra detrás!

¡Si me hubierais contado la verdad en la finca, si me hubierais dicho que teníais millones limpios de una plataforma americana para vivir tranquilos, me habría venido con vosotros a tomar piñas coladas en la playa el resto de mi puta vida!

La sala entera se quedó muda. Richi abrió la boca, incapaz de articular palabra. Nerea y Catalina se miraron con los ojos como platos.

—¡Pero no! —siguió La Rubia, histérica, levantando los brazos hacia el techo—.

¡Los señores tenían que inventarse un farol de película!

¡Tenían que decirme que venían a levantar un imperio criminal a espaldas del Viejo!

¡Y por culpa de vuestra maldita mentira nos hemos metido en una guerra con un cártel mexicano, han pegado dos tiros a mis escoltas, casi me degüellan en un ático y tengo a mercenarios de la selva meando en los jardines de mi casa!

¡Habéis montado un puto narcoestado porque no tuvisteis los cojones de decirme que el señorito Vasco se creía Hemingway!

Mariena se dejó caer en una de las butacas de cuero, jadeando, tapándose la cara con las manos, al borde del ataque de nervios. La ironía de la situación era tan grotesca, tan salvajemente absurda, que por un segundo creí que me iba a dar un ataque de risa nerviosa.

Pero el pánico regresó de inmediato a los ojos de La Rubia. Levantó la cabeza, mirándonos a todos con auténtico terror.

—¿Os dais cuenta de lo que significa esto?

—susurró, con un temblor real en la voz—.

La serie acaba de estrenarse hoy a nivel mundial.

El Viejo no verá la televisión, pero sus contactos sí.

La Organización se va a enterar. Y cuando Dimitriv y el Viejo reconozcan un solo detalle de cómo murió Miguel...

no van a mandar a sicarios. Van a venir con todo lo que tienen.

La Organización no perdona una traición así jamás.

Nos van a cazar como a perros y nos van a despellejar vivos. A todos.

—No nos van a cazar, Mariena —cortó una voz fría desde el fondo.

Mario se levantó despacio. Dejó su vaso vacío sobre la mesa, metió las manos en los bolsillos de sus pantalones de lino y caminó hacia el centro de la sala con una parsimonia letal.

—¿Por qué te crees que tenemos a esos mercenarios en el jardín, Rubia?

—dijo Mario, señalando con la barbilla hacia el exterior—.

¿Por qué te crees que apreté las tuercas para traer quinientos kilos desde Colombia, para reventar a La Firma en El Chorrillo y para pactar con los Zetas a sangre y fuego?

Mario se giró hacia mí. Sus ojos oscuros brillaban con una determinación implacable.