Capítulo 27 La Noche del Estreno
El día amaneció con un cielo plomizo y una calma asfixiante que no presagiaba nada bueno.
En las villas de Veracruz no se hablaba de otra cosa, aunque nadie se atrevía a pronunciarlo en voz alta.
Habíamos llegado al final de la cuenta atrás.
La fecha marcada en rojo en el calendario por fin estaba aquí.
A primera hora de la mañana, antes de que el sol empezara a derretir el asfalto, me acerqué al porche de la villa de los chicos. En la terraza, bajo la sombra de las palmeras, Diana y Silvia estaban sentadas en unas tumbonas de teca.
AK estaba inclinado sobre Diana, cambiándole el vendaje del hombro con una torpeza tan tierna que resultaba casi cómica.
Diana apretaba los dientes, aguantando el escozor del desinfectante sin soltar una sola queja.
A su lado, Tecla le pasaba un vaso de zumo recién exprimido a su hermana Silvia.
Silvia aún respiraba con cierta dificultad por culpa del brutal hematoma que las balas en el chaleco le habían dejado en las costillas, pero ya tenía color en las mejillas.
—Deja de apretar tanto la gasa, animal, que me vas a cortar la circulación —protestó Diana, mirándolo de reojo.
—Si no aprieto, la herida supura, lista —gruñó AK, pegando la tira de esparadrapo con cuidado—. Bastante bien te estás curando para la puntería de mierda que tenían esos cabrones.
Me apoyé en la barandilla de madera, mirándolos.
—¿Cómo van esas convalecientes? —pregunté.
Silvia sonrió débilmente, dejando el vaso sobre la mesa.
—Listas para la próxima guerra, jefe. Un par de semanas más y estaré corriendo por la playa.
—Nada de correr —les advertí—. Hoy toca descanso absoluto. Esta noche tenemos... un evento familiar.
AK levantó la vista, cruzando una mirada cómplice conmigo. Él sabía perfectamente de qué evento hablaba. Asintió despacio, volviendo a centrarse en el hombro de su chica.
A esa misma hora, a treinta kilómetros de allí, un BMW blindado devoraba los kilómetros de la autopista que conectaba la capital con la costa de Veracruz.
En la parte trasera iba Be, vestida con un traje cómodo, mirando por la ventanilla cómo los rascacielos de Punta Pacífica iban quedando atrás, reemplazados por el verde salvaje de la selva tropical.
En los asientos delanteros viajaba su nueva escolta permanente: una pareja de guerrilleros de la comandante Lucía.
El tipo conducía con una concentración militar absoluta, mientras la mujer, en el asiento del copiloto, llevaba un fusil compacto apoyado discretamente entre las piernas, escaneando cada cruce y cada vehículo que se aproximaba.
El teléfono de Be vibró en su regazo. La pantalla mostraba el nombre de Darío.
Be descolgó, acomodándose en el cuero del asiento.
—Dime, fantasma.
—Oye, jefa... —La voz cantada de Darío sonó a través del auricular con su habitual desparpajo—. Me dijeron los frens del muelle que saliste temprano de las clínicas. ¿Dónde andas?
—De camino a Veracruz —respondió ella, sonriendo levemente—. Hoy como con mi familia.
—¿Y no puedo pasar a visitarte un ratito? Te llevo unas empanadas de esas que te gustan de la vieja del mercado.
—No, Darío. Hoy no. Hoy es solo para la familia. Tenemos algo importante que hacer juntos.
Al otro lado de la línea hubo una pequeña pausa, seguida de un chasquido de decepción.
—Mucho misterio con los tuyos siempre, patrona... ¿Y cuando acabéis?
—Cuando acabemos, ya te aviso y nos tomamos algo en El Cielo.
—Hecho, mami. Pero no te demores, que la noche en la bahía se pone fría sin ti.
Be colgó con una media sonrisa, sacudiendo la cabeza. Darío tenía la habilidad innata de arrancarle una carcajada incluso cuando el mundo a su alrededor se estaba desmoronando a tiros.
El coche cruzó la cancela de seguridad de las villas poco antes del mediodía.
En el jardín principal, bajo la atenta mirada de Rosa y Caridad, los niños estaban tirados sobre unas mantas en el césped, rodeados de videojuegos portátiles y balones. Al ver bajar a Be del coche, Aitor y Raúl se levantaron corriendo a saludarla.
—¡Be! ¡Por fin vienes! —exclamó Aitor, mirándola de arriba abajo—. Oye... ¿tú sabes qué les pasa a los viejos? Llevan todo el día con unas caras rarísimas. No paran de cuchichear en el salón grande.
Raúl se cruzó de brazos, mirando hacia los guerrilleros que patrullaban el perímetro exterior con uniformes oscuros.
—Están acojonados por si vuelven los ladrones —afirmó Raúl con total convicción—. Pero son unos exagerados. Con todos los guerrilleros que hay aquí metidos, no entra ni Dios.
—Ya te digo —aseguró Aitor, sacando pecho e imitando el porte de AK—. Que vengan si tienen huevos.
Be soltó una carcajada limpia, revolviéndole el pelo a su hermano con cariño.
—Bueno, vosotros atentos por si acaso, enanos. No bajéis la guardia.
Miró hacia la terraza de la villa contigua, donde Rachel y Lidia tomaban el sol ajenas a la conversación de los chicos.
—¡Rachel! ¡Lidia! ¡Cuidad de estos dos payasos, que no hagan tonterías! —les gritó Be en tono de broma.
—¡Bastante tengo con aguantar sus caras, tía! —le devolvió Rachel desde la tumbona, poniéndose las gafas de sol.
Be sonrió y se dio la vuelta, cruzando el camino de losas que llevaba a la villa principal. En cuanto subió los escalones del porche y empujó la pesada puerta de roble, la sonrisa se le borró de la cara. La tensión dentro de la casa se podía cortar con un bisturí.
La sala de cine privada era una obra de arte: butacas de cuero reclinables, paneles acústicos de terciopelo y una pantalla que ocupaba la pared entera.
A media tarde, nos encerramos allí dentro.
Estábamos los cuatro hermanos, nuestras mujeres, Be y, por supuesto, Mariena.
Sobre una mesa baja de madera noble había cubos con botellas de cerveza helada, refrescos y un par de bandejas de aperitivos que nadie estaba tocando.
Mario, sentado en una de las esquinas de la segunda fila, sostenía un vaso ancho con tres dedos de whisky escocés, balanceando el hielo con una calma que a mí me ponía los pelos de punta.
Mariena fue la última en entrar. Llevaba una copa de vino blanco en la mano y miraba a su alrededor con una mezcla de sorpresa y sospecha evidente.
—A ver si me entero... —dijo La Rubia, dejando escapar una risita burlona mientras se acomodaba en una de las butacas centrales—.
¿Desde cuándo tenemos una noche de cine familiar a las cinco de la tarde?
En los veinticinco años que llevo conociéndoos, jamás os he visto sentaros juntos a ver una serie. ¿Qué pasa, que ahora sois cinéfilos?
Richi, que estaba en la primera fila pasándose una mano nerviosa por la nuca, forzó su mejor sonrisa de relaciones públicas y se giró hacia ella.
—Rubia, querida... es que esta es una serie muy especial. Una de esas producciones americanas que dan de qué hablar.
Mariena enarcó una ceja, mirando de reojo a Nerea y a Eva, que permanecían sentadas con las piernas cruzadas y las mandíbulas tan rígidas que parecían estatuas de sal.
Los cuatro hermanos ya habíamos tomado la decisión la noche anterior en el despacho.
El secreto no podía sostenerse ni un día más.
Mariena estaba demasiado metida en el fango; había estado a punto de morir secuestrada en aquel ático, gestionaba las empresas pantalla del club y las clínicas, y conocía cada céntimo que movíamos.
Si la bomba iba a estallar en las pantallas de televisión de medio planeta, ella tenía que conocer todas las cartas sobre la mesa.
Solo así nos aseguraríamos de que no nos vendiera al Viejo en cuanto los rumores empezaran a cruzar el Atlántico.
Además, en el fondo nos consolábamos con una esperanza ingenua: si ni siquiera ella, que había estado allí desde el principio, era capaz de reconocer nuestra propia historia en la pantalla, tal vez nadie más se daría cuenta.
Be se quedó en el umbral, con los brazos cruzados, observando la escena. Ella ya sabía la verdad. Ya había leído los libros. Pero ver a Mariena descubrirlo en directo era otra cosa.
—Apaga las luces, Tecla —ordené por el interfono.
La sala quedó sumida en una penumbra absoluta. Solo el zumbido del proyector y el destello blanco de la pantalla rompieron la oscuridad.
Apareció el logotipo rojo de la plataforma digital americana, acompañado de ese golpe sordo y característico que anuncia sus producciones estrella.
El corazón me dio un vuelco salvaje contra las costillas.
Me tragué el nudo que tenía atravesado en la garganta y busqué la mano de Nerea en la butaca de al lado. Sus dedos estaban helados.
Comenzó el primer episodio.
No hubo rodeos. La serie arrancaba directamente con un cold open desgarrador.
La pantalla se llenó de una lluvia torrencial, oscura y pesada, golpeando el pavimento de un muelle pesquero en algún lugar a mediados de los años noventa.
En la ficción, los personajes tenían otros nombres y las caras de actores jóvenes y atractivos, pero los hechos... los hechos eran un calco milimétrico.
Un chaval carismático y noble había acudido al muelle engañado por sus propios primos.
Una encerrona a traición en la penumbra, alimentada por los viejos rencores entre clanes familiares.
Y sobre todo por los celos podridos alrededor de una chica rubia que contemplaba la escena paralizada de espanto.
Y entonces, la traición: el destello repentino de un cañón en la penumbra, el estampido sordo y el cuerpo del muchacho desplomándose contra el barro con el pecho reventado, asesinado a sangre fría por su propia sangre.
Miguel.
Y a continuación, sin dar un respiro, la pantalla escupía lo que vino después: cuatro chavales ciegos de rabia jurando una venganza que el padre cobarde no se atrevía a ejecutar.
Un sonido quebró el silencio del cine.
El chasquido del cristal rompiéndose.
La copa de vino blanco de Mariena se le había escurrido de la mano, estrellándose contra la moqueta.
La Rubia se puso en pie de golpe. Estaba blanca como la cera, con la respiración entrecortada y los ojos desorbitados, clavados en la pantalla como si estuviera viendo salir a un muerto de su tumba. Empezó a temblar de pies a cabeza, llevándose las manos a la boca.