Capítulo 26 El Pacto con el Diablo #2
El jefe mexicano no parpadeó. Apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó los dedos.
—Vosotros habéis llegado a la casa de El Chombo.
Hermano mayor aquí de Bocanegra y un activo muy, muy importante para nuestra organización —replicó el hombre, midiendo cada palabra—.
Matasteis a toda su gente de confianza en una noche, no a cuatro lancheros de mierda.
Le robasteis su zona. Su club. Y para colmo os ponéis a vender vuestra propia mercancía, que por cierto, sabrá Dios de dónde la sacaréis, aunque viendo que la puta guerrilla colombiana está metida en vuestra casa, no es muy difícil averiguarlo.
El jefe hizo una pausa, esbozando una sonrisa cínica.
—La verdad, no me importa a quién se la compréis. Y sí. Te robé, como tú nos robaste a nosotros. Sangre por sangre. Negocio por negocio.
Mantuve el rostro impasible, pero por dentro estaba a punto de estallar. Mario, viendo que yo iba a sacar el arma y mandar la negociación al infierno, intervino rápido.
—Entonces... ¿para qué queréis esta reunión? —preguntó Mario—. ¿Qué buscáis?
El jefe propuso la paz. Bocanegra torció el gesto, claramente molesto por no poder seguir matando españoles, pero no se atrevió a decir nada.
—Quiero una tonelada al mes, puesta en el puerto de Panamá —dictaminó el Zeta, como si estuviera pidiendo un café—.
El trato es sencillo. Una tonelada mensual para nosotros.
Y ustedes solo venden en Panamá, en su clubecito de ricos y en las calles de Veracruz.
El mercado exterior es exclusivamente para nosotros.
Quedaos con Panamá si la queréis, nadie os molestará.
Pero recuerda, Diego... el mercado exterior es nuestro y el cargamento que nos entregarás será mensual, y os la pagaremos con los precios de puerto. ¿Hay trato?
Me quedé mirando al jefe mexicano. Mi cerebro procesó sus palabras en un microsegundo.
El mexicano se pensaba que nos estaba sometiendo. Nos exigía una tonelada al mes y amenazaba con pagárnosla a «precio de puerto», creyendo que nos estaba ahogando económicamente para forzarnos a ser sus proveedores sumisos.
Lo que este arrogante cabrón no sabía es que Mario tenía un pacto directo con la comandante Lucía en la selva.
Mario compraba la cocaína a precio de origen.
Si nosotros le vendíamos a los Zetas a «precio de puerto» en Panamá, le estábamos sacando un margen de beneficio absolutamente obsceno.
Sin haberlo planeado, el cártel mexicano se acababa de convertir en nuestro mejor y más rentable cliente, asumiendo ellos todos los riesgos de moverla hacia el exterior.
Sabía que, sin los precedentes de sangre, este sería el mejor trato de mi vida. Pero no podía mostrar entusiasmo. Tenía que venderle el teatro de la derrota.
Me recliné en la silla, fingiéndome ofendido. Por dentro, estaba a punto de reírme en la cara del mexicano.
—¿Te crees que voy a arriesgar a mi gente para traerte una puta tonelada mensual desde Colombia sin sacar un beneficio decente? —le espeté, torciendo la boca en una mueca de asco.
Mario se rascó la barba, disimulando una sonrisa. Sabía perfectamente a lo que yo estaba jugando.
El Zeta me miró con desprecio, creyéndose el vencedor absoluto.
—Tu beneficio, gallego, será Panamá. Tu tranquilidad... —hizo una pausa dramática, sonriendo con malicia— y la de tu familia.
Al oír la mención a mi mujer y a mis hijos, los instintos más oscuros me gritaron que le volara los sesos allí mismo. Se me tensaron los músculos de los brazos. Mario, notando que el teatro estaba a punto de convertirse en un tiroteo real, interrumpió, zanjando el asunto.
—Ok —dijo Mario, levantando las manos—. Panamá es para nosotros, el mercado exterior para vosotros, y tendréis esa tonelada mensual.
Mario le tendió la mano. El jefe mexicano la estrechó, sellando el pacto con el diablo.
Habíamos cedido una línea de suministro exclusiva de nuestra droga para el cártel mexicano a cambio de paz. La ironía era mayúscula: ahora financiábamos a la guerrilla colombiana y proveíamos a los narcos de México. Un contrato que, de incumplirlo, significaría la muerte de todos nosotros.
Pero, con el pacto firmado, la paz volvió a nuestro mundo.
Con el paso de los días, todo volvió a funcionar con una normalidad aterradora.
Las clínicas de belleza facturaban miles de dólares de la élite panameña; las amigas de Be, Blanca y Marta, vivían su sueño ajenas a que el dinero que contaban estaba empapado en sangre; y El Cielo era el club más intocable de todo Centroamérica.
Las villas de Veracruz volvieron a ser un oasis de lujo, aunque el ejército de Lucía seguía apostado en el perímetro.
Era un coste millonario, sí, pero los hermanos sabíamos que era absolutamente necesario para frenar cualquier intento futuro de ataque.
Lo asumíamos como el precio mensual de seguir respirando.
Estaba sentado en el porche, con una cerveza fría en la mano, viendo a Lidia y a la pequeña María jugar en la piscina.
Mi teléfono seguro vibró sobre la mesa de cristal.
Era Marga, mi agente literaria.
Contesté al momento.
—¡Diego! —chilló Marga al otro lado de la línea, eufórica—. ¡Te llamo para decirte que el último pago de los derechos ya está hecho! Ya ha entrado en la sociedad suiza.
—Genial, Marga. Buenas noticias —dije, sintiendo cómo el estómago se me encogía, sabiendo lo que venía a continuación.
La fecha del estreno mundial de la serie de televisión estaba a la vuelta de la esquina. Faltaban apenas unos días.
—Los productores están como locos —continuó la agente, ajena a mi terror—. Esperan unas críticas espectaculares. El tráiler ha reventado las redes. ¡Y escúchame bien, Diego... la segunda temporada está casi ya confirmada!
Marga seguía hablando de contratos y porcentajes, pero yo ya no la escuchaba.
Miré hacia la playa, donde los mercenarios armados de la guerrilla colombiana paseaban bajo el sol del Caribe protegiendo mi imperio.
Pensé en el trato que acababa de cerrar con el cártel más sanguinario de México y en los millones de dólares manchados de sangre que corrían por mis manos cada semana.
Di un trago a mi cerveza y sonreí con amargura.
—Perfecto, Marga —le contesté, con la voz cargada de un sarcasmo oscuro que ella jamás entendería—. Que la confirmen. Así el público no se perderá absolutamente nada de lo que viene ahora.