Capítulo 26 El Pacto con el Diablo
El pedal del acelerador de mi 4x4 estaba hundido hasta el fondo, rozando el asfalto.
Cortábamos la autopista hacia la capital a ciento ochenta por hora.
A mi lado, Mario mantenía la vista fija en la carretera, con el subfusil descansando sobre las rodillas.
En los asientos traseros, AK y Tecla iban en absoluto silencio, con las mandíbulas tan apretadas que parecía que se les iban a partir los dientes.
Detrás de nosotros, pegado a nuestro parachoques, nos seguía otro todoterreno negro con la comandante Lucía y seis de sus mejores guerrilleros.
El trayecto desde las villas de Veracruz hasta el distrito financiero de Punta Pacífica fue un borrón de luces y adrenalina pura.
Frenamos derrapando en el garaje subterráneo del rascacielos.
AK fue el primero en saltar del coche, empujando las puertas del ascensor.
Subimos los cincuenta pisos en una caja de metal que olía a sudor frío y pólvora.
Cuando las puertas se abrieron en el ático, el hedor a sangre y a hierro nos golpeó la cara.
El pasillo era un matadero. Casquillos, sangre coagulada, dos cuerpos tirados. Pero mis ojos no se detuvieron en los muertos. Se clavaron en el interior del ático.
El médico de las clínicas, que Dilan había traído a toda prisa, estaba arrodillado en el suelo del salón, guardando instrumental en su maletín.
Silvia estaba tumbada en el sofá, pálida como un fantasma, con un vendaje compresivo enorme cruzándole el pecho y el brazo, pero con los ojos abiertos. Estaba estabilizada. Se iba a salvar.
El suspiro colectivo de Tecla y AK resonó en el salón. Tecla corrió hacia su hermana, arrodillándose a su lado y cogiéndole la mano.
AK, sin embargo, buscó por la sala hasta encontrarla.
Diana estaba sentada en una silla de diseño, apretando los dientes mientras el médico le terminaba de vendar el hombro. Se hacía la fuerte, como siempre, pero el agujero no tenía buena pinta; la bala había entrado y salido, desgarrando músculo por el camino.
AK se acercó a ella, despacio, como si tuviera miedo de romperla. Se agachó hasta quedar a su altura. No dijeron nada. Ella le dedicó una media sonrisa cansada y él le apoyó la frente contra la suya, cerrando los ojos.
Dejé a La Cantera lamiéndose las heridas y caminé por el pasillo.
Allí estaban.
Nerea y Be se giraron al verme. Mi hija tenía la camiseta manchada de sangre seca.
Me acerqué a ellas casi a trompicones y las envolví en un abrazo desesperado.
Apreté a mi mujer y a mi hija contra mi pecho con tanta fuerza que temí hacerles daño, hundiendo la cara en el pelo de Be. Estaban vivas. Lo habían conseguido.
Por el pasillo de servicio, los guerrilleros de Lucía empezaron a arrastrar los cuerpos de los dos sicarios muertos envueltos en alfombras, limpiando la escena del crimen con una frialdad mecánica.
En la sala de estar contigua, Catalina y Eva intentaban taparles los ojos a los niños.
Eva sostenía a la pequeña María en brazos, girándola hacia la pared, pero los críos, pálidos y mudos, lo estaban viendo todo.
El terror de la sangre, los hombres armados y los cadáveres era demasiado grande para ocultarlo bajo una manta.
—Tenemos que moverlos a otro ático —sugirió Mario, viendo la cara de los pequeños.
—No —dijo Eva, con la voz temblando pero llena de determinación—. No voy a mover a mis hijos por estos pasillos ni un minuto más.
Asentí. El experimento del rascacielos había fracasado.
—Recoged todo —ordené, mirando a mi equipo—. Nos vamos. Todos. Volvemos a las villas de Veracruz. Ahora mismo.
Pasaron los días. El encierro en las villas, ahora custodiadas por guerrilleros armados y patrullas constantes, nos devolvió una falsa sensación de seguridad.
Silvia y Diana mejoraban poco a poco, cuidadas por los médicos que pagábamos a precio de oro.
Pero había algo que me carcomía por dentro más que los Zetas o el Viejo. Era Be.
Mi hija había matado a un hombre. Le había volado la garganta a escasos metros de distancia.
Y, sin embargo, no lloraba. No tenía pesadillas.
No mostraba ni un solo síntoma de ansiedad o de estrés postraumático.
Pasaba los días revisando las cuentas del club y de las clínicas en su portátil, impasible.
Una tarde, la encontré sola en la terraza, mirando el mar. Me senté a su lado, buscando las palabras.
—Be... —empecé, frotándome las manos—. Sobre lo que pasó en el edificio. Quiero que sepas que es normal si te sientes mal. Si necesitas hablarlo. Lo que hiciste... quitarle la vida a alguien... no es algo que el cerebro procese fácil.
Be apartó la vista del océano y me miró directamente a los ojos. Su mirada era tan serena que me dio vértigo.
—No siento nada raro, aita —respondió, con una voz perfectamente calmada—. Salvé a los nuestros. Salvé a Mariena, a mis hermanos y a mamá. No tengo ni un solo remordimiento. Y si alguien vuelve a amenazar a los míos, te aseguro que lo volvería a hacer sin dudarlo ni un segundo.
Me quedé en absoluto silencio. Quise decirle que no debía pensar así, que esa frialdad era un veneno que te terminaba pudriendo el alma. Pero no pude. Porque en sus ojos vi mi propio reflejo. Mi hija era fuerte. Tan jodidamente fuerte que me aterraba.
Con las familias atrincheradas, el negocio debía seguir. El Cielo seguía funcionando a un nivel de seguridad máximo.
Fue entonces cuando sonó el teléfono.
Estábamos en el despacho de caoba. Mario miró la pantalla del satelital encriptado y nos hizo un gesto con la mano para que guardáramos silencio.
Eran ellos. Los Zetas.
Cuando Mario colgó, diez minutos después, la guerra civil estalló en nuestra propia casa.
—Quieren negociar —anunció Mario, dejando el aparato sobre la mesa.
—¡Y una mierda! —bramó Tolo, levantándose de un salto, golpeando la madera con sus manos de gigante—. ¡Me han degollado a cuatro hombres y casi matan a mi mujer! ¡No hay nada que negociar con esos hijos de puta! ¡Que vengan, que los vamos a enterrar a todos en la arena!
—Yo opino igual que Mateo —le secundé, sintiendo que la sangre me hervía—. Han ido a por mi hija. Han ido a por Nerea.
Mario suspiró, pasándose las manos por la cara, y miró a Richi buscando apoyo.
—Es lo mejor que nos puede pasar, Vasco —intervino Richi, con un tono extrañamente sensato para él—.
Escuchad a Mario. Tener al ejército de Lucía aquí nos cuesta medio millón al mes.
Y no podemos vivir encerrados en un búnker toda la vida.
Si quieren hablar, es porque saben que la guerra con nosotros les va a salir muy cara.
—Tolo, Diego, por favor —insistió Mario, bajando el tono, usando su voz de mediador—. Una guerra de trincheras arruinará el negocio, espantará a la clientela del club, y nos dejará secos. Necesitamos que todo funcione. Lo mejor es llegar a un puto acuerdo.
La puerta del despacho se abrió. Mariena entró.
Desde el intento de secuestro, La Rubia se había vuelto mucho más asustadiza. Ya no iba de sobrada. No se despegaba de las mujeres y apenas salía al jardín. Se la veía consumida, con ojeras oscuras y temblores esporádicos en las manos.
Se apoyó en el marco de la puerta, mirándonos a todos.
—Haced lo que queráis —dijo Mariena, con un hilo de voz—. Matadlos o pactad con ellos. Me da igual. Pero esos Zetas tienen que salir de la ecuación. Y te recuerdo, Vasco, que si no llega a ser por Be... yo ahora mismo estaría muerta en una fosa en México. Acabad con esto ya.
Miré a mi hermano Mario. Luego miré a Tolo.
El gigante apretó la mandíbula. Por un momento, pensé que iba a saltar por encima de la mesa y estrangular a Mario.
Pero entonces miró a Eva, que estaba en el umbral con la pequeña María en brazos.
Y se calló. El gigante sabía que la venganza no valía la pena si el precio era la vida de su familia.
El orgullo y la venganza te llevan al cementerio. Los negocios te mantienen vivo.
La cumbre se celebró tres días después en la planta cuarenta de un rascacielos corporativo en obras, en el corazón financiero de Panamá. El edificio estaba vacío, solo cemento desnudo y cristal.
Mario y yo llegamos escoltados por AK. A nuestro alrededor, invisibles desde la calle, cinco francotiradores de la comandante Lucía tenían sus miras telescópicas clavadas en los accesos del edificio y en la propia sala de reuniones desde la torre contigua.
Los emisarios del cártel mexicano ya estaban allí.
Eran cinco hombres armados hasta los dientes, pero nuestra atención se centró en los dos que estaban sentados a la mesa de caballetes instalada en el centro de la planta.
Uno de ellos era un tipo corpulento, de barba cerrada y un diente de oro que le brillaba al hablar. El otro, a su lado, era un hombre mayor, de pelo canoso, traje impecable y una calma que imponía más que cualquier fusil.
El de la barba no tardó en escupir su veneno. Se presentó, hinchando el pecho, como Bocanegra, el hermano menor de El Chombo.
—Hay que joderse con ustedes, los gachupines —dijo Bocanegra, mirándonos con un odio visceral, sin importarle las formalidades—.
Mira si son raros ustedes. Toda la vida los españoles vienen aquí para llevarse la puta coca a Europa, y ahora resulta que ustedes vienen de España para vender la coca aquí. Hay que ser bien pendejos.
Apreté los puños bajo la mesa, sintiendo el impulso de levantarme y reventarle la cabeza ahí mismo. Mario me dio un leve golpe en la rodilla con su pierna para que me tranquilizara e intentó mantener una actitud cooperativa.
—No venimos a discutir de geografía, amigo —respondió Mario con suavidad—. Venimos a arreglar este desastre.
El jefe mexicano, que hasta entonces no había abierto la boca, levantó una mano con pereza. Bocanegra se calló de inmediato, tragándose sus propias palabras.
El hombre canoso clavó sus ojos en mí. Eran ojos muertos.
—Te veo tenso, gallego —dijo el jefe, con una voz que sonaba como papel de lija.
La rabia me ganó la partida. Me incliné hacia delante.
—Matasteis a cuatro de mis hombres, los degollasteis como a cerdos. Nos habéis robado una tonelada de cocaína y habéis intentado secuestrar y matar a mi familia en mi propia casa —escupí, sin levantar la voz, pero con una furia helada—. Dime tú si no tengo motivos para estar tenso.