La mentira del paraíso Capítulo 25 Fuego Cruzado #2
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Capítulo 25 Fuego Cruzado #2

Be respiró hondo. Recordó mis palabras: «Tú eres el último escudo de tus hermanos».

Salió al pasillo de hormigón. El sicario estaba justo abriendo la puerta del garaje, forcejeando con Mariena.

Be necesitaba una distracción, algo que le diera una fracción de segundo. En su mente se forjó un plan burdo, precipitado. Agarró un extintor rojo que colgaba de la pared y lo dejó caer al suelo con todas sus fuerzas.

¡Clang!

El estruendo metálico resonó en todo el pasillo.

El sicario se giró de golpe, apuntando su pistola hacia el origen del ruido. Mariena, aprovechando el descuido, le soltó un codazo en las costillas y se tiró al suelo.

Ese fue todo el margen que Be necesitaba.

Salió de detrás de la esquina, empuñando la Beretta con ambas manos. Sus brazos temblaban, pero no dudó. Apretó el gatillo.

¡Bam! ¡Bam!

El ensordecedor ruido de los disparos en un espacio cerrado fue brutal.

El primer tiro le dio al sicario en el hombro.

El segundo le perforó directamente la garganta.

El hombre soltó el arma, llevándose las manos al cuello en un intento inútil por detener el chorro de sangre, y se desplomó contra la puerta de metal, ahogándose en su propia sangre.

Be se quedó petrificada. El olor a pólvora le llenó la nariz.

El eco de los disparos le retumbaba en los oídos.

Miró el cuerpo del sicario, tirado contra la puerta de metal, con la sangre brotando de su cuello.

Acababa de quitarle la vida a un hombre.

No sintió nada. Y eso, quizá, era lo que más miedo le daba.

Mariena, aún llorando, se arrastró por el suelo de hormigón hasta abrazarse a las piernas de Be.

Abajo, en la calle, el sonido de los disparos no se escuchó, pero la intuición de Diana saltó por los aires.

Llevaba cinco minutos intentando contactar con Silvia por el pinganillo sin obtener respuesta.

—Silvia, contesta. Silvia, reporte —repetía Diana, caminando rápido hacia el lobby del edificio.

Al no recibir nada más que estática, Diana no esperó al ascensor. Sacó su arma y corrió por las escaleras de emergencia. Cincuenta pisos. Los muslos le ardían, los pulmones le gritaban, pero no se detuvo. No podía detenerse. Silvia estaba arriba. Y si Silvia no contestaba, algo iba mal.

Al llegar a la planta cincuenta, abrió la puerta de una patada.

Vio a Silvia en el suelo, rodeada por un charco de sangre.

—¡Silvia! —gritó Diana, dejándose caer de rodillas a su lado.

Le tomó el pulso. Estaba viva. Las dos balas del sicario habían impactado de lleno en el chaleco de kevlar. La sangre provenía de una herida en el brazo y del brutal impacto contra la puerta, pero respiraba.

Silvia abrió los ojos, tosiendo, y agarró a Diana por la camisa.

—Están... están dentro... —susurró Silvia—. Tienen a las chicas...

Diana apretó los dientes. Sus ojos se volvieron dos témpanos de hielo. Se levantó, recargó su arma y pateó la puerta entreabierta del ático.

Dentro, el segundo sicario estaba paseándose por el salón, apuntando con su pistola a Nerea, Eva y Catalina, que seguían en el suelo, amordazadas. Al escuchar el portazo de Diana, el mexicano se giró disparando por instinto.

La bala de Diana rozó la oreja del sicario, destrozando un jarrón, pero el tiro del sicario impactó en el hombro de Diana, haciéndola retroceder contra el marco de la puerta.

Diana cayó de rodillas, perdiendo su arma, que resbaló por el suelo de mármol.

El sicario sonrió. Se acercó a ella lentamente, apuntándole a la cabeza.

—Se acabó la suerte, perra... —dijo el hombre.

Pero lo que el sicario no sabía era que las mujeres de La Corona no eran meros floreros.

Eva, a sus espaldas, había logrado aflojar las bridas de sus muñecas frotándolas contra la arista metálica de la pata de la mesa durante los últimos cinco minutos. Con un tirón desesperado, se liberó.

Sin emitir un solo sonido, Eva agarró una pesada figura decorativa de mármol negro que había sobre la mesita auxiliar. Se levantó y, con toda la furia de una madre a la que acaban de amenazar, descargó la figura directamente sobre la nuca del sicario.

El golpe sonó como una nuez cascándose.

El hombre se tambaleó hacia delante, mareado, perdiendo el equilibrio.

Diana no dejó pasar la oportunidad. En una fracción de segundo, la mercenaria sacó el cuchillo de combate que llevaba en la bota, se impulsó hacia arriba y le hundió la hoja directamente en la base del cráneo al sicario, debajo de la mandíbula.

El hombre se desplomó en seco, muerto antes de tocar el mármol.

Diana, sangrando por el hombro, se apoyó contra la pared, jadeando. Nerea y Catalina, aún en el suelo, la miraban aterrorizadas pero aliviadas, mientras Eva tiraba la estatua ensangrentada y rompía a llorar de pura descarga de tensión.

De repente, en medio del silencio del ático, un sonido electrónico rompió la calma.

El teléfono móvil que el sicario muerto llevaba en el bolsillo estaba sonando.

A esa misma hora, en las villas Queen Mary, la tensión era insoportable.

El Nene, Goran y Vlad estaban parapetados tras el muro de la entrada, con las ametralladoras montadas. Lucía y sus guerrilleros estaban distribuidos por todo el jardín, invisibles, listos para desatar el infierno.

Y entonces, los vimos llegar.

Tres enormes Chevrolet Suburban de color negro frenaron en la explanada de gravilla. Ninguna puerta se abrió con violencia. Nadie salió disparando.

Las luces de los coches se apagaron. Las puertas se abrieron lentamente y de los vehículos bajaron dos hombres vestidos de negro, con capuchas sobre la cabeza. Levantaron las manos, demostrando que estaban desarmados, y caminaron despacio hacia la entrada.

—Manteneos alerta —ordené por el pinganillo, sintiendo que algo no cuadraba.

Richi, Mario, Tolo y yo salimos al porche.

Los dos encapuchados se detuvieron a diez metros de nosotros. Uno de ellos sacó un teléfono móvil de su bolsillo y se lo tendió a Richi.

—¿Qué coño es esto? —gritó Richi desde el porche.

—Nuestro patrón quiere hablar con ustedes —dijo el sicario, con un marcado acento mexicano—. Nos dijo que les trajéramos el teléfono, que íbamos a llegar a un acuerdo.

Nos miramos. Tolo apretó los puños. Si nos estaban entregando un teléfono para negociar sin disparar, significaba que tenían algo nuestro con lo que forzar el trato. Mi mente viajó al instante a los áticos.

El teléfono en la mano del sicario comenzó a dar tono, pero nadie descolgó.

La pantalla se iluminó. Luego se apagó. Y luego el silencio.

Richi esbozó una media sonrisa sarcástica y dio un paso al frente.

—Pues parece que no contestan, ¿no? —se burló Richi, aunque por dentro todos estábamos aterrorizados.

—¿Con quién se supone que teníamos que hablar? —pregunté, con la voz dura y fría.

Los dos hombres encapuchados se miraron entre sí, claramente confundidos. El que sostenía el teléfono retrocedió un paso, se apartó de su compañero y sacó otro teléfono de su bolsillo interior. Marcó un número con rapidez.

Lo vimos murmurar algo, visiblemente tenso.

—Patrón, no contestan en el ático... —dijo el sicario.

Escuchó unos segundos. Luego, se quitó la capucha, revelando un rostro curtido y sudoroso. Se secó la frente con el dorso de la mano y asintió.

—Entendido, patrón.

Se giró hacia su compañero y le hizo un gesto tajante con la cabeza.

—Nos vamos.

Se dieron la vuelta y caminaron a paso rápido hacia los todoterrenos.

—¡Eh! ¡¿A dónde vais, hijos de puta?! —les gritó Richi, sacando su pistola.

Se montaron en los coches, arrancaron motores y la caravana de tres vehículos dio media vuelta, perdiéndose en la noche de la costa panameña sin haber disparado un solo tiro.

En ese exacto momento, mi teléfono personal sonó en el bolsillo.

Miré la pantalla. Era Be.

Contesté al instante, con el corazón bombeándome ácido.

—¿Be? ¿Estás bien?

—Aita... —La voz de mi hija sonaba temblorosa, rota, pero viva—. Estamos todos bien. Han intentado secuestrar a Mariena y matar a Ama y a las tías. Diana tiene un tiro en el hombro. Y Silvia está grave.

—¿Y los sicarios? —pregunté, sintiendo que el mundo giraba a mi alrededor.

—Muertos. He... he tenido que disparar, aita.

Cerré los ojos con fuerza. Todo encajaba de manera macabra. Venían a secuestrar a nuestras familias para forzar la negociación o algo mucho peor. Venían a pedirnos el negocio a cambio de sus vidas, pero mis chicas, mi hija y mis escoltas habían destrozado el plan de esos hijos de puta.

La rabia y el alivio chocaron en mi pecho.

—Escúchame, Be, aguanta. Lo has hecho bien —le dije, intentando que mi voz sonara firme aunque el corazón me latía en la garganta—. ¿Cómo están Diana y Silvia? ¿Están conscientes?

—Sí, aita, pero hay muchísima sangre... Mamá y Eva están taponando las heridas con toallas.

Diana aguanta, pero Silvia casi no habla, respira muy flojo.

Dilan ya ha llamado al médico que atiende en las clínicas para que suba por el garaje.

No podemos llamar a una ambulancia con estos dos cadáveres en el pasillo.

Colgué. Abrí los ojos y miré a mi alrededor. AK y Tecla habían notado mi cambio de expresión y se acercaban a mí, leyendo el pánico en mi rostro.

Me acerqué a Tecla y le puse una mano en el hombro, apretando con fuerza.

—Tecla, hijo —le dije con voz grave y apesadumbrada—. Prepara un coche. Tenemos que ir a la ciudad. Tu hermana está grave.