Capítulo 25 Fuego Cruzado
El contrato inicial que Mario había negociado con la comandante Lucía era de trescientos mil dólares al mes. Era una cifra astronómica que habría garantizado la lealtad de cualquier frente guerrillero en la selva del Chocó, pero mi hermano no se conformó con eso.
Mario nos dijo en el despacho que con trescientos mil era suficiente, pero que, como nosotros, él sabía que un patrón que paga por encima de lo estipulado es un patrón al que se le quiere, no solo al que se le obedece.
Así que le ofreció medio millón de euros mensuales, limpios y en efectivo, con una única e innegociable condición: que la propia comandante Lucía liderara las tropas en Panamá en persona.
Ella aceptó.
Y con ese apretón de manos, Mario nos echó otro delito federal a la espalda. Ya no solo éramos narcotraficantes y blanqueadores; ahora, a ojos del derecho internacional, éramos financiadores directos de la guerrilla colombiana.
Instalar a un pequeño ejército de mercenarios armados hasta los dientes en un país extranjero sin levantar sospechas no era tarea fácil, pero la maquinaria de nuestra familia demostró que no se detenía ni bajo encierro.
En pocos días, logramos comprar un bloque entero de apartamentos turísticos de lujo justo al lado de la playa, a menos de un kilómetro de nuestras villas.
La operación se hizo a muy buen precio, todo gracias a Nerea.
Mi mujer, usando su vasta experiencia en el sector inmobiliario y operando exclusivamente desde su ordenador en el ático blindado de la ciudad, tejió una red de sociedades pantalla y cerró la compra.
Mariena, desde el mismo ático, se encargó de mover el dinero suizo para hacer las transferencias sin dejar rastro.
Las mujeres de La Corona seguían activas. Ni el miedo ni el encierro iban a frenarlas.
Con las tropas instaladas, Lucía no perdió el tiempo.
Como la estratega militar que era, organizó turnos rotativos, mezcló patrullas en la costa y estableció guardias cruzadas entre los locales panameños que teníamos en nómina y sus colombianos.
De la noche a la mañana, nos habíamos convertido en un objetivo muchísimo más difícil de atacar.
Esa misma noche, nos reunimos los cuatro hermanos en el salón de nuestra villa.
—Tenemos que reabrir El Cielo —sentencié, dando un trago a mi copa de vino y mirando a mis hermanos.
Richi, que llevaba días subiéndose por las paredes, soltó un suspiro de puro alivio y levantó su vaso de whisky al techo.
—¡Joder, por fin! —celebró Richi—. Llevo días diciéndolo, Vasco. Tener el club cerrado con tablones de madera en la puerta nos hace parecer unos cobardes.
—No es solo por el orgullo, Richi —intervino Mario, con los codos apoyados en las rodillas y el semblante serio—.
Es supervivencia básica. En este puto mundo, si muestras miedo, te comen los lobos.
Darío y su gente en la calle están aguantando la presión, pero si nosotros nos escondemos en las villas, ellos quedarán vendidos.
Ya hay rumores. La calle huele la sangre, y si no reabrimos y damos la cara, pensarán que La Corona ha huido.
Tolo, limpiando el cañón de su fusil sobre la mesa de centro, asintió con gravedad.
—Mario tiene razón, hermanos. Hay que abrir las puertas. Que vean que nos han arañado la pintura pero seguimos de pie. Y ahora, con los hombres de Lucía cubriéndonos las espaldas, que venga a vernos quien quiera.
Lo que nosotros no sabíamos era que, a miles de kilómetros de allí, en un rancho fortificado a las afueras de Monterrey, el cártel de Los Zetas estaba trazando su propia estrategia.
En un despacho oscuro, iluminado solo por la luz de una pantalla plana, un hombre corpulento, de rostro afilado y barba cerrada, conocido como Bocanegra, escuchaba a su superior a través de una videollamada encriptada.
—¿Y no será mejor negociar con ellos, Bocanegra?
—preguntó la voz distorsionada del jefe de plaza desde la pantalla—.
Los informes dicen que esa gente de La Corona no es ninguna broma.
Se han armado con un ejército paramilitar, tienen a la policía de Veracruz comprada y han fortificado su territorio.
¿No será mejor dar por perdido ese trozo de costa, cobrarles el doble por la tonelada de cocaína robada como indemnización y olvidarnos del asunto?
Bocanegra sonrió, mostrando un diente de oro que brilló en la penumbra.
—Para nada, patrón. Con esa escoria española no se negocia. Si cedemos, mañana cualquier pendejo nos estará matando a los lugartenientes pensando que se soluciona con billetes.
—¿Y cómo vas a entrar en su fortaleza si tienen a la policía y a los mercenarios de su lado? Nos va a costar una carnicería.
—No va a haber carnicería, patrón. Porque no vamos a ir por la fuerza bruta.
—Bocanegra se inclinó hacia la pantalla—.
Primero, amarramos a sus mujeres en la capital.
Mis chicos ya tienen localizado el rascacielos donde las esconden.
Al mismo tiempo, mi convoy llegará hasta la puerta de su casa en la playa.
Iremos sin armas. Sin hacer ruido. Sin jaleo para que ningún control policial nos detenga.
Bocanegra soltó una risa ronca.
—Cuando nos vean desarmados, sus mercenarios no dispararán. Nos dejarán pasar. Y entonces, les damos un teléfono. Y les decimos: «O se retiran, nos entregan el club, las villas y se vuelven a España corriendo, o matamos a sus mujeres allí mismo».
—¿Y si se niegan a hacer los traspasos legales?
—Para asegurarnos de que todo se transfiera legalmente, mis chicos van a sacar de ese ático a su consejera financiera, una tal Mariena. Nos la llevamos y ella firmará los papeles por ellos. Y así, jefe, nos quedamos con todo Panamá sin disparar una sola bala.
La voz en la pantalla dudó un segundo.
—¿Estás seguro de que saldrá bien, Bocanegra?
—Que me lleve el mismísimo demonio si fallo.
Pero lo que no sabía Bocanegra es cómo se las gastaban las mujeres de La Corona. Y dos de sus sicarios estaban a punto de sentirlo en primera persona.
Eran las cuatro de la tarde en Ciudad de Panamá.
El rascacielos de Punta Pacífica parecía una fortaleza inexpugnable.
En la planta baja, mezclada entre los peatones y sentada en la terraza de una cafetería, Diana vigilaba la calle con unas gafas de sol.
En la planta cincuenta, justo en el pasillo que daba acceso a los tres áticos, Silvia montaba guardia.
Dentro del ático principal, Nerea, Eva, Catalina y Mariena tomaban café en la inmensa cocina de mármol.
Mientras tanto, Be había bajado junto con los cinco niños a la zona de piscinas del edificio, ubicada en una terraza intermedia en la planta veinte.
Todo parecía transcurrir con la aburrida normalidad de un encierro de lujo.
El primer movimiento fue imperceptible.
Dos hombres con trajes de mantenimiento del edificio subieron por el ascensor de servicio. Llevaban herramientas en la mano y credenciales falsas que habían engañado a la seguridad del lobby. Al salir a la planta cincuenta, vieron a Silvia sentada en una silla junto a las puertas de los áticos.
Silvia levantó la vista del móvil y frunció el ceño. Se llevó la mano a la espalda, tocando la culata de su subfusil.
—El ascensor de servicio está cerrado por reparaciones —les dijo Silvia, poniéndose en pie.
El hombre más cercano no dijo una palabra. Levantó una pistola con silenciador oculta bajo un plano enrollado y disparó dos veces.
Pfft. Pfft.
Los impactos destrozaron el pecho de Silvia, empujándola hacia atrás con una fuerza brutal. La escolta se estrelló contra la puerta de caoba del ático, dejando un rastro de sangre antes de caer al suelo, inmóvil.
Uno de los falsos operarios tecleó rápidamente en el panel de anulación electrónica de la puerta, un equipo que solo los profesionales de élite poseían. La puerta hizo clic. Entraron en silencio.
En la cocina, Catalina fue la primera en girarse al escuchar unos pasos extraños en el pasillo.
—¿Silvia? ¿Estás b...?
Antes de que pudiera terminar la frase, un hombre enmascarado la agarró por el pelo y la tiró al suelo. Nerea y Eva intentaron gritar, pero el segundo sicario ya les estaba apuntando a la cabeza con la pistola.
—Calladitas, perras —siseó el mexicano, repartiendo bridas de plástico a toda velocidad—. Al suelo, boca abajo. ¡Rápido!
En menos de treinta segundos, Nerea, Eva y Catalina estaban amordazadas con cinta americana y con las manos atadas a la espalda. Mariena, blanca como el papel, retrocedió contra la encimera.
—A ti te necesitamos entera, abogada —dijo el sicario líder, agarrando a Mariena por el brazo y encañonándola en las costillas—. Tú te vienes con nosotros por el montacargas.
El líder miró a su compañero.
—Quédate aquí con estas tres hasta que Bocanegra cierre el trato. Si hay un solo problema o nos delatan, métele un tiro en la cabeza a cada una.
El segundo sicario asintió, quedándose en el ático, mientras el líder empujaba a La Rubia hacia el pasillo de servicio.
En la planta veinte, Be miró su reloj.
—Venga, chicos, recoged las toallas. Ya es hora de subir —dijo Be.
Aitor y los demás críos, envueltos en sus toallas, la siguieron hacia los ascensores.
Al llegar al distribuidor, el ascensor principal estaba ocupado, así que Be decidió tomar el pasillo hacia el montacargas de servicio. Justo cuando empujaba la puerta doble contra incendios, se quedó paralizada.
A unos veinte metros de distancia, en el pasillo de hormigón desnudo, un hombre vestido de mantenimiento empujaba violentamente a Mariena hacia la puerta del garaje de servicio. La Rubia lloraba, aterrorizada, con una pistola apretada contra las costillas.
Be se echó hacia atrás, empujando a los niños contra la pared, con los ojos desorbitados.
—¿Qué pasa, Be? —preguntó Aitor, asustado por su reacción.
—Chicos... escuchadme bien —les susurró Be, con la voz temblando pero con el cerebro funcionando a mil por hora—. Volved a la piscina. Escondeos en los vestuarios y no hagáis ruido.
—No te vamos a dejar sola —dijo Rachel, pálida pero agarrando a la pequeña Maria de la mano.
—¡Que hagáis lo que os digo, joder! —les siseó Be, metiéndose la mano bajo la camiseta mojada para acariciar el frío acero de la Beretta 9 mm que yo le había dado.
Los niños obedecieron, corriendo de puntillas hacia los vestuarios.