La mentira del paraíso PARTE 3 Jaque al Rey #2
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PARTE 3 Jaque al Rey #2

—El club es piedra y cristal, hermano. No sangra —le corté yo, agarrándolo del hombro y tirando de él hacia la salida—. Ya lo reconstruiremos. Recoged todo el arsenal. Nos vamos a las villas Queen Mary.

Abandonamos el club y nos atrincheramos en las villas. Los inmensos muros de hormigón que rodeaban el complejo nos daban algo de cobertura, pero seguíamos siendo un puñado de hombres esperando a un ejército.

Aquella misma noche, la tensión en el salón principal de la villa de seguridad era insoportable.

Tolo, El Nene y los otros dos andaluces que quedaban vivos limpiaban sus armas en silencio, con los ojos inyectados en una mezcla de luto y sed de venganza extrema.

Vlad e Ivanka Petrovic montaban posiciones de tiro en las ventanas de la segunda planta, mientras Goran y Milan minaban los accesos del jardín con explosivos plásticos.

Richi paseaba frenético por el centro del salón con un teléfono desechable pegado a la oreja. Estaba apretando las tuercas al Comandante Vargas, el jefe de la policía local de Veracruz que llevaba meses cobrando nuestros sobres.

—¡Me importa un carajo si tienes que doblar los turnos, Vargas!

—le gritaba Richi, con las venas del cuello marcadas—.

¡Quiero patrullas cruzadas en la única carretera que baja a la bahía!

¡Montad controles en cada rotonda, sacad los pinchos y revisad los maleteros de cualquier puta camioneta o todoterreno que no sea de la zona!

¡Nadie entra a Veracruz sin que tú me llames primero!

Colgó el teléfono con rabia y lo tiró sobre la mesa de cristal. Nos miró a todos, respirando con dificultad.

—La policía local está avisada —nos informó—. Vargas y sus patrullas han bloqueado los accesos por asfalto. Son nuestra primera línea de defensa.

Pero sabíamos que no era suficiente.

Mario, que llevaba una hora encerrado en el despacho pegado al teléfono satelital, salió al salón. Se sirvió un dedo de whisky y se lo bebió de un trago.

—Nada —Mario rompió el silencio—. He movido todos mis hilos en Medellín. He intentado que la vieja guardia se ponga en contacto con los jefes de Los Zetas para ofrecerles una indemnización por los muertos de El Chorrillo y la devolución de la droga.

—¿Y qué han dicho? —pregunté, aferrándome a la esperanza de comprar la paz.

—Que no contestan —Mario negó con la cabeza—. O no se fían, o simplemente no quieren hablar. No quieren nuestro dinero, Diego. Quieren nuestras cabezas clavadas en picas.

Tolo amartilló su fusil con un sonido metálico y seco que resonó en toda la casa.

—Pues que vengan a buscarlas.

—Vengan los que vengan, nos van a superar en número de diez a uno, Mateo —dijo Mario, caminando hacia el centro del salón—. Tus andaluces, los rusos y La Cantera son muy buenos. Pero no somos un puto ejército. Y para combatir a Los Zetas en una guerra de trincheras, necesitas un puto ejército.

Me froté la cara.

—No tenemos un ejército, Mario.

—Yo sé dónde conseguir uno —sentenció, mirándome a los ojos.

La solución de Mario era una auténtica locura, pero era la única carta que nos quedaba por jugar.

—He llamado a Lucía —continuó Mario—. Los frentes de la guerrilla están en la selva, muertos de asco.

Tienen soldados de élite endurecidos en combate real, pero les falta liquidez.

Nosotros tenemos millones en la caja fuerte, pudriéndose.

Le he ofrecido a Lucía un contrato mercenario sin precedentes, a cambio de su protección.

Richi se levantó del sofá, alucinando.

—¿Traer a la puta guerrilla colombiana a Panamá? ¡Nos va a caer encima el gobierno, la DEA y hasta los putos cascos azules!

—Nos va a caer encima la muerte si no lo hacemos, Richi —le grité—. ¡Hazlo, Mario! Diles que vengan. Ya me encargaré yo de sobornar al gobierno panameño si sobrevivimos a esta semana.

Fueron dos días de agónica y desesperante espera.

Dos días durmiendo con las botas puestas, saltando ante cada crujido del viento en las palmeras, esperando que en cualquier momento una caravana de todoterrenos reventara la puerta principal escupiendo fuego de ametralladora. AK y Tecla hacían turnos de vigilancia de doce horas sin pegar ojo.

Hasta que la segunda noche, el radar de Tecla pitó.

Estábamos todos en el salón. Las luces de la villa estaban apagadas por completo.

—Dos ecos en el radar, jefe —susurró Tecla por el auricular, desde la planta de arriba—. Vienen por mar. Sin luces. Tamaño grande.

Agarré mi fusil.

—Posiciones —ordené.

AK, Tolo, los Petrovic y yo salimos de la villa, arrastrándonos por la hierba húmeda hasta parapetarnos detrás del muro del embarcadero. Apuntamos nuestros cañones hacia la negrura absoluta de la bahía.

El sonido de unos motores potentes, mantenidos al ralentí, llegó a nuestros oídos.

Dos sombras alargadas, dos lanchones inmensos de casco oscuro, emergieron de la bruma del Pacífico y tocaron suavemente la madera del muelle privado.

Por un segundo, puse el dedo en el gatillo, dispuesto a abrir fuego si veía brillar un solo cañón.

Pero la primera persona en saltar a la madera del muelle fue Mario.

A su lado, descendió una mujer. Lucía. Llevaba ropa de combate negra, un chaleco táctico ajustado y un fusil cruzado al pecho. Dio una calada a un cigarrillo, iluminando brevemente su rostro curtido y su cicatriz, y soltó el humo hacia la noche panameña.

—Bajad las armas, joder —dije, levantándome de la hierba, sintiendo que por primera vez en tres días el aire me entraba en los pulmones.

Caminé hacia el muelle. Mario me recibió con un abrazo corto y firme.

—Diego. Te presento a la comandante Lucía —dijo Mario.

La guerrillera me miró de arriba abajo.

—Bonita choza, gallego —dijo ella, con una voz áspera y profunda—. Espero que tengáis efectivo preparado, porque la tarifa de mis muchachos no es barata.

Lucía hizo un gesto con la mano.

De las entrañas de los lanchones empezaron a salir sus hombres. No decían una palabra. Las caras pintadas de camuflaje, los fusiles cruzados al pecho, los movimientos precisos. Eran cuarenta.

Tolo, que había bajado el arma, los miraba desplegarse por nuestros jardines, tomando posiciones defensivas alrededor de las villas en cuestión de segundos.

Mario se acercó a mi lado y sonrió en la oscuridad.

—Ya no estamos en inferioridad, hermanito —susurró el colombiano—. Ahora, que vengan los mexicanos cuando quieran.