La mentira del paraíso PARTE 3 Jaque al Rey
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PARTE 3 Jaque al Rey

Capítulo 24 El Ejército del Lobo

En qué maldita hora se me ocurrió a mí retirarme en Panamá.

Hay que ser imbécil para pensar que, después de arrancarles su vida de cuajo, mis amigos se quedarían a mi lado en la playa, tomando el sol con un mojito en la mano como un atajo de putos jubilados de oro.

Qué lejos quedaba el día en que le soltamos aquella mentira a Mariena para borrar nuestras huellas. Un farol que entonces nos pareció inofensivo.

Y míranos ahora.

El vaho de nuestra respiración se condensaba en el aire gélido. Estábamos en el interior de un contenedor frigorífico en una zona opaca del puerto comercial de Veracruz, a quince grados bajo cero.

A mi lado, Richi temblaba. No por el frío, sino por la resaca de la adrenalina y el horror. Tenía los ojos clavados en el suelo estriado de metal. Mario, con el cuello del abrigo subido, fumaba en silencio, dejando que el humo se mezclara con la escarcha.

Frente a nosotros, los hermanos Petrovic hacían el trabajo pesado.

Vlad, con esa fuerza bruta y desprovista de alma que lo caracterizaba, levantó en vilo la tercera bolsa negra para cadáveres y la depositó con cuidado sobre los palés de madera del fondo.

Goran lo ayudó con la cuarta. El sonido del plástico grueso arrastrándose contra el metal helado era el único ruido en aquel ataúd gigante.

Paco, Manu, Javi y Antonio.

Nuestros cuatro lancheros. Cuatro tíos del sur de España a los que Tolo había arrastrado hasta este lado del charco prometiéndoles el paraíso. Ahora volvían a Cádiz metidos en bolsas, con las gargantas cosidas burdamente para que las cabezas no se les desprendieran durante el viaje.

Di un paso al frente y deposité un pesado maletín de aluminio sobre la última bolsa.

Dentro había exactamente un millón de euros en efectivo.

Doscientos cincuenta mil por cabeza. Un cuarto de millón para cada viuda, para cada madre y para el hijo que Manu iba a tener en España y que jamás conocería a su padre.

No era un consuelo. Era una disculpa ensangrentada.

Sabía que Tolo se habría vuelto loco si no mandábamos a sus chicos de vuelta a casa.

Goran cerró las pesadas puertas del contenedor. El golpe metálico retumbó en mis tímpanos, sellando el destino del envío.

Salimos a la humedad asfixiante de la madrugada panameña. Me froté la cara, intentando borrar la imagen de las bolsas negras.

El infierno se había desatado cuarenta y ocho horas atrás, cuando Tolo llegó destrozado a las villas.

Aún recuerdo el sonido de sus rodillas golpeando el suelo de madera de mi despacho. Tenía la ropa cubierta de sangre seca y los ojos desorbitados por el pánico.

«¡Nos han dado un vuelco!», había gritado el gigante, sollozando de pura rabia. «¡Nos han reventado las lanchas, Diego! ¡Nos han robado la mercancía y han matado a mis chicos!».

Tolo, en su mente de contrabandista del Estrecho, creía que aquello había sido un robo en alta mar. Un «vuelco» de libro perpetrado por algún cártel que había detectado nuestra entrega.

Pero Mario y yo no tardamos en descubrir la terrible verdad.

Esa misma noche, Darío había llegado a las villas con la respiración entrecortada. El chico había movido todos sus hilos en los bajos fondos, había pagado soplos a peso de oro y había regresado con una información que nos congeló la sangre.

«Patrón...», nos dijo Darío, temblando. «El Chombo... el jefe de La Firma al que mataron ustedes en El Chorrillo... tenía un hermano menor. Ese cabrón no trabajaba en Panamá. Está en Monterrey. Trabaja como teniente para Los Zetas. Él era quien suministraba a La Firma».

No hizo falta ser un científico para atar los cabos.

Recuerdo que Tolo, que aún se lavaba las manos ensangrentadas en el fregadero de la cocina, nos miró sin entender.

—¿Y qué importa su hermano? —preguntó Tolo, cegado por el dolor—. Nos han robado. Nos han quitado la cocaína.

Mario y yo nos acercamos a él.

—Piensa, Tolo —le dije, mirándole a los ojos, apoyando mis manos en sus inmensos hombros—. Nadie firma un vuelco con la sangre de los muertos. Si quieres robar droga, la robas, tiras los cuerpos al mar y desapareces sin dejar rastro.

Mario dio un paso al frente, con el rostro más duro que el mármol.

—Esa «Z» que han pintado en la lancha no es un recibo de robo, Mateo. Es un mensaje —sentenció con una frialdad absoluta—. Es venganza pura y dura. El Chombo y La Firma eran suyos. Y nosotros les acabamos de matar a su gente en Panamá.

Tolo se quedó blanco. Sus enormes manos dejaron de temblar para quedarse petrificadas sobre el mármol de la cocina.

—Los Zetas son otra cosa, Mateo —continuó Mario, bajando la voz hasta convertirla en un susurro macabro—.

No son pandilleros callejeros como los del Chorrillo.

Son putos paramilitares. Son el cártel más sanguinario de América.

Intentarán atacarnos con fusiles de calibre cincuenta.

Intentarán secuestrarnos. Y lo que es peor: si no acabamos con ellos, irán a por nuestras mujeres, y a por nuestros hijos, y nos los mandarán de vuelta en pedazos metidos en putas hieleras. Eso es lo que nos viene encima.

Esa fue la noche en la que el pánico se instauró en La Corona.

El verdadero terror no es que te maten a ti. Es saber que has pintado una diana en la espalda de tu familia.

El éxodo fue inmediato. Brutal y sin hacer preguntas.

A la mañana siguiente, Tecla movilizó las cuentas.

En horas, cerramos la operación y las familias estaban en camino.

Compramos al contado los tres últimos pisos de un rascacielos de súper lujo en Punta Pacífica, el distrito financiero de la capital.

Un edificio acristalado, con seguridad biométrica, ascensores privados y a veinte kilómetros de las vulnerables villas de la costa.

Metimos a las mujeres, a los críos, a Be y a La Rubia en zonas blindadas.

El ambiente en los áticos era asfixiante. Nerea, Eva y Catalina, que llevaban semanas demostrando un temple de acero, por fin dejaron ver el terror en sus ojos al contemplar las maletas a medio deshacer en el inmenso salón de mármol.

—Diego, por el amor de Dios, dime que vamos a salir de esta —me suplicó Nerea, agarrándome por las solapas de la chaqueta antes de que yo me marchara de vuelta a Veracruz.

—Saldremos. Os lo juro. No salgáis de estos tres pisos. No os acerquéis a los ventanales sin cerrar las cortinas —le ordené, dándole un beso desesperado en la frente.

Mariena, que había presenciado la movilización, me agarró del brazo.

—Esto no es por un robo, Vasco. ¿Qué coño nos está cazando? —exigió saber La Rubia.

—Gajes del oficio en el nuevo continente, Mariena. Quédate aquí y cuida a las chicas —le respondí secamente, sin darle más detalles para mantener la farsa de que teníamos la situación bajo control.

Diana y Silvia, armadas con subfusiles ocultos bajo chaquetas anchas, se instalaron en los accesos de los áticos. Ellas serían la última línea de defensa.

Antes de irme, vi a Be apartada junto a la cristalera del salón, con el teléfono móvil pegado a la oreja. Mi hija tenía la mirada fría de quien acaba de aceptar su posición en la guerra.

—Escúchame bien, Dilan —le exigía Be al chico panameño—.

Blanca y Marta van a seguir haciendo su vida normal.

Que vayan a las clínicas y sigan con su trabajo y su agenda como si no pasara nada.

Ellas no pueden saber absolutamente nada de esto.

No creo que estén en el radar de esa gente, son peones, pero por si acaso, a partir de hoy te conviertes en su puta sombra.

Yo no voy a aparecer por allí en unos días.

Al otro lado de la línea, Dilan, que sabía perfectamente a qué se enfrentaban, respondió con fervor marcial.

—Pierda cuidado, señorita Be. Si alguien intenta acercarse a ellas, tendrá que pasar por encima de mi cadáver.

Be colgó el teléfono sin despedirse y se cruzó de brazos.

A escasos metros de allí, en la enorme sala de estar acristalada del ático, los cinco niños habían sido agrupados.

Por primera vez desde que llegamos a Panamá, el velo de las «vacaciones de ricos» se había caído. Habían visto el miedo real en los ojos de sus padres. Habían visto a Tolo llorar. Habían visto a los hombres cargar fusiles de verdad en los maleteros. Aislados en las alturas, sintieron el terror real.

Aitor se levantó del sofá de diseño, hinchando el pecho, intentando aparentar un valor que no tenía. Miró a Rachel, que estaba abrazada a sus propias rodillas, temblando en silencio.

—Tranquilos todos —dijo, con la voz temblorosa pero intentando sonar como un líder—. Si esos mexicanos de mierda consiguen subir hasta aquí, yo me encargo. Cojo un cuchillo de la cocina y me pongo en la puerta. Nadie os va a tocar.

Lidia, que estaba sentada en el suelo abrazando un cojín, levantó la vista y soltó una risa seca, cargada de pánico.

—Eres tonto, Aitor —le espetó su hermana pequeña, con lágrimas en los ojos—. Eres imbécil. Deja de hacerte el héroe para impresionar a Rachel. Diana nos ha dicho que esa gente usa metralletas. Te pegarían un tiro antes de que llegaras al pasillo. Vamos a morir todos por culpa de ese dinero.

El comentario de Lidia fue un jarro de agua fría. Aitor bajó la cabeza, derrotado, y se sentó junto a Rachel, que ocultó el rostro entre las manos y empezó a sollozar en silencio.

De vuelta en la costa, la sensación de inferioridad nos aplastaba.

Nos habíamos reunido en El Cielo. Richi caminaba por el salón VIP del beach club, desesperado.

Habíamos traído todos los fusiles, las municiones, las granadas y los chalecos que teníamos.

La Cantera había montado barricadas en los accesos.

Pero, al mirar a través de los inmensos ventanales de cristal que daban a la playa, nos dimos cuenta de la cruda realidad.

—Es una puta pecera —murmuró AK, bajando los prismáticos y negando con la cabeza—.

Jefe, es imposible proteger esto. Pueden atacarnos por la carretera, por la playa o desde el mar.

Somos diez fusiles contra un cártel que puede mandar a treinta sicarios en camionetas.

Si nos atrincheramos aquí, nos van a barrer.

Richi miró su club, su obra de arte, con los ojos llenos de furia y frustración.

—No podemos dejarles El Cielo... —masculló Richi.