La mentira del paraíso Capítulo 23 El Imperio y la Sangre #2
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Capítulo 23 El Imperio y la Sangre #2

Mili había escalado hasta convertirse en la mano derecha de Catalina y Richi, asumiendo la gestión del día a día en El Cielo. Con los Petrovic respaldando la operación, la maquinaria estaba perfectamente engrasada.

Todo funcionaba. Todo fluía.

En cuanto a la logística pesada, Tolo había reorganizado a sus andaluces.

El Nene y el resto de los de Cádiz se habían instalado en una casa enorme en el puerto comercial, a pocos kilómetros de las villas de Veracruz.

La casa tenía un almacén con acceso directo al agua, donde guardaban las lanchas planeadoras de cuatro motores.

Ellos eran el músculo de la mar; los que ejecutaban las descargas mientras Tolo dirigía las operaciones desde nuestras villas.

Se habían completado ya cinco descargas exitosas desde Colombia sin que sonara una sola alarma. Empezábamos a creernos invencibles.

Hasta aquella noche.

Tolo estaba en la sala de radares, instalada en el ático de la villa de los chicos. Las pantallas emitían un resplandor verdoso sobre su rostro concentrado. A su lado, Tecla no apartaba los ojos de la pantalla, monitorizando a toda velocidad las balizas GPS de nuestras lanchas.

Eran las tres de la madrugada. Un envío rutinario de alta mar.

—El equipo está a cinco millas de las coordenadas de la baliza, Mateo —informó Tecla, dando un sorbo a una bebida energética—. Todo el espacio aéreo y marítimo parece limpio.

Tolo agarró el walkie-talkie de frecuencia encriptada.

—Aquí la base. Entráis en el punto ciego. Confirmad visual de la boya de entrega.

Un par de segundos de estática llenaron la sala.

—Aquí compadre —sonó la voz relajada del andaluz por el altavoz—. Vemos la lucecita. El mar está como un puto plato. Los tres de la lancha de apoyo nos cubren las espaldas. Vamos a empezar a subir los fardos.

—Copiado. Sed rápidos y volved a casa —dijo Tolo, soltando el botón y recostándose en la silla de oficina.

Diez minutos pasaron en absoluto silencio. Tecla miraba el radar, donde los dos puntos parpadeantes de las lanchas se mantenían estáticos en las coordenadas de recogida.

Entonces, la radio estalló.

Pero no era una voz relajada. Eran gritos. Gritos desgarradores que helaron la sangre de Tolo al instante.

—¡...emboscada, me cago en Dios! ¡Son demasiados! —rugía una voz aterrorizada entre un diluvio ensordecedor de disparos de armas automáticas—. ¡Mateo! ¡Nos están masacrando! ¡Ahhh!

El sonido de metralletas y el crujido de la fibra de vidrio astillándose bajo las ráfagas inundó la sala de radares.

Tolo se levantó de un salto, tirando la silla hacia atrás. Agarró la radio con tanta fuerza que casi rompe el plástico.

—¡¿Qué está pasando?! ¡Responde, cojones! ¡Evadíos! ¡Salid de ahí! —bramó el gigante.

Solo se escuchó el ruido del mar, unos disparos sordos, y el crujido del comunicador cayendo al agua. Luego, estática pura.

—Tecla... —susurró Tolo, blanco como la cera—. ¿Qué cojones ha pasado?

—Las balizas... Mateo, una de las balizas acaba de hundirse —dijo Tecla, con las manos temblando sobre el teclado.

Tolo no dudó. Salió corriendo del ático saltando las escaleras de tres en tres.

—¡AK! ¡Silvia! ¡Levantaos, joder! —rugió Tolo mientras corría hacia el armero.

Diez minutos después, el rugido de los motores rompió la espera en el puerto.

Eran las lanchas de El Nene, que llegaban cortando el agua desde su casa con un par de andaluces del almacén a bordo.

Ni siquiera llegaron a amarrar; en cuanto rozaron el muelle, Tolo, AK y Silvia saltaron al interior, armados hasta los dientes.

Aceleraron a fondo, volando sobre las olas negras del Pacífico, con los motores rugiendo al máximo, desesperados por llegar a las coordenadas.

Tardaron casi veinte minutos en alcanzar el punto de encuentro.

Tolo cortó motores, dejando que la lancha se deslizara en silencio por el agua. Encendieron los focos halógenos de las proas, barriendo la negrura del mar.

La imagen que los focos iluminaron hizo que a Silvia se le escapara un grito ahogado.

No había rastro de la lancha de apoyo. Había sido hundida a tiros.

La lancha principal de recogida flotaba a la deriva, balanceándose suavemente. El agua a su alrededor era de un rojo espeso y aceitoso, brillando bajo los focos de forma macabra.

Tolo y AK abordaron la embarcación con las armas en alto, aunque ya no había peligro. Solo había muerte.

Tolo subió primero. Dio dos pasos y se quedó inmóvil.

El silencio del océano era absoluto. Solo se escuchaba el suave golpeteo de las olas contra el casco de la lancha y el zumbido de los focos halógenos. Ni un pájaro. Ni un motor. Ni un gemido.

Los cuatro estaban allí.

Sus hombres. Sus amigos.

Los que esa misma tarde habían estado bebiendo cerveza en el puerto, riéndose a carcajadas, planeando la próxima descarga como si fuera un partido de fútbol.

El Nene les había dicho que se fueran a dormir temprano.

Que mañana tocaba faena. Y ellos se habían ido, con esa sonrisa andaluza que te hace reír antes de que te rompan la mandíbula.

Ahora estaban tirados en la cubierta, amontonados unos sobre otros como sacos de basura.

Habían sido ejecutados. Los cuatro tenían las gargantas rebanadas de oreja a oreja, con cortes tan profundos que rozaban la decapitación.

La sangre, ya espesa y oscura, se había acumulado en los desagües de la cubierta, formando charcos que brillaban bajo los focos como espejos negros.

Había vísceras esparcidas por los asientos de cuero blanco. El suelo de fibra de vidrio resbalaba.

Tolo no dijo nada durante unos segundos. Solo miró. Sus ojos recorrieron cada cuerpo, cada rostro, cada herida. Reconoció a cada uno.

A Paco, el más joven, que siempre presumía de que nunca había perdido una pelea. A Manu, el que había dejado una novia embarazada en Cádiz. A Javi, el que le había enseñado a atar los nudos marineros. A Antonio, el veterano, el que siempre decía que moriría en la cama, rodeado de nietos.

Ninguno había muerto en la cama.

Entonces, el gigante cayó de rodillas. El golpe de sus rodillas contra la cubierta resonó en el silencio como un disparo. Su respiración se volvió errática, entrecortada. Sus manos temblaban sin control. No era miedo. Era dolor.

—No... —murmuró Tolo, con un hilo de voz roto—. No, no, no, no...

El Nene subió detrás. Vio la escena. Y el mundo se le vino encima.

Cayó de rodillas a un metro de Tolo. Soltó el fusil, que rebotó contra la cubierta con un golpe sordo. Se llevó las manos a la cabeza y soltó un aullido de dolor puro que resonó en el abismo del océano.

—¡Me cago en sus muertos! —lloraba El Nene, golpeando la cubierta ensangrentada con los puños hasta que los nudillos empezaron a sangrar—. ¡Me cago en su puta raza! ¡Los han degollado, Mateo! ¡Eran mis hermanos, joder! ¡Juro por Dios que los mato, los voy a matar a todos! ¡A todos, Mateo! ¡A todos!

AK, con la mandíbula apretada, escaneaba el horizonte por si los atacantes seguían cerca.

Su formación le decía que debía mantener la calma, que debía proteger el perímetro, que debía pensar en frío.

Pero sus ojos, esos ojos que habían visto morir a docenas de hombres, no podían apartarse de los cuerpos.

Silvia vomitó por la borda, incapaz de soportar el hedor a cobre y muerte que impregnaba el aire.

Tolo seguía de rodillas, con la mirada perdida. Las lágrimas le caían por las mejillas, surcando el polvo y la sal de su cara. No las secaba. No podía.

—Los maté —susurró Tolo, con la voz quebrada—. Yo los traje aquí. Yo les dije que esto era un paraíso. Yo...

—No, Mateo —le cortó AK—. No los mataste tú. Los mataron ellos.

Tolo no respondió. Se quedó allí, de rodillas, rodeado de muerte, con la mirada perdida en el horizonte negro.

Finalmente Tolo se levantó.

Le costó.

Sus piernas, esas piernas que habían aguantado el peso de toneladas de hachís en el Estrecho, apenas podían sostenerlo. Caminó lentamente por la cubierta hasta detenerse frente a la consola de mandos de la lancha.

Los asesinos habían dejado un mensaje.

Habían utilizado la sangre de los andaluces como si fuera pintura fresca. Sobre la fibra de vidrio blanca de la cabina de mando, destacaba una inmensa y escalofriante letra. La sangre aún goteaba, resbalando por la superficie, formando regueros oscuros que se perdían en la oscuridad de la noche.

Una «Z».

Tolo se quedó paralizado.

El aire pareció abandonar sus pulmones. El terror más primitivo le atenazó la garganta, borrando la rabia de un plumazo.

—AK... —susurró Tolo, con los ojos desorbitados, señalando la letra manchada de sangre—. Dile a mi hermano que prepare la guerra.

—¿Quiénes son, Mateo? —preguntó AK, aferrando su fusil.

Tolo miró la Z de sangre.

—Nos acaba de dar vuelta el cártel de los Zetas.