Capítulo 23 El Imperio y la Sangre
El calor asfixiante de Ciudad de Panamá golpeó a Blanca y a Marta nada más cruzar las puertas automáticas de la terminal de llegadas de Tocumen.
Las dos chicas, arrastrando maletas de diseño y vestidas con ropa de marca que evidenciaba su origen acomodado en los barrios caros de Vizcaya, miraban a su alrededor con una mezcla de fascinación y absoluto desconcierto.
Allí estaba Be, esperándolas. Pero ya no era la compañera de clase con la que compartían apuntes de economía en la cafetería de la universidad. Llevaba un traje de chaqueta de lino impecable, el pelo perfectamente recogido y una actitud que emanaba un poder gélido.
A su lado, erguido y con un traje negro de corte perfecto, estaba Dilan.
—¡Tía, estás espectacular! —chilló Blanca, soltando la maleta para lanzarse a abrazar a Be—. ¡Qué calor hace aquí, por Dios!
—Bienvenidas al trópico, chicas —respondió Be, forzando una sonrisa cálida que le costó mantener.
Abrazar a sus amigas, el último puente que la conectaba con su antigua vida inocente, le provocó una punzada de culpa. Pero la apartó de su mente. Tenía un papel que interpretar.
Marta miró de reojo al chico del traje, que mantenía las manos cruzadas en la espalda.
—¿Y este bombón? —susurró.
—Chicas, os presento a Dilan —dijo Be, con total naturalidad—. Va a ser vuestro chófer privado, acompañante y jefe de seguridad mientras estéis aquí. La empresa nos ha puesto todas las comodidades. Dilan, encárgate del equipaje.
—Por supuesto, señorita Be. Bienvenidas a Panamá, señoritas —respondió Dilan con una educación exquisita, cogiendo las tres enormes maletas sin hacer ningún esfuerzo y dirigiéndose hacia la salida VIP.
Blanca y Marta se miraron, alucinando.
—Tía, no me lo puedo creer —dijo Blanca mientras caminaban hacia el coche—.
Nos llamaste diciendo que hacías las maletas, y ahora tienes un chófer de película y nos ofreces ser las directoras de tu proyecto.
Pero, a ver... la idea de las clínicas la tuvimos para un trabajo en España.
¿Por qué aquí? Aquí no nos conoce nadie, Be. Cero clientes.
Be se detuvo junto a la puerta de un inmenso SUV negro con los cristales tintados que Dilan mantenía abierta. Las miró a las dos con la seguridad de un depredador que ha medido a su presa.
—Porque los inversores que han puesto el capital son un fondo de inversión europeo gigantesco —mintió Be, sin que le temblara un solo músculo de la cara—.
Buscaban expandirse en el mercado emergente latinoamericano.
Y sí, lo hemos conseguido gracias a los enchufes de mi padre, no os voy a engañar.
Él conocía a los jefes del fondo, les enseñó nuestro plan de negocio y les encantó.
—Ya, tía, pero el problema es el que dice Blanca —insistió Marta, subiendo al coche—. El negocio estaba pensado para España. Aquí no somos nadie. Nadie va a pagar cinco mil dólares por un tratamiento si no saben ni quiénes somos.
Be se sentó frente a ellas, cruzó las piernas y se ajustó las gafas de sol.
—Tranquilas —dijo Be—. Pagaremos a todos los influencers famosos de aquí.
Actrices, modelos, mujeres de políticos.
Las invitaremos gratis las primeras semanas.
Cuando la clase alta panameña vea sus fotos en Instagram, harán cola para pagar lo que pidamos.
No os preocupéis por nada. Vosotras solo tenéis que elegir los equipos médicos y ser la cara amable. Del dinero me encargo yo.
El coche arrancó. Quince minutos después, entraban en un ático espectacular en el corazón del distrito financiero de la capital, con vistas a la bahía y al skyline. Las chicas gritaban de emoción, corriendo por el mármol, maravilladas con el lujo extremo que Be les acababa de regalar.
Dilan dejó las maletas y se cruzó de brazos junto a la puerta, asintiendo levemente hacia Be.
El chico lo había entendido todo. Vasco y su hija le habían dado la oportunidad de salir del barro y de tener un sueldo que ni en tres vidas habría soñado.
Su lealtad era de plomo. Haría su papel a la perfección.
El plan de blanqueo de La Corona acababa de arrancar con su cara más limpia, más pija y más inocente: dos universitarias que no tenían ni puta idea de dónde se estaban metiendo.
Con el paso de las semanas, La Corona creció hasta convertirse en una maquinaria perfectamente engrasada. Cada pieza tenía su lugar y, por primera vez, daba la sensación de que aquello podía sostenerse solo.
Richi manejaba El Cielo como su feudo personal. El beach club ya no era solo una máquina de blanquear dólares a través del champán; era el centro neurálgico desde donde se gobernaban los hilos oscuros de la zona.
Una noche, en el reservado más aislado y seguro del club, Richi estaba sentado en un sofá semicircular.
Catalina, le servía un whisky, luciendo un vestido de diseño que quitaba el hipo.
A sus espaldas, como dos muros de hormigón armado, Vlad e Ivanka Petrovic escrutaban la sala con los brazos cruzados.
Frente a Richi, hundidos en los sillones y sudando ligeramente, estaban el jefe de policía de la región y un magistrado local.
Richi empujó dos gruesos sobres marrones por encima de la mesa de cristal.
—Creo que aquí está todo en orden, señores —dijo Richi, dando una calada a su puro y sonriendo con arrogancia—. Como siempre, agradecemos muchísimo sus... «asesorías legales» para que este club funcione sin las molestas inspecciones.
El jefe de policía recogió el sobre con rapidez y se lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta.
—La Corona está protegida en esta zona, señor Ricardo. Mientras los problemas no salpiquen a los civiles o a la prensa, mis patrullas no se acercarán ni a un kilómetro de sus propiedades.
—Exactamente lo que quería oír —sentenció Richi.
En ese momento, la pesada cortina del reservado se apartó ligeramente. Darío asomó la cabeza. Vlad dio un paso al frente de inmediato, bloqueándole el paso con su cuerpo de gigante, listo para partirle el cuello.
Richi levantó una mano.
—Tranquilo, Vlad. Déjalo pasar. Es de los nuestros.
Richi se disculpó con los funcionarios y se levantó, llevándose a Darío hacia un rincón oscuro del pasillo, lejos de las miradas.
El ascenso de Darío en la organización había sido meteórico.
Tras acabar con La Firma, alguien tenía que gestionar el vacío de poder en las calles.
Vi en él el instinto que a nosotros nos faltaba en aquel país y le entregué el control absoluto del menudeo, poniéndolo al mando de los pequeños tratos y de lidiar con todos los que antes trabajaban para ellos.
Ahora llevaba ropa limpia, un reloj caro, conducía un Toyota 4x4 blindado, tenía licencia de armas y fajos de billetes en los bolsillos. Era leal a muerte.
—¿Qué pasa, fantasma? Estaba en medio de una reunión de negocios —le recriminó Richi, aunque sin dureza.
—Patrón, disculpe la interrupción —dijo Darío, mirando a su alrededor—. Pero la calle se está secando. Las esquinas están pidiendo producto y los intermediarios me están llamando. Necesito mercancía.
Richi asintió, comprendiendo la urgencia. El dinero tenía que seguir fluyendo. Le hizo un gesto a Goran, otro de los hermanos Petrovic que vigilaba la puerta de servicio.
—Goran, vete con Darío a la caleta. Que saque veinte kilos.
El panameño asintió, agradecido. Se dio media vuelta para seguir al exmilitar europeo, sabiendo que La Corona cuidaba de los suyos y mantenía el grifo abierto.
Pero antes de irse al almacén, Darío hizo una parada en las villas de Veracruz.
Llegó a la inmensa terraza de la casa principal pasada la medianoche. Be estaba sentada en uno de los sofás de exterior, iluminada únicamente por la luz de su ordenador portátil, revisando hojas de Excel de las clínicas de belleza.
Darío se acercó despacio. Se apoyó en la barandilla de cristal que daba al océano y carraspeó. Be levantó la vista, y al verlo, la tensión de sus hombros desapareció, reemplazada por una sonrisa cansada pero genuina.
—¿Qué haces aquí a estas horas, fantasma? ¿No deberías estar repartiendo alegría por los barrios bajos? —bromeó ella, cerrando el portátil.
Darío se sentó a su lado. Olía a tabaco, a coche nuevo y al perfume caro que ella misma le había regalado un mes atrás.
—Venía a por material, pero quería verte —dijo él, mirándola fijamente—. Ya casi no te veo, Be. Te pasas el día entero metida entre los despachos, los salones de belleza con tus amigas de España y las reuniones de tu padre.
Be suspiró y se frotó los ojos.
—Lo sé, Darío. Pero estamos moviendo montañas de dinero. Si no limpio el efectivo al ritmo que tu calle y los colombianos lo generan, esta burbuja nos explotará en la cara. Dilan se ocupa de los traslados de Blanca y Marta, y ellas de momento no se enteran de nada, como estaba previsto.
Él le apartó un mechón de pelo de la cara con una suavidad que contrastaba con su vida de gánster.
—Ya, pero yo te echo de menos, patrona.
Be lo miró. Sentía una conexión brutal con aquel chico. Él venía del barro y ella de una urbanización pija de Vizcaya, pero en aquel infierno tropical se habían encontrado.
—En cuanto cierre el balance trimestral y las tres clínicas estén estabilizadas, pasaré más tiempo en Veracruz. Te lo prometo.
No hubo más palabras. Darío acortó los escasos centímetros que los separaban y la besó. Fue un beso largo, profundo, un oasis de paz en medio de la vorágine criminal en la que ambos se habían sumergido voluntariamente.
El tiempo vuela cuando construyes un imperio.
Quedaban apenas dos meses para el temido estreno de la serie en la plataforma internacional. Pero la rutina de la nueva normalidad nos había adormecido.
Los críos ya habían empezado las clases.
Y como no podíamos permitirnos ni un solo fallo de seguridad, la logística escolar era digna del Pentágono.
Todas las mañanas, Aitor, Rachel, Hugo, Raúl, Lidia y la pequeña María se montaban en el yate en nuestro embarcadero.
Tolo o algún operario de confianza los cruzaba a toda velocidad hasta el puerto seguro de la ciudad, evitando las carreteras secundarias.
Allí, AK y Diana los llevaban en unos SUV blindados y los escoltaban hasta la puerta de su nuevo colegio internacional de élite, repitiendo la operación por la tarde.