La mentira del paraíso Capítulo 22 El Imperio de la Belleza
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Capítulo 22 El Imperio de la Belleza

El amanecer trajo consigo un silencio de plomo que solo se rompía por el romper de las olas contra el acantilado. Los equipos habían vuelto de El Chorrillo. La sangre ya estaba seca y las armas, guardadas.

Mientras la mayoría de los hombres se mantenían en alerta, apostados en los perímetros de las villas, o caían rendidos en los sofás tras la brutal descarga de adrenalina, la cúpula de La Corona seguía despierta.

Estábamos los cuatro en mi despacho. El aire olía a marihuana, a pólvora rancia y a victoria.

Richi caminó hacia el mueble bar arrastrando un poco los pies, exhausto pero con los ojos inyectados en una euforia salvaje. Agarró una botella de whisky escocés de malta y sirvió cuatro vasos generosos.

—Todo ha salido bien, Diego. Estate tranquilo —dijo Richi, pasándonos los vasos por encima del escritorio de madera oscura.

Le di un trago largo. El alcohol me quemó la garganta.

—Realmente sí. Mañana hay que celebrarlo —apuntó Tolo, dejándose caer en uno de los sillones de cuero, estirando las piernas con un suspiro de alivio.

Mario, apoyado contra la librería, asintió con una sonrisa de oreja a oreja.

—Dios, sí. Fiesta. Lo echo de menos —dijo, aflojándose el cuello de la camisa—. Llevamos semanas encerrados. Necesitamos volver a respirar.

Dejé el vaso vacío sobre la mesa y los miré a los tres. Éramos los mismos críos que robaban coches en España, pero acabábamos de decapitar a un cártel de Panamá en una sola noche.

—Mañana tenemos que celebrar —dictaminé, asintiendo lentamente—, y pasado mañana inauguraremos por todo lo alto ese puto beach club tuyo, Richi. A puertas abiertas. Que todo el mundo venga a vernos la cara.

Richi sonrió. Una sonrisa ancha, de pura ambición.

Sin decir una palabra, se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó una pequeña bolsa hermética y la tiró sobre la mesa de caoba.

Con una tarjeta de crédito negra, empezó a prepararse unas rayas de polvo blanco directamente sobre el barniz del escritorio.

Era la imagen perfecta de nuestra nueva realidad.

La resaca de la masacre se disipó en días. En un mes, El Cielo dejó de ser un club recién reformado para convertirse en el epicentro del poder en Centroamérica.

Marga me había mandado un mensaje. El primer tráiler salía en quince días. Quince días para que el mundo viera un retazo de nuestra historia. La cuenta atrás apretaba, pero en Panamá, el tiempo parecía moverse a otro ritmo.

La masacre de La Firma no había espantado a la clientela. Al contrario. El morbo de beber champán en el lugar que había desatado una guerra de cárteles atrajo a toda la élite del país como moscas a la miel.

El club funcionaba a pleno rendimiento, y nuestra maquinaria estaba perfectamente engrasada. Cada grupo tenía su función, y la seguridad era absoluta.

Be se había erigido como la reina indiscutible del recinto.

Con un pinganillo en la oreja y una tableta en la mano, dirigía a los más de cincuenta empleados sin despeinarse.

A su lado, su ecosistema brillaba con luz propia: Mili controlaba a las camareras con mano de hierro, Dilan gestionaba los accesos VIP con una educación exquisita, y Darío...

Darío era el amo del muelle. Se movía entre los yates de lujo de los políticos y los narcos con traje de lino, repartiendo sonrisas y asegurándose de que todo funcionara como un reloj suizo.

La seguridad del recinto había recaído, como no podía ser de otra forma, en la vieja Europa.

Los hermanos Petrovic eran un muro infranqueable.

Vlad se encargaba de la puerta principal; le bastaba con cruzarse de brazos y mirar fijamente a cualquier cliente problemático para que este pidiera perdón y se marchara corriendo.

Ivanka, vestida siempre de cuero negro, patrullaba la zona VIP como una pantera lista para saltar.

Nadie tosía en El Cielo sin que los Petrovic lo permitieran.

Por otro lado, AK y su equipo se habían convertido en la guardia pretoriana de La Organización. Eran nuestros guardaespaldas personales, las sombras letales que nos seguían a todas partes.

Aquel viernes por la noche, el club vibraba bajo los graves de la música electrónica, pero los dueños del negocio estábamos muy lejos de la pista de baile.

En la planta superior, dentro del despacho privado insonorizado cuyas cristaleras panorámicas ofrecían una vista perfecta del desmadre, nos reunimos la cúpula. Los cuatro hermanos y Mariena.

Mariena tenía un montón de carpetas contables abiertas sobre la mesa de cristal. A pesar del éxito abrumador del local, su rostro reflejaba una preocupación puramente matemática.

—El negocio va genial, Diego. Es fascinante —empezó La Rubia, ajustándose las gafas—.

El club es el sitio de moda. La gente gasta el dinero a espuertas.

Pero tenemos un problema de volumen. La droga de los colombianos se está acabando demasiado rápido.

Mario, el próximo pedido a Lucía es exactamente el doble del volumen que movimos la última vez.

Mario asintió, pasándose una mano por el pelo.

—Eso no es problema, Mariena preciosa. Eso es música para mis oídos.

Tolo dio un golpe en la mesa, pero no de enfado, sino de pura excitación. Se frotó las manos, con los ojos brillando.

—¡Por fin, joder! —exclamó—. Mis chicos de Cádiz llevan un mes entero bebiendo cerveza y tostándose al sol en la playa. Ya les tocaba algo de acción de verdad.

Tolo se inclinó hacia delante, poniéndose serio.

—Pero escuchadme bien. Si vamos a mover el doble de kilos, lo casero se ha acabado.

Para esta operación necesito lanchas de verdad, gomas de alta velocidad con cuatro motores, y un puto puerto seguro donde guardarlas sin que la guardia costera nos haga preguntas.

A este ritmo, en mes y medio tenemos aquí otra descarga. Necesito infraestructura.

Mario sonrió con suficiencia, aflojándose la camisa.

—De eso no te preocupes, hermanito. He estado cenando con un par de ministros esta semana. Cuestan caros, pero son dóciles. Te tendré ese puerto seguro y esas lanchas listos en un par de días. Sin problema.

Todo parecía encajar, pero Mariena levantó un bolígrafo, pidiendo la palabra con un gesto severo.

—El problema no son las lanchas, Mario —advirtió La Rubia, mirándome directamente a los ojos—.

El problema es el dinero. Si movemos el doble de volumen, recibiremos el doble de efectivo.

Y os aviso desde ya: no podemos lavar tanto billete solo con botellas de champán y reservados en un beach club.

Por muy caro que cobremos el alcohol, las cuentas van a cantar demasiado.

La Dirección General de Ingresos (DGI) no es idiota.

Si declaramos que vendemos diez mil botellas de Dom Pérignon a la semana, vendrán a investigar.

Me froté la barbilla, observando a través del cristal cómo la multitud bailaba ajena a nuestros problemas.

—Tienes razón —concedí—. El club se nos queda pequeño como lavadora. Tenemos que diversificar.

Horas más tarde, la brisa nocturna soplaba suavemente sobre la terraza de nuestra villa.

Nerea y yo estábamos sentados en los sofás de exterior, envueltos en la oscuridad, con un par de copas de vino a medio terminar.

Desde allí, teníamos una vista perfecta del inmenso jardín.

A unos veinte metros, en medio del césped, Aitor, Hugo y Raúl habían montado una enorme tienda de campaña verde.

Las luces de sus linternas se movían frenéticamente contra la lona, proyectando sombras deformes.

Se oían risas apagadas y discusiones sobre quién se quedaba con el mejor saco de dormir. Estaban «acampando».

Era una imagen tan infantil, tan jodidamente normal, que contrastaba de forma brutal con las toneladas de cocaína que sus padres estaban a punto de mover por el océano.

Le di un sorbo al vino.

—Es increíble que sigan creyendo que somos simples millonarios paranoicos —murmuró Nerea, sonriendo al ver la linterna de Aitor golpear la tela de la tienda.

—Mejor así —respondí, en voz baja—. Pero las cosas se van a poner intensas, Nerea. La reunión de hoy... tenemos que pensar en montar algo urgente para limpiar las cantidades industriales de billetes que van a entrar con este nuevo pedido. Mariena tiene razón, el club tiene un límite.

En ese momento, el crujido de la gravilla del camino nos hizo girar la cabeza.

Be caminaba hacia la terraza, con la chaqueta en la mano y cara de cansancio tras doce horas dirigiendo el club.

Un par de pasos por detrás, flanqueándola como dos lobos silenciosos, venían AK y Diana.

Los dos se detuvieron al pie de las escaleras de la terraza.

AK cruzó una mirada conmigo, asintió brevemente confirmando que el perímetro estaba seguro, y continuó caminando con Diana hacia la villa de seguridad.

Be subió los escalones, tiró la chaqueta sobre una silla y se dejó caer a los pies de su madre.

—Qué noche, por Dios. Hay un político que se ha bebido él solo la mitad de las reservas de ginebra —suspiró Be, frotándose los ojos—. Os he escuchado al llegar. ¿Qué pasa con el dinero? ¿Qué cantidades van a entrar ahora?

Nerea le acarició el pelo a su hija, mirándome de reojo antes de contestar. Be ya no era una niña; era una pieza clave de nuestra maquinaria.

—El doble, cariño —le contestó Nerea, con franqueza—. Y el club ya no puede limpiar tanto sin levantar sospechas en las auditorías.

Be dejó de frotarse los ojos. Su mente, analítica y rápida como una calculadora, empezó a procesar el dato en milisegundos. Frunció el ceño, mirando a la nada, haciendo números imaginarios en la oscuridad de la terraza.

Me levanté del sofá, estirando la espalda.

—Bueno, ya pensaremos algo mañana. Ha sido un día largo —dije, dejándole un beso en la cabeza a mi hija—. Ahora me voy a dormir.

Dejé a las dos mujeres en la terraza, con Be absorta en sus pensamientos, bajo el brillo de las linternas de sus hermanos acampados.

Tres días después, la solución al problema de blanqueo de La Organización no vino de los ministros de Mario, ni de los abogados de Mariena, ni de nuestros contactos europeos.

Vino de una chica de diecinueve años.

Be nos convocó a todos en la gran mesa de reuniones de la villa principal.

Cuando entramos, ya tenía el proyector encendido y varias carpetas perfectamente alineadas sobre el roble macizo.

Estaba vestida con unos pantalones de pinzas y una blusa blanca, con el pelo recogido.

No parecía la gerente de un beach club; parecía la presidenta de un fondo de inversión.

Nos sentamos, intrigados.

—Dijisteis que necesitábamos una lavadora que tragara cantidades industriales de efectivo sin levantar sospechas por el inventario, ¿verdad? —empezó Be, apoyando las manos en la mesa y mirándonos uno a uno con una seguridad aplastante—. Señores, les presento el Imperio de la Belleza.

Hizo clic en un mando a distancia y la pantalla del proyector mostró el diseño de una clínica minimalista, blanca y lujosa.

—Una cadena de clínicas y tratamientos de belleza de súper lujo en las zonas más exclusivas de Ciudad de Panamá —explicó Be—. Tratamientos faciales de cinco mil dólares, terapias de bienestar holístico, inyecciones de bótox, masajes con piedras de jade y retiros de rejuvenecimiento.

Richi levantó una ceja, jugando con su mechero.

—¿Peluquerías caras, Be? ¿Me has hecho madrugar para montar peluquerías?

Be clavó sus ojos en Richi, cortando su sarcasmo de raíz.

—No son peluquerías, tío. Son sumideros de dinero negro. Escúchame bien: la gente rica paga por la «exclusividad» y el «servicio», no por bienes físicos medibles. No vendes botellas que el DGI pueda contar en un almacén. Vendes aire. Vendes tiempo. Vendes masajes y tratamientos.

Mariena, que estaba sentada frente a ella, se quitó las gafas, inclinándose hacia delante, fascinada.

—Podemos inflar las facturas de servicios hasta el infinito... —susurró La Rubia, entendiendo al vuelo.

—Exacto —asintió Be, con una sonrisa fría—.

Si decimos que en una tarde hemos dado veinte tratamientos faciales de tres mil dólares pagados en efectivo por turistas rusas y americanas que no dejan rastro, nadie puede demostrar lo contrario.

No hay stock que cuadrar. Y, además, los cirujanos plásticos y los dermatólogos cobran una fortuna que podemos justificar con nóminas enormes para mover el dinero hacia cuentas legales.

Un silencio sepulcral llenó la sala. Todos pensamos que había encontrado la solución.

Mario soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza. Me miró desde el otro lado de la mesa, señalando a mi hija con el dedo índice.

—Me cago en mi puta vida, Diego. Tiene la misma puta mente que su padre. Es brillante, la jodía.

Pero Be levantó un dedo, pidiendo que no celebráramos todavía.

—Hay una condición. Una sola.

—Pide por esa boquita, sobrina —dijo Tolo, sonriendo orgulloso.

—El capital lo pondrá una sociedad pantalla.

Pero en los papeles, en el registro mercantil de Panamá y frente a la cámara de comercio, nosotros no podemos figurar en el consejo de administración.

Para que esto funcione y lave a gran escala, la cara visible de las clínicas tiene que ser cien por cien inmaculada. Blanca. Legal.

—¿Y a quién sugieres? —pregunté, cruzándome de brazos, evaluando su temple.

Be me sostuvo la mirada.

—Voy a traerme a mis dos amigas de la universidad. Blanca y Marta.

Nerea se tensó en su silla, abriendo los ojos.

—Be, ¿estás loca? Son crías de buena familia. Si las metes en esto...

—No se enterarán, mamá. Porque ellas no van a saber absolutamente nada de lo que hacemos.

Van a creer que las hemos contratado como directoras ejecutivas de un holding de inversores europeos que apuesta por la estética en Latinoamérica.

Les daremos un sueldazo, un ático de lujo en la capital y las pondremos a firmar contratos y a elegir el color de las toallas.

Serán la tapadera perfecta precisamente porque su ignorancia será real.

Si un inspector las interroga, solo verán a dos pijas españolas hablando de ácido hialurónico.

Yo operaré la contabilidad paralela desde aquí.

Miré a mi hija. Ya no quedaba rastro de aquella estudiante que, apenas un año atrás, tomaba apuntes en Vizcaya. Se había criado entre lobos, había aprendido sus reglas y ahora sabía moverse entre ellos. Había encontrado su sitio.

Asentí lentamente.

—Luz verde, Be. Llámalas hoy mismo. Diles que hagan las maletas, que tienen un imperio que dirigir.

Be sonrió. Acababa de tomar, de forma oficial y con el respaldo unánime de la cúpula, las riendas del blanqueo de capitales de La Corona. El club seguiría siendo nuestra casa, pero el futuro de nuestra sangre se iba a lavar con cremas caras y bisturís de oro.