La mentira del paraíso Capítulo 21 La Caída de La Firma #2
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Capítulo 21 La Caída de La Firma #2

—Illo, Nene, me cago en mi estampa. Con el calor que hace y aquí no tienen ni una cerveza fría.

El Nene soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.

—Ya habrá tiempo de enfriarlas en la playa, pisha. Recoged y marcad la pared con la corona. Nos vamos.

Objetivo 3: La Fábrica de Hielo.

Mientras el burdel ardía y la táctica ruidosa de los andaluces atraía la atención, el tercer equipo llegaba al verdadero bastión. La Cantera había sido enviada a la vieja fábrica de hielo en el límite sur de El Chorrillo. Era una inmensa fortaleza de cemento, humedad y óxido.

Yo les había dado una sola orden antes de salir de las villas: cortar la cabeza de la serpiente. Y mis chicos eran especialistas en eso.

Avanzaron por los pasillos a oscuras en un silencio absoluto, con el agua estancada llegándoles a los tobillos. Tecla llevaba un subfusil ligero y un escáner térmico portátil en la mano izquierda.

—Tres marcas de calor en la pasarela superior —susurró, señalando hacia unas escaleras de hierro oxidado—. Y hay media docena más atrincherados en la oficina del fondo.

Silvia asintió. Como una exhalación, se deslizó por el flanco izquierdo ocultándose entre las sombras.

Se arrodilló tras unos palés podridos y, con tres disparos certeros de su fusil con silenciador, abatió a los francotiradores de la pasarela antes de que pudieran dar la alarma.

Sus cuerpos cayeron al agua con un chapoteo sordo.

—Despejado —dijo Silvia por el pinganillo, recargando con una frialdad pasmosa.

A partir de ahí, se acabó el sigilo. AK y Diana tomaron la delantera, reventando las defensas interiores con una sincronización aplastante.

AK avanzaba como un tanque por el pasillo central, vaciando el cargador de su fusil de asalto, atrayendo todo el fuego enemigo, mientras Diana se movía veloz por los flancos, eliminando uno a uno a los sicarios que asomaban la cabeza.

Llegaron a la oficina de dirección, en la segunda planta. La pesada puerta de chapa estaba cerrada por dentro.

—Tecla, revienta esto —ordenó AK.

Tecla sacó una pequeña carga direccional de C4, la pegó en los anclajes y retrocedieron. Una explosión seca voló la cerradura, llenando el pasillo de humo blanco. AK pateó la chapa humeante y entraron todos a la vez, barriendo la sala con los cañones de sus armas.

La guardia personal de La Firma estaba muerta sobre la alfombra.

El Chombo estaba tirado detrás de un escritorio volcado.

Tenía un balazo en el muslo que le sangraba profusamente, cortesía de una ráfaga cruzada de Silvia a través de la pared del pasillo, su fusil automático estaba vacío a un par de metros.

Respiraba con dificultad, apretándose la herida con las manos manchadas de sangre, mirando a las cuatro personas que acababan de destrozar su imperio en menos de diez minutos.

AK se acercó lentamente, imponente, sin bajar el cañón de su fusil. Diana lo flanqueaba a su derecha, apuntando directamente a la cabeza del narco.

El Chombo tosió sangre, soltando una carcajada rota, macabra, al verse rodeado por aquellos jóvenes de mirada muerta.

—Chucha de sus madres... —escupió el panameño, mirándolos con una mezcla de asco y terror—. No son hombres... ustedes no son humanos. Son putos diablos. Todos. Que Dios los maldiga, cabrones...

AK lo miró desde arriba, frío como el hielo.

—Te equivocaste de familia —dijo AK, con una voz profunda que resonó en la oficina vacía—. Viniste a nuestra casa. Creíste que éramos un atajo de ricachones europeos. Y ese ha sido tu último error.

El Chombo sonrió, enseñando los dientes manchados de rojo.

—Aquí nadie manda para siemp...

En un movimiento desesperado y cobarde, rápido como una víbora, El Chombo sacó un revólver de cañón corto que llevaba oculto en la parte de atrás del pantalón y apuntó directamente a las rodillas de AK para llevárselo por delante a traición.

No tuvo tiempo de apretar el gatillo.

Diana no dudó. Levantó el brazo y le metió una bala exactamente en el centro de la frente.

El Chombo cayó hacia atrás. El golpe de su cráneo rebotando contra el cemento fue el punto y final de La Firma.

AK miró el cuerpo sin vida, y luego giró la cabeza hacia Diana, que seguía con la pistola humeante en alto. No se dieron las gracias. No hacía falta.

AK se colgó el fusil a la espalda y sacó de su chaleco un bote de pintura en spray rojo.

—Se acabó el teatro —sentenció AK, lanzándole el spray a Tecla, que lo cazó al vuelo—. Pintad las paredes. Bien grande. Quiero que cada maldita calle de esta ciudad amanezca sabiendo de quién es el territorio. Que todo Panamá sepa quién lleva la corona.

Quince minutos después, cuando las sirenas de la policía por fin empezaron a aullar en la lejanía acercándose a El Chorrillo, los muros de la oficina donde se desangraba El Chombo lucían frescos, pintados con spray rojo brillante: el enorme logotipo de una Corona de Cinco Puntas.

Al limpiar la ciudad de nuestros principales rivales con una operación perfecta, dejamos de ser un simple farol.

Aquella madrugada de fuego y sangre, «La Corona» se convirtió de forma oficial, y a los ojos de todo el inframundo criminal, político y policial panameño, en una realidad. Era nuestra coronación absoluta.

A kilómetros de allí, en la tranquilidad aparente de Veracruz, la brisa del océano movía suavemente las palmeras del jardín de las villas.

La noche empezaba a clarear.

En el interior del inmenso salón, Be estaba sentada en un sillón de cuero, frente a las grandes cristaleras de seguridad.

Tenía la Beretta 9 mm descansando sobre su regazo, con la mano derecha apoyada firmemente en la culata.

No había pegado ojo en toda la noche. Sus hermanos dormían profundamente en la planta de arriba, ajenos al mundo.

A su lado, sobre la mesa de centro, una vieja radio portátil emitía el sonido estático de la frecuencia de emergencias de la policía local.

—...fuego en la calle catorce, solicitamos bomberos... múltiples bajas en la fábrica de hielo, repito, múltiples bajas, solicitamos apoyo táctico... —escupía la radio entre interferencias.

Nerea bajó las escaleras en silencio, envuelta en una bata de seda oscura. Se acercó a la mesa, miró la radio de la que brotaban los informes de caos y sangre, y luego miró a la chica de diecinueve años que hacía guardia con una pistola en las rodillas.

Be levantó la vista. Sus miradas se cruzaron en la penumbra del salón.

No hubo palabras. Las dos sabían perfectamente qué significaban aquellas sirenas a través del transistor.

Pero al escuchar la lista interminable de muertos, ambas mujeres supieron que acabábamos de cruzar una línea de no retorno. Y ninguno de nosotros volvería a ser el mismo. Porque una vez que te pones la corona, el verdadero problema es que ya no te la puedes quitar sin perder la cabeza.