La mentira del paraíso Capítulo 21 La Caída de La Firma
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Capítulo 21 La Caída de La Firma

El calor en El Chorrillo era denso, una mezcla asfixiante de humedad del Pacífico, asfalto recalentado y el olor persistente a fritanga y basura acumulada en las esquinas.

Darío llevaba tres días pateando su antiguo barrio, sentándose en los mismos bordillos de siempre, bebiendo cerveza caliente en vaso de plástico y manteniendo las orejas muy abiertas.

Estaba apoyado contra la pared desconchada de una bodega cuando una sombra le tapó el sol. Era Chepe, un tipo con el cuello tatuado que controlaba el menudeo de la zona sur del barrio. Chepe lo miró de arriba abajo, escupiendo un palillo de dientes al suelo.

—Oye, pelao... ¿tú qué haces aquí? —preguntó Chepe, arrastrando las palabras con una desconfianza evidente—. Llevas tres días rondando. ¿Que no estabas trabajando con los gringos esos de la playa? ¿Estás con tu abuela otra vez en Veracruz o qué?

Darío le dio un sorbo a su cerveza, manteniendo el pulso firme aunque el corazón le latía en la garganta. Sabía que un paso en falso allí significaba acabar en un maletero.

—Ya te dije, bro —respondió Darío, encogiéndose de hombros con cara de fastidio—.

Los estirados esos del club se asustaron con el tiroteo del otro día.

Recogieron sus cosas, cerraron el chiringuito y se marcharon.

Otra vez estoy sin trabajo, loco. Vengo aquí para visitar a los colegas, a ver si sale algún bisne.

Chepe entrecerró los ojos. Parecía un interrogatorio policial.

—¿Y tú en ese club no viste nada raro? —insistió el pandillero, acercando su rostro al de Darío.

—¿Yo? Qué va. —Darío soltó una carcajada fingida—. A mí me daban buenas propinas, había chicas guapas y licor caro. Yo solo movía las cajas, Chepe. A mí las balas no me pagan el alquiler.

Chepe miró a ambos lados de la calle polvorienta antes de inclinarse hacia Darío.

—No, amigo Darío... es que el barrio anda raro —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco—.

Ya sabes, La Firma. El jefe, El Chombo, ha traído a todos los hierros pesados al barrio.

Andan acuartelados. Y se habla de un nuevo cártel, unos tales de La Corona.

El Chombo y los suyos están armados hasta los dientes, escondidos esperando represalias.

Han movido a Tito Bala al burdel de la calle catorce, y El Chombo está metido en la vieja fábrica de hielo con su guardia personal.

Darío asintió lentamente, fingiendo que la información le entraba por un oído y le salía por el otro.

—Mucho plomo para mí, hermano. Yo de esas ligas me aparto.

Tras un par de palmadas en la espalda, Chepe siguió su camino. Darío tiró el vaso de plástico al suelo, caminó despacio hacia su motocicleta y se montó. En cuanto arrancó el motor y giró la esquina, su rostro cambió por completo. Su mente iba a mil por hora.

«Tengo que decirle esto al patrón».

Amanecía en Veracruz cuando la moto de Darío cruzó la puerta de la villa número uno. Estaba exhausto, con ojeras oscuras y la ropa pegada al cuerpo por el sudor de tres días durmiendo a ratos, pero traía oro puro.

Mario, Tolo, Richi y yo lo esperábamos en el porche, bebiendo café negro. Be estaba apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

Darío apagó el motor, sacó una libreta arrugada del bolsillo del pantalón y la tiró sobre la mesa de cristal.

—Están acuartelados. Tienen miedo —dijo Darío, respirando hondo—.

Tito Bala y El Mulo, sus lugartenientes, manejan a quince hombres desde un burdel clandestino en la calle catorce.

Y El Chombo... El Chombo está en la vieja fábrica de hielo abandonada, en el límite sur del barrio.

Lo tiene blindado, con tiradores en el techo.

Cogí la libreta. Leí las direcciones, anotadas a bolígrafo. Levanté la vista y miré al chaval panameño. Había cumplido. Había caminado por la boca del lobo sin chaleco antibalas y había vuelto con el mapa de la cueva.

Me giré hacia mi hija.

—Be —dije, con voz firme—. Darío ya no es un chico de los recados. Acaba de ganarse un sitio.

Me di la vuelta y entré en la villa, seguido por mis hermanos, para preparar la guerra.

Darío se quedó en el porche, parpadeando, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Miró a Be, todavía con la respiración agitada.

—Oye, jefa... ¿eso qué es? ¿Qué significa un sitio?

Be sonrió de medio lado, separándose del marco de la puerta y dándole una palmada en el pecho manchado de grasa.

—Eso es un sobre lleno de pasta al mes, fantasma. Oficialmente, eres de la familia. Lávate la cara, hoy nadie duerme.

El salón de la villa de Mario se había transformado en una sala de guerra.

La mesa de billar estaba cubierta por un enorme mapa de Ciudad de Panamá y El Chorrillo.

Pero lo que realmente cambiaba el ambiente era el arsenal.

Cuando di la orden en España de preparar la infraestructura en Panamá, mi cabeza pensaba en ladrillos y cemento.

Lo del armamento de grado militar que llegó oculto meses atrás fue cosa de Tecla y Silvia.

Se habían adelantado. Una vez más, dejaron claro que si les pides que te monten una infraestructura, te montan una puta fortaleza.

Había fusiles de asalto M4, escopetas tácticas de corredera, chalecos de kevlar, granadas aturdidoras y pistolas Glock.

Con un rotulador rojo en la mano, marqué los tres objetivos. Alrededor de la mesa de billar, el contraste de estilos de las nuevas tropas era casi cómico, si no fuera porque iban a sembrar la ciudad de cadáveres.

A la izquierda estaban los hermanos Petrovic. Vlad, el gigante, limpiaba un fusil con una tranquilidad pasmosa. Ivanka se ajustaba correas de cuero llenas de cuchillos y cargadores.

Goran, mirando el mapa, trazó una línea imaginaria con el dedo.

—Nosotros tomar almacén —dijo Goran, traduciendo los gruñidos previos de Vlad—. Cortar luz. Cargas térmicas en bisagras. Entrar con gafas de visión nocturna. Cero ruido. Matar rápido. Cortar cabeza, cuerpo cae.

Al otro lado de la mesa, El Nene y sus matones gaditanos se echaban a reír. El Nene estaba apoyado en su escopeta como si fuera un bastón, con un cigarrillo en los labios.

—Illo, mucha película americana veis vosotros —se burló El Nene—.

¿Gafas de visión nocturna? Nosotros vamos a lo clásico, compadre.

Pegamos una patada a la puerta, entramos pegando tiros al techo, reventamos a los que se muevan, le pegamos fuego al garito y nos vamos a tomar una cerveza.

Ruidoso, rápido y callejero. Que se enteren de que estamos allí.

Levanté la mano, imponiendo silencio de inmediato. El ambiente no admitía réplicas ni chistes.

—Haremos ambas cosas —sentencié—. La Firma no es una pandilla callejera, son un cártel, y los vamos a desmantelar esta noche.

Petrovic, tu equipo asalta el almacén de armas.

Lo quiero en silencio. Que cuando descubran los cuerpos, ya estemos a kilómetros.

Nene, tú y los tuyos al burdel de la calle catorce.

Haced todo el ruido que queráis. Destrozad el local.

—¿Y el puto jefe? —preguntó Tolo, amartillando su pistola.

—De El Chombo se encarga La Cantera. Irán a la fábrica de hielo. Si le cortamos la cabeza a la serpiente, La Firma se hunde hoy mismo.

A las dos de la madrugada, El Chorrillo dormía bajo un calor asfixiante, ignorando que el infierno estaba a punto de desatarse en tres puntos simultáneos.

Objetivo 1: El Almacén.

El callejón trasero del almacén de repuestos apestaba a orina. Cuatro sicarios de La Firma jugaban a las cartas sobre un capó oxidado, fumando marihuana, con los fusiles apoyados en la pared.

No escucharon nada. No hubo gritos.

Una sombra descendió desde la cornisa superior.

Ivanka cayó sobre los hombros del primer sicario, cruzando sus piernas en torno a su cuello y, con un giro violento y un crujido seco, le partió la columna antes de que tocara el suelo.

Los otros tres levantaron la vista, sorprendidos.

Antes de que pudieran alzar las armas, dos disparos soplados —pfft, pfft— provenientes de las pistolas silenciadas de Goran y Milan les volaron la cabeza a dos de ellos.

El cuarto abrió la boca para gritar, pero la mano gigantesca de Vlad salió de la oscuridad, agarrándole el rostro entero y aplastándolo contra la pared de ladrillo con tanta fuerza que el cráneo cedió.

En menos de cinco segundos, la guardia exterior estaba muerta.

Ivanka se levantó, se colocó un mechón de pelo rubio detrás de la oreja y sacó una ganzúa.

Los Petrovic entraron en el almacén. Diez minutos después, salieron. No hubo ruido. No hubo testigos. Solo cuerpos.

Antes de abandonar el edificio, Ivanka, con total parsimonia en medio de aquel matadero, usó la punta afilada de su cuchillo para quitarse un poco de suciedad de las uñas, como quien acaba de salir de un salón de manicura.

Objetivo 2: El Burdel.

A unas pocas calles de distancia, la música de reguetón hacía vibrar los cristales pintados de negro del burdel de la calle catorce.

El local estaba lleno de humo, luces de neón y mujeres bailando sobre las mesas, rodeadas de la cúpula de sicarios de El Chombo.

Tito Bala y El Mulo bebían whisky en la barra.

De repente, la puerta doble de metal de la entrada principal salió volando por los aires, arrancada de cuajo por un explosivo plástico.

El Nene entró el primero, atravesando el humo de la explosión y disparando su escopeta de corredera al techo.

—¡Buenas noches, hijos de puta! —gritó el andaluz, con una sonrisa salvaje.

El Nene se movía como pez en el agua en medio de aquel huracán de fuego, disparando su escopeta y dando órdenes a gritos por encima del ruido ensordecedor.

—¡No dejéis a ni uno vivo, pisha! ¡Cerrad las salidas!

Tito Bala intentó huir por el pasillo trasero, disparando ráfagas a ciegas, pero dos de los andaluces le cortaron el paso, acribillándolo a bocajarro contra la puerta de los baños.

El Mulo, al ver caer a su compañero, intentó levantar las manos para rendirse, soltando el arma sobre la madera llena de cristales, pero El Nene se plantó frente a él y le vació la escopeta en el pecho sin dejar de sonreír.

—Tiroteo puro y duro, compadre —escupió el gaditano, encendiendo de nuevo su cigarrillo a medias.

Uno de sus hombres, esquivando los cristales rotos y el charco de sangre, abrió una nevera reventada detrás de la barra y soltó un bufido de pura decepción.