Capítulo 20 El Ejército de la Corona #2
Excombatientes de Europa del Este que Richi usaba como porteros de discoteca en Dénia, pero que en realidad eran una familia de hermanos y primos expertos en violencia pura.
Richi me los presentó en el jardín.
—Vasco, estos son los hermanos Petrovic. Este gigante es Vlad. No habla ni una puta palabra de español.
El gigante asintió lentamente, como un tanque humano.
—Este es Goran —continuó Richi, señalando al más bajo y espabilado—. Él siempre traduce. Y los otros dos son Milan e Ivanka.
Ivanka me dio la mano con un agarre que podría partir nueces, sin dejar de masticar chicle.
—Son expertos en todo tipo de operaciones especiales, Diego —me dijo Richi al oído, orgulloso de su escuadrón—. Tú dales buen material, y ellos te hacen la obra completa sin dejar huellas.
Los instalamos a todos en la inmensa villa vacía de Mario. En menos de doce horas, teníamos a catorce personas más esperando una orden.
A la mañana siguiente, la tensión del encierro estalló de la manera más inesperada posible.
Yo estaba en el salón de la villa principal con Nerea, Eva, Tolo y Mario revisando unos planos de la ciudad cuando la puerta se abrió de golpe.
Aitor entró marchando como un general, seguido por Hugo, Raúl, Rachel y Lidia. Los cinco críos se plantaron en el centro del salón, cruzados de brazos, mirándonos con desafío.
—Se acabó —anunció Aitor, con voz grave—. Ya no somos unos niños. Sabemos la verdad.
La sangre se me congeló. Nerea palideció, apretando mi brazo. Tolo dejó caer el bolígrafo. ¿Habían visto la droga? ¿Sabían lo de la caja fuerte?
—¿Qué... qué verdad, Aitor? —pregunté, intentando que no me temblara la voz.
Aitor dio un paso al frente, levantando la barbilla.
—Sabemos que nos queréis ocultar que somos asquerosamente ricos.
Hubo un silencio sepulcral en el salón.
—¿Cómo? —parpadeó Mario, confundido.
—¡No os hagáis los tontos! —saltó Hugo, señalándonos con el dedo—.
Sabemos que tenéis millones guardados. Hemos visto el club gigante que habéis comprado.
Y sabemos que esos ladrones que pegaron tiros el otro día querían robarnos nuestra pasta.
¡Por eso nos tenéis encerrados aquí, porque sois unos millonarios y los ladrones nos persiguen!
Nerea y Eva soltaron el aire de los pulmones al mismo tiempo. Mario se tapó la boca para disimular una carcajada, y Tolo se frotó la frente, riendo por lo bajo. Estaban tan lejos de imaginar la verdad que resultaba entrañable.
—Vale, vale, nos habéis pillado —dijo Nerea, siguiéndoles la corriente rápidamente—. Sí, chicos. Los negocios de vuestro padre y vuestros tíos han ido muy bien. Y sí, por eso tuvimos ese susto con unos ladrones.
Aitor infló el pecho, miró a Rachel con suficiencia y luego nos miró a nosotros.
—Pues ya podéis decirles a esos ladrones de mierda que nosotros no nos acobardamos —sentenció mi hijo, con un tono mafioso de película de sobremesa—. Y ahora que somos ricos, exijo que nos compréis unas motos de agua para vigilar la costa.
—Claro, Tony Montana —se rio Tolo—. Ahora mismo voy a pedir las motos por Amazon. Anda, tiraos a la piscina y dejad a los mayores trabajar.
Los niños salieron al jardín, con Aitor y Hugo caminando con los brazos separados, imitando a los matones de Richi, sintiéndose los pequeños capos de Veracruz ante la mirada de Rachel, que ponía los ojos en blanco, y de Lidia,
que suspiraba desesperada por el bajo coeficiente intelectual de los hombres de su familia.
Esa misma noche, mientras la casa dormía, el verdadero drama se estaba desarrollando en las sombras.
AK estaba sentado en el borde del embarcadero de madera, con las piernas colgando sobre el agua oscura. Fumaba un cigarrillo tras otro, con la mirada clavada en la luna reflejada en el océano.
Escuchó unos pasos ligeros detrás de él, pero no se giró. Conocía el sonido de esas botas.
Diana se sentó a su lado. El silencio entre ambos era tan denso que casi se podía masticar.
—¿Qué te pasa? Llevas todo el día con cara de querer asesinar a alguien —preguntó ella, con voz suave, mirando hacia el mar.
AK le dio una calada profunda al cigarrillo y tiró la colilla al agua.
—Nada. Que parece que te gustan mucho los chistes de ese puto andaluz —gruñó él, sin mirarla, con la mandíbula apretada.
Diana soltó una risita baja y ronca.
—¿Estás celoso, AK?
—No digas tonterías.
Diana se giró hacia él. Le puso una mano en la mejilla, obligándole a mirarla. Sus ojos azules brillaban en la oscuridad.
—El Nene es un payaso, AK. Solo le dejé hablar para ver cuánto tardabas en reventar de celos.
AK la miró, sorprendido. La cercanía de Diana, el olor de su pelo, la curva de su cuello...
todo su instinto de autocontrol se fue a la mierda.
Sin decir una palabra, la agarró por la nuca y la besó.
Fue un beso rudo, desesperado, lleno de la tensión acumulada de años luchando juntos y guardándose las espaldas.
Diana respondió con la misma fuerza durante unos segundos de pura pasión. Pero de repente, apoyó las manos en el pecho de AK y lo empujó suavemente hacia atrás, separándose, con la respiración entrecortada.
—AK, para... —susurró ella, cerrando los ojos—. Ya sabes que es imposible. No podemos liarnos entre nosotros. Es la regla.
AK se quedó mirándola. Y entonces, de forma totalmente impropia en él, soltó una carcajada profunda que resonó en el embarcadero vacío.
—¿De qué te ríes, idiota? —preguntó Diana, confundida.
AK sonrió, acariciándole la cara con una suavidad que contrastaba con sus manos llenas de cicatrices.
—Esa regla ya no existe, Diana. Me lo dijo Mario cuando fuimos a la ciudad.
Diana abrió los ojos, incrédula.
—¿Cómo que no existe? Si lo leímos en los libros…
—Mario me contó que era una norma antigua para evitar que se liaran entre primos dentro de La Organización —explicó él—. Hace años que nadie le hace caso.
—¿Qué? ¿Y me lo dices ahora?
—Míralo por el lado bueno —añadió AK, con una sonrisa canalla—. Ahora ya no tienes que fingir que no te mueres por mí delante del puto andaluz.
Diana se echó a reír. Una risa de alivio, de tensión liberada. Y antes de que AK pudiera añadir otra palabra, fue ella quien lo agarró por el cuello de la camiseta y tiró de él, devorándole la boca bajo la noche panameña.
Los dos guardias más letales de La Corona por fin habían bajado las armas. Y mientras se besaban apasionadamente sobre las tablas del muelle, el ejército de Vasco dormía, a la espera de que Darío trajera los nombres para empezar la masacre.