Capítulo 20 El Ejército de la Corona
Los motores fueraborda de las dos lanchas rugieron en la oscuridad del Pacífico, cortando el agua helada mientras volábamos a ciegas hacia nuestro propio infierno.
Llegamos al embarcadero de las villas en tiempo récord. Saltamos a la madera con las armas por delante, corriendo en formación por el césped hacia la villa. La puerta principal de roble macizo estaba reventada, colgando de los goznes. El interior estaba a oscuras.
—¡Cecilio! —grité, barriendo el salón con el cañón de mi pistola.
—¡Patrón, estamos aquí! —respondió una voz desde el pasillo del fondo.
Avanzamos con cuidado. Cecilio y su mujer estaban apostados detrás del sofá, ambos armados con escopetas, cubiertos de polvo y temblando por la adrenalina, pero ilesos.
Tolo y Mario pasaron de largo y corrieron directamente hacia la habitación de seguridad. Segundos después, Tolo soltó un silbido de alivio.
—¡La puerta blindada ha aguantado, Diego! —gritó mi hermano—. ¡Han intentado reventarla con palancas y radiales, pero la mercancía sigue ahí!
Bajé el arma y me acerqué a Cecilio, ayudándolo a levantarse.
—¿Cuántos eran? —le pregunté, con la mandíbula apretada.
—Una docena, señor Vasco. Llegaron en dos todoterrenos con las luces apagadas —explicó Cecilio, respirando con dificultad—. Tiraron la puerta abajo, pero... patrón, no se pusieron a registrar el salón ni las habitaciones. Fueron en línea recta, directos hacia el pasillo trasero.
Fruncí el ceño y crucé una mirada gélida con Mario, que acababa de volver del pasillo.
—Sabían a qué villa ir —deduje en voz alta, sintiendo que la rabia me quemaba el estómago—. Sabían qué habitación era y sabían que necesitaban herramienta pesada. Estos hijos de puta llevan días vigilándonos desde los árboles o desde el mar.
Mario asintió, pasándose una mano por el pelo sudado.
—Han ido al club a dar el espectáculo y sabían que estábamos fuera de casa.
Tolo escupió en el suelo, con los ojos inyectados en sangre.
—Pues se han equivocado de familia. Un ataque así no puede quedar impune, Diego. Si no respondemos, nos comerán vivos.
—No se va a quedar así —sentencié—. El club se queda cerrado indefinidamente. No vamos a poner a nadie en peligro. Nos atrincheramos todos y traemos refuerzos de verdad. Esto ya no es narcotráfico. Esto es una puta guerra.
La policía tardó casi una hora, y lo único que encontró fue a unos ricos europeos asustados alegando un intento de robo. Hicieron su informe y se marcharon.
A partir de esa misma madrugada, y durante los siguientes tres días, las villas se convirtieron en un búnker de alta seguridad. Nadie entraba y nadie salía.
El ambiente era claustrofóbico. Las mujeres intentaban mantener la calma por los críos, que se pasaban las horas encerrados en la sala de juegos, pero la tensión se podía cortar con un cuchillo.
Estábamos todos reunidos en el salón de la villa principal, viendo el noticiero local en una pantalla gigante de plasma. Las imágenes del muro acribillado de El Cielo y la puerta de acero destrozada abrían todos los informativos.
De pronto, apareció en pantalla un hombre trajeado, peinado hacia atrás, hablando frente a los juzgados de Ciudad de Panamá rodeado de micrófonos.
—Ese es nuestro chico —dijo Mariena, sonriendo desde el sofá con una copa de vino—. El mejor bufete de abogados del país. Cuestan a mil dólares la hora, pero valen cada centavo.
Subí el volumen.
—Este ataque salvaje ha sido sufrido por mis clientes por el simple hecho de negarse a colaborar con las mafias locales —declaraba el abogado a las cámaras, con un tono de indignación perfectamente ensayado—.
Unos inversores europeos han venido a crear empleo y riqueza en Veracruz, y al negarse a pagar el mal llamado «impuesto de guerra» a las pandillas de extorsionadores, ya ven las consecuencias.
Confiamos en que la policía actúe con contundencia.
Richi soltó una carcajada.
—Joder con el picapleitos. Le ha dado la vuelta a la tortilla de una manera magistral. ¡Ahora resulta que somos unos putos mártires empresarios!
—El abogado sabe muy bien lo que hace —asintió La Rubia—. Ha convertido un ajuste de cuentas en un ataque contra la inversión extranjera. El gobierno panameño odia que le espanten a los ricos. La policía va a estar muy presionada.
Apagué la televisión.
—La policía no va a hacer nuestro trabajo —les recordé—. Necesitamos saber exactamente quién nos atacó en el club y quién vino a las villas. Necesitamos información de la calle, y necesitamos que los nuestros lleguen ya.
Me separé del grupo y caminé hacia el porche trasero, donde Be estaba sentada en los escalones, vigilando a los críos que jugaban en el jardín vallado.
A unos metros de ella, Dilan, Mili y Darío charlaban en voz baja.
Be y su ecosistema se habían convertido en nuestros guardianes de primera línea para los más pequeños.
Me senté a su lado. Saqué una Beretta 9 mm de mi cintura, le quité el seguro, saqué el cargador, lo volví a encajar con un golpe seco y se la tendí por la culata.
Be miró el arma negra y luego me miró a mí.
—Espero que no tengas que usarla nunca, Be. Pero si alguien salta ese muro y yo no estoy, tú eres el último escudo de tus hermanos.
Mi hija no dudó. Agarró la pistola. El peso del acero pareció anclarla a la realidad. Se la guardó en la parte trasera del pantalón y la cubrió con la camiseta.
—Nadie va a tocar a los críos, aita.
Le di un beso en la frente y le hice una seña a Darío para que se acercara. El chico vino al trote.
—Me dijiste que tenías contactos en El Chorrillo, fantasma.
—Los mejores, patrón —asintió Darío.
—Te necesito en la calle. Necesito que averigües quién apretó el gatillo en mi club y quién vino a mi casa. Quiero nombres y quiero saber dónde se esconden.
Darío asintió. Lejos de acobardarse ante el peligro real, sus ojos brillaron con emoción.
—Yo me entero ahorita mismo. Conozco a los frens que mueven la droga al por menor y a las putas que se acuestan con los sicarios. Si pasó algo, en El Chorrillo se sabe.
—Solo información, Darío —le advertí, agarrándolo por el brazo—. Vas, escuchas, pagas si hace falta, y vuelves. No te hagas el héroe.
—Tranquilo, jefe. Soy un fantasma, ¿recuerda?
Diez minutos después, Darío salía por la puerta trasera de las villas montado en su motocicleta, perdiéndose en dirección a los barrios bajos de la capital.
Mientras Darío buscaba nombres, Mario y Richi tenían una misión diplomática bastante más delicada.
Esa misma tarde, en el reservado de un restaurante de carnes de lujo en el centro financiero, los dos se sentaron a la mesa con el Comandante Vargas, el jefe de la policía local de Veracruz.
Vargas era un hombre gordo, de bigote fino y traje caro que sudaba profusamente. Mario sabía por sus contactos que Vargas estaba a sueldo de un cártel colombiano.
Mario le sirvió una copa de vino tinto al comandante, sonriendo como un verdadero tiburón de las finanzas.
—Seamos claros, Comandante Vargas —empezó Mario, cortando un trozo de carne—. Usted sabe de quién es la mercancía que tenemos en Veracruz. Nosotros trabajamos para sus mismos «inversores». Y unas ratas locales están intentando entorpecer el libre comercio.
Vargas se secó la frente con una servilleta.
—Esas ratas están fuera de control. Se creen los dueños del Pacífico. Pero si yo mando a mis patrullas a reventar El Chorrillo, tendré a los políticos respirándome en la nuca, señor Vasco.
—Por eso venimos nosotros a hacerle el trabajo sucio —intervino Richi, echándose hacia atrás en la silla—.
Nosotros vamos a limpiar Veracruz y El Chorrillo de esas bandas de trapicheo.
Les vamos a extirpar el cáncer gratis. Lo único que necesitamos es que, cuando escuchen los disparos, sus patrullas miren para otro lado y tarden mucho en llegar.
Vargas dudó, jugando con el tenedor.
Mario deslizó un sobre abultado por encima del mantel blanco.
—Hay un sobre igual a este cada mes, comandante, para cada uno de los agentes que cooperen. Además, cuando reabramos El Cielo, usted y sus mandos tendrán pases VIP platino. Consumo gratis, las chicas más guapas y absoluta discreción.
Vargas miró el sobre, miró a Richi y finalmente sonrió, guardándose el dinero en la chaqueta.
—Me parece que esta semana vamos a tener problemas con las emisoras de radio de las patrullas en el turno de noche. Ya sabe, fallos técnicos. Tienen luz verde, señores. Limpien la basura.
Cuando salieron del restaurante, Mario encendió un cigarrillo y miró a Richi.
—Ha sido demasiado fácil —murmuró Mario, soltando el humo.
Esa noche, los refuerzos de La Corona aterrizaron en Panamá.
Usamos furgonetas de material de obra para meterlos en las villas sin levantar sospechas.
El primero en llegar fue el grupo de Tolo. Ocho hombres y dos mujeres curtidos en el Estrecho de Gibraltar. Gente de Cádiz, con años en descargas de hachís bajo los focos de la Guardia Civil, tipos duros pero con esa gracia andaluza que te hace reír antes de que te rompan la mandíbula.
Rápidamente conectaron con La Cantera. Llenaron el salón de la villa número tres, riendo, bebiendo cervezas y montando un jaleo que nos devolvió un poco de vida al encierro.
Uno de ellos, un gaditano moreno y de ojos claros al que llamaban «El Nene», no tardó ni diez minutos en fijarse en Diana.
—Illo, chiquilla, con esos ojazos azules que tú tienes, deberías estar prohibida por la ley —le soltó El Nene, apoyado en la barra de la cocina, lanzándole una sonrisa seductora.
Diana soltó una carcajada y se cruzó de brazos, dejándose querer.
—Cuidado, andaluz, que yo muerdo.
En la otra punta del salón, apoyado contra la pared, AK apretaba los dientes tan fuerte que parecía que iba a partirlos. No le quitaba ojo al Nene, respirando por la nariz como un toro a punto de embestir.
Una hora más tarde, llegaron los de Richi, y el ambiente cambió drásticamente.
Eran cuatro. Tres hombres enormes, tatuados hasta el cuello, y una mujer espectacular, vestida de cuero negro, con una mirada tan fría y letal que congelaba la sangre.