La mentira del paraíso Capítulo 19 Plomo en el Paraíso
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Capítulo 19 Plomo en el Paraíso

Tres semanas después, llegó el día de la inauguración, El Cielo dejó de ser una obra polvorienta para convertirse en una obra maestra del vicio y la exclusividad.

Richi había conseguido exactamente lo que quería. Desde la carretera costera, el club parecía un búnker infranqueable: un muro de hormigón armado de tres metros de altura, inmaculado, ocultaba el interior.

Sobre ese muro, custodiando la entrada, brillaba el enorme neón dorado con la corona de cinco puntas.

Habíamos discutido sobre si exhibirlo o mantener un perfil bajo, pero se decidió que marcaría nuestro territorio.

Richi argumentaba, inflando el pecho, que nuestra marca ya era conocida en la capital; algo que yo seguía sin saber si era una buena noticia o una puta sentencia de muerte.

El único acceso por tierra era una enorme puerta de acero negro con cámaras de 360 grados.

Pero una vez la cruzabas, el búnker se abría al Pacífico como un oasis.

Las plataformas de madera noble descendían hacia la arena.

Arriba, los VIP protegidos por cortinas translúcidas.

En el centro, una barra de caoba maciza de veinte metros bajo neones morados y dorados.

Y al fondo, el inmenso embarcadero privado para los yates que no querían mezclarse con la plebe de la carretera.

Esa mañana, Be estaba frente a la pista central con los brazos cruzados, comprobando el sonido. Los graves hacían temblar las copas de la barra. Los láseres barrían la madera.

Darío estaba a su lado, con las manos en los bolsillos y sonrisa de suficiencia.

—Te lo dije, patrona —presumió—. Mis frens de El Chorrillo no fallan. Altavoces de primera, luces, y todo sin hacer preguntas.

Be asintió lentamente. Se giró, sacó un fajo de dólares y se lo puso en el pecho. Darío iba a coger la comisión, pero ella no soltó los billetes, obligándole a mirarla a los ojos.

—Has cumplido, fantasma. Eres rápido y sabes moverte.

—Yo no miento, mami.

—Bien. A partir de hoy, dejas la escoba. Te encargas de coordinar los amarres del muelle y recibir a los proveedores. Eres mi enlace en la calle —Be soltó el dinero y le dio una palmada en el brazo—. No me decepciones.

Darío miró los dólares durante un par de segundos. La sonrisa chulesca desapareció, dejando ver al chaval de barrio al que nunca le habían dado una oportunidad de verdad. Apretó el dinero y la miró con una lealtad feroz.

—Tú tranquila, jefa —murmuró, asintiendo despacio—. Conmigo los barcos van a cuadrar al milímetro. A ti no te voy a fallar nunca.

Se guardó el fajo y se alisó la camisa, con el pecho a punto de reventar de orgullo. Ya no recogía vasos; acababa de conseguir su primer ascenso en la familia.

A las once de la noche, el plan de blanqueo funcionaba a toda máquina.

El Cielo estaba a reventar. Deportivos de lujo en la carretera, y en el muelle no cabía un yate más. Las botellas de champán francés a tres mil dólares, precio absurdo que nos permitía justificar montañas de efectivo falso, desfilaban hacia los VIP con bengalas encendidas.

El ambiente vibraba. Los graves retumbaban en el pecho, mezclándose con el chapoteo del océano.

Mujeres envueltas en seda y hombres con relojes extravagantes bajaban de los yates entre risas estridentes.

La bahía olía a salitre, perfume caro, sudor y alcohol.

Las camareras se deslizaban a toda prisa esquivando las luces estroboscópicas y los flashes de una élite panameña ansiosa por dejarse ver en el nuevo templo del pecado.

Desde la terraza superior, Mariena observaba la pista, hipnotizada.

—Es increíble... —murmuró, con una copa de vino—. El dinero fluye como el agua. Es una máquina de lavar billetes perfecta.

Richi, con traje de lino blanco y camisa desabrochada, le dio un sorbo a su whisky, exultante.

—Os lo dije. Lo tenía calculado al puto milímetro —fanfarroneó—. En España éramos transportistas, chavales. Aquí somos reyes. Dominamos el negocio, la fiesta y nadie puede tocarnos.

Abajo, el ecosistema civil operaba con precisión. Be daba instrucciones por el pinganillo. Mili, con un traje negro impecable, repasaba los uniformes. En el muelle, Darío repartía sonrisas acomodando las embarcaciones, sintiéndose el dueño del océano.

Y en la entrada principal, Dilan, trajeado y con un auricular rizado en la oreja, se mantenía erguido junto a AK. Dilan se sentía importante; por fin era parte de algo grande.

Para mantener a la familia a salvo del desfase, habilitamos una sala insonorizada de cristal blindado en la segunda planta.

Nerea, Eva y Catalina tomaban cócteles relajadas, mientras Aitor, Rachel, Hugo, Raúl y Lidia jugaban a las cartas observando el desmadre a través del cristal, como una película.

A las dos de la madrugada, Be recibió un aviso.

—Be, tenemos un problema en el acceso de carretera —sonó Dilan por el pinganillo—. Hay unos clientes montando pollo con los coches. AK está ocupado dentro con un borracho.

Be chasqueó la lengua.

—Voy para allá. Darío, ven conmigo.

Be y Darío cruzaron la pista, esquivando a la multitud, y llegaron a la pesada puerta de acero. Dilan lidiaba amablemente con dos tipos mal aparcados. Be iba a intervenir cuando un rugido salvaje ahogó la música electrónica.

Neumáticos derrapando sobre el asfalto.

El rugido de un motor V8.

Y un instante después, el sonido rasgado de las armas automáticas.

¡Brrrrrtt! ¡Brrrrrtt!

Las balas de los fusiles impactaron contra el muro y la puerta de acero. El sonido fue ensordecedor. Los cascotes de hormigón saltaron como metralla. Uno de los clientes soltó un grito histérico y echó a correr.

Dilan se quedó congelado, desorbitado por el terror mientras las ráfagas destrozaban la garita a sus espaldas.

—¡Al suelo! —gritó Be.

Dilan reaccionó y se tiró tras una maceta de cemento.

Be se abalanzó sobre Darío, agarrándolo por el cuello de la chaqueta, y lo tiró violentamente contra el suelo de madera, cayendo ella encima justo cuando una ráfaga atravesó la rendija de la puerta.

Dentro del club, pánico absoluto. La música se cortó. Cientos de personas histéricas corrieron hacia el muelle, empujándose.

En la carretera, los neumáticos volvieron a chillar y el coche se alejó a toda velocidad en la noche.

Yo bajé las escaleras del VIP saltando de tres en tres, pistola en mano, cubierto por Mario, Tolo y Richi.

Llegué a la entrada. Polvo de cemento y olor a pólvora quemada.

—¡Be! —grité, con el corazón en un puño.

Mi hija se levantó despacio, sacudiéndose el polvo. Darío y Dilan estaban junto a ella, blancos como el papel, pero en alerta.

—Estamos bien, aita. No le han dado a nadie —dijo Be, con una voz extrañamente firme que me puso los pelos de punta.

Pero entonces bajé la vista. Las manos, cubiertas de polvo, le temblaban sin control.

Tragó saliva con fuerza; su respiración entrecortada delató que el chute de adrenalina se desvanecía.

Sus ojos se fijaron en la puerta destrozada, en los agujeros humeantes a centímetros de donde estaba su cabeza hacía un instante.

Al verme mirarla, apretó los puños y se los guardó en los bolsillos.

Había actuado con frialdad bajo fuego, sí, pero seguía siendo una chica de diecinueve años.

El mensaje era clarísimo. El muro estaba lleno de agujeros.

Me guardé el arma cuando mi teléfono vibró. Cecilio. Contesté.

—¿Sí?

—¡Patrón! ¡Patrón, por el amor de Dios! —gritaba, aterrorizado. Se escuchaban disparos lejanos—. ¡Han entrado en las villas! ¡Un convoy entero, nos han reventado la puerta principal!

La sangre se me heló. No eran estúpidos. El tiroteo en el club solo fue una maniobra de distracción.

—¿Estáis bien, Cecilio? —exigí saber, corriendo hacia la zona VIP, haciendo gestos a mis hermanos.

—¡Han destrozado la villa número dos buscando algo! Fueron directos...

Colgué. El caos del club desapareció de mi mente. Solo proyectaba una imagen: las villas.

Subí al reservado de cristal, donde nuestras familias se agazapaban bajo las mesas. Me planté en el centro.

—Las villas están bajo ataque. Un comando armado. Tenemos que asegurar el perímetro.

Mario y Tolo asintieron al instante, sacando sus armas.

—Nos vamos por mar. Tardamos menos. La Cantera se viene con nosotros —ordené.

Richi hizo ademán de seguirnos, pero le puse una mano firme en el pecho.

—Tú no, Richi. Tú te quedas.

—¿Qué dices? ¡Es mi casa también, joder! —protestó, gesticulando frenético y lanzando una ojeada de reojo hacia los niños—. ¡En esa... en esa casa está lo nuestro! ¡Y no podemos dejarla así, con todo lo que tenemos dentro! ¡Me tengo que ir con vosotros!

—¡Míralo bien! —le grité, señalando el club destrozado—. Se oyen las sirenas. Eres la cara visible. Si cuando llegue la pasma no hay ningún gerente para dar la cara, precintarán el puto club. Te quedas.

Dilan, que acababa de subir corriendo con Be y Darío, dio un paso al frente, temblando pero cuadrado.

—Patrón... déjeme ir con ustedes a pelear. Le debo mi vida.

Lo miré a los ojos. Apreciaba su lealtad, pero no era el momento.

—Tú te quedas aquí, Dilan —sentencié—. Te quedas con Darío y con Mili. Ayudáis a mi hija a recoger este desastre y escoltáis a las mujeres y a los críos. Proteged el local y haceos los tontos con la policía. No habéis visto a nadie.

Miré a Be. Ella asintió, asumiendo el mando.

—Vámonos —dijo Mario.

Salimos corriendo al embarcadero, saltamos a las lanchas y aceleramos a fondo en la oscuridad. Los potentes motores rugieron cortando el agua helada, volando a ciegas hacia nuestro propio infierno.

En la sala insonorizada, el miedo era denso. Nerea y Eva abrazaban a la pequeña María mientras las sirenas teñían la carretera de azul y rojo.

Pero bajo una pesada mesa de roble, los cinco críos formaban su propio cónclave. Estaban asustados, pero la información encajaba en su distorsionada visión de la realidad.

Aitor apretó los puños, mirando a Rachel y a Lidia en la penumbra.

—Lo habéis oído, ¿no? —susurró, con la mandíbula apretada—. Han ido a las villas. Han reventado nuestra casa.

—Fueron directos a por la caja fuerte —añadió Hugo, tragando saliva.

Rachel apretó los labios, sintiendo una extraña rabia posesiva. Las piezas del puzle estaban claras.

—Fueron a por los millones, está clarísimo —sentenció.

—Claro, joder —asintió Raúl, indignado—. Alguien se ha enterado de que tenemos todo ese dinero guardado y han venido a robarnos nuestra pasta.

Aitor asintió, frunciendo el ceño, imitando los gestos que le acababa de ver a su padre. En su cabeza, él era el heredero de un imperio amenazado.

—Pues lo llevan claro —murmuró, creyéndose un gánster de película—. Es nuestro dinero. Es nuestra puta casa. Y no nos vamos a dejar robar por nadie.