Capítulo 18 Ladrillos y Sombras #2
Sé quién tiene el material guardado, sé cuánto hay que pagarle a los del transporte para que salten a otra zona, y sé qué puertas hay que tocar para conseguir lo que sea en un par de horas.
Si me dejas, yo te lo gestiono. En cash, claro.
Be se quedó en silencio, evaluándolo de arriba abajo. Los engranajes de su cerebro giraban a toda velocidad.
Ya había visto que el chico era rápido con los números, pero ahora estaba descubriendo algo muchísimo más valioso. Darío tenía la calle en la cabeza. Era el puente perfecto entre sus hojas de cálculo y la realidad de los trapicheos del asfalto panameño.
Una pequeña sonrisa calculadora asomó en los labios de la chica.
—Vale, fantasma. Demuéstramelo —dijo Be, sacando un fajo de billetes de la caja de efectivo para imprevistos de la obra—. Tienes hasta las seis de la tarde para traerme esos equipos.
Mientras Darío agarraba los dólares y salía corriendo con una sonrisa triunfal para hacer sus llamadas, Be sacó su libreta y apuntó un par de cosas. Definitivamente, aquel chico iba a resultarle muy útil.
Mientras nosotros organizábamos el imperio en tierra firme, ajenos al verdadero alcance de la situación, los más jóvenes nos observaban desde la distancia.
A unos cincuenta metros del embarcadero del beach club, Aitor, Rachel, Hugo y Raúl estaban tumbados boca abajo sobre sus tablas de paddle surf, dejándose mecer por el oleaje suave, tomando el sol.
Aitor se subió las gafas de sol a la frente y señaló hacia la terraza de El Cielo, donde los andamios y el ir y venir de gente evidenciaban la millonaria inversión.
—¿Lo veis o no lo veis? —dijo Aitor, sintiéndose el rey de la deducción—. Os lo dije anoche. Ya están empezando a gastar el puto dinero de la caja fuerte. Han comprado un club entero.
Raúl, apoyando la barbilla en sus manos cruzadas sobre la tabla, asintió despacio.
—Lo están reformando a lo grande. Y mi padre está ahí metido. Mi hermana tiene razón, Aitor... nos vamos a quedar en Panamá mucho tiempo.
—A ver, pensadlo bien —se emocionó Aitor, sentándose en la tabla para dar énfasis a su discurso—.
Si nos quedamos a vivir aquí para siempre, iremos todos al mismo colegio.
A un instituto internacional de esos para multimillonarios americanos, con piscina, sin deberes, y donde la gente va a clase en descapotable.
—O en moto de agua —terció Hugo, salpicando agua con la mano, con los ojos brillando de pura codicia infantil—. Yo me voy a comprar una moto de agua verde fosforito que corra más que las lanchas de mi padre. Qué digo una... ¡me voy a comprar dos!
—¿Para qué quieres dos, idiota? —se rio Raúl, empujando la tabla de su hermano—. Si solo puedes conducir una.
—Pues para tener una de repuesto de otro color por si se me raya la primera, pringao. ¡Que somos millonarios!
Rachel puso los ojos en blanco y le tiró un poco de agua a su hermano a la cara.
—Hugo, eres imbécil. Ya te digo yo que mamá no te va a comprar una moto de agua en la vida, ni aunque nademos en billetes. Si no te deja ni ir en patinete sin el casco puesto, imagínate en el mar.
Lidia, tumbada en su tabla con los brazos cruzados tras la nuca, asintió con su habitual expresión de superioridad.
—Y la tía Eva hace bien, Rachel. Además, sois todos unos paletos —sentenció la niña de diez años—.
¿Os creéis que podéis ir a una tienda y comprar dos motos de agua sacando fajos de billetes de la mochila?
Llamarían a la policía pensando que hemos atracado un banco.
Los ricos de verdad pagan con tarjetas de crédito, no con fajos de billetes.
Aitor miró a su hermana pequeña con cara de desesperación.
—Lidia, eres una pija y una aguafiestas de manual. Déjanos soñar un poco.
Rachel negó con la cabeza, sonriendo.
—Sois unos inmaduros. Aunque... —añadió la adolescente, a la que también le gustaba fantasear— si de verdad nos quedamos y el dinero sale por las orejas, igual convenzo a mi padre para que me compre un todoterreno.
O por lo menos un carrito de golf descapotable y tuneado para movernos por las villas.
—Motos de agua para ir al colegio... —repitió Aitor, embobado mirando al horizonte y suspirando—. Va a ser la hostia.
Horas más tarde, el sol empezó a esconderse en el Pacífico, tiñendo el cielo de Veracruz de un naranja sangriento. Las obras del club cesaron y los obreros se marcharon.
En la carretera que bordeaba la playa, oculta en la penumbra de un callejón de arena a escasos cien metros de la entrada del beach club, una furgoneta Toyota con los cristales tintados mantenía el motor al ralentí.
En el interior, el olor a fritanga se mezclaba con el del aire acondicionado al máximo.
—Chucha, Mulo, apaga ese puto aire que me tienes congelados los huevos —se quejó Tito Bala al volante, frotándose los brazos.
—Cállate, awebao. Con el calor que hace allá afuera, si apago el aire esta chantin se vuelve un horno —replicó El Mulo, desde el asiento del copiloto, mientras devoraba una empanada grasienta que le manchaba los dedos.
En los asientos traseros, inmerso en la más absoluta oscuridad, El Chombo ignoró la discusión. Tenía la ventanilla bajada un par de centímetros. Miraba fijamente a través de unos prismáticos hacia la fachada de El Cielo.
De repente, un zumbido eléctrico cortó el sonido del mar.
Las nuevas luces de neón del club se encendieron en pruebas, iluminando la madera oscura de la fachada. Y allí, brillante, dorado y arrogante, se alzó el logotipo del local.
Una corona de cinco puntas.
El Mulo dejó de masticar. Se limpió la grasa de la boca con el dorso de la mano.
—Míralo nomás... —susurró El Mulo, entrecerrando los ojos—. Lo que dijo el yonqui en El Chorrillo era verdá, jefe. Son ellos.
El Chombo bajó los prismáticos lentamente. Una sonrisa le partió el rostro marcado por las cicatrices.
—Chucha de su madre... —murmuró, paladeando la victoria—. Llevamos semanas buscando a los fantasmas que me mataron a doce frens. Y resulta que los gringos ricos se estaban construyendo un castillo en mi propia playa.
Tito Bala sacó su pistola del cinturón y metió una bala en la recámara con un chasquido seco.
—¿Qué hacemos, patrón? —preguntó, excitado—. ¿Llamo a los pelaos y entramos ahora a plomo? Hay un montón de gringuitos ahí dentro. Los agarramos suaves.
El Chombo negó con la cabeza, sin apartar la vista de la corona dorada.
—No seas bruto, Tito. Míralo bien —dijo, pasándole los prismáticos a su sicario—.
Mira la altura de ese muro perimetral. Fíjate en la cantidad de cámaras nuevas, en la madera fina y en el blindaje de los accesos.
Hay demasiada seguridad, demasiada inversión y demasiado movimiento para ser una simple caleta.
Esos cabrones no han venido a vender droga desde un escondite. Han venido a quedarse.
Tito bajó los prismáticos, comprendiendo de golpe la magnitud del problema.
—Se están montando una puta fortaleza en mis narices —continuó El Chombo, con un tono peligrosamente calmado—. Así que no, no vamos a entrar a un solar de cemento a tirar bala a oscuras como pandilleros baratos. Yo represento a La Firma, y las cosas se hacen bien.
El Chombo se inclinó hacia delante. Sus ojos carecían de alma.
—Dicen en la calle que van a inaugurar esta mierda por todo lo alto en pocas semanas. Van a llenar el muelle de yates de lujo, de cueros bonitos y de botellas caras. Quiero que se sientan los reyes del mundo.
El Chombo acarició el frío metal de su revólver en las sombras.
—Y cuando estén brindando en su puto cielo... nosotros les vamos a traer el infierno. Arranca.