La mentira del paraíso Capítulo 18 Ladrillos y Sombras
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Capítulo 18 Ladrillos y Sombras

La media tonelada de cocaína ya descansaba en la habitación de seguridad blindada, apilada en bloques negros justo al lado de la caja fuerte.

Nos reunimos todos en el salón principal de la villa de La Cantera pasadas las tres de la madrugada. No hubo discursos épicos ni reflexiones morales. Llevábamos veinticinco años en esto; sabíamos que las cosas, simplemente, se hacían.

—Todo en orden —informó Mario, bebiéndose un vaso de licor de un trago—. La mercancía está bajo llave y el radar no ha detectado ni a un puto pesquero siguiéndonos la pista.

Mariena, que había estado monitoreando las pantallas con Tecla, se cruzó de brazos y asintió, satisfecha.

—Buen trabajo, chicos. Operación limpia —dijo La Rubia—. Mañana empezamos a mover la tapadera. Ahora, a dormir.

Media hora después, el agua caliente de la ducha se llevó la sal y el sudor de la madrugada. Salí al dormitorio secándome el pelo con una toalla. Nerea estaba tumbada en la cama, iluminada solo por la luz tenue de la lámpara de la mesilla.

Me senté en el borde del colchón, frotándome los ojos, sintiendo por fin el peso físico de lo que acabábamos de meter en casa. Quinientos kilos.

—Ya está, Nerea —murmuré, mirando al suelo—. Ya está hecho.

Nerea se deslizó por las sábanas y se arrodilló detrás de mí. Sus manos cálidas se posaron en mis hombros, dándome un masaje firme, deshaciendo los nudos de tensión que se me habían acumulado en el cuello.

—Estás haciendo lo que hay que hacer, Diego —susurró, con la voz grave y calmada—. Para protegernos a todos. No le des más vueltas.

Me giré para mirarla. Esperaba encontrar preocupación en su rostro, pero sus oscuros ojos brillaban de una forma muy distinta.

Las pupilas estaban ligeramente dilatadas.

Había una intensidad en su mirada que no tenía nada que ver con el miedo.

A Nerea siempre le había excitado el abismo, caminar por el alambre a mi lado.

Era su secreto inconfesable; el riesgo era su gasolina.

Me agarró por las solapas del albornoz, tiró de mí hacia ella y me besó con una urgencia feroz, casi salvaje. Se subió a horcajadas sobre mi regazo, apagando la luz de la mesilla de un manotazo.

Días más tarde, el beach club El Cielo parecía una zona de guerra en plena reconstrucción.

Habíamos cerrado el recinto a cal y canto. Richi estaba en su salsa, paseándose entre andamios, cables sueltos y palés de cemento, gritando órdenes a una cuadrilla de veinte obreros panameños.

Pero no estaba solo en la dirección de la obra. Las mujeres habían tomado el control del diseño interior, y Richi estaba descubriendo que discutir con ellas era mucho peor que negociar con la mafia rusa.

—¡No podéis ponerme cortinas de lino blanco y sofás beige! —se quejaba Richi, agitando los brazos—. ¡Esto es un club VIP, Nerea! ¡Necesito neones! ¡Necesito cuero negro! ¡Que se note el puto vicio!

Nerea, Eva y Catalina estaban de pie frente a él, revisando unos catálogos de tapicería. Eva no levantó ni la vista.

—Es elegancia, Ricardo —le cortó la mujer de Tolo con frialdad—. Si vas a cobrar el champán a tres mil dólares la botella, el sitio no puede parecer un burdel de carretera. Menos Miami Vice y más Montecarlo.

Catalina, la novia de Richi, le dio unas palmaditas en la mejilla.

—Hazles caso, gordito. Las chicas tienen razón. El blanco da sensación de exclusividad.

Richi bufó, derrotado por aplastante mayoría, y se giró hacia otra de las mesas de madera instaladas bajo una palapa, donde el «ecosistema civil» de nuestra operación estaba trabajando a pleno rendimiento.

Be tenía su portátil abierto, rodeada de carpetas, gestionando facturas y permisos. Mili ordenaba los currículums que habían llegado, mientras Darío y Dilan descargaban cajas de licor prémium de un camión.

—A ver, vosotras dos —Richi se apoyó en la mesa, mirando a Be y a Mili—.

Yo estoy saturado con la obra. Vosotras tenéis buen ojo y sabéis lo que busco.

Os encargáis de la plantilla. Haced las entrevistas.

Quiero camareros que sean rápidos y no hagan preguntas, y chicas para imagen que sepan sonreír y tratar a los clientes de mucha pasta. ¿Entendido?

—Hecho, tío Richi —respondió Be, apuntándolo en su libreta—. Filtraremos a los candidatos esta tarde. Mili, ve preparando la sala de la entrada para recibirlos.

—Ahorita mismo, Be —asintió la panameña. Pero antes de irse, se inclinó sobre la mesa y bajó la voz—. Oye, el chico ese, el rubio del currículum de antes... estaba guapísimo, pero seguro no sabe ni abrir una botella de vino. Lo descartamos, ¿verdá?

—Mili, estamos buscando camareros para gente que podría pegarnos un tiro, no concursantes para un reality —suspiró Be, aunque no pudo evitar sonreír—. Descartado. Busca perfiles discretos, ágiles y con experiencia.

Mientras las chicas organizaban los recursos humanos de nuestra tapadera, a unos metros de allí, Darío y Dilan habían montado su propia competición absurda.

—A que no puedes con tres a la vez, pasmado —le estaba provocando Darío a Dilan, señalando una torre de cajas de champán francés.

—Tú eres tonto. Son botellas de cristal grueso, pesan muchísimo —replicó Dilan, prudente, cargando solo dos cajas con extremo cuidado—. Además, si rompo una de estas, el señor Vasco me entierra en la playa.

—Déjate de miedos, hermano. Mira y aprende —fanfarroneó Darío.

El grupo se había integrado a la perfección. Darío y Dilan nos habían sorprendido; eran trabajadores, respetuosos y leales.

Yo estaba revisando unos presupuestos cerca de la barra cuando vi a Darío acercarse a la mesa de Be cargando dos cajas de botellas de vodka que debían pesar veinte kilos cada una.

Iba sudando, con las venas de los brazos marcadas, intentando caminar erguido para lucirse.

—Para que veas, mami —le dijo Darío a Be, dejando las cajas en el suelo con un golpe seco y flexionando los brazos—. Pura fuerza bruta. Si necesitas mover un camión, tú me avisas.

Be soltó una carcajada limpia, negando con la cabeza.

—Eres un fantasma, Darío. En lugar de romperte la espalda, déjame revisar estas facturas.

—¿Cuál es el problema? —le preguntó, señalando la mesa con la barbilla—. Llevas media hora dándole vueltas a ese papel, te va a salir humo de la cabeza.

Be levantó la vista y lo miró de arriba abajo con escepticismo.

—¿Pero tú qué vas a entender de facturas, Darío?

Lejos de ofenderse, el chaval estiró la mano y le quitó el papel de los dedos. Entornó los ojos y, en apenas unos segundos, señaló un renglón con su dedo calloso.

—Te están tangando, patrona —sentenció con total tranquilidad—. Han metido el impuesto panameño sobre el precio con el transporte ya incluido, en lugar de hacerlo sobre la base. Típica estafa para exprimir a los gringos.

Be lo miró fijamente, levantando una ceja, genuinamente sorprendida. El niñato que iba de pandillero callejero acababa de encontrar una trampa al vuelo. Detrás de todas esas cadenas falsas y esa actitud de barrio, Darío era un superviviente listo como el hambre.

Be esbozó una media sonrisa, pragmática, y se recostó en la silla.

—Muy bien, fantasma. Ve a por el hielo y luego llamas para reclamarles esto —le concedió ella, mirándole con un nuevo atisbo de respeto.

Darío le guiñó un ojo, se guardó la factura en el bolsillo trasero del pantalón y se dio la vuelta.

—Descuida, mami. Eso está hecho.

Fue entonces cuando me acerqué por la espalda del chaval y le di una palmada en el hombro.

—Cuidado con las hernias, campeón, que todavía no tenemos seguro médico.

Darío dio un respingo, se puso rígido como una tabla y bajó la cabeza al instante.

—Patrón... disculpe. Yo ya me iba. Ahorita traigo el hielo.

El chico salió casi corriendo. Me apoyé en la mesa frente a mi hija, cruzándome de brazos con una sonrisa burlona.

—Ese fantasma te está tirando los trastos descaradamente, Be.

—Aita, por favor, no digas tonterías —respondió ella, poniendo los ojos en blanco, aunque no pudo ocultar una sonrisilla—. Solo estaba llevando unas cajas.

En ese momento, Dilan se acercó a nosotros con una escoba en la mano. Se detuvo a una distancia prudente, siempre con esa educación exquisita que tenía.

—Señor Vasco... las cajas de la terraza VIP ya están colocadas.

—Gracias, Dilan. Buen trabajo.

El chico dudó un segundo, mirando hacia el suelo, y luego dio un paso al frente bajando la voz.

—Señor... yo sé lo que ustedes hicieron por mí en la ciudad. Si ocupa ayuda para... otros servicios. Cosas serias, de las de verdad. Fuera del club. Yo soy una tumba, patrón. Estoy a sus órdenes.

Lo miré a los ojos. El chico quería entrar en el juego grande. Le puse una mano en el hombro, frenando su ímpetu.

—De momento, nos centramos en los taburetes y las bebidas, Dilan. Ya hablaremos más adelante.

El chico asintió con fervor y volvió al trabajo.

Un par de horas más tarde, el calor apretaba y la frustración de la obra empezaba a pasar factura.

Be se frotaba las sienes frente al portátil, sentada en su mesa bajo la palapa. Acababa de colgar el teléfono de muy mala gana, tirando el bolígrafo sobre las carpetas.

—Malditos inútiles... —masculló.

Darío, que estaba cerca de la mesa, se detuvo y se apoyó en la madera.

—¿Problemas con los estirados de la capital, patrona? —preguntó el chaval.

—El proveedor del equipo de sonido y las luces LED nos acaba de dejar tirados. Dice que las aduanas han retenido los focos y que hasta la semana que viene no llegan. Sin luces y sin sonido esto es una cueva de cemento.

Darío chasqueó la lengua, restándole importancia.

—Eso es porque los de las agencias grandes son unos pendejos de oficina, Be. Si ocupas luces, altavoces, o cualquier máquina rápido y sin papeles, yo conozco a un par de frens de mi antiguo barrio que tienen almacenes llenos de eso. Te lo ponen aquí esta misma tarde.

Be bajó las gafas de sol por el puente de la nariz y lo miró fijamente.

—¿Gente de El Chorrillo? ¿Y me puedo fiar de ellos, Darío?

—De ellos no. Pero de mí, sí —respondió el chico, dándose un golpe en el pecho con orgullo—.

Yo conozco cómo se mueve la calle aquí, mami.