La mentira del paraíso Capítulo 17 El Fantasma en la Caja
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Capítulo 17 El Fantasma en la Caja

La noche cayó sobre Playa Bonita pesada y asfixiante, como si el propio clima panameño supiera lo que estábamos a punto de hacer.

El centro de operaciones se había montado en la caseta del embarcadero. Tecla había desplegado tres portátiles sobre una mesa, iluminando la penumbra con el resplandor azulado de las cartas náuticas y los radares.

A su lado, yo intentaba mantener la respiración pausada. Richi paseaba de un lado a otro mordiéndose el pulgar, y Mario estaba apoyado en la pared, con los brazos cruzados y esa calma que me daba envidia y terror a partes iguales.

Sentada en un sofá de cuero, con una copa de vino en la mano y la vista clavada en las pantallas, estaba Mariena. La Rubia escrutaba cada uno de nuestros movimientos, evaluando si nuestra «nueva empresa» merecía el riesgo.

—El Queen Mary ha llegado a las coordenadas límite de aguas territoriales panameñas, jefe —anunció Tecla, tecleando a toda velocidad—. Todo limpio. Ni guardacostas ni radares comerciales cerca.

En la negrura absoluta del océano Pacífico, el inmenso yate blanco flotaba en silencio con las luces de navegación apagadas.

En la cubierta de popa, Diana cargó su fusil de asalto, se ajustó el visor nocturno y tomó posición, cubriendo el perímetro.

Tolo y AK bajaron por la escalerilla hacia la lancha que habían estado arrastrando. Vestían ropa completamente negra y chalecos salvavidas tácticos.

—Sujétate fuerte, chaval —gruñó Tolo, agarrando el timón de la lancha—. Que aquí no hay farolas.

El gigante empujó el acelerador. Los motores fueraborda rugieron con un zumbido sordo y la lancha salió disparada hacia aguas internacionales, saltando violentamente sobre el oleaje oscuro. El mar abierto de noche no es un lugar para cobardes. Es un abismo negro que te engulle.

Tolo navegó durante veinte tensos minutos guiado únicamente por las coordenadas del GPS que Lucía les había dado.

A su alrededor no había absolutamente nada.

Ni una luz, ni un pesquero, solo la negrura asfixiante del Pacífico fundiéndose con un cielo sin estrellas.

Cada ola que golpeaba el casco sonaba como un disparo sordo.

Tolo tragó saliva. El eco lejano de lo que parecía el motor de un barco grande lo hizo frenar en seco durante un minuto eterno, con la mano aferrando la culata de su arma, hasta que el ruido se desvaneció en la distancia.

La paranoia de estar navegando a ciegas hacia una emboscada le arañaba la nuca.

De pronto, AK le dio un golpe en el hombro y señaló hacia estribor.

—¡Ahí, Mateo! ¡A las dos en punto!

Tolo cortó gas al instante. El silencio abrumador del océano se les echó encima.

A unos cien metros, una pequeña luz estroboscópica roja parpadeaba intermitentemente en medio de la nada.

Tolo y AK intercambiaron una mirada pesada bajo el tenue resplandor verde del panel de mandos.

Un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina les recorrió la espalda.

Ya estaba. Se acabó el farol. Se acabó la mentira para engañar a La Rubia.

Acababan de cruzar la línea de no retorno.

Tolo acercó la lancha al ralentí hasta que el casco de fibra de vidrio golpeó suavemente contra una enorme boya de señalización.

Atados a ella, flotando justo bajo la superficie gracias a una red de contrapesos, había veinticinco fardos impermeables negros. Media tonelada de polvo blanco. El cártel de La Corona acababa de recibir su primer gran cargamento en la oscuridad.

—Venga, AK, tira de riñones —ordenó Tolo, remangándose, con la voz repentinamente ronca por el peso del momento—. Hay que subir esto antes de que a los colombianos, a la guardia costera o al mismísimo Poseidón les dé por aparecer.

Mientras los adultos nos jugábamos la vida y la libertad en alta mar, en la villa contigua se estaba gestando otro tipo de conspiración.

Para mantener las apariencias de normalidad y tener a todos controlados, habíamos organizado una especie de «noche de chicas y críos».

En el inmenso salón de la villa número dos, Nerea, Eva y Catalina bebían margaritas y charlaban sobre otros temas para que los críos no escucharan nada ni sintieran los nervios que realmente tenían.

Be, sentada en la barra de la cocina, las escuchaba con una sonrisa tensa, sabiendo lo que estaba pasando en alta mar.

En los sofás de la sala de juegos anexa, los cinco conspiradores cruzaron miradas. La pequeña María ya estaba dormida hace rato en su habitación.

Aitor se levantó primero, estirando los brazos con una pereza muy exagerada.

—Bueno, Raúl, Hugo y yo nos vamos a la habitación de los invitados a jugar al FIFA —anunció Aitor, con ese tono agudo que se le ponía cuando mentía.

Rachel, que ya tenía el guion preparado, agarró a Lidia del brazo.

—Y nosotras nos vamos al cuarto de arriba. Lidia me va a hacer de modelo para probar unos vídeos de maquillaje para TikTok.

Eva les lanzó un beso desde el sofá.

—Vale, chicos. Pero no hagáis mucho ruido que María está durmiendo ni os acostéis muy tarde.

—Tranquila, mamá. Hasta mañana —dijo Rachel.

En cuanto las puertas de las habitaciones se cerraron, el plan se puso en marcha. Se vistieron con sudaderas oscuras, abrieron la puerta corredera de cristal del jardín trasero con sumo cuidado y se deslizaron hacia el exterior.

La noche tropical estaba plagada de ruidos de insectos, lo que camuflaba sus pisadas sobre la hierba.

Avanzaron agachados, pegados a los inmensos setos que separaban las propiedades, hasta llegar a la villa de La Cantera.

La casa estaba a oscuras. Vacía.

Hugo forzó la cerradura de la puerta trasera de servicio con una tarjeta plástica rígida, un truco que había aprendido en YouTube y que, sorprendentemente, funcionó a la primera.

Se adentraron en la casa en silencio, usando solo las linternas de sus teléfonos móviles.

—Es la puerta del fondo —susurró Aitor, señalando hacia el pasillo—. La vi el otro día cuando vine a buscar a AK. Es una puerta blindada.

Llegaron hasta la habitación de seguridad. Para su asombro, la pesada puerta no estaba pasada con llave, pero al empujarla y entrar, sus linternas iluminaron el verdadero obstáculo. Empotrada en la pared, había una inmensa caja fuerte de acero con un teclado numérico digital parpadeando en rojo.

—Mierda —maldijo Raúl—. Tiene código. La hemos cagado. Se acabó la misión.

Aitor se acercó, frustrado, y tecleó 1234. La caja emitió un pitido agudo y molesto: BEEP. Error.

—Déjame a mí —dijo Hugo, tecleando 0000. BEEP. Error.

—Sois idiotas. Si la bloqueáis, saltará una alarma y nos pillarán —les riñó Rachel, empujándolos a un lado—. Vámonos de aquí.

Pero Lidia no se movió. Se quedó mirando el teclado, con los brazos cruzados y esa mente analítica que a sus diez años ya funcionaba como un reloj suizo.

—Apartaos —ordenó Lidia.

—Lidia, déjalo, no sabemos el código de Tecla —le susurró Aitor.

—Tecla no manda aquí, manda aita —respondió Lidia, con absoluta seguridad—. Y aita le encargó a Tecla que guardara esa caja. Mi padre es un romántico predecible.

Lidia tecleó seis números. El día, mes y año del aniversario de bodas de Diego Vasco y Nerea.

Click.

Una luz verde parpadeó en el panel y un pesado mecanismo de engranajes liberó el cierre.

Rachel, Aitor y Hugo se quedaron con la boca abierta.

Aitor agarró la manivela de acero y tiró de la pesada puerta hacia fuera.

Los cinco críos dejaron de respirar de golpe.

La luz de sus teléfonos iluminó el interior. No había joyas, ni documentos, ni armas.

Había fajos y fajos de billetes, perfectamente empaquetados en plástico al vacío, apilados unos sobre otros.

Era un mar de billetes de color verde. Dos millones en efectivo.

—Joder... —murmuró Rachel, incapaz de apartar la vista de los fajos de billetes.

—Somos millonarios —susurró Hugo, fascinado, acercando la cara casi hasta tocar el plástico—. ¡Me voy a comprar el ordenador más caro del mundo! ¡Y una mansión con una pista de karts en el jardín!

Lidia entrecerró los ojos. Empezó a señalar los montones con su pequeño dedo índice, moviendo los labios a toda velocidad mientras calculaba de memoria.

—A ver, espera... si cada fajo es de billetes de cien, y hay... uno, dos, tres... —Lidia parpadeó, asombrada—. Aquí tiene que haber por lo menos un millón.

—¡Un millón! —exclamó Aitor, con una sonrisa de oreja a oreja, fantaseando ya con el dinero—. Aita seguro que se va a comprar un deportivo que te cagas. Y yo me voy a pedir un barco solo para nosotros, para dar fiestas en la bahía todos los días.

—No tienes ni edad para conducirlo —le cortó Rachel, sacudiendo la cabeza, aunque no podía borrar su propia sonrisa de asombro—. Pero con esto... podemos vaciar todos los centros comerciales de la ciudad. ¡Ropa, bolsos, lo que nos dé la gana!

—Significa que somos asquerosamente ricos —sentenció Aitor, inflándose de orgullo y sintiendo que el corazón le iba a salir por la boca—. Te lo dije, Rachel. Te dije que estaban tramando algo raro en la ciudad. ¡Nuestros padres son los putos amos!

Ajenos al asalto en nuestra propia casa, en el muelle se respiraba alivio.

—Mercancía a bordo. Volvemos al embarcadero —sonó la voz metálica de Tolo por el canal seguro.

Mariena, desde el sofá, levantó su copa de vino hacia mí con una sonrisa de aprobación.

—Parece que la logística funciona, Vasco. Empezáis con buen pie.

Yo asentí, forzando una sonrisa, aunque por dentro rezaba para que la descarga en nuestro muelle fuera igual de limpia.

Quince minutos después, los motores del Queen Mary se apagaron en el embarcadero. Todo estaba cronometrado. Tolo, AK y Silvia, que había bajado desde el control para ayudar, cargaron los veinticinco fardos mojados en la parte trasera de los buggies eléctricos.

Eran las dos de la madrugada. Arrancaron los vehículos silenciosos y subieron a toda velocidad por el camino asfaltado hacia la villa de seguridad, listos para guardar la media tonelada bajo llave.

En la habitación blindada, los niños seguían hipnotizados por los billetes cuando un sonido crujió en el exterior.

El crujido de la gravilla bajo los neumáticos de los buggies.

Rachel se asomó por la rendija de las persianas. Vio dos pares de faros acercándose rápidamente y frenando justo en la puerta principal de la villa.

—¡Están aquí! —siseó Rachel, con los ojos desorbitados por el pánico—. ¡Vuelven!

Aitor empujó la pesada puerta de la caja fuerte, cerrándola de golpe.

Las voces graves resonaron en el exterior, acercándose.

—AK, coge esa bolsa negra y tira para la sala blindada. Tecla, vigila la puerta —ordenó Tolo.

Los niños entraron en pánico. Estaban atrapados en una habitación de un solo acceso, y sus padres acababan de entrar en la casa. Los pasos fuertes y el sonido de las pesadas bolsas militares arrastrándose por el pasillo hacían temblar el suelo.

—Por la ventana del pasillo. ¡Ya! —ordenó Rachel en un susurro desesperado.

Aitor soltó el pestillo de seguridad de la ventana trasera y empujó el cristal corredero. El hueco era estrecho, pero lo suficiente para ellos.

Lidia saltó la primera a la hierba, seguida por Hugo y Raúl.

Aitor ayudó a Rachel a subir al alféizar. Los pasos en el pasillo estaban literalmente a dos metros de la puerta de la habitación.

Rachel se deslizó hacia fuera. Aitor pasó las piernas, aferrándose al marco de la ventana justo en el instante en que el picaporte de la puerta principal de la habitación comenzó a girar hacia abajo.

Con un movimiento rápido, Aitor tiró del marco del cristal desde fuera, cerrando la ventana de golpe.

Clack.

La puerta de la habitación se abrió de par en par.

AK entró sudando, con una pesada bolsa al hombro.

Dejó caer el fardo al suelo con un ruido sordo.

Por un segundo, el mercenario se quedó quieto.

Frunció el ceño, notando el aire ligeramente revuelto en la habitación y mirando de reojo hacia la cortina de la ventana del pasillo contiguo, que aún se balanceaba imperceptiblemente.

—¿Pasa algo, AK? —preguntó Tolo, entrando tras él con otro fardo gigante en el hombro.

AK miró la caja fuerte de acero, que estaba cerrada, y la luz verde apagada. Negó con la cabeza y se secó el sudor de la frente.

—Nada, Mateo. El peso de esta mierda, que me está haciendo ver fantasmas. Venga, apila eso ahí.

Fuera, aplastados contra la humedad del césped tropical y con el corazón taladrándoles las costillas, los cuatro niños contuvieron la respiración hasta que escucharon la voz apagada de Tolo al otro lado del cristal.

Se levantaron en silencio y corrieron agachados a través del jardín, perdiéndose en la oscuridad hasta regresar a la villa número dos.

Entraron por la misma puerta corredera, sudando y temblando, y se encerraron en la habitación de Rachel y Lidia.

Se dejaron caer al suelo. Durante un minuto entero, lo único que se escuchó en el cuarto fue su respiración acelerada y entrecortada.

—Casi nos pillan... —balbuceó Raúl, abrazándose las rodillas—. Dios mío, casi nos pillan.

—¿Habéis visto todo eso? —preguntó Aitor, alucinando, con una sonrisa nerviosa—. Había dinero para comprar un país entero.

—Y estaban metiendo bolsas inmensas —añadió Hugo—. Seguro que era más dinero.

Lidia, que estaba sentada al borde de la cama, miró a su hermano mayor y a Rachel. Su ceño volvía a estar fruncido, analizando las piezas del puzle con la frialdad de quien acaba de resolver un crimen.

—Pensadlo bien —dijo Lidia, bajando la voz—.

Nosotros llegamos aquí y no había nada raro.

De repente, aparece la señora Rubia con su maletita pija.

Todos se ponen súper nerviosos. Tienen reuniones en secreto.

Y ahora, aparece una caja fuerte llena de billetes.

La Rubia trajo la pasta. Es dinero del jefe de mi aita. ¿Y para qué necesitan tanto dinero?

—Para pegarnos unas vacaciones de locos —dijo Aitor, asintiendo lentamente.

Rachel, que seguía apoyada contra la puerta cerrada con el corazón a mil, los miró. La adrenalina de la aventura infantil se había disipado de golpe en su cabeza, dando paso a una realidad mucho más oscura.

—Nadie viaja con millones en billetes para pagarse un mes de vacaciones, Aitor —sentenció Rachel, con una voz helada que hizo enmudecer a la habitación—. Ese dinero no es para pasar unas vacaciones de locos.

Rachel miró hacia la ventana, hacia la oscuridad de la noche panameña.

—Nuestros padres no piensan volver a España. Nos vamos a quedar a vivir aquí.