Capítulo 16 El Botín y la Corona #3
Tolo se acercó a nosotros, desplegando una carta de navegación náutica sobre el capó de uno de los buggies aparcados en el muelle. Era la carta con las coordenadas que Lucía le había mandado a Mario.
—Vale, Diego. La recogida es mar adentro —dijo el gigante, trazando una línea con su dedo grueso—. Necesitaré a dos de tus chicos para la descarga. Es mucho peso.
—Sin problema, Tolo —respondí—. AK y Diana irán contigo en las lanchas rápidas.
Mario, que se había mantenido en silencio desde que bajó del barco, se acercó a la carta de navegación y la tapó con la mano.
—El problema no es la recogida, hermanos. El problema es otro.
—¿Cuál? —preguntó Richi, todavía acelerado.
—Que, si todo sale bien, mañana vamos a estar viviendo en estas villas con media tonelada de cocaína pura escondida bajo nuestro mismo techo.
El silencio cayó sobre el muelle.
—La guardaremos en la habitación de seguridad de la villa de mis chicos —sugerí, intentando convencerme a mí mismo de que era buena idea—. Allí estará a salvo hasta que el bróker la mueva.
Mariena, que estaba escuchando todo con los brazos cruzados, dio un paso al frente, indignada.
—A ver, a ver, a ver... ¿Habitación de seguridad? ¿Estáis locos? —dijo La Rubia, escandalizada—. Niños, Diego. Aquí hay niños corriendo por los jardines. Lo sabéis, ¿verdad? Es una locura operativa.
—Que sí, Rubia, que ya lo sabemos —le cortó Mario, hastiado—. No vengas tú ahora a darnos clases de moralidad, que nos conocemos. Esto es temporal.
Me froté la cara. La presión empezaba a aplastarme. Miré a Richi.
—Ponte con las putas reformas del club ya, Richi. Necesitamos que ese local esté operativo, inexpugnable y empiece a dar dinero y salida a esto cuanto antes. Sacaremos la mercancía de aquí rápido.
Luego, me giré hacia Mariena.
—Sí, Mariena. Sabemos que hay críos. Y precisamente por eso la tendremos aquí, bajo los fusiles de La Cantera. Porque también sabemos que en este país no podemos fiarnos de nadie.
Mario asintió, dándome la razón.
—Y menos ahora —añadió, bajando la voz—. La bróker de la cripto me lo ha advertido hoy. Dice que el cártel de la Corona de Cinco Puntas se está asentando aquí, en Veracruz. Que es su zona.
Tragué saliva, intentando que no se me notara el pánico al oír nuestra propia mentira convertida en una amenaza externa.
—Mientras no piensen que somos nosotros, todo correcto —respondí, aferrándome a un clavo ardiendo.
A la mañana siguiente, el día de la gran recogida nocturna, el ambiente en la finca era el de un auténtico cártel en pleno rendimiento.
Todos los adultos manteníamos el tono de organización criminal real porque Mariena estaba delante, escrutándolo todo.
Ella quería ensuciarse las manos, quería demostrar que estaba tan dentro como todos nosotros en esta «nueva empresa».
Aunque no iría en la lancha, había exigido estar en el muelle de madrugada, controlando los radares con Tecla durante la descarga.
En los muelles, Tolo, AK y Diana repasaban el operativo una y otra vez. Mientras tanto, en un segundo plano que daba total sensación de normalidad, Darío pescaba aburrido en el extremo del embarcadero, y Mili ayudaba a sus padres con el mantenimiento de los jardines. Todo parecía bajo control.
Pero en la gran villa de juegos, el verdadero peligro se estaba gestando.
Aitor y Hugo habían logrado zafarse del ojo cuidador de Rosa y Caridad con la excusa de jugar al escondite. Estaban agazapados detrás de unos inmensos setos tropicales, espiando la terraza donde los adultos tomaban café y trazaban el plan de la noche sobre unos mapas.
—Yo creo que nos da tiempo ahora —susurró Aitor, mirando hacia la villa de La Cantera, que parecía vacía.
—Que no, loco —respondió Hugo, agarrándole de la camiseta—. Tecla nunca se aleja mucho rato de su villa. Seguro que tiene alarmas o regresa a por algo y nos pilla en el salón. Si nos pilla el ninja de AK husmeando, nos arranca la cabeza.
—Si no lo intentamos ahora que están todos reunidos, nunca veremos qué hay de verdad en esa caja.
Hugo aguzó el oído, pegándose aún más al seto.
—¡Ssssh! ¡Silencio! —susurró Hugo, con los ojos muy abiertos—. Dicen algo de que esta noche van a salir todos al mar. ¡Están planeando salir de madrugada, Aitor!
Aitor sonrió.
—¡Corre, vamos a decírselo a las chicas!
Regresaron corriendo a la sala de juegos, donde Lidia y Rachel estaban tiradas en unos pufs viendo una película.
—¿Dónde estabais, par de idiotas? —preguntó Lidia sin quitar los ojos de la pantalla.
—Calla, enana —le espetó Aitor, girándose inmediatamente hacia la mayor—. Rachel. Tu hermano ha oído el plan. Hoy van a salir todos por la noche. Todos. Hoy es el día.
Aitor esbozó una sonrisa torcida que indicaba que la idea que tenía en la cabeza no podía acabar bien de ninguna de las maneras.
Rachel pausó la película y se incorporó, interesada.
—¿Estáis seguros? —preguntó.
—Sí —asintió Hugo, con solemnidad—. Seguros del todo. Van a dejar la villa vacía.
Rachel miró a Aitor a los ojos. Una chispa de pura adrenalina se encendió entre los adolescentes.
—Pues hecho —sentenció Rachel, chocando la mano con Aitor—. Cuando se marchen esta madrugada, entramos a la villa de los chicos. Y buscamos esa dichosa caja.