Capítulo 16 El Botín y la Corona #2
—Anda, abre la puerta, tortolito, que vamos a ver qué dice esta gente —le cortó Mario, señalando el edificio descuidado que tenían enfrente—. Y tú, chitón.
Entraron en un bloque de oficinas decadente. Preguntaron a un conserje que apenas levantó la vista de su periódico y los mandó a la última planta.
Al salir del ascensor, el ambiente cambió. El pasillo olía intensamente a marihuana y a humedad. Frente a una puerta de acero reforzado había cuatro tipos inmensos, armados con pistolas al cinto y actitud de pocos amigos.
Los cachearon con brutalidad. Cuando uno de ellos le puso la mano en la cintura a AK para quitarle la Glock, AK le agarró la muñeca con una fuerza capaz de partir hueso, dispuesto a desarmarlo y romperle el cuello ahí mismo.
—Tranquilo, AK. Está bien —ordenó Mario al instante—. Déjasela. Venimos a comprar, no a invadir.
AK soltó al guardia a regañadientes y entregó el arma.
Dentro de la oficina, los recibió una mujer negra, bajita, con el pelo rapado y cubierta de joyas de oro. Era la bróker de la red. Mario desplegó todo su encanto. En diez minutos, tras unas risas y un par de chistes en jerga paisa, Mario se la había metido en el bolsillo.
Le hizo una señal a AK. Este tocó su pinganillo.
—Tecla, dale al botón verde.
En el yate, Tecla ejecutó la transferencia desde el portátil. Millón y medio de euros en cripto volaron por el ciberespacio.
El teléfono de la mujer pitó. Ella miró la pantalla, sonrió con dientes de oro y les entregó un sobre sellado.
—Aquí tienen las coordenadas y la radiofrecuencia de la embarcación de Lucía —dijo la mujer—. Ha sido un placer, señores. Antes de que se vayan... ¿me dijeron que van a mover todo esto hacia la zona de Veracruz?
—Así es —respondió Mario, guardando el sobre—. Nos vamos a asentar allí. Cuando quieras, estás invitada a tomar algo.
La mujer borró la sonrisa.
—Tengan mucho cuidado, mis reyes. Esa área de la bahía es la zona cero de la Corona de Cinco Puntas. Un cártel nuevo, pero dicen que son unos demonios salidos del infierno.
Mario tragó saliva de forma casi imperceptible. A su lado, AK dejó de respirar durante un segundo al darse cuenta de que su maldita «obra de arte» con spray negro en la pared de El Chorrillo acababa de bautizarlos oficialmente como el cártel más temido de Panamá.
Fingiendo una calma absoluta, Mario se ajustó el cuello de la camisa.
—Pues habrá que decirles que ahora vamos a estar nosotros allí —dijo con frialdad.
La mujer negó con la cabeza lentamente.
—Mucha gente pa' tan poco sitio, papi. Que Dios los bendiga.
El regreso a Playa Bonita les llevó apenas quince minutos cruzando la bahía.
En el muelle de Villa Queen Mary, Richi y yo llevábamos tres horas esperando, paseando de un lado a otro de las tablas de madera. Nerea y las chicas estaban en la playa con los críos.
Desde el agua, subidos a sus tablas y formando un círculo flotante, los niños vigilaban el horizonte.
—Mirad, bro, ya vuelven —anunció Hugo, señalando la estela blanca que dejaba el Queen Mary al acercarse.
Lidia puso los ojos en blanco, salpicándole un poco de agua.
—Estás obsesionado con AK, Hugo. Pareces su fan.
—Es que... es guay. ¡Surfea que te cagas y tiene pinta de ninja! —se defendió el chaval.
Rachel, que estaba sentada en su tabla con las rodillas abrazadas, entrecerró los ojos hacia el muelle.
—¿Qué será ese maletín que sostiene el tío Richi? —preguntó—. Míralo, si está dando saltos de alegría.
—No sé, pero han ido a la ciudad a por eso, seguro —apuntó Aitor, nadando un poco más cerca de ella—. Están tramando algo raro.
Raúl, el más friki de los hermanos, se iluminó.
—¡Y si hacemos una misión táctica! —propuso, bajando la voz—. Entrada sigilosa en la zona prohibida y recogida de loot. Como en los videojuegos.
Rachel le dio un manotazo en el agua.
—Déjate de videojuegos, enano. Esto es la vida real.
Se hizo un pequeño silencio entre ellos. Todos miraron hacia el muelle, donde los adultos se abrazaban alrededor de un maletín negro metálico.
Rachel esbozó una sonrisa idéntica a la de su padre.
—Pero... ¿y si vamos a ver qué traen en esa caja?
Aitor sonrió. El plan estaba en marcha.
En el muelle, ajenos a los pequeños espías acuáticos, la euforia era total.
Richi sostenía el maletín pesado con ambas manos, casi vibrando de alegría.
—¡Aquí está! ¡Joder, aquí está el dinero para comprar el club y empezar las reformas! —gritaba Richi, radiante.
Mariena, que acababa de bajar del yate, se acercó a él con gesto severo.
—Frena, Richi. Bueno, antes de empezar a gastar como nuevos ricos, tenemos que limpiarlo y meterlo en el circuito legal.
Di un paso al frente y le arranqué el maletín de las manos a mi hermano con un tirón seco.
—De eso no te preocupes, Mariena. De blanquear el efectivo para el club se encargan mis chicos. Hasta que te pongas al punto y controles las operaciones desde Panamá, ellos hacen ese trabajo sucio.
Me giré hacia Tecla y le entregué el maletín, que pesaba como un muerto. Dos millones de euros en billetes pesan lo suyo.
—Tecla, guardad esto en la caja fuerte de la habitación de seguridad de vuestra villa —le ordené, mirándolo fijamente a los ojos para que entendiera que Mariena no podía tener acceso a ese dinero—. Y esperad mis instrucciones.
—Entendido, jefe.
Tecla les hizo un gesto con la cabeza a AK y a Silvia, y los tres se marcharon a paso rápido hacia su villa, custodiando el tesoro.