Capítulo 16 El Botín y la Corona
En la planta baja de la villa de los chicos el ambiente era una mezcla de armería clandestina y vestuario antes de una final. Sobre la inmensa mesa de cristal del salón, La Cantera repasaba el equipo táctico: cargadores, transmisores encriptados y pistolas compactas.
—¿Veis como yo tenía razón? —fanfarroneó AK, metiendo un cargador en su Glock con un chasquido seco—. Al final el jefe pasa de jubilarse. Estamos montando un cártel de verdad.
—De momento, lo único de verdad es que vamos a por la pasta, AK. Eso seguro —le cortó Tecla, tecleando a toda velocidad en su portátil—. El jefe dijo que nuestra prioridad hoy es escoltar a Mario, a Mariena y al dinero. Todo lo demás es teatro para La Rubia.
—Teatro o no, esto se está poniendo serio —insistió AK.
—Dejad ya de haceros pajas mentales, los dos —saltó Silvia, cerrando una pesada bolsa de lona negra—. Nosotros a lo nuestro. Y, por favor, intentemos no cagarla como en El Chorrillo.
AK frunció el ceño, deteniendo sus manos sobre la mesa.
—No fue una cagada, Silvia. Fue una operación de extracción perfecta.
Diana, que estaba apoyada contra el marco de la cristalera terminando su café, esbozó una sonrisa divertida y letal.
—Bueno, digamos que el jefe no pensó lo mismo cuando vio nuestra firmita en el telediario nacional, Rambo.
—Se acabó la charla. Coged las armas y vamos al embarcadero —ordenó Silvia, zanjando la conversación y colgándose la bolsa al hombro.
El grupo salió a la explanada y se subió a los dos buggies eléctricos que usábamos para movernos por el interior del inmenso complejo. Mientras descendían por el camino asfaltado hacia los muelles, bordearon la zona de la playa privada.
Allí estaba la otra cara de nuestra moneda.
Lidia, Aitor, Rachel, Hugo y Raúl estaban en el agua, chapoteando y subiéndose a las tablas de paddle surf. En la orilla, la pequeña María hacía castillos de arena bajo la atenta y maternal mirada de Rosa y su hija Caridad, las familiares de Cecilio que habíamos contratado como niñeras permanentes.
Raúl, el mediano de Tolo, se secó el agua de los ojos y señaló hacia los carritos eléctricos que pasaban a lo lejos.
—¿A dónde irán ahora esos? —preguntó.
—A saber, bro. Cosas de mayores —respondió Aitor, intentando mantener el equilibrio sobre la tabla.
Lidia se cruzó de brazos, con el agua por la cintura, y frunció su pequeño ceño analítico.
—Yo solo sé que nuestros padres están rarísimos. No paran de tener reuniones. Y no sé qué pinta esa señora rubia nueva viniendo con nosotros de vacaciones.
—Pues esa señora es muy amiga de nuestros padres —apuntó Rachel, ajustándose las gafas de sol con actitud de superioridad—. Creo que llevan trabajando juntos desde hace años en la empresa de tu padre, Lidia.
Lidia entrecerró los ojos, desconfiada.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque es una chismosa —bromeó Hugo, salpicándole agua a su hermana mayor.
Todos estallaron en risas y empezaron una guerra de agua. Todos menos Aitor, que se quedó petrificado, y Rachel, que le lanzó una mirada asesina a su hermano.
—¿Tú no te ríes o qué? —le soltó Rachel a Aitor, a la defensiva.
—Eh... eh... no, no. No creo que seas una chismosa —balbuceó Aitor, rojo como un tomate.
Desde un par de metros más allá, Hugo y Raúl soltaron una carcajada.
—¡Oye, tortolitos! ¿Venís a jugar o qué? —gritó Hugo.
—¡Que no nos llames tortolitos, idiota! —bramó Rachel, lanzándose al agua para ahogar a su hermano.
Aitor se quedó solo en la tabla, mirando cómo los buggies llegaban al embarcadero.
Vio cómo AK y las chicas subían al inmenso yate blanco, seguidos por su padre, por sus tíos Tolo y Mario, y por aquella extraña señora rubia.
Él, al igual que su hermana Lidia, sabía que aquello no eran unas simples vacaciones.
En el muelle, el ambiente era una mezcla de euforia desmedida y tensión contenida.
Mario y Richi estaban radiantes. La noche anterior había sido dura, pero a estos dos cabrones el alcohol y los excesos ni se les notaba. Estaban emocionados con los negocios que se venían encima.
Yo, en cambio, sentía que caminaba por un campo de minas.
—Tranquilo, Diego —me dijo Mario, apartándose para dejar que los chicos subieran a bordo—.
Tus chicos nos escoltan a por el efectivo y pasamos por la oficina de finanzas para que Mariena haga la magia.
Cuando La Rubia haga la transferencia a nuestro favor, pago la cuenta de Lucía y allí me dan las coordenadas y la hora de la descarga. Es pan comido.
—Pan comido... —repetí, frotándome la sien—. Ándate con ojo, Mario. Panamá capital no es tu selva de Colombia. Y haced caso de mis chicos en la ciudad. Ellos mandan en la calle.
Richi se acercó, le dio un abrazo a Mario y le soltó una palmada en la espalda.
—¡Con dos cojones, hermanito! ¡Tráenos esa ruta!
Tras un apretón de manos, el yate, capitaneado por Tolo, soltó amarras y partió hacia mar abierto.
El plan de La Cantera era sencillo y brillante.
Tolo atracó el Queen Mary en el Ocean Reef Islands Marina, el puerto privado más exclusivo y blindado de Ciudad de Panamá. Mientras Tolo vigilaba el barco, Tecla montó su centro de operaciones en el camarote principal, rodeado de pantallas, conectándose y triangulando las radios del equipo.
Silvia conducía un SUV negro blindado de alquiler, moviéndose con frialdad por el caótico tráfico de la capital. En la parte trasera iban Mario y Mariena, repasando los números. Y en los asientos delanteros, AK y Diana hacían la escolta perimetral con los sentidos al límite.
Sin embargo, la tensión del trabajo siempre encontraba una válvula de escape en ellos.
—Diana, te he dicho que vigiles el flanco izquierdo en los putos semáforos —gruñó AK, mirando por el retrovisor exterior.
—El izquierdo está limpio, pesado. Preocúpate de tus motos por la derecha, que pareces bizco hoy —le replicó ella con veneno.
—Si me hicieras caso una sola vez en la vida...
Mario, desde el asiento trasero, los observaba discutir con una media sonrisa, pero no dijo nada.
La primera parte de la operación fue un éxito rotundo.
Entraron en un rascacielos de cristal en el distrito financiero.
Una oficina de inversiones de alto standing con vistas a toda la bahía.
El banquero, un suizo-panameño de traje a medida y sonrisa condescendiente, les ofreció café antes de intentar jugar sus cartas.
Empezó a hablar de «nuevas normativas internacionales de blanqueo», de «tiempos de latencia» y dejó caer la necesidad de retener un cinco por ciento extra por «costes de gestión imprevistos».
Mario se tensó en el sillón de cuero, a punto de intervenir, pero Mariena levantó un solo dedo con una lentitud casi hipnótica, silenciándolo al instante.
—Señor Hoffmann —le interrumpió La Rubia, con una voz aterciopelada que bajó la temperatura del despacho cinco grados—.
Conozco exactamente el estado de los fondos en Suiza de don José María, sé de qué cuentas espejo provienen y también sé cuánto porcentaje se embolsó usted por debajo de la mesa en la última recalificación de Marbella para ignorar, precisamente, esas normativas que ahora menciona.
El banquero parpadeó, borrando su sonrisa de golpe. El color abandonó su rostro.
—No le estoy pidiendo un favor, Hoffmann.
Estoy ejecutando una orden de liquidación directa —continuó Mariena, inclinándose sobre la mesa, apoyando las dos manos sobre el cristal—.
La transferencia a la billetera fría se hace ahora mismo delante de mí.
Y los dos millones en efectivo los quiero en esos dos maletines antes de que me termine este café.
O le aseguro que la próxima visita que reciba desde España no será para hablar de números.
El banquero tragó saliva, pálido, y asintió apresuradamente, tecleando en su ordenador con manos temblorosas.
En menos de una hora, salieron de allí con dos maletines muy pesados.
Dos millones de euros en efectivo, y un millón y medio más transferido a una billetera fría de criptomonedas, listos para pagar la cocaína de Colombia.
De vuelta al SUV, el grupo se dividió. Mariena, Diana y Silvia se quedarían en el vehículo con los dos millones en efectivo. Mario y AK caminarían hasta una segunda casa de cambio menos «oficial» para ejecutar el pago a la guerrilla.
Mientras caminaban por la acera, sorteando ejecutivos de traje y turistas sudorosos, Mario encendió un cigarrillo y miró a AK de reojo.
—Oye, AK. Una pregunta seria.
—Dime, Mario.
—¿Os habéis liado ya Diana y tú? Apuesto cincuenta pavos a que no.
AK tropezó ligeramente, perdiendo su aura de soldado implacable durante un segundo.
—¿Que si se ha liado quién? —respondió, haciéndose el sordo.
—No te hagas el loco, pajarillo —se rio Mario, expulsando el humo—. Que llevo viéndoos discutir como un matrimonio viejo desde que os conocí.
AK se ajustó el pinganillo de la oreja, incómodo.
—No... Nunca nos hemos liado.
—Ahí está el puto problema —sentenció Mario, dándole una palmada en el hombro—. Liaros de una puta vez. Si sale bien, pues de puta madre. Y si sale mal, pues ajo y agua. Así por lo menos dejáis de dar por saco en el coche.
AK negó con la cabeza, muy serio.
—No es tan fácil, Mario.
—¿Por qué cojones no es tan fácil? Sois dos chavales jóvenes, en forma y encerrados en la misma casa. Lo difícil es no follar.
—En La Organización no dejan tener relaciones entre miembros operativos. Está prohibido.
Mario se detuvo en seco en medio de la acera. Lo miró fijamente.
—¿Eso te lo dijo Diego?
—Eh... no. Pero lo leí en los libros de la trilogía. Lo dejaba muy claro. Regla número siete.
Mario soltó una carcajada tan estruendosa que un par de ejecutivos se giraron a mirarlos.
—¡No seas gilipollas, chaval! —dijo Mario, limpiándose una lágrima de risa—.
¡Esa regla se puso hace veinte años porque la cúpula de La Organización eran todos clanes gallegos de los mismos pueblos!
¡Se hizo para evitar que se acabaran follando entre primos, atontado!
¿Te crees que a Diego le importa un carajo si te lías con Diana?
AK parpadeó, procesando que había estado respetando una norma de los narcos de los noventa.
—Ah... —murmuró, sintiéndose estúpido—. Pensé que sí.