La mentira del paraíso Capítulo 15 Sangre de mi Sangre #2
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Capítulo 15 Sangre de mi Sangre #2

—Be, escúchame. Eso no cambia la oscuridad que llevamos encima.

Tienes que mantenerte lo más lejos posible de esta mierda.

Lo que has leído, lo que escuchas... todo este montaje del cártel es solo un puto paripé para engañar a Mariena.

Mi única intención es salir de esta vida para siempre.

En cuanto ella se trague el anzuelo y el peligro pase, te buscaremos un sitio seguro.

Volverás a Europa, terminarás tu carrera, harás tu vida normal...

—No hay vida normal a la que volver, aita —me cortó ella, apartando mis manos con suavidad pero con firmeza—.

Me lo dijiste tú mismo en el despacho. El viejo mundo se acabó.

Y aunque creas que es un paripé, si La Rubia descubre la mentira, nos matarán a todos.

No me voy a quedar sentada en una jaula de oro mirando a la pared mientras vosotros os jugáis la vida ahí fuera fingiendo ser narcos para salvarnos.

Levantó la barbilla, clavando sus ojos en los míos.

—Ahora que lo sé todo, quiero formar parte de esto.

Di un paso atrás, alarmado, subiendo el tono sin darme cuenta.

—¡No! Ni hablar, Be. De ningún modo. No sabes lo que dices.

—Sí lo sé, aita...

—¡No, no lo sabes! —le susurré, agarrándola de los hombros—. Aunque sea teatro, el fuego quema. Es cárcel. Es sangre. Si cruzas esta línea, tu inocencia se acaba para siempre.

Se lo estaba diciendo intentando asustarla con un infierno que yo mismo me empeñaba en creer que era falso, a pesar de que la sombra de los quinientos kilos reales de Mario ya pesaba sobre mis hombros.

Be me sostuvo la mirada. No parpadeó. No retrocedió.

—No soy una niña —me cortó con firmeza—. Sé hacer cosas con los números. Estudio Administración de Empresas, aita. ¿Te crees que la empresa que quería montar en España no la había diseñado pensando en que tus latas de atún igual se quedaban cortas para lavar dinero algún día?

Me quedé de piedra.

—¿Qué dices, hija?

—Lo que oyes. Ya me olía algo en Vizcaya. Te lo dije la primera noche. Y sabía que mis conocimientos me iban a servir en esta familia tarde o temprano.

La miré, fascinado por el monstruito que yo mismo había creado. No pude evitar sonreír. La volví a abrazar con fuerza, besándole la frente. Quería sacarla de aquel mundo y, al mismo tiempo, una parte de mí no podía evitar admirar la sangre fría con la que acababa de plantar cara a su propio padre.

—Mañana por la mañana... tendremos que hablar muy seriamente con tu madre sobre esto.

Be sonrió ligeramente.

—Buenas noches, aita.

Le besé la frente y la vi alejarse por el jardín hacia la villa contigua.

Me quedé solo unos segundos en el porche, mirando las luces reflejadas sobre el agua.

Mi hija sabía la verdad.

Mi niña quería entrar en mi mundo.

Y yo acababa de descubrir que ya no sabía cómo sacarla de él.

A la mañana siguiente, el sol castigaba la bahía.

Antes de que arrancara la operativa del día, Nerea, Eva y Catalina estaban sentadas alrededor de una de las mesas del porche, tomando café helado. Yo las observaba desde la cocina a través del ventanal abierto.

—La Rubia llega al mediodía —dijo Catalina, removiendo su café con una pajita, ajena a la tensión real—. Qué bien, ¿verdad? Por fin el Viejo nos suelta la pasta y nos podemos relajar.

Eva, que era mucho más afilada que la mujer de Richi, negó con la cabeza, mirando a Nerea.

—Tolo lleva toda la noche haciendo cálculos de nudos, millas náuticas y capacidad de combustible en las lanchas, Nerea. Y Mario ha vuelto de Colombia con cara de haber firmado un tratado de paz.

Nerea le dio un sorbo a su vaso, con la mirada perdida en el océano.

—Lo sé, Eva. Diego apenas ha dormido. El problema es que el cártel de mentira que nos inventamos para engañar a Mariena... a nuestros maridos les está pareciendo una idea cojonuda de verdad.

Y al fin, llegó la hora.

Mariena aterrizaba en Tocumen. Para mantener la farsa del imperio, mandamos a La Cantera a recogerla en un convoy blindado. Pero, por orden mía, AK y Silvia fueron en otro coche a tres kilómetros de distancia, asegurándose de que nadie, ni de España ni de Panamá, seguía a la consejera del Viejo.

No hubo seguimientos. Fue un trayecto limpio.

Cuando el 4x4 frenó en la explanada de la villa y Mariena bajó, todos notamos el cambio. Vestía ropa más ligera, colores claros, y en su rostro había una sonrisa genuina. Parecía haberse quitado veinte años de encima al salir de la sombra del Viejo.

Nos reunimos en el despacho de caoba a puerta cerrada.

—El Viejo os envía sus bendiciones y su eterno agradecimiento por todos estos años de lealtad —dijo Mariena, sentándose en la cabecera de la mesa, disfrutando de la ironía de sus propias palabras.

Richi se inclinó hacia delante, tamborileando los dedos sobre la madera.

—Muy bonito. ¿Y la puta pasta?

Mariena soltó una carcajada.

—¿Te piensas que iba a llegar por la puerta del aeropuerto internacional de Tocumen con un maletín de cuero lleno con tres millones y medio de euros en efectivo, Richi?

—Joder, ya sé que no, Rubia —gruñó él, molesto—. Digo que si no ha habido ningún problema con la liquidación.

—Ninguno —le tranquilizó ella—. Mañana a primera hora tenemos que ir a una oficina financiera en el centro de Panamá capital. El Viejo hizo la transferencia a través de sus fondos en Suiza. Allí nos entregarán el dinero limpio, listo para gastar. Os lo dije. Le habéis cumplido un deseo.

—Puto Viejo —escupió Tolo con desprecio, apretando los puños—. Embustero hijoputa. Se quita de en medio a los que le levantamos el imperio para dejárselo a los inútiles de sus hijos.

Mario levantó la mano, poniendo paz.

—Olvídate ya del Viejo, Mateo. Eso es el pasado. Ahora, el Cártel de los Hermanos es nuestro propio patrón.

—Amén a eso —dije yo, asintiendo, sintiendo que la soga se apretaba un poco más alrededor de mi cuello.

Mariena nos observaba con atención. Parecía estar contemplando el nacimiento del nuevo cártel con la ilusión de quien se reúne con viejos camaradas de armas y busca una segunda oportunidad en la vida, lejos de la dictadura del Viejo.

—¿Cuándo llega vuestra primera mercancía? —preguntó La Rubia, yendo directamente al grano.

—En dos días —respondí por todos, asumiendo mi papel—. Los mellizos están montando una antena de rastreo marítimo en el tejado del muelle. Tolo tendrá vía libre en los radares para meter las lanchas.

Mariena asintió, satisfecha. Luego giró la cabeza hacia nuestro francotirador.

—Y tú, Mario... esa tal Lucía. ¿Estás seguro de que cumplirá su parte en Colombia?

Mario sonrió con esa calma letal suya, dándole un sorbo lento a su copa.

—Ya lo verás, Rubia. Ya lo verás.