Capítulo 15 Sangre de mi Sangre
La llegada de Mario a las Villas Queen Mary trajo consigo una tormenta perfecta.
Estábamos encerrados en el despacho de caoba. Cuando Mario terminó de relatar su aventurita en la selva del Chocó, el silencio en la sala fue tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.
—¿Quinientos kilos? ¡¿Estás loco, Mario?! —grité, poniéndome en pie de un salto, apoyando las manos sobre el escritorio—. ¿Cómo, Mario? ¿A la guerrilla? Ahora también financiamos a la guerrilla colombiana, estupendo. ¡Era un puto farol para Mariena! ¡No somos un cártel de verdad!
Mario ni se inmutó. Estaba recostado en el sofá de cuero, sirviendo cuatro vasos de whisky de malta con una tranquilidad pasmosa.
—Era una mentira, Diego —concedió Mario, dándole un sorbo a su copa—. Pues ahora tenemos un negocio. No te pongas dramático.
—¡¿Que no me ponga dramático?! —exclamé, abriendo los brazos, sintiendo que me iba a dar un infarto—. ¡Has apalabrado media tonelada de cocaína, pedazo de cabrón! ¡No tenemos infraestructura, no tenemos red de distribución! ¡Somos padres de familia intentando esconderse!
Tolo, que estaba apoyado contra la pared de madera, se rascó la barba y dejó escapar un gruñido de aprobación.
—A mí quinientos me parece un número cojonudo, Diego. Cifra redonda —comentó el gigante, asintiendo para sí mismo—. Demuestra seriedad. Si le pedimos veinte kilitos a esa tal Lucía, vamos a parecer camellos de instituto.
—¡Tú cállate, Mateo! —le señalé con el dedo, desesperado—. ¿De verdad vas a aplaudir esta locura? ¡Te vas a jugar la vida en alta mar por un farol que se nos ha ido de las manos!
—El farol de La Rubia nos iba a dejar en la ruina, hermano —insistió Mario, restándole importancia con un leve movimiento de la mano—. Las mentiras hay que sostenerlas con hechos. Yo he puesto los hechos sobre la mesa.
Richi, que estaba sentado en una butaca frente a mí, los miraba a los dos con un orgullo casi reverencial. Tenía las pupilas dilatadas y una energía nerviosa que le hacía mover la pierna sin parar. Estaban disfrutando. Los muy cabrones estaban disfrutando de verdad.
—Mario tiene razón, Vasco. Tenemos que ver el lado positivo —saltó Richi, frotándose las manos con una sonrisa de oreja a oreja—. Además, mientras vosotros discutís sobre si somos narcos de verdad o de mentira, yo ya he comprado mentalmente nuestro club.
Me dejé caer en la silla, pasándome las manos por la cara, sintiendo cómo perdía el control absoluto de mi propia gente.
—¿Qué dices, Richi? —le espeté, notando cómo el ardor me subía por el pecho—. ¿Qué club vas a comprar tú mentalmente, si puede saberse?
—Pues El Cielo —dijo Richi, levantando las manos como si fuera lo más obvio del mundo—. Como conozco a Mario mejor que a mi propia madre, sabía que iba a traer material en abundancia. Así que he estado haciendo mis deberes en Panamá mientras este cabrón se paseaba por la selva.
—¿Qué deberes? —insistí, sintiendo que la úlcera me ardía.
—Gracias a tus mellizos cibernéticos, he dado con el fondo de inversión panameño que gestiona El Cielo. El beach club.
—Suéltalo ya.
—Que se puede ofrecer pasta por él. El gerente, el tal Juan Carlos, es un mandado. Los dueños reales están en quiebra. El puto club está en venta, Vasco.
—¿Y qué cojones hacemos con un club si no tenemos a quién venderle la mercancía, pedazo de animal? —intervino Tolo, cruzándose de brazos, aunque sus ojos brillaban con interés.
Richi sonrió con suficiencia.
—Ahí entra mi segundo descubrimiento. Mario me dejó unos contactos antes de irse.
He dado con lo que aquí llaman un «bróker de la droga».
Un tipo que conecta la mercancía al por mayor con las pandillas locales y los compradores de la ciudad, llevándose un porcentaje.
Nosotros metemos la droga, el bróker la mueve sin que nos manchemos las manos en la calle, y lavamos el efectivo a través de las botellas de champán de El Cielo. Es un circuito perfecto.
Mario se levantó, le tendió un vaso de whisky a Richi, otro a Tolo y dejó el último sobre mi mesa.
—Nosotros hemos cumplido nuestra parte del plan de negocio —dijo, alzando su copa hacia el gigante—. Ahora, Tolo, haz tu magia marinera y tráenos esa coca hasta la puerta de casa.
—Eso está hecho, hermanito —gruñó Tolo, bebiéndose el whisky de un solo trago, con una sonrisa fiera iluminándole el rostro.
Los miré a los tres. Richi y Mario no querían los millones del Viejo para jubilarse. Les daba igual tener dinero para aburrir. Lo que querían era la acción. Les encantaba este simulacro de cártel. Estaban disfrutando como críos con zapatos nuevos, y eso era lo que más miedo me daba.
Mientras tanto, en el salón de la villa contigua, el ambiente era radicalmente distinto.
El aire acondicionado zumbaba suavemente. Darío estaba desparramado en un sofá de cuero blanco, devorando un bol de patatas fritas importadas mientras veía un partido de béisbol en la inmensa pantalla plana. A unos metros, Mili se probaba distintos peinados frente a un espejo de cuerpo entero.
En el extremo opuesto del salón, aislada de todo, Be estaba sentada en el suelo con el portátil encriptado sobre las rodillas. Llevaba horas leyendo. Devorando las páginas de mi pasado.
Darío se metió un puñado de patatas en la boca y la miró.
—Oye, Mili... —dijo el chico con la boca llena—. Una pregunta seria. ¿Yo estoy secuestrado? Porque si esto es un secuestro, le voy a decir a mi abuelita que cancele el rescate. Tienen aire acondicionado central, comida gringa infinita y la televisión más grande que he visto en mi perra vida.
Mili soltó una carcajada, dándose la vuelta con un cepillo en la mano.
—Qué dices de secuestrado, pesao. Ya te lo dijo el señor Diego. Quiere que te quedes aquí unos días de invitado para asegurarse de que nadie de tu barrio te hace daño, como le pasó a mi pobre hermano. ¿A que sí, Be?
Be no respondió.
Sus ojos volaban sobre las líneas de texto en la pantalla.
Estaba leyendo el capítulo donde relataba cómo habíamos ejecutado a los asesinos de Miguel, nuestro hermano.
Estaba leyendo sobre sangre fría, sobre tortura, sobre cómo su padre, el hombre que la llevaba al colegio y le cocinaba los domingos, era un carnicero.
Una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.
Darío, notando el silencio, se inclinó hacia delante en el sofá.
—Oye, gringa... ¿qué es eso que lees que te pone tan triste? ¿Una novela de esas de amor? —preguntó, intentando hacerse el gracioso para flirtear un poco, perdiéndole el miedo a la situación.
Be cerró el portátil de golpe. El sonido fue como un disparo en el salón. Se secó la lágrima de la mejilla con el dorso de la mano y lo fulminó con una mirada tan fría, tan idéntica a la mía, que Darío se atragantó con una patata.
—¿Podéis callaros la puta boca y dejarme unas horas tranquila, por favor? —dijo Be, con la voz cargada de una molestia que cortaba el aire—. Quiero acabar de leer esto.
Darío levantó las manos, asustado de nuevo.
—Tranquila, patroncita, tranquila. Yo sigo viendo la tele. Secuestrado, mudo y tranquilito...
Mili se tapó la boca para no reírse. Be suspiró, suavizando el gesto al ver la cara de terror cómico del chico, y acabó soltando una media sonrisa antes de volver a abrir el ordenador.
De vuelta en el despacho de caoba, la maquinaria estaba en marcha.
—Mariena estará aquí en unos días con nuestro dinero —les recordé, intentando mantener los pies en la tierra—.
Tecla se va a encargar de montar el entramado de empresas pantalla para comprar el beach club legalmente.
Pero la compra del local tardará, y con la puta reforma VIP que le quieres hacer, Richi, se alargará un mes por lo menos.
—Un mes necesario, hermano —replicó Richi, frotándose las manos—. El local va a quedar de absoluto lujo. Piensa en el beneficio cuando esté a pleno rendimiento.
Golpeé la mesa con el puño.
—¡Piensa en engañar a La Rubia, hostia! ¡No necesitamos esto! ¡Vamos a tener pasta limpia de sobra, joder! ¿Qué es lo que no entendéis?
—Que sí, que sí, Diego —me interrumpió Mario, alzando una mano con indiferencia—. Primero hacemos este trabajo, compro la droga, pagamos el veinte por ciento de comisión a la nueva «familia», y luego ya iremos viendo. Paso a paso.
No había manera. La bestia estaba desatada.
Entrada ya la madrugada, dimos la reunión por terminada.
Mario y Richi decidieron compartir villa, argumentando que tenían que pulir detalles del bróker, aunque yo sabía que Mario simplemente no quería estar solo con sus pensamientos.
Tolo se fue con Eva, y yo caminé lentamente por el jardín iluminado hacia mi casa.
Al acercarme al porche, vi una figura sentada en los escalones de madera, abrazándose las rodillas.
Era Be.
Me detuve en seco.
—Be, cariño... ¿qué haces aquí fuera? Es tardísimo —le pregunté con suavidad—. ¿Y Darío?
—Está durmiendo en el sofá de invitados, aita. Ronca como un oso —dijo ella.
Se levantó. Caminó hacia mí y, sin previo aviso, me rodeó el torso con los brazos y apoyó la cabeza en mi pecho. La abracé con fuerza, cerrando los ojos, temiendo que fuera la última vez que me mirara con cariño.
—¿Por qué nunca me contaste nada de esto, aita? —susurró contra mi camisa.
—Pasó hace mucho tiempo, Be. Antes de que tú nacieras. Era parte de mi pasado. De una vida que quería enterrar.
Be se separó un poco y me miró a los ojos.
—Una parte que tendría que haber conocido, ¿no crees?
Tragué saliva.
—Entonces... después de leer todo lo que he hecho... ¿no piensas que tu padre y tus tíos somos unos monstruos?
Be dudó. Miró hacia la oscuridad de la selva y luego volvió a mirarme. Se secó el rastro de humedad de los ojos.
—He leído lo que le hicieron a Miguel. Y lo que vosotros hicisteis para vengar a la familia.
Hizo una pausa, y su voz no tembló lo más mínimo cuando pronunció la siguiente frase:
—Si alguien le hiciera daño a mis hermanos o a mamá... ten por seguro, aita, que yo haría exactamente lo mismo.
El corazón me dio un vuelco. Sentí un orgullo salvaje e instintivo, pero el terror de verla asomarse a mi abismo me obligó a reaccionar. La agarré suavemente por los hombros.