Capítulo 14 Fuego en el Chocó
El leve pitido electrónico del teléfono satelital fue devorado al instante por el zumbido ensordecedor de la selva colombiana. Millones de cigarras, el graznido de las guacamayas y el rugido espeso del motor fueraborda llenaban el aire pesado y húmedo del departamento del Chocó.
Mario guardó el aparato en el bolsillo del pantalón y se bajó el ala del sombrero de lona para protegerse del sol y de las miradas.
Mientras el lanchero local sorteaba los manglares de la costa pacífica, la mente de Mario trabajaba a mil por hora.
No quería la puta jubilación dorada de Vasco.
La idea de pasar a la inactividad, de convertirse en un fantasma gordo y aburrido viviendo de las rentas de unos libritos de mierda, le revolvía el estómago.
Él era un depredador. Su ecosistema era el peligro.
Si Diego había decidido dinamitar su vida en Colombia por culpa del Viejo y de la maldita serie de televisión, él estaba en su derecho de construir su propia empresa.
Sabía perfectamente que Vasco y Tolo jamás habrían dado ese paso por voluntad propia.
Tenían mujeres, tenían hijos que iban al colegio, tenían miedo a perderlo todo.
Y por un segundo, un destello de culpa le arañó el pecho.
No quería perjudicar a sus hermanos, daría la vida por ellos si hiciera falta.
La lancha se adentró por la desembocadura del río Juradó.
Mario se mantuvo agachado. El viaje desde Medellín hasta allí había sido un ejercicio de paranoia absoluta.
Durante años, él había sido el enlace directo de La Organización con los capos de Medellín.
Si alguno de esos viejos conocidos del cártel lo hubiera reconocido, el chivatazo habría llegado al Viejo antes del amanecer, reventando el plan.
Por eso había elegido aquella ruta. Por eso iba a hacer negocios con la guerrilla.
A medida que se internaban en el verde espeso y asfixiante, el miedo a ser reconocido se evaporó.
Los frentes guerrilleros que operaban en esa zona de la selva llevaban años sin pisar una ciudad, un puerto comercial o las zonas VIP donde Mario solía moverse.
Eran fantasmas del monte. Gente que solo entendía el idioma del plomo y la supervivencia.
—Hasta aquí llego yo, patrón —dijo el lanchero, deteniendo el motor frente a una ribera de lodo flanqueada por raíces gigantes de manglar.
Mario le lanzó un fajo de pesos colombianos, saltó al barro y se adentró en la selva. Caminó apenas doscientos metros cuando el inconfundible clac-clac de un fusil de asalto amartillándose sonó a su espalda.
—Quieto ahí, gonorrea. Las manos donde las vea.
Mario levantó las palmas lentamente, sin girarse.
De la maleza emergieron cuatro hombres vestidos con uniformes verde oliva desgastados y botas de caucho. Llevaban fusiles apuntándole al pecho.
—Vengo a ver a la comandante Lucía —dijo Mario, adoptando un acento paisa cerrado y tranquilo—. Díganle que el Lobo de Europa la está buscando.
El líder de la patrulla lo registró, le quitó la pistola que llevaba al cinto y, tras hablar por un radiotransmisor, le hizo un gesto con el cañón del arma para que caminara.
El campamento estaba oculto bajo una bóveda natural de árboles gigantes. Era un hervidero de disciplina militar: trincheras excavadas en el barro, cambuches de plástico negro y el olor mezclado a gasolina, leña húmeda y hoja de coca macerada.
Mario se detuvo en el centro del claro.
La lona de la cabaña de mando se apartó. Y allí apareció ella.
Lucía caminaba con paso firme, sin prisa, como quien sabe que nadie la va a hacer esperar.
Llevaba el uniforme ajustado por un chaleco táctico y el pelo negro recogido en una trenza gruesa que le caía sobre el pecho.
Tenía la piel tostada por el sol del Pacífico y una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda, un recuerdo de metralla que le daba un aire de haber sobrevivido a cosas que la mayoría no aguantaría ni en sueños.
Se detuvo a dos metros de él. No hubo sonrisas. No hubo abrazos.
—Vos no cambiás, Mario —dijo Lucía. Su voz era profunda, áspera, cargada de una sensualidad peligrosa—. Aparecés de la nada, oliendo a perfume caro y pisándome el barro.
—El perfume se quita con el sudor, Lucía. Vos sabés que en el fondo soy de monte —respondió él, sin apartar la mirada—. Te ves hermosa, mi amor.
Lucía soltó una carcajada seca, carente de humor.
—Dejá la labia para las prepagos de Medellín, bobo. Pasá adentro antes de que me arrepienta y te mande a flotar al río.
Entraron a la cabaña. Sobre una mesa rústica había mapas, una radio de alta frecuencia y una botella de aguardiente Antioqueño. Lucía sirvió dos vasos de latón y le acercó uno.
—Hablemos claro, paisa —sentenció ella, apoyando las manos en la mesa—. La última vez que supe de vos estabas cuadrando toneladas para los capos de España. ¿Qué hace el hombre de los gallegos metido en mi campamento?
—El negocio con España se acabó, Lucía. Mis socios y yo abrimos rancho aparte. Estamos instalados en Panamá. Y necesitamos mercancía.
Lucía entrecerró los ojos. La duda le endureció el rostro.
—¿Rancho aparte? No me jodás, Mario. Yo conozco a tu gente.
Si La Organización se entera de que estás haciendo negocios con la guerrilla a sus espaldas, van a mandar sicarios a reventarte, y de paso me van a calentar la plaza a mí.
Yo estoy peleando una guerra para financiar mi frente, no necesito a los tombos, a los paracos y a la mafia española tirándome plomo al mismo tiempo.
—Nadie lo va a saber —insistió Mario, dando un paso hacia ella—. Panamá está virgen. Tú pones el polvo, yo pongo los dólares y la logística marítima. Es un negocio redondo para los dos.
—Es muy bonito de pico, mi amor —replicó ella, fría como el hielo—. Pero yo necesito garantías. No me fío de los problemas que podás traer de Europa. Estás oxidado, Mario. Llevás demasiado tiempo entre sábanas de seda.
Antes de que Mario pudiera contestarle que de oxidado no tenía un pelo, el infierno se desató.
¡Fum-fum!
Dos explosiones ensordecedoras sacudieron la cabaña. La onda expansiva los tiró al suelo mientras el techo de lona se rasgaba bajo una lluvia de esquirlas y tierra caliente. Morteros de sesenta milímetros.
Casi al instante, el tableteo furioso de las ametralladoras M60 y ráfagas incesantes de fusilería envolvieron el campamento. Gritos de dolor, órdenes desesperadas y el crujido de la selva ardiendo.
—¡Contacto! ¡Los chulos! ¡El Ejército Nacional está encima! —bramó el radiooperador desde la puerta, antes de que una bala le atravesara el cuello, salpicando de sangre la cara de Mario.
Lucía reaccionó con instinto puro. Volcó la mesa de madera para usarla de parapeto, desenfundó su fusil y le quitó el seguro.
—¡El Ejército, hijueputas! —gritó, asomando por la ventana rota y devolviendo el fuego en ráfagas cortas—. ¡A las trincheras!
Mario no se quedó mirando. La adrenalina le borró cualquier rastro de remordimiento o cansancio.
Se arrastró por el barro hasta el cadáver del radiooperador, le arrancó el fusil de las manos inertes, comprobó la recámara y recogió tres cargadores del chaleco del muerto.
La máscara de negociador urbano se desintegró. Volvía a ser el fantasma.
—¡Lucía, cúbreme el flanco derecho! —rugió Mario, con una voz de mando tan brutal que la propia comandante asintió por puro instinto militar.
Mario salió de la cabaña lanzándose en plancha hacia el tronco de una inmensa ceiba. El lodo le empapó la ropa. A cuarenta metros, entre el humo de los morteros, divisó a un pelotón del ejército avanzando en abanico, barriendo las chozas con fuego cruzado.
Un sargento apuntaba su ametralladora directamente hacia la posición de Lucía.
Mario respiró hondo. El pulso se le ralentizó de golpe, encontrando la calma absoluta en medio del caos.
Alineó el alza del fusil.
Pum. Pum.
Dos balas en el pecho del sargento, que cayó hacia atrás soltando la ametralladora.
Sin perder un segundo, Mario giró el cañón a la derecha. Dos soldados intentaban flanquear el claro.
Pum. Pum.
El primero cayó entre la maleza. El segundo se desplomó antes de alcanzar la posición de Lucía.
Lucía, parapetada tras unos sacos, giró la cabeza hacia él.
Mario no había disparado mucho. No le hacía falta.
Cada disparo había ido donde debía.
Al ver caer a sus líderes con esa rapidez, el empuje del ejército se frenó en seco.
—¡Francotirador! ¡Tienen un puto tirador de precisión! —gritó un oficial del ejército desde la maleza—. ¡Repliegue! ¡Fuego de cobertura y repliegue!
El pelotón retrocedió hacia la espesura de la selva, cubriéndose con fuego a ciegas. En menos de tres minutos, el combate terminó.
Solo quedó el crujido de la madera ardiendo, los quejidos de los heridos y el penetrante hedor a pólvora, sangre y barro removido.
Mario bajó el arma humeante. Se levantó despacio. Tenía la ropa desgarrada y la cara negra por el hollín de las explosiones, pero ni siquiera estaba agitado. Se sacudió un poco de barro del hombro y caminó hacia Lucía.
La guerrillera estaba apoyada contra los sacos de tierra, respirando con fuerza. Lo miraba fijamente, como si viera a un fantasma. Cualquier rastro de duda sobre si Mario se había ablandado, o sobre si venía respaldado por La Organización, acababa de ser fulminado a balazos.
Lucía bajó su fusil, caminó hacia él chapoteando en el lodo, lo agarró con fuerza del cuello de la camisa y lo empotró contra el tronco de la ceiba. Le clavó una mirada salvaje, encendida por el fuego cruzado, y le plantó un beso cargado de violencia, adrenalina y tierra húmeda.
Se separó de él jadeando, con los labios manchados.
—Sos un puto demonio, Mario —susurró ella, con una sonrisa feroz iluminándole el rostro—. Seguís siendo un berraco.
Mario sonrió de medio lado.
—Te dije que no venía a jugar, Lucía. ¿Se te quitaron las dudas o necesitamos que vuelvan esos cabrones para otra ronda?
Ella soltó una carcajada ronca. Le dio una palmada en el pecho y recuperó su tono de comandante, girándose hacia los guerrilleros que quedaban en pie.
—¡Recojan las armas, los heridos y empaquen la radio de alta frecuencia! —gritó Lucía, señalando la selva espesa—. ¡Nos levantamos de aquí ya mismo! ¡Desplacen el campamento al punto de encuentro beta!
Mario frunció el ceño, soltando el cargador vacío de su fusil.
—¿Me venían pisando los talones, Lucía? ¿Ha sido por mi culpa?
Ella negó con la cabeza, echándose una pesada mochila de lona al hombro.
—No te des tanta importancia, Lobo. Los chulos del ejército llevan días rondando el sector. Era cuestión de tiempo que nos ubicaran. Ya nos tocaba movernos antes de que manden los helicópteros a rematar la faena.
Lucía se colgó el fusil a la espalda y le hizo un gesto con la cabeza.
—Vení. Hablemos de negocios mientras mi gente levanta este mierdero.
Caminaron hacia la parte trasera del campamento, donde los botes camuflados esperaban en el río Juradó.
—La ruta es perfecta para vos —explicó Lucía, dibujando un mapa imaginario en el aire con el dedo—.
Desde aquí, mis muchachos sacan la mercancía por el río directo a la costa del Chocó, en el Pacífico.
Nada de puertos grandes, nada de radares de los tombos.
De ahí, lanchas rápidas suben bordeando la costa hacia el norte hasta llegar a aguas panameñas.
Mario asintió, visualizando la carta náutica. El Pacífico era la autopista perfecta para llegar a Veracruz.
—Exacto. Ahí entra mi hermano Tolo. Él meterá nuestras planeadoras en el Golfo de Panamá. Hacemos el trasvase a cincuenta millas mar adentro, en mar abierto, y nosotros nos encargamos de meter el producto directo en nuestro embarcadero. Tú no tocas Panamá y nosotros no pisamos suelo colombiano.
—Trato limpio —dijo Lucía, cruzándose de brazos—. Pero para abrir una ruta exclusiva para ustedes saltándome al secretariado, el primer golpe tiene que ser pesado.
Mario la miró a los ojos, sin parpadear.
—Quiero quinientos kilos para empezar.
Lucía alzó las cejas, genuinamente impresionada.
—¿Media tonelada de entrada? Estás hablando de millón y medio de dólares, Mario.
—Te dije que abríamos rancho aparte a lo grande. Yo te los muevo. ¿Los tienes o no?
Lucía asintió, con una sonrisa voraz.
—Los tengo listos en las caletas de Juradó.
Te pongo los quinientos kilos en el punto de encuentro en alta mar en cinco días.
Pero escúchame bien, mi amor. —Le agarró por la pechera del chaleco—.
Si tus lanchas no aparecen, o si no llegás a ingresar el efectivo completo, la próxima vez que te vea no te voy a dar un beso. Te voy a meter plomo en la cabeza.
—No te preocupes por el dinero, preciosa —Mario le acarició la mejilla manchada de barro—. Tengo un par de hermanos en Panamá que están deseando empezar a facturar.
Se despidieron con una última mirada cargada de promesas letales.
Mario volvió a subir a la chalupa. Mientras la pequeña embarcación se alejaba, dejando atrás el humo del campamento guerrillero, supo que ya no había vuelta atrás.
Sonrió al pensar en la cara que pondría Vasco. Había querido un retiro tranquilo y un falso cártel de fachada para engañar a Mariena. Ahora iba a tener que gestionar quinientos kilos de cocaína pura cruzando el océano Pacífico. Y no había nada de falso en ello.